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martes, 14 de octubre de 2014

San Pelayo-Pelagio de León, mártir del siglo X en Córdoba por defender el orden natural contra la homosexualidad (1548)



María Virginia Olivera de Gristelli: Argentina, casada hace 23 años con quien comparte cada pena y alegría; madre de una muñequita casi adolescente que concentra todas sus esperanzas, e hija de una madre que alienta y sostiene cada nueva empresa con perseverante oración. Catequista de niños, adolescentes y adultos, Profesora de Ciencias Religiosas. Ha cursado la carrera de Letras y parte de Filosofía en la Universidad de Bs. As., que la convenció de la urgencia de la evangelización de la cultura. Ha realizado además numerosos cursos en el área de Humanidades, en universidades católicas.

Dirige desde su fundación el Círculo de Formación San Bernardo de Claraval, y se dedica también a la empresa editorial junto a su esposo. Disfruta en la difusión de la iconografía católica con trabajos artesanales. Colabora en su parroquia en el Seminario Catequístico S. Pío X, en el dictado de varias materias, y con otros apostolados que Dios le regala generosamente. Apasionada y agradecida por el misterio insondable de la Comunión de los Santos, y por ser hija de la Iglesia y de María Reina.

Para contactar:  acfsanbernardo@yahoo.com.ar

San Pelayo mártir
defensor del orden natural ante el Islam 
y contra la homosexualidad
InfoCatólica-Mª Virginia (19/9/2014): Ante cada flagelo, ya sea éste físico, moral o doctrinal,Nuestro Señor suscita a través de sus santos, los estandartes y luceros que fortalecen a su Iglesia en el combate, y para las almas sencillas son como las rocas donde asirse para que no las arrastre la corriente. Los santos no son figuras decorativas, no; son nuestros benditos cirineos, muy concretos. ¿Cómo no acudir a San Pío X para desentrañar las penumbras del modernismo y cómo no ir a San Agustín para “vacunarnos” contra pelagianismos de toda laya? ¿Cómo no pedir a Sta. Catalina de Siena un amor y celo recto por la Iglesia, o a Sta. Teresita para curarnos de tentaciones de cuño jansenista? Ante la abominación del aborto, la Divina Providencia nos ha regalado últimamente a Sta. Gianna Beretta Mola, a la Madre Teresa de Calcuta, y a otras varias madres ejemplares, como Chiara Corbella, que aún no han sido elevadas a los altares pero que han dejado una huella más que luminosa en la defensa de la vida.

Viendo entonces la cantidad de aberraciones que presenciamos en la “dictadura gay”, o al oír y leer argumentos tan absurdos como los de un sacerdote que se atreve a hablar de amor al bendecir el pecado contranatura, pensamos que es hora de desempolvar de la memoria católica a este santo joven español, quien precisamente derramó su sangre en protesta ante las insinuaciones perversas de los enemigos de la Cruz . Su testimonio es doblemente elocuente en estos momentos en que los cristianos cautivos y martirizados son noticias “frescas", y en que la imposición de la cultura gay se expande como mancha de petróleo sobre las conciencias débiles.
San Pelayo de Córdoba nació en Galicia a orillas del Miño; seguramente solía jugar en el pórtico de la escuela episcopal de Tuy, junto a la Catedral, por ser sobrino del obispo Hermogio; en las solemnidades entonaba los cantos de rito mozárabe y servía como monaguillo.

En la batalla de Val de Junquera, ocurrida cerca de Pamplona (26 de julio del año 920) entre Abderramán III y los reyes cristianos Sancho de Pamplona y Ordoño II de León, éstos sufrieron una gravísima derrota, y los obispos que acompañaban a los monarcas cristianos, Dulcidio de Salamanca, y Ermogio de Tuy (tío de Pelayo), fueron hechos prisioneros y llevados a Córdoba bajo la vigilancia de la guardia real del Califa, descrito por algunos como “culto y refinado”. LaCrónica anónima de al-Nasir resume así el reinado de Abderramán III: “Conquistó España ciudad por ciudad, exterminó a sus defensores y los humilló, destruyó sus castillos, impuso pesados tributos a los que dejó con vida y los abatió terriblemente por medio de crueles gobernadores hasta que todas las comarcas entraron en su obediencia y se le sometieron todos los rebeldes.” Leemos también, sin embargo, que “bajo su mandato, Córdoba se convirtió en un verdadero faro de la civilización y la cultura”. Esto dice por ejemplo Wikipedia, desde una perspectiva semejante a la que hoy aplaude las “conquistas” del Iluminismo y mira con aire superado el “refinamiento” sodomita, como si se tratara de una exquisitez de espíritu (sic).

Al año siguiente, lo llevan también a Pelayo engañado, con la promesa de ver a su tío, pero a quien no esperaba hallar en un calabozo. Se había pedido oro para su rescate, y al no llegar, el rescate es su sobrino porque más valía allí un joven que un viejo. Al despedirse de su tío, creyó que sería liberado pronto, con la esperanza de que se enviarían prisioneros musulmanes en precio de su rescate, pero tres años y medio después, Pelayo seguía en prisión y nunca supo más de los suyos.

Las tareas de los prisioneros eran arreglar jardines, limpiar mezquitas, atender los baños, arrimar tierra y amontonar ladrillos para las grandes construcciones de la ciudad.

El sabía que en la frontera cristianos y musulmanes seguían combatiendo, y cada tanto llegaban nuevos rebaños de prisioneros. Al principio lloró amargamente, pero acabó por resignarse sostenido por la fe, rezando los salmos y tratando de descifrar la escritura de los códices visigóticos, pues era un lector asiduo, y cuando no entendía la lectura, consultaba por la noche a los clérigos presos con él.

Según el presbítero cordobés Raguel, que refiere su martirio, Pelayo mantenía una actitud altamente sobrenatural. Veía la reclusión como una prueba y purificación de sus pecados. «Cuál era allí su comportamiento, sus compañeros de prisión no lo ocultan y la fama no lo silencia», dice Raguel. «En efecto, él era casto, sobrio, apacible, prudente, atento a orar, asiduo a su lectura, no olvidadizo de los preceptos del Señor y promotor de buenas conversaciones». Su fervor religioso le inspiraba santos atrevimientos: discutía con los musulmanes, y, dotado de una palabra fácil y de mucha gracia en el decir, llegó a confundirlos más de una vez.

Sus carceleros le miraban con simpatía y le trataban sin rigor. Jamás alborotó en la cárcel, ni les miró con odio, ni tuvo con ellos palabras o actitudes de rebelión. Además, veían en él una gracia que presagiaba un halagüeño porvenir. En los tres o cuatro años que pasó en cautiverio, Pelayo creció sin perder su gran atractivo juvenil.

Comprendió la corrupción generalizada de Córdoba y con frecuencia escuchaba a poetas que solían cantar las gracias de los mancebos con versos apasionados, comprobando la confusión moral generalizada del lugar donde vivían hacinados los trabajadores esclavos y los presos sometidos a condena, y allí mismo necesitó energía heroica para guardar su pureza. Por eso decía “Dios quiera que no me vea en apuros más terribles“. Porque allí se enteró de que los altos cargos se compraban -como hoy es tan frecuente- con la prostitución de las conciencias(Cualquier parecido con nuestra actualidad no es “pura coincidencia": el pecado original no es un mito). Así, al renegar de la religión venían sin mucho esfuerzo las casas, los palacios con esclavos del mediterráneo o judíos comerciantes, oro y tierras. Era la política de Abderramán III, que los hacía instrumentos útiles y manejables al cambiar de religión y prestarle infames servicios; todos los empleos los puso en manos de esclavos vendidos por los piratas en el Mediterráneo, o traídos por tratantes de Francia y Alemania. El antiguo estudiante de Tuy podía ver en la cumbre de los honores a muchachos que en otro tiempo habían dormido, como él, en el suelo: eran generales, administraban las rentas del Califa, tenían esclavos, tierras, casas, jardines; formaban bibliotecas, se rodeaban de literatos y “clientes” y miraban con desdén a la antigua aristocracia. Instrumentos dóciles y flexibles en manos del califa, empezaban por apostatar, y a cambio de la confianza con que se les honraba, se prestaban a todo tipo de “servicios".

La belleza natural de Pelayo fue entonces comunicada al Califa, quien ordenó que el niño fuera conducido a su presencia. El testigo Ibn Hazam (994-1063), autor de El collar de la paloma,relata la escena siguiente:

«Así al comienzo de un banquete envió a sus subalternos para que hiciesen comparecer al que iba a ser víctima para Cristo, con el fin de mirarlo detenidamente». Vestido con todo lujo pero sujeto aún con las cadenas de la prisión fue presentado al emir. Ante él procedieron a cortar los hierros cuya caída sirvió para impresionar al niño, a los asistentes y al propio califa. «A Pelayo, que habían vestido con toga regia, lo expusieron a las miradas de aquél, mientras que a los oídos del santo niño musitaban que por su hermosura era llevado a tan alto honor». Las crónicas relatan a partir de este momento el diálogo entre ambos: Pelayo, de 13 años yAbderramán III. 

Éste le dijo sin titubeos: -«Niño, te elevaré a los honores de un alto cargo, si quieres negar a Cristo y afirmar que nuestro profeta es auténtico. ¿No ves cuántos reinos tengo? Además te daré una gran cantidad de oro y plata, los mejores vestidos y adornos que precises. Recibirás, si aceptas, el que tú eligieres entre estos jovencitos, a fin de que te sirva a tu gusto, según tus principios. Y encima te ofreceré pandillas para habitar con ellas, caballos para montar, placeres para disfrutar. Por otra parte, sacaré también de la cárcel a cuantos desees, e incluso otorgaré honores inconmensurables a tus padres si tú quieres que estén en este país».

San Pelayo respondió decidido:
-«Lo que prometes, emir, nada vale, y no negaré a Cristo; soy cristiano, lo he sido y lo seré, pues todo eso tiene fin y pasa a su tiempo; en cambio, Cristo, al que adoro, no puede tener fin, ya que tampoco tiene principio alguno, dado que Él personalmente es el que con el Padre y el Espíritu Santo permanece como único Dios, quien nos hizo de la nada y con su poder omnipotente nos conserva».
AbderramánIII no obstante, más enardecido, pretendió cierto acercamiento físico, tocándole el borde de la túnica, a lo que Pelayo reaccionó airado:
-«Retírate, perro, dice Pelayo. ¿Es que piensas que soy como los tuyos, un afeminado?, y al punto desgarró las ropas que llevaba vestidas y se hizo fuerte en la palestra, prefiriendo morir honrosamente por Cristo a vivir de modo vergonzoso con el diablo y mancillarse con los vicios».
Abderramán III no perdió por ello las esperanzas de seducir al niño y ordenó a los jovencitos de su corte que lo adularan, a ver, si, apostatando se rendía a tantas grandezas prometidas. «Pero él, con la ayuda de Dios, se mantuvo firme y permaneció sin temor proclamando que sólo existe Cristo y afirmando que por siempre obedecería sus mandatos». «El emir, al ver que la fervorosísima alma de Pelayo perseveraba en oposición a su voluntad, y al darse cuenta de que era rechazado en su deseo, picado de rabia, dijo:
-‘Colgadlo en garruchas de hierro y, una vez constreñido hasta el máximo elevándolo hacia lo alto, bajadlo reiteradamente el tiempo necesario para que exhale su espíritu, o niegue que Cristo es Dios’.
Pelayo, pasando por la prueba con voluntad inconmovible, se mantuvo impertérrito, por cuanto ya no rehusaba en absoluto padecer por Cristo. Al conocer el emir la firmeza de Pelayo, ordenó que lo despedazasen con la espada, miembro a miembro, y que fuese arrojado al río. Los verdugos, por su parte, en virtud de la orden recibida, después de sacar el puñal, se entregaron frenéticamente a tan crueles escarnios contra él, que se podría pensar que ejecutaban el sacrificio que, sin ellos saberlo, era necesario que se ofreciera en presencia de nuestro Señor Jesucristo. Uno le amputó de cuajo un brazo, otro le segó las piernas, otro incluso no dejó de herir su cuello. Entre tanto permanecía sin espantarse el mártir, del que gota a gota manaba abundante sangre en vez de sudor, sin invocar más que a nuestro Señor Jesucristo: ‘Señor, líbrame de la mano de mis enemigos’. Así marchó su espíritu a la presencia de Dios; su cuerpo, en cambio, fue arrojado al fondo del río Guadalquivir. Pero no faltaron fieles que lo buscasen y llevasen solemnemente hasta su sepulcro. Su cabeza la guarda el cementerio de San Cipriano; su cuerpo, empero, el verde campo santo de San Ginés».
«¡Oh martirio verdaderamente digno de Dios -concluye Raguel- que comenzó a la hora séptima, y llegó a su cumplimiento al atardecer del mismo día! El santísimo Pelayo, a la edad aproximada de trece años y medio, sufrió el martirio según se ha dicho, en la ciudad de Córdoba, en el reinado de Abderramán, sin duda un domingo, a la hora décima, el 26 de junio en la era de 963 [925]».

Elvira, hermana del rey Sancho el Craso, realiza las gestiones para la obtención de sus reliquias, que llegan a León en 967. Por temor a las campañas de Almanzor, su cuerpo fue trasladado a Oviedo y se depositó en la iglesia del monasterio femenino de San Juan Bautista en 996. En 15 1794 fray Juan de Ron y Valcárcel, general de la Congregación de San Benito en España, autorizó desde el monasterio de San Pelayo de Oviedo, el traslado a Córdoba de una reliquia de San Pelayo, recibida en la ciudad en 1798 y conservada en la capilla del Seminario. Celebramos su fiesta el 26 de junio, en que con la Liturgia rezamos:

Señor, Padre nuestro, que prometiste a los limpios de corazón la recompensa de ver tu rostro, concédenos tu gracia y tu fuerza, para que, a ejemplo de san Pelayo, mártir, antepongamos tu amor a las seducciones del mundo y guardemos el corazón limpio de todo pecado. Por nuestro Señor Jesucristo Amén.
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Así que la homosexualidad no se inventó en el siglo XXI, como vemos que tampoco son “historia antigua” los mártires, los testigos fieles, aunque haya por allí más de uno que se atreve a hablar de santos “anacrónicos”, lo cual es una tremenda barbaridad. Cuando tanto invertido de uno y otro sexo anda hoy reclamando sus derechos,San Pelayo no envejece, y perdura en la historia para alentar a los que saben que la verdad es Una. Y en vísperas de la celebración de la Primavera, que en nuestra patria se usa como pretexto para todos los vicios, viene bien este florido y feliz testimonio de frescura cristiana.

Tal vez más que nunca debemos insistir en la a veces soslayada vocación martirial -no pacifista, que no es lo mismo- del cristiano, ya que el hedonismo imperante pretende que el dolor ha de desaparecer de la faz de la tierra (¡si hasta la realidad misma de la muerte se intenta disimular, cambiando de nombre a los cementerios, o suprimiendo el tiempo de los velatorios, apurando la cremación de los cadáveres!). Y así se persigue al sentido común; se persigue a la misma realidad.

Por eso, como la sola mención de la diferencia entre los dos sexos ya está siendo penalizada en algunos países “civilizados”, la cobardía amenaza y amordaza a más de un católico que se creía fiel. ¿Podemos dudar que detrás de la “ceremonia” infame a la que accedió el párroco santiagueño, o tras la tímida y débil notificación de su obispo, esté latente el miedo a oponerse a lo que el mundo celebra como conquista y victoria? ¿Cuántos pastores denuncian contundentemente el cáncer de la homosexualidad con todo lo que supone de amenaza social, personal y espiritual, velando más por el bien de sus ovejas que por la tranquilidad impune de los lobos? ¿Cuántos llaman por su nombre al pecado-esclavitud, defendiendo con ello al pecador, y demostrando auténtica misericordia? Nos preguntamos entonces si la homosexualidad no será el sello distintivo de una civilización que ha renunciado a la hombría, en todo lo que ésta tiene de específico, como por ejemplo en la virtud de fortaleza. ¿No es la perversión sexual el signo de una civilización decadente, tibia, pusilánime y apóstata?

Tal como señala el Mayor australiano Bernard Gaynor -víctima actual de la agenda gay:
-“Como sociedad, ya no tenemos sentido colectivo de valores, ni sabemos lo que creemos. Si tuviéramos algún instinto de supervivencia, no habría, por ejemplo, problema islámico en este país, ya que simplemente no le habríamos permitido echar raíces y crecer.“.

Ya se ha dicho que históricamente, el Islam fue frecuentemente un castigo providencial a la infidelidad de los cristianos, y hoy lo estamos comprobando… Ciertamente, su avance - sea silencioso o por el terror-, juntamente con las legislaciones contra-natura, constituyen tal vez las mayores persecuciones y esclavitudes de nuestro tiempo.

En un marco en que los hombres son cada vez más afeminados y las mujeres -custodias de la vida por antonomasia- llegan a enarbolar con gesto demoníaco las banderas de la muerte de sus propios hijos, el Dios verdadero no puede permanecer impasible, pues de El (y no “de la naturaleza") nadie se burla. Es natural que clamemos “¡Misericordia, Señor!” a quien es abismo de Misericordia, pero también es justo que haya reparación, y esto sin contradicción.

Por eso los mártires siguen siendo nuestras columnas; ¡nuestra débil fe y perseverancia sigue siendo regada con su sangre, que es simiente de esperanza y prenda de Pascua!. Como en la fábula del “Clérigo borracho, el joven y la custodia”, roguemos al Señor porque El sabrá darnos la gracia de muchos y santos jóvenes, nuevos Pelayos, que se planten valientemente a defender la virtud en medio de las actuales esclavitudes, para edificación de toda la Iglesia.