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lunes, 21 de febrero de 2011

Darwin. Fraude científico. (84)

“El dogma darwinista, heredero del gnosticismo, es básico en el proceso de dominación mundial ideado por unos pocos poderosos que se creen los “elegidos” por razón de herencia, raza o riqueza. El darwinismo era necesario para la implantación definitiva de un poder fundamentado en el dinero e inspirado por el relativismo luciferino-masónico. Es un siniestro movimiento pseudocientífico” (Guillermo Buhigas).

Charles Darwin (1809-1882) no estudió Biología, fue declarado incapaz para la Medicina por lo que cursó Teología en Cambridge sin conseguir la graduación. Según el propio Charles su célebre Teoría fue más una cuestión de “iluminación” que de imaginación, inventada ocho años después de su viaje en el Beagle. Su padre lo consideraba un chico muy corriente por debajo del promedio.

La afición del joven Charles por la Biología y su descreimiento religioso le vino por su abuelo Erasmus, biólogo y médico, tan libertino como masón, que plagió y manipuló los estudios de clérigos españoles en América. Erasmus fue el fundador de la secta gnóstica, masónica y esotérica “Círculo Lunar” que practicaba ritos luciferinos. Erasmus dejó en herencia a su nieto sus investigaciones que plasmó en la obra “Leyes de la vida orgánica” (1796), en la que se basó Charles para la tesis “El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas más favorecidas en la lucha por la vida” (1859).

Darwin reconocía en su obra la imposibilidad de demostrar su Teoría, pedía un acto de fe (actitud nada científica) y se fue a la tumba veintitrés años después sin cumplir esa promesa.

Transcurridos ciento cincuenta años, los dogmáticos darwinistas no han sido capaces de “reencontrar” esos hechos aludidos por Darwin en los que supuestamente fundaba sus conclusiones.

La tesis fundamental del teólogo aprendiz metido a naturalista es que la naturaleza de cada especie varía mediante la lucha por la existencia entre los individuos de esa especie. Darwin habla de variación, nunca de evolución. La variación es cambio, la evolución es desarrollo. La evolución es evidencia natural, sea por azar, por la acción de Dios u otro agente. Resultan reveladoras las palabras de Benedicto XVI (2007): asistimos a un encendido debate entre el creacionismo y el evolucionismo, presentados como alternativas excluyentes. Esta contraposición es absurda porque existen muchas pruebas científicas a favor de la evolución. Pero la doctrina de la evolución no responde a todos los interrogantes, especialmente al gran interrogante filosófico: ¿de dónde viene todo esto y cómo todo toma un camino que desemboca finalmente en el hombre? Hay una razón anterior a todo, nosotros somos un reflejo de la Razón creadora. Somos pensados y queridos, es la idea que nos precede, que debemos descubrir para dar significado a nuestra vida.
El variacionismo selectivo de Darwin se fundamenta en lo que denomina “selección natural” que determinaría la supervivencia de los más aptos: es la ley del más fuerte. Las variedades dentro de una especie con alguna mínima ventaja sobre las otras, serían las supervivientes. Esta ley de la lucha por la existencia, según el criterio de Darwin, sería también aplicable a las relaciones entre las diversas especies.

Este determinismo, de raíz orientalista, es una visión violenta y catastrofista, un utopismo naturalista fascistoide pues la hipótesis de Darwin, además de terrible, no se corresponde con la realidad ¡gracias a Dios! Las relaciones de los seres vivos no son sólo de competencia y de lucha: se asocian y trabajan en conjunto para nacer y sobrevivir. La depredación, excepto por el hombre, se rige por un equilibrio natural de interdependencia, ya que el depredador no pretende destruir la especie que le alimenta. En la naturaleza es mucho más frecuente la madre protectora que la abeja reina. El felino caza sólo cuando tiene hambre; la inmensa mayoría de las aves depredadas no lo son por el color de sus plumas, ni por su astucia, ni por su competencia para volar; se topan con su destino para sobrevivir por algo tan aleatorio y circunstancial como la relación en el espacio y en el tiempo con sus depredadores. Darwin no investigó las especies para conocerlas mejor, se limitó a buscar ejemplos para demostrar la tesis utópica de su abuelo: fundamentar la existencia de la “Gran Primera Causa”, es decir, el “Gran Arquitecto del Universo” (el dios impersonal de la masonería).

La obra de Darwin es una elucubración dogmática más que una teoría científica.
A partir de Locke, todos los darwinistas han buscado en la naturaleza la fórmula mágica que explique el dilema del ser o no ser, emulando a los primitivos filósofos que llegaron a creer que todo nacía del agua, el fuego o el aire. Locke pretendió suprimir del pensamiento la necesaria metafísica para la comprensión de lo humano más allá de lo material. Sentó las bases del relativismo materialista, el imperio de la opinión que se opone al racionalismo.

Las elucubraciones de los darwinistas no son más que ciencia-ficción, han asentado en el subconsciente colectivo la idea del transformismo de las especies como algo existente en la naturaleza. La hipótesis darwinista es la base “científica” para la creación de semihumanos en la moda, comics y cine. La serie “The Matrix” (1999) es emblemática y, curiosamente, su director Larry Wachowski se ha hecho una operación de cambio de sexo. El paleontólogo Colin Patterson (1933-1998), director del Museo Británico de Historia Natural, ateo confeso y militante darwinista, aclaró que no existen pruebas fósiles que apoyen la Teoría (variacionista) de Darwin.

Fuente: Guillermo Buhigas. Eugenesia y Eutanasia. Sekotia (2009)