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lunes, 25 de noviembre de 2013

Separación y Unión definitiva de los reinos de León y Castilla en la Reconquista de España: Alfonso VII de León y Castilla, Sancho III de Castilla, Fernando II de León, Alfonso VIII de Castilla, Fernando II de León, Alfonso IX de León, Enrique I de Castilla y Fernando III el Santo (1132)




INDICE
Reino de León
Alfonso VII, el Emperador (1126-1157)
Fernando II (1157-1188) 
Alfonso IX (1188-1230)
Fernando III, el Santo (1230-1252)

Reino de Castilla
Sancho III el Deseado (1157-1158)
Alfonso VIII 1158-1214)
Enrique I (1214-1217)
Fernando III, el Santo (1217-1252)

1126: Alfonso VII, Emperador de España

Alfonso VII de León (1126-1157)

Hijo de Urraca de León y Raimundo de Borgoña.  Reclamó el reino de Castilla, en el que su padrastro, Alfonso I de Aragón, contaba con importantes guarniciones militares que le aseguraban su dominio. Entre éstas destacan Burgos y Carrión de los Condes, cuya población se decanta por el nuevo rey y en 1127 entregan las plazas a Alfonso VII. Alfonso el Batallador reacciona y se dirige contra Alfonso VII al frente de un numeroso ejército. Ambos se encuentran en el valle de Támara. Sin embargo no se produce un enfrentamiento entre los ejércitos debido a que los dos monarcas tienen situaciones más graves a las que hacer frente: Alfonso VII debe atender las veleidades territoriales de su tía Teresa de León y Alfonso I a las amenazas de los almorávides. Se llega entonces a un acuerdo que se plasma en un pacto conocido como las Paces de Támara, en el que se establecen las fronteras entre el reino castellano y el aragonés, volviendo a los límites fijados por Sancho III el Mayor, y se zanjan las disputas entre ellos renunciando el monarca aragonés al título de emperador, título que utilizó el Batallador entre 1109–1114 tras su matrimonio con Urraca I de León, anulado al considerarse que no fue consumado, y debiéndose esperar tres siglos para ver realizada la unión de los reinos hispánicos, aunque ya sin Portugal, en las figuras de los Reyes Católicos. Se dirige entonces hacia Galicia desde donde se interna en el condado Portucalense, que rige su tía Teresa, y tras arrasarlo vuelve a León para casarse con Berenguela, hija de Ramón Berenguer III en 1128.

Ese mismo año logra que su tía Teresa de León reconociera su soberanía, aunque dicho reconocimiento sería efímero porque Teresa se ve obligada a huir a Galicia cuando su hijo, Alfonso Enríquez, la derrota en la batalla de San Mamede, lo que será el origen de la futura independencia del reino portugués. En 1130 depone a los obispos de León, Salamanca y Oviedo que se habían mostrado opuestos a su matrimonio con Berenguela. Esto provoca el rechazo de parte de la nobleza encabezada por Pedro González de Lara, Bertrán de Risnel y Pedro Díaz de Aller que se rebelan contra el monarca y toman Palencia. Alfonso VII acude a la ciudad y restablece el orden apresando a los cabecillas. Tras la muerte sin descendencia del rey navarro-aragonés Alfonso I el Batallador (1134), Alfonso VII reclamó el trono de su padrastro alegando para ello ser tataranieto de Sancho III el Mayor. La candidatura de Alfonso no fue aceptada, ni por los nobles aragoneses, que nombraron rey de Aragón al hermano de Alfonso I, Ramiro II el Monje, ni por los nobles navarros que eligieron como rey de Pamplona a García Ramírez. A pesar de ello Alfonso ocupa La Rioja y Zaragoza, ciudad que entregaría al recién nombrado rey navarro a cambio de su juramento de vasallaje.

Posteriormente, apoyado por nobles del norte de los Pirineos, controló amplios territorios del sur de Francia, llegando hasta el río Ródano, lo que le valió para retomar la vieja idea imperial de Alfonso III y, en 1135, se hace coronar en la Catedral de León, "Imperator totius Hispaniae" (Emperador de toda España) por el legado del papa Inocencio II. En dicha ceremonia recibirá el homenaje, entre otros, de su cuñado Ramón IV Berenguer, conde de Barcelona, de su primo el rey García Ramírez de Navarra, del conde Alfonso Jordán de Tolosa y otros señores y embajadores de Gascuña y del Mediodía francés, de Ermengol VI de Urgel, y de representantes de varios de los principales linajes musulmanes, como el caudillo ismaelita Sayf al-Dawla más conocido como Zafadola. No asisten su también primo Alfonso Enríquez, ni el rey aragonés Ramiro II de Aragón con el que se encuentra enemistado por la ocupación de Zaragoza. La enemistad con el monarca aragonés se resuelve en 1136 cuando Alfonso VII desposee del señorío zaragozano al rey navarro y se lo ofrece a Ramiro II el Monje, tras acordar la boda de sus hijos Petronila y Sancho, aunque finalmente el matrimonio no se celebrará ya que Petronila se casa con el conde barcelonés Ramón Berenguer IV, lo que va a suponer la unión del condado de Barcelona al reino de Aragón.

Asegurado el flanco aragonés de su reino, Alfonso VII centra su atención en el sur peninsular ocupado por los almorávides y los almohades. Interviene activamente en los enfrentamientos entre las dos dinastías bereberes y lleva a cabo expediciones y ataques de saqueo incitando a las poblaciones a sublevarse contra ellos, para lo cual contó con la ayuda de dos caudillos hispano-musulmanes: el ya citado Zafadola e Ibn Mardanish conocido como «el rey Lobo». En 1139 tomó el castillo de Colmenar de Oreja desde el que se amenazaba Toledo; en 1142 se hace con Coria; en 1144 con Jaén y Córdoba, aunque esta última volverá a caer ese mismo año en manos musulmanas. En 1146 se produce otra invasión almohade que tras desembarcar en Algeciras se hace con importantes territorios, por lo que Alfonso VII se ve obligado a pactar con el caudillo almorávide Ibn Ganiya para organizar la resistencia. Se entrevista con Ramón Berenguer IV y con García Ramírez y acuerdan la conquista de Almería en poder de los almohades. Para ello cuentan además con el apoyo de la flota genovesa y con cruzados franceses que responden al llamamiento que ha realizado el papa Eugenio III. Almería es tomada en octubre de 1147. En 1150 falleció el monarca navarro García Ramírez y Alfonso VII firma con el rey de Aragón el Tratado de Tudilén, un acuerdo por el que se reparten el reino de Navarra y se reconoce a Ramón Berenguer IV el derecho de conquista sobre Valencia, Denia y Murcia. En 1157, los almohades recuperaron el control de la ciudad de Almería y Alfonso VII parte para intentar reconquistarla. Fracasa en el intento y cuando regresaba a León, muere. Su hijo Fernando le sucedió en el trono de León mientras que su otro hijo Sancho ocupó el trono de Castilla


1157: Fernando II de León 

 Fernando II de León (1157-1188)

Hijo de Alfonso VII de León y Berenguela de Barcelona. Durante la minoría de edad de su sobrino Alfonso VIII de Castilla, comenzó la rivalidad entre la Casa de Lara y la Casa de Castro por ejercer la regencia en nombre del niño rey. Aprovechando el estado anárquico en el que se hallaba el reino de su difunto hermano, Fernando II de León invadió el reino de Castilla al frente de un ejército, y exigió, a fin de restaurar el orden en el reino, que los Lara le entregasen a su sobrino Alfonso VIII, de cuya educación deseaba hacerse cargo. En 1160, Fernando Rodríguez de Castro derrotó a los Lara en la Batalla de Lobregal, en la que perdió la vida el conde Osorio Martínez, su suegro, y en la que Nuño Pérez de Lara fue capturado. En 1162 Rodríguez de Castro fue nombrado mayordomo mayor de Fernando II de León. Fernando contrajo matrimonio en 1165 con Urraca, hija de Alfonso I de Portugal y de Mafalda de Saboya. Restauró y repobló las ciudades de Ledesma y Ciudad Rodrigo.

Guerra castellano-leonesa (1162-1166): En 1162, Fernando II conquistó la ciudad de Toledo, arrebatándosela a los castellanos, y nombrando a continuación gobernador de la ciudad a Fernando Rodríguez de Castro. La ciudad de Toledo permaneció en poder de los leoneses hasta 1166, en que fue recuperada por los castellanos. En 1162 el rey de León firmó un acuerdo, conocido como el tratado de Ágreda, con Alfonso II de Aragón. En 1164 Fernando Rodríguez de Castro, el Castellano, penetró en el reino de Castilla por segunda vez con un ejército y derrotó al conde Manrique Pérez de Lara en la Batalla de Huete. Cuatro años después fue nombrado alcalde de León. Fernando II de León y los miembros de la Casa de Lara se reunieron en Soria, y acordaron que, para defender la ciudad de Toledo de los sarracenos, entregarían a la Orden del Temple la plaza de Uclés, situada en la actual provincia de Cuenca, y que posteriormente se convertiría en la sede de la Orden de Santiago. El rey de León, temeroso de que los miembros de la Casa de Lara rompieran la paz acordada, se alió con Sancho VI de Navarra para intimidar a dichos magnates castellanos y, de ese modo, poder dirigir sus tropas contra los almohades, a quienes arrebató las ciudades de Alcántara y Alburquerque.

Conquista de Badajoz y guerra con el reino de Portugal: Entre los años 1166 y 1168 Alfonso I de Portugal, se apoderó de varias plazas pertenecientes a la corona leonesa. Fernando II de León repobló Ciudad Rodrigo, y el soberano de Portugal, sospechando que su yerno la fortificaba con el propósito de atacarle en el futuro, envió contra aquella plaza un ejército mandado por su hijo, el infante Sancho. Acudió el rey de León en auxilio de la plaza sitiada y, en un encuentro que tuvo con las tropas portuguesas las puso en fuga, capturando numerosos prisioneros. Alfonso I de Portugal invadió entonces Galicia, se apoderó de Tuy y de otros muchos castillos, y en el año 1169 atacó la ciudad de Cáceres. Posteriormente marchó junto con sus tropas contra la ciudad de Badajoz, que se hallaba en poder de los sarracenos, pero que según lo acordado en el tratado de Sahagún, que había sido firmado en 1158, debería pertenecer cuando fuera reconquistada al reino de León. A principios del verano de 1169, Portugal, tomó la ciudad de Badajoz después de un largo asedio, pero el gobernador de la ciudad se refugió en la Alcazaba , y el asedio hubo de continuar. La ciudad de Trujillo se convirtió en la cabeza del señorío reunido por Fernando Rodríguez de Castro, el Castellano. Ello provocó la oposición del rey Fernando, quien argumentó que Badajoz le pertenecía. El rey de León se dirigió entonces hacia el sur al frente de un ejército, a petición del califa almohade Abu Yaqub Yusuf, quien ya había enviado un contingente de quinientos caballeros a fin de socorrer a su gobernador sitiado. Los portugueses que sitiaban la Alcazaba de Badajoz se vieron entonces sitiados por los leoneses, estallando la lucha en las calles de la ciudad. Mientras trataba de escapar, Alfonso I de Portugal fue capturado por los hombres de Fernando II, después de haberse roto una pierna. Tras la toma de la ciudad y de la Alcazaba de Badajoz por los leoneses, estos últimos dejaron la ciudad en manos de sus aliados musulmanes. 

Fernando II de León conservó la ciudad de Cáceres, pero las localidades de Trujillo, Montánchez, Santa Cruz de la Sierra y Monfragüe pasaron a ser propiedad de Fernando Rodríguez de Castro.Tras la donación recibida, Rodríguez de Castro pasó a ser señor de un señorío semi-independiente localizado entre los ríos Tajo y Guadiana, cuya sede se hallaba en la ciudad de Trujillo. Alfonso VIII de Castilla se percató de la importancia estratégica de las fortalezas concedidas al Castellano, con vistas a una futura repoblación, pues las fortalezas se hallaban en la zona que según el Tratado de Sahagún de 1158 pertenecía al área de influencia del reino de Castilla. Vencidos por Alfonso I Enríquez, los musulmanes atacaron en 1173 el reino de León, intentando apoderarse de Ciudad Rodrigo; pero Fernando II, que tuvo conocimiento de sus propósitos, se atrincheró en la ciudad salmantina con las tropas que pudo reunir en León, en Zamora, en varios lugares de Galicia, y en otros puntos del reino, dando orden al mismo tiempo al resto de su ejército de reunirse con él lo antes posible.  En 1170 se creó la Orden de Santiago, con el fin de proteger a los peregrinos que visitaban la tumba del Apóstol Santiago. En 1172, el rey Fernando se vio obligado a repudiar a su primera esposa, la reina Urraca de Portugal, a pesar de que la reina había dado a luz al infante Alfonso, que sucedió a su padre en el trono leonés, pues ambos cónyuges eran primos segundos.

Guerra castellano-leonesa (1178-1180): Fernando II de León invadió el reino de Castilla. Se apoderó de los municipios de Castrojeriz y Dueñas antes de que Alfonso VIII hubiese podido poner dichas fortalezas en estado de alerta, al tiempo que el soberano castellano se aliaba con Alfonso I de Portugal, que envió a su hijo, el infante Sancho, a luchar contra el rey de León. En 1180 se reunieron en la localidad vallisoletana de Tordesillas los reyes de Castilla y León, donde acordaron poner fin a sus diferencias, sellando un acuerdo de paz. El Papa Alejandro III concedió la gracia del Año Santo Jubilar Jacobeo (Bula Regis Aeterni-1181), privilegio concedido a la catedral de Santiago de Compostela, que favoreció el apogeo de las peregrinaciones, al tiempo que potenció el desarrollo económico, cultural y artístico de los territorios atravesados por el Camino de Santiago.

En 1187 Fernando II de León se casó por tercera vez con Urraca López de Haro, hija de Lope Díaz I de Haro, señor de Vizcaya y Nájera. Donó a su esposa los castillos de Aguilar y Monteagudo. Fernando auxilió al rey de Portugal cuando los musulmanes sitiaban la ciudad de Santarém. Urraca López de Haro, que tenía conocimiento que se acercaba el final de la vida de su esposo, quiso elevar al trono de León a su único hijo superviviente, Sancho Fernández de León, en perjuicio del infante Alfonso de León, hijo primogénito de Fernando y de la reina Urraca de Portugal. Para lograr su propósito la reina Urraca sostuvo que el nacimiento del infante Alfonso era ilegítimo, ya que el matrimonio de sus padres había sido anulado debido a los lazos de sangre existentes entre ambos cónyuges. El rey Fernando desterró entonces a su hijo primogénito, lo que supuso un triunfo para su madrastra, que se esforzó en que su hijo Sancho heredase el trono a la muerte de su padre. 

Contraviniendo sus deseos de recibir sepultura en la catedral de Santiago de Compostela, fue enterrado en algún lugar, posiblemente en el Panteón de Reyes de San Isidoro de León, pues a su viuda, la reina Urraca, no le convenía trasladar los restos mortales a Santiago de Compostela, ya que su arzobispo, Pedro Suárez de Deza era partidario del rey Alfonso IX y no de la reina Urraca. Posteriormente, sus restos fueron trasladados por orden de su hijo Alfonso IX de León a la catedral de Santiago de Compostela, en la que el difunto rey de León había manifestado que deseaba ser sepultado, pues allí se hallaban sepultados su madre, la reina Berenguela de Barcelona, y su abuelo Raimundo de Borgoña, esposo de la reina Urraca I de Castilla y León y, por ello, en un documento otorgado en la ciudad de Benavente en 1180, confirmó a la catedral de Santiago de Compostela las donaciones que el soberano le había concedido en el pasado, y que concernían a la capellanía y las sepulturas reales de la catedral, ordenando además en dicho documento que nadie construyese ningún castillo en aquel territorio.

Sepulcro de Fernando II de León
Catedral de Santiago

 La traslación de los restos del rey Fernando II es mencionada en un diploma otorgado en Zamora por el rey Alfonso IX de León, y fechado en 1188, en el que se certifica que los restos reales fueron trasladados a la catedral de Santiago de Compostela por orden de su hijo, que deseaba cumplir las últimas voluntades paternas, y sepultados junto a los restos del Apóstol Santiago con honores reales, al tiempo que confirmaba en dicho documento los privilegios y exenciones concedidos a la catedral por el alma de su difunto padre, y por la suya propia. El sepulcro del rey Fernando se encuentra en la Capilla de las Reliquias de la catedral de Santiago de Compostela, donde se halla el Panteón Real. Sobre un sepulcro de piedra liso se halla colocada la estatua yacente que representa al difunto rey, que aparece ataviado con túnica y manto, ceñida la frente con corona real, y su cabeza aparece representada con cabello rizado y con barba, hallándose el brazo derecho del soberano levantado y colocado a la altura de su cabeza, mientras que su mano izquierda reposa sobre su pecho.

 Sancho III de Castilla (1157-1158)

Hijo de Alfonso VII de León y Berenguela de Barcelona. A la muerte de su padre, heredó el reino de Castilla, al tiempo que su hermano, Fernando II, heredaba el reino de León. La división de ambos reinos entre los dos hijos de Alfonso VII no derivó en conflicto debido a la intervención de su hermanastra Sancha de Castilla, esposa de Alfonso II de Aragón, que intervino en la disputa a fin de que ambos respetaran los límites territoriales de cada reino. En 1151 contrajo matrimonio en Calahorra con Blanca Garcés, hija del rey García Ramírez de Pamplona. Su hijo Alfonso  heredó el trono de Castilla. Cuando los templarios rehusaron mantener la defensa de la plaza fronteriza de Calatrava que les había sido concedida por Alfonso VII en 1147, Sancho III entregó entonces la tenencia y el señorío de Calatrava al abad Raimundo de Fitero y al caballero Diego Velázquez, que fundaron la Orden de Calatrava. Sancho III se comprometió a devolver a su hermano el rey de León las tierras fronterizas entre ambos reinos que había conquistado, a cambio de que éstas fueran dadas en señoríos a nobles leoneses cercanos al rey castellano. También acordaron prestarse ayuda mutua frente a terceros, y se repartieron las zonas de influencia sobre los territorios musulmanes aún no conquistados, y establecieron que si alguno de ellos fallecía sin descendencia el reino del finado sería herededado por el hermano superviviente. Fue sucedido en el trono por su hijo Alfonso, entonces menor de edad, lo que originó una lucha por el poder en el reino de Castilla entre la Casa de Lara y la Casa de Castro. Sancho III compartió mausoleo en la Catedral de Toledo, en el lado de la Epístola del presbiterio, con Sancho IV de Castilla.

 Alfonso VIII de Castilla 
(1158-1214)

Por parte de padre era descendiente de los duques de Borgoña y de los condes de Barcelona, y por parte de madre, de los reyes de Pamplona y de Rodrigo Díaz de Vivar "El Cid Campeador". Hijo de Sancho III «el Deseado», rey de Castilla, y de Blanca Garcés de Pamplona, a la muerte de su padre sólo contaba tres años de edad, por lo que se designó como tutor a Gutierre Fernández de Castro y como regente a Manrique Pérez de Lara, para equilibrar a las poderosas familias Castro y Lara. Sin embargo, se originó una sangrienta rivalidad entre las dos familias nobiliarias. Los Lara lograron apoderarse del joven rey. Esta rivalidad derivó en una guerra civil y en un período de incertidumbre que fue aprovechado por los reinos vecinos y así, en 1159, el rey navarro Sancho VI se apoderó de Logroño y de amplias zonas de La Rioja, mientras que el tío del joven Alfonso, el rey leonés Fernando II, se apoderó de la ciudad de Burgos.

En 1160, los partidarios de la Casa de Lara, capitaneados por Nuño Pérez de Lara, fueron derrotados por los miembros de la Casa de Castro, dirigidos por Fernando Rodríguez de Castro, el Castellano, en la Batalla de Lobregal, librada en las cercanías de la localidad de Villabrágima, en la provincia de Valladolid. La proximidad de Fernando II, aliado de los Castro, al lugar donde los Lara custodian a Alfonso VIII hace que éstos le trasladen a Soria donde permanecerá hasta 1162 cuando los Lara, acosados por Fernando que ha conquistado las ciudades de Segovia y Toledo, deciden entregárselo a su tío, aunque lo impide la intervención de un hidalgo, quien sacó al pequeño del palacio real, poniéndolo bajo la custodia de las villas leales del norte de Castilla, primero en el castillo de San Esteban de Gormaz y después en Atienza y Ávila, ciudad ésta que desde entonces recibe el título honorífico de «Ávila del Rey» o «Ávila de los Leales» por la defensa que hizo del joven monarca. 

Al alcanzar la mayoría de edad en 1170, Alfonso VIII fue proclamado rey de Castilla en las Cortes que se convocaron en Burgos, tras lo cual se concertó su matrimonio con Leonor de Plantagenet, hija de Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Aquitania, que aportó como dote el condado de Gascuña. Su primer objetivo como monarca fue recuperar los territorios perdidos durante su minoría de edad. Para ello se alía con el rey aragonés Alfonso II el Casto. Junto al rey aragonés, Alfonso VIII atacó al navarro Sancho VI en 1173, logrando arrebatarle los territorios que éste había tomado durante su minoría de edad, tras lo cual reforzó su alianza con Alfonso II al concertar el matrimonio de éste con su tía Sancha de Castilla.

Presionado por los ataques almohades, desde 1174 tuvo que ceder a las órdenes militares algunos territorios hasta entonces de realengo para su mejor protección, como las villas de Maqueda y Zorita de los Canes a la Orden de Calatrava, o la villa de Uclés a la Orden de Santiago, siendo desde entonces Uclés la casa principal de esta última orden militar. Desde esta plaza inicia una ofensiva contra los musulmanes, que culmina con la reconquista de Cuenca en 1177. Alfonso VIII fue el fundador del primer estudio general español, el "Studium generale" de Palencia (germen de la universidad), que decayó tras su fallecimiento. Además, su corte sería un importante instrumento cultural, que acogería trovadores y sabios, especialmente por la influencia de su esposa gascona Leonor (hermana de Ricardo Corazón de León).

En 1179 firma con su aliado el rey aragonés el Tratado de Cazola, por el que ambos monarcas se reparten sobre el papel, ya que no tuvo resultados reales, los territorios del reino navarro y además fijan las zonas de conquista de los territorios musulmanes que cada monarca puede emprender variando el hasta entonces vigente Tratado de Tudilén que habían firmado Alfonso VII de León y Ramón Berenguer IV de Barcelona. Por el nuevo Tratado de Cazola, el reino de Murcia -cuya conquista correspondía a Aragón- pasaba a Castilla y a cambio el rey aragonés Alfonso II se vio libre del vasallaje que debía a Alfonso VIII.

Tras fundar Plasencia en 1186, y con intención de unificar a la nobleza castellana, relanza la Reconquista, recupera parte de La Rioja que estaba en manos navarras y la reintegra a su reino. Establece una alianza con todos los reinos peninsulares cristianos -a la sazón, Portugal, León, Castilla, Navarra y Aragón- para proseguir ordenadamente conquistando las tierras ocupadas por los almohades. En 1188 se reúne en Carrión de los Condes con su primo Alfonso IX, que acababa de suceder a su padre Fernando II como rey de León. Ambos monarcas firman un pacto de buena voluntad que Alfonso VIII pronto romperá para, aprovechando la debilidad del nuevo rey leonés en su propio reino, invadir León y hacerse con varias poblaciones, entre las que destacan Valencia de Don Juan y Valderas, y que inició un período de hostilidades que finalizaría en 1194 con la firma del Tratado de Tordehumos, en el que el rey castellano se comprometía a devolver los territorios conquistados y el leonés se comprometía a contraer matrimonio con la hija de Alfonso VIII, Berenguela y, si el leonés Alfonso IX moría sin descendencia, se pactó que el reino de León pasaría a ser anexionado por Castilla.

Batalla de Alarcos (1195): El acuerdo con el reino de León permite a Alfonso VIII romper la tregua que mantenía con los almohades desde 1190 e inicia incursiones que, de la mano del arzobispo de Toledo Martín López de Pisuerga, llegan hasta Sevilla. El califa almohade Abu Yaqub Yusuf al-Mansur, que se encontraba en el norte de África, cruza el Estrecho de Gibraltar y desembarca en Tarifa al frente de un poderoso ejército con el que se dirige hacia tierras castellanas. Alfonso VIII recibe la noticia y reúne a su ejército en Toledo y aunque consiguió el apoyo de los reyes de León, Navarra y Aragón para hacer frente a la amenaza almohade, no espera la llegada de dichas tropas y se dirige hacia Alarcos, una ciudad fortaleza en construcción situada a pocos kilómetros de la actualCiudad Real, junto al río Guadiana, donde el 19 de julio de 1195 sufre una estruendosa derrota que supuso una importante pérdida de territorio y la fijación de la nueva frontera entre Castilla y el Imperio almohade en los Montes de Toledo. Los almohades incluso invadieron el valle del Tajo y asediarían Toledo, Madrid y Guadalajara en el verano de 1197.

Batalla de las Navas de Tolosa (1212): Alfonso VIII se encontró en una peligrosa situación que le llevó a la posibilidad de perder Toledo y todo el valle del Tajo, por lo que el rey solicitó en 1212 al papa Inocencio III la predicación de una Cruzada a la que no sólo respondieron sus súbditos castellanos, sino también los aragoneses con su rey, Pedro II el Católico, los navarros dirigidos por Sancho VII el Fuerte, y las órdenes militares de Calatrava, del Temple, de Santiago y de Malta. Tras la recuperación de los enclaves del valle del Guadiana (Calatrava, Alarcos, Benavente, etc.) alcanzó la esperada victoria sobre el califa almohade Miramamolín en la batalla de las Navas de Tolosa, en las inmediaciones de Santa Elena (Provincia de Jaén). Un año más tarde, lograba lo propio en la plaza de Alcaraz, consolidando el poder castellano en toda la meseta manchega.

Alfonso VIII falleció el día 6 de octubre de 1214, dejando constancia de ello el arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada en su obra "De rebus Hispaniae". El rey y su esposa Leonor recibieron sepultura en el Monasterio de Santa María la Real de Las Huelgas en Burgos que él mismo había fundado.


Fernando II de León (1157-1188)

Hijo de Alfonso VII de León y de la reina Berenguela de Barcelona, sus abuelos paternos fueron el conde Raimundo de Borgoña y la reina Urraca de León, siendo los abuelos maternos Ramón Berenguer III de Barcelona, conde de Barcelona, y su esposa la condesa Dulce de Provenza. Fueron sus hermanos, entre otros, Sancho III de Castilla y Sancha de Castilla, que contrajo matrimonio con Sancho VI de Navarra. Fue hermanastro de Sancha de Castilla, que contrajo matrimonio con Alfonso II de Aragón. Su educación fue confiada a un magnate gallego, el conde Fernando Pérez de Traba de la misma estirpe que los antiguos caballeros de su abuela, la reina Urraca de León, y de los preceptores y defensores de su padre Alfonso VII, también padre de quien fue su segunda esposa, Teresa Fernández de Traba. Pronto fue iniciado en las tareas de gobierno. Desde 1151 es asociado al trono por su padre, junto con su hermano el infante Sancho, rey de Castilla. Se vio rodeado desde el principio por los magnates leoneses y gallegos, como los condes Ponce de Minerva, Ramiro Froilaz, Pedro Alfonso, y Fernando Pérez de Traba.

En un concilio iniciado en Valladolid en el año 1155, se acordaron los términos de la división de los estados de su padre, que aún vivía. Allí se asignaron bajo su soberanía los reinos de León y Galicia, excluyéndose la Tierra de Campos, Sahagún y Asturias de Santillana. En 1157 falleció su padre el rey Alfonso VII y tal como el difunto rey había dispuesto en su testamento, su segundo hijo pasó a ser rey con el nombre de Fernando II de León, y gobernando los territorios del reino de León y Galicia. En 1158 acordó con su hermano Sancho, rey de Castilla, en el Tratado de Sahagún, guerrear contra los musulmanes, repartirse los territorios conquistados, que en caso de que uno de los dos hermanos falleciese el superviviente heredaría el reino del hermano difunto, y la repartición del Reino de Portugal. La muerte de su hermano Sancho, que falleció en 1158 y fue sucedido en el trono castellano por su hijo Alfonso VIII de Castilla, anuló las cláusulas del tratado de Sahagún.

Durante la minoría de edad de su sobrino Alfonso VIII de Castilla, en el reino de Castilla comenzó la rivalidad entre la Casa de Laray la Casa de Castro por ejercer la regencia en nombre del niño rey. Aprovechando el estado anárquico en el que se hallaba el reino de su difunto hermano, Fernando II de León invadió el reino de Castilla al frente de un ejército, y exigió, a fin de restaurar el orden en el reino, que los Lara le entregasen a su sobrino Alfonso VIII, de cuya educación deseaba hacerse cargo. En 1160 Fernando Rodríguez de Castro el Castellano, al mando de las fuerzas de la Casa de Castro, derrotó a los partidarios de los Lara en la Batalla de Lobregal, en la que perdió la vida el conde Osorio Martínez, su suegro, y en la que Nuño Pérez de Lara fue capturado. En 1162 Rodríguez de Castro fue nombrado mayordomo mayor de Fernando II de León. Contrajo matrimonio en 1165 con Urraca de Portugal, infanta de Portugal, hija de Alfonso I de Portugal y de Mafalda de Saboya. Por esas fechas, restauró y repobló las ciudades de Ledesma y Ciudad Rodrigo, y ello provocó que los habitantes de Salamanca que, al parecer, habían comprado la ciudad de Ledesma, tomaran la armas contra el rey y los magistrados de Ledesma; cuando el rey Fernando tuvo conocimiento de ello marchó con su ejército contra los sublevados y les obligó a retornar a su ciudad.

La guerra contra el reino de Castilla (1162-1166): En 1162, Fernando conquistó la ciudad de Toledo, arrebatándosela a los castellanos, y nombrando a continuación gobernador de la ciudad a Fernando Rodríguez de Castro. La ciudad de Toledo permaneció en poder de los leoneses hasta el año 1166, en que fue recuperada por los castellanos.3 El 27 de septiembre de 1162 el rey de León firmó un acuerdo, conocido como el tratado de Ágreda, con Alfonso II de Aragón. En 1164 Fernando Rodríguez el Castellano penetró en el reino de Castilla por segunda vez con un ejército y derrotó al condeManrique Pérez de Lara en la Batalla de Huete, librada en el mes de junio o julio de ese año. Cuatro años después fue nombrado alcalde de León, siendo su deber controlar y estar al mando de las fortalezas existentes en la ciudad, hasta el año 1182, en que dejó el cargo.

Fernando II de León y los miembros de la Casa de Lara se reunieron en Soria, y acordaron que, para defender la ciudad de Toledo de los sarracenos, entregarían a la Orden del Temple la plaza de Uclés, situada en la actual provincia de Cuenca, y que posteriormente se convertiría en la sede de la Orden de Santiago. El rey de León, temeroso de que los miembros de la Casa de Lara rompieran la paz acordada, se alió con Sancho VI de Navarra para intimidar a dichos magnates castellanos y, de ese modo, poder dirigir sus tropas contra los almohades, a quienes arrebató las ciudades de Alcántara y Alburquerque.

Conquista de Badajoz y guerra con el reino de Portugal: Entre los años 1166 y 1168, Alfonso I de Portugal, se apoderó de varias plazas pertenecientes a la corona leonesa. Fernando II de León repobló Ciudad Rodrigo, y el soberano de Portugal, sospechando que su yerno la fortificaba con el propósito de atacarle en el futuro, envió contra aquella plaza un ejército mandado por su hijo, el infante Sancho de Portugal, heredero del trono de Portugal. Acudió el rey de León en auxilio de la plaza sitiada y, en un encuentro que tuvo con las tropas portuguesas las puso en fuga, capturando numerosos prisioneros. Alfonso I de Portugal invadió entonces Galicia, se apoderó de Tuy y de otros muchos castillos, y en el año 1169 atacó la ciudad de Cáceres. Posteriormente marchó junto con sus tropas contra la ciudad de Badajoz, que se hallaba en poder de los sarracenos, pero que según lo acordado en el tratado de Sahagún, que había sido firmado en 1158, debería pertenecer cuando fuera reconquistada al reino de León. A principios del verano de 1169, Gerardo Sempavor del reino de Portugal, tomó la ciudad de Badajoz después de un largo asedio, pero el gobernador de la ciudad se refugió en la Alcazaba de Badajoz, y el asedio hubo de continuar. Viendo la oportunidad que se le presentaba de añadir a sus dominios la principal ciudad de la región a expensas de sus enemigos cristianos y musulmanes, Alfonso I de Portugal acudió con un ejército a Badajoz a fin de sustituir a Gerardo Sempavor como conductor del asedio.

La ciudad de Trujillo se convirtió en la cabeza del señorío reunido por Fernando Rodríguez de Castro el Castellano. Ello provocó la oposición del rey Fernando, quien argumentó queBadajoz le pertenecía. El rey de León se dirigió entonces hacia el sur al frente de un ejército, a petición del califa almohade Abu Yaqub Yusuf, quien ya había enviado un contingente de quinientos caballeros a fin de socorrer a su gobernador sitiado. El Castellano, como mayordomo mayor del monarca, fue uno de los jefes leoneses de la expedición. Los portugueses que sitiaban la Alcazaba de Badajoz se vieron entonces sitiados por los leoneses, estallando la lucha en las calles de la ciudad. Mientras trataba de escapar, Alfonso I de Portugal fue capturado por los hombres de Fernando II, después de haberse roto una pierna. Al mismo tiempo, Fernando II capturó a Gerardo Sempavor. Tras la toma de la ciudad y de la Alcazaba de Badajoz por los leoneses, estos últimos dejaron la ciudad en manos de sus aliados musulmanes. Gerardo Sempavor tuvo que entregar al reino de León varias de las localidades que había conquistado, a cambio de su libertad.

Fernando II de León conservó la ciudad de Cáceres, pero las localidades de Trujillo, Montánchez, Santa Cruz de la Sierra y Monfragüe pasaron a ser propiedad de Fernando Rodríguez de Castro. Tras la donación recibida, Rodríguez de Castro pasó a ser señor de un señorío semi-independiente localizado entre los ríos Tajo y Guadiana, cuya sede se hallaba en la ciudad de Trujillo. Alfonso VIII de Castilla se percató de la importancia estratégica de las fortalezas concedidas al Castellano, con vistas a una futura repoblación, pues las fortalezas se hallaban en la zona que según el Tratado de Sahagún de 1158 pertenecía al área de influencia del reino de Castilla. Vencidos por Alfonso I Enríquez, los musulmanes atacaron en 1173 el reino de León, intentando apoderarse de Ciudad Rodrigo; pero Fernando II, que tuvo conocimiento de sus propósitos, se atrincheró en la ciudad salmantina con las tropas que pudo reunir en León, en Zamora, en varios lugares de Galicia, y en otros puntos del reino, dando orden al mismo tiempo al resto de su ejército de reunirse con él lo antes posible. Los musulmanes fueron derrotados y sólo pudieron conservar su libertad aquellos que se dieron a la fuga.

En 1170 se creó la Orden de Santiago, con el fin de proteger a los peregrinos que visitaban la tumba del Apóstol Santiago. Alrededor del año 1171 ó 1172, el rey Fernando se vio obligado a repudiar a su primera esposa, la reina Urraca de Portugal, a pesar de que la reina había dado a luz al infante Alfonso, que sucedió a su padre en el trono leonés,  pues ambos cónyuges eran primos segundos. En 1177, contrajo matrimonio con su segunda esposa, Teresa Fernández de Traba, hija ilegítima del conde Fernando Pérez de Traba y de Teresa de León, viuda del conde Nuño Pérez de Lara.

Guerra con el reino de Castilla y conferencia de Tordesillas (1178-1180): En 1178, Fernando II de León invadió el reino de Castilla. Se apoderó de los municipios de Castrojeriz y Dueñas antes de que Alfonso VIII hubiese podido poner dichas fortalezas en estado de alerta, al tiempo que el soberano castellano se aliaba con Alfonso I de Portugal, que envió a su hijo, el infante Sancho de Portugal, a luchar contra el rey de León. En 1180 se reunieron en la localidad vallisoletana de Tordesillas los reyes de Castilla y León, donde acordaron poner fin a sus diferencias, sellando un acuerdo de paz. En 1180 falleció su segunda esposa, la reina Teresa Fernández de Traba, que murió al dar a luz un hijo, que falleció al mismo tiempo que su madre y fue sepultado junto con ella en el Panteón de Reyes de San Isidoro de León. El Papa Alejandro III concedió la gracia del año santo jubilar jacobeo (Bula Regis Aeterni, año 1181). Dicho privilegio concedido a la catedral de Santiago de Compostela favoreció el apogeo de las peregrinaciones, al tiempo que potenció el desarrollo económico, cultural y artístico de los territorios atravesados por el Camino de Santiago.


En 1187 Fernando II de León se casó por tercera vez, con Urraca López de Haro, hija de Lope Díaz I de Haro, señor de Vizcaya y Nájera. El rey donó a su esposa los castillos de Aguilar y Monteagudo. Fernando auxilió al rey de Portugal cuando los musulmanes sitiaban la ciudad de Santarém. Urraca López de Haro, que tenía conocimiento que se acercaba el final de la vida de su esposo, quiso elevar al trono de León a su único hijo superviviente, Sancho Fernández de León, en perjuicio del infante Alfonso de León, hijo primogénito de Fernando y de la reina Urraca de Portugal. Para lograr su propósito la reina Urraca sostuvo que el nacimiento del infante Alfonso era ilegítimo, ya que el matrimonio de sus padres había sido anulado debido a los lazos de sangre existentes entre ambos cónyuges. El rey Fernando desterró entonces a su hijo primogénito, lo que supuso un triunfo para su madrastra, que se esforzó en que su hijo Sancho heredase el trono a la muerte de su padre.

Contraviniendo sus deseos de recibir sepultura en la catedral de Santiago de Compostela, fue enterrado en algún lugar, posiblemente en el Panteón de Reyes de San Isidoro de León, pues a su viuda, la reina Urraca, no le convenía trasladar los restos mortales a Santiago de Compostela, ya que su arzobispo, Pedro Suárez de Deza era partidario del rey Alfonso IX y no de la reina Urraca. Posteriormente, sus restos fueron trasladados por orden de su hijo Alfonso IX de León a la catedral de Santiago de Compostela, en la que el difunto rey de León había manifestado que deseaba ser sepultado, pues allí se hallaban sepultados su madre, la reina Berenguela de Barcelona, y su abuelo Raimundo de Borgoña, esposo de la reina Urraca I de Castilla y León. El sepulcro del rey Fernando se encuentra colocado en la Capilla de las Reliquias de la catedral de Santiago de Compostela, donde se halla el Panteón Real. Sobre un sepulcro de piedra liso se halla colocada la estatua yacente que representa al difunto rey, que aparece ataviado con túnica y manto, ceñida la frente con corona real, y su cabeza aparece representada con cabello rizado y con barba, hallándose el brazo derecho del soberano levantado y colocado a la altura de su cabeza, mientras que su mano izquierda reposa sobre su pecho. 

Alfonso IX de León (1188-1230)

Hijo de Fernando II de León y Urraca de Portugal, tuvo dificultades para hacerse con el poder debido a las intrigas de su madrastra Urraca López de Haro, que aspiraba a entronizar a su propio hijo, el infante Sancho. A lo largo de su reinado tuvo numerosos conflictos y tensiones con su primo Alfonso VIII de Castilla. Debido a estos, estuvo ausente en la Batalla de las Navas de Tolosa, pese a lo cual realizó una gran actividad de Reconquista, recuperando para la Cristiandad las ciudades de Cáceres, Mérida y Badajoz.

Se casó primero con Teresa de Portugal, matrimonio que fue anulado por consanguinidad, y luego (1198) con Berenguela de Castilla, de quien hubo al infante Fernando. Tras anularse también este matrimonio, Berenguela se llevó a su hijo a su tierra natal y logró convertirlo en rey de Castilla a la muerte de Enrique I, en 1217. Debido a ello, padre e hijo se distanciaron y, al parecer, la animadversión de Alfonso IX hacia los castellanos le llevó a dejar el reino en manos de Sancha y Dulce, las hijas habidas con su primera esposa, Teresa de Portugal, en lugar de las de su primogénito. Sin embargo, la madre de Fernando negoció con Teresa de Portugal la entrega de una pensión vitalicia a Sancha y Dulce a cambio de sus derechos, uniendo ambas coronas en la llamada Concordia de Benavente.

Alfonso IX halló enormes dificultades para acceder a un trono, que por derecho de nacimiento le pertenecía. Por una parte, se encontraba su madrastra Urraca, la cual quería eliminarle, pues pretendía que su hijo Sancho fuera el que heredara el Reino, a pesar de haber nacido más tarde. Urraca argumentaba que Alfonso IX no tenía derecho al trono porque el matrimonio entre sus padres había sido anulado. A esto se le unía el deseo de los reinos vecinos de Portugal y Castilla de repartirse el Reino de León. No obstante, todo se resolvió a favor de Alfonso IX, debido a que Urraca no consiguió apoyo entre los leoneses.

Mientras portugueses y castellanos ambicionaban las tierras del Reino por el Este y por el Oeste, los almohades suponían un gran peligro por el Sur. Por si las amenazas extranjeras no bastaran, el nuevo monarca se encontró con que el Reino estaba en bancarrota por la política que había llevado su padre. Por lo que, a los 17 años, Alfonso IX convocó las famosas Cortes de León (1189), la primera vez  que se reunieron representantes de la nobleza, del clero y de las villas del reino, siendo las primeras Cortes representativas de Europa y del Mundo.

Estaban presentes todos los obispos del reino, incluyendo al arzobispo de Santiago de Compostela, que era la máxima autoridad religiosa, además de los nobles y los representantes de las ciudades: León, Oviedo, Salamanca, Ciudad Rodrigo, Zamora, Astorga, Toro, Benavente, Ledesma y algunas más. El motivo por el cual se convocó también a los representantes de las ciudades, fue sin duda la acuciante necesidad de solventar la grave situación económica que sufría el Reino. El hecho de que los habitantes de las ciudades gozaran de una gran prosperidad económica y de que la colaboración con la nobleza en este aspecto fuera demasiado complicada, motivó que rey llamase a los representantes de las ciudades para que asistieran a estas Cortes. Así, Alfonso IX consiguió, sin implicar a la nobleza, generar más recursos para el Reino, recursos cada vez más necesarios por el creciente gasto que ocasionaban las guerras con los vecinos; a cambio se comprometió a mejorar la administración de justicia y eliminar los abusos de poder de la nobleza.

Recién coronado Alfonso IX, se reunió con su primo Alfonso VIII, rey de Castilla, en Carrión, con la intención de iniciar unas buenas relaciones con Castilla que permitieran una paz duradera. La reunión consistía en una ceremonia para investir a Alfonso IX caballero, y como era costumbre en estos casos, Alfonso IX besó la mano del rey castellano, recibiendo por parte de éste la espada y el cinturón propios de un caballero. Cabe destacar que en la misma ceremonia fue armado caballero el Príncipe Conrado de Suabia, hijo del Emperador Federico Barbarroja de Alemania. El príncipe había venido con el objetivo de desposar la infanta Berenguela, hija de Alfonso VIII, algo que no pudo hacer debido a la oposición de ésta. Alfonso VIII de Castilla, más tarde, rompiendo el pacto, entró con sus tropas en territorio leonés y se apoderó de varias plazas que nunca habían pertenecido a Castilla, entre ellas, Valencia de Don Juan. Rompía así las hostilidades con el Reino de León, invadiendo unos territorios que marcarían la política exterior de Alfonso IX.

Sancho I de Portugal, al Oeste, penetró en territorio leonés con el mismo objeto que Castilla: apoderarse de las tierras del Reino de León. Así, el Reino se vio cercado entre dos frentes que amenazaban con su destrucción. Alfonso IX se dio cuenta del grave peligro. Para buscar una solución, utilizó la diplomacia y se puso de inmediato a buscar apoyos en Portugal. Primero se entrevistó con Sancho I de Portugal y concertó el matrimonio con la infanta Teresa, que más tarde se llamaría Santa Teresa de Portugal. Como ambos eran nietos de Alfonso Enríquez, primer rey de Portugal, el matrimonio entre ambos necesitaba dispensa papal. No obstante, el matrimonio duró tres años, en los cuales tuvieron tres hijos: Dulce, Fernando y Sancha. Fernando, por desgracia, murió muy joven (1214). El papa Celestino III en 1191, tildó el matrimonio de incesto, pronunciando más tarde una sentencia de excomunión y entredicho. La excomunión afectaba a los reyes de León y de Portugal, mientras que el entredicho afectaba a ambos Reinos.

El Rey de Portugal propuso un pacto para defenderse de Castilla a los reyes de Aragón, Navarra y León, que fue llamado la Liga de Huesca. El pacto consistía en un compromiso por el cual ninguno de los monarcas firmantes entraría en guerra sin el mutuo consentimiento. Alfonso IX firmó por la poca confianza que tenía en Alfonso VIII de Castilla, quien a pesar del convenio de Carrión seguía sin devolverle las plazas leonesas que aún retenía. Alfonso IX, temeroso del peligro que suponía el gran poder de los almohades, firmó una tregua (1191) de cinco años. El Papa Celestino III no tardó en reaccionar ante este pacto: excomulgó al Rey de León. E incluso hizo más: procedió a conceder las mismas indulgencias a aquellos que lucharan contra León que las que recibían los que participaban en las Cruzadas, dejando así relevados de obediencia al rey a sus súbditos.

Así pues, Portugal, creyendo que el final del Reino de León estaba cerca, aprovechó la oportunidad para atacar a León, esperando, como años atrás, ampliar sus dominios a costa del Reino de León. Invadió Galicia con ayuda de varios nobles gallegos, tomando Tuy y Pontevedra. Alfonso VIII de Castilla, por su parte, con la ayuda de Portugal y Aragón, aprovechó la bula para atacar también León. Penetró por el sur y atacó Benavente, fracasando en su conquista. Avanzó más tarde hacia el norte hasta Astorga, fracasando en el intento de nuevo. Después de dejar un sendero de destrucción a su paso, llega a las puertas de la ciudad de León, a la cual tan siquiera es capaz de acceder, contentándose con la toma de Puente Castro, localidad cercana, tras varios días de brutales ataques.

Cuando Alfonso IX recibe en 1195 ayuda de los árabes en forma de dinero y tropas, se decide a contraatacar a Castilla, llegando hasta Carrión. El rey de Castilla, Alfonso VIII, hizo también un pacto con los almohades para evitar males mayores. Y aunque lo correcto hubiera sido que este nuevo pacto hubiera sido motivo de escándalo y  excomunión, no sucedió tal cosa. El legado pontificio, conocedor de las malas relaciones entre los reinos de León y de Castilla, quiso mediar en el conflicto. Consiguió que ambos reyes se reunieran en Tordehumos, provincia de Valladolid, firmando un tratado de paz (1194), en el cual se obligaba al rey castellano a devolver las plazas leonesas en su poder, algo que por supuesto no hizo en su totalidad. En el tratado, Alfonso IX se comprometió a casarse con Berenguela, hija mayor del rey de Castilla. La boda se celebró con gran esplendor en la iglesia Santa María de Valladolid en1197.

 Batalla de Alarcos (1195): Alfonso VIII de Castilla pidió ayuda a Alfonso IX para eliminar la amenaza de loa almohades, pero sin contemplar la devolución de las plazas leonesas que aún retenía en su poder. Entonces el monarca leonés le negó tal apoyo, porque esperaba derrotar sólo a los almohades y no compartir su gloria con el monarca leonés. De esta manera, los ejércitos cristiano y musulmán se encontraron en Alarcos (Ciudad Real). La batalla terminó con una estrepitosa derrota del ejército cristiano. Alfonso IX se encontraba muy cerca de la batalla cuando el rey castellano decidió atacar, pero no lo suficiente para que las tropas leonesas pudieran intervenir en el combate y hacer algo por derrotar a los musulmanes. No obstante, una vez consumada la derrota, Alfonso IX se citó en Toledo con su primo el rey castellano para demandarle que cumpliera el acuerdo y le devolviera las plazas leonesas en su poder. Alfonso VIII se negó, y el rey leonés abandonó la reunión indignado.

 Batalla de las Navas de Tolosa (1212): Una vez más, los almohades representaban una amenaza que debía ser eliminada para asegurar la supervivencia de los reinos cristianos peninsulares. Ello motivó al arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, a informar al nuevo papa Inocencio III. En 1212, el Papa envió una bula al Rey de Castilla para que iniciara una cruzada contra los almohades. El monarca castellano, que había sufrido la grave derrota de Alarcos, sabía que necesitaba la colaboración de los otros reinos cristianos de la península si quería salir victorioso en esta empresa. De esta forma, mientras Alfonso VIII se encontraba en Madrid preparando la batalla junto a su hijo, que moriría antes de que se librara la batalla, se enviaron mensajeros a Navarra, Aragón y León.

En Castilla, se temía el poder del Reino de León, ya que hacía poco había demostrado su poder, derrotando a los portugueses en batalla. Y además, en la conciencia del rey castellano preocupaba el hecho lo que haría el rey leonés para recuperar los territorios leoneses, que pese a todos los pactos, mantenía todavía en su poder. Temía que Alfonso IX pusiera como condición para participar en la batalla la devolución de todos los territorios usurpados, o que el rey leonés no acudiera a la batalla y se aprovechara  para recuperarlos. Por ello, Alfonso VIII pidió la mediación del Papa, para evitar cualquier ataque leonés. Inocencio III accedió y amenazó con la excomunión a todo aquel que se atreviera a violar la paz mientras los castellanos lucharan contra los musulmanes. Este hecho contrasta con lo sucedido años atrás, cuando el mismo Papa había obligado al monarca castellano, sin éxito, a devolver esos castillos a Alfonso IX. El rey de León, que ansiaba acudir a la batalla, convocó una Curia Regia que le recomendó que exigiera condiciones para participar en la campaña, y así, Alfonso IX respondió a su homólogo castellano que acudiría gustoso en cuanto se le devolvieran los territorios que le pertenecían.

Entretanto, Alfonso VIII de Castilla fijó en Toledo la reunión de las tropas castellanas  a las que se les unieron las de Aragón y Navarra, así como un gran número de caballeros franceses, italianos y de otros países europeos. A la batalla no acudieron los reyes de León ni de Portugal, pero permitieron que sus vasallos se incorporaran a la batalla. De este modo, muchos leoneses, asturianos y gallegos participaron en la batalla. Y tal como había temido Alfonso VIII, el rey leonés procedió a recuperar lo que era suyo. Para no romper el edicto del Papa y evitar la excomunión, se dedicó a recuperar sólo aquellas plazas que estaban dentro de las fronteras de León, evitando así el enfrentamiento en tierras castellanas. Cuando Alfonso VIII volvió de la batalla y se encontró con los hechos consumados, no pudo hacer nada. Es más, invitó a los reyes de León y de Portugal a firmar un tratado de paz, el cual se firmó en Coímbra. Hubo incluso un nuevo pacto en el cual Alfonso VIII devolvió las plazas leonesas de Peñafiel y Almanza.

Reconquista: Finalizadas las luchas con Castilla después de la muerte de Alfonso VIII, Alfonso IX reemprendió sus planes de reconquista. En 1218 el monarca leonés organizó una expedición a tierras musulmanas, en la que participaron las Órdenes de Calatrava y Alcántara, con la intención de conquistar Cáceres; no obstante, la ciudad estaba bien defendida y, tras un asedio de tres meses y medio, los ejércitos cristianos tuvieron que retirarse. En una segunda incursión a tierras musulmanas, Alfonso IX se encuentra con un nuevo enemigo, el cual no era otro que Portugal, que ansiaba las mismas tierras que el monarca leonés quería para su reino. De esta manera, los portugueses atacan a las tropas leonesas en Braga y Guimarães, siendo derrotadas en ambas ocasiones. En 1219, ambos reinos firman un nuevo tratado de paz para poner fin a las hostilidades. Después de estas victorias contra los portugueses, Alfonso IX realiza una incursión por tierras musulmanas hasta Sevilla, donde derrota a los musulmanes y recoge un gran botín.

En 1221 los caballeros de la Orden de Alcántara conseguirían rendir la ciudad de Valencia de Alcántara, lo que daría un nuevo impulso a la reconquista leonesa. Al año siguiente, se volvió a intentar la toma de Cáceres, fracasando nuevamente. El rey volvería a asediar la ciudad en los años 1223, 1225 y 1226 (año en el que también se intentaría rendir Badajoz sin éxito), hasta que, finalmente, Cáceres cayó en 1229. La ciudad de Cáceres era la pieza clave en el frente musulmán. Esto, unido a la grave derrota infligida en 1230 al ejército de Ibn Hud que se dirigía a socorrer Mérida, tuvo como consecuencia la caída muchas ciudades extremeñas y el abandono de otras por parte de sus defensores andalusíes. Así, en 1230 serían conquistadas Mérida, Badajoz y Baldala (actual Talavera la Real). Ese mismo año Montánchez fue ocupada por la Orden de Santiago y Elvas (abandonada por sus defensores) por un ejército portugués.

Después de esta gloriosa campaña, Alfonso IX se dirigió a Santiago de Compostela a visitar al Apóstol Santiago, por el cual sentía gran devoción, para agradecerle su protección y ayuda en la reconquista. En el camino, enfermó gravemente en Villanueva de Sarria, muriendo poco después. Después de su muerte, fue enterrado en la catedral de Santiago, al lado de su padre, según se recogía en su testamento.

Gestión del Reino: Alfonso IX aplicó una política de repoblación basada en el conocimiento de las actuaciones que sus predecesores habían hecho, eligiendo así la que había resultado más conveniente. Aplica sobre todo técnicas parecidas a las que en su día siguen Alfonso III yRamiro II. Es destacable que no sólo se dedicó a repoblar zonas nuevas, sino que también potenció las ya pobladas mediante Fueros para mejorar el gobierno y el desarrollo de las villas y ciudades del Reino de León. Concedió así fueros a Tuy, Lobera y Puentecaldelas y repobló Mellid, Monforte de Lemos y Villanueva de Sarria en Galicia. En Asturias concedió fueros a Llanes después de repoblarla y eximió del pago del portazgo a Oviedo desde León, además repobló Tineo. Por último, en León concedió fueros a Carracedo, Villafranca del Bierzo, Bembibre y Puebla de Sanabria, y repobló Villalpando.También fundó La Coruña en 1208, a la que otorgó una Carta de Población basada en la que en 1167 había concedido su padre a Benavente. Alfonso IX promulgó varias leyes en el principio de su reinado para favorecer la actividad vitivinícola, maderera y ganadera. La producción de cereal, bastante abundante en la zona del Duero, era insignificante en Asturias y Galicia, teniendo problemas estos territorios incluso para abastecer de trigo a las iglesias, las cuales lo necesitaban para hacer la consagración religiosa. Ante esta escasez, no es de extrañar que se considerara un gran lujo comer pan de trigo en dichos territorios, especialmente en las ciudades. La producción de cereales en todo el reino se ceñía sobre todo a trigo y centeno, aunque también se producían hortalizas, lino y legumbres. 

El vino se producía en todo el Reino; aun así, destacan algunos Comarcas: Ribadavia (Orense), Villafranca de Bierzo (León), Toro (Zamora) y Ribera de Duero y Tierra de Campos. La pesca de mar y rio también era un recurso importante en todo el reino. En Asturias, la producción de manzana era enorme, y como normalmente había un gran excedente, era usado para producir sidra. Alfonso IX llegó a sorprenderse cuando le comunicaron que varias comunidades monásticas asturianas cosechaban las manzanas para después elaborar sidra para todo el año. Uno de los grandes logros de la gestión de Alfonso IX fue el acusado descenso del poder que ostentaban los nobles respecto a épocas anteriores y a otros Reinos, debido a la política seguida por el Monarca leonés.

La Universidad de Salamanca: Uno de los actos más importantes y destacables de Alfonso IX en el Reino de León fue la creación del "Estudio General" de Salamanca, a partir de las escuelas catedralicias que ya llevaban funcionando casi un siglo. En aquellos tiempos eran normales las escuelas en las Catedrales de los reinos de España. En 1208, el obispo Tello Téllez de Meneses había creado un Estudio general en Palencia (que acabó convirtiéndose en Universidad en 1263, cuando estaba a punto de desaparecer), un estudio donde los leoneses tenían difícil acudir debido a los continuos choques entre León y Castilla. Por eso, Alfonso IX decidió, en 1218, crear otro Estudio General en Salamanca. Años más tarde, Fernando III el Santo le daría un gran impulso y Alfonso X el Sabio finalmente la convertiría en la primera Universidad que, en Europa, ostentaba ese título (1254).

El problema de la sucesión: La temprana muerte del infante Fernando, hijo de Alfonso IX con la reina Teresa, trastocó los planes del monarca leonés. Alfonso IX, que se había casado dos veces, tuvo dos hijos varones. Muerto el primero, quedaba otro, llamado también Fernando, que había tenido con la reina Berenguela. Su nombramiento como Rey de Castilla cambió las cosas de nuevo. Después de ello, Alfonso IX pensó en sus hijas, las infantas Sancha y Dulce, habidas de su primer matrimonio con la reina Teresa. Así pues, se hacía depositarias a su viuda y a sus hijas Sancha y Dulce de los derechos del reino. Actuaría como garante del testamento la Orden de Santiago, creada por los monarcas leoneses. Sin embargo, Fernando III reclamó los derechos que decía tener por su condición de hijo del anterior matrimonio. Amenazó con invadir el Reino de Léon y pactó una cuantiosa suma con las herederas legales para que renunciasen a sus derechos. Es la llamada "Concordia de Benavente" (1230). Alfonso IX de León falleció en el municipio gallego de Sarria en 1230, a los cincuenta y nueve años de edad, cuando realizaba una peregrinación a Santiago de Compostela.

Enrique I de Castilla (1214-1217)

Hijo de Alfonso VIII y de Leonor de Plantagenet. Enrique falleció a los trece años de edad de modo accidental como consecuencia de una herida recibida en el Palacio episcopal de Palencia mientras jugaba con otros niñosLe sucedió su hermana  Berenguela quien renunció en su hijo Fernando III de Castilla. La minoría de edad del rey Enrique supuso la apertura de un período de regencia. Su padre, en su testamento poco antes de morir había confiado la tutela a la reina Leonor quien, sin embargo falleció veinticuatro días después. Antes de fallecer, la reina Leonor había confiado la guarda y custodia del joven rey a su hija y hermana mayor de Enrique, Berenguela, que residía en la corte castellana desde que su matrimonio con Alfonso IX de León había sido anulado en 1204 por el papa Inocencio III.

La regencia de la infanta Berenguela fue importunada por los miembros de la Casa de Lara, familia de la alta nobleza castellana que ya se había destacado por su intervención política durante la minoría de edad del difunto Alfonso VIII de Castilla, período en el que fue combatida por la Casa de Castro. Encabezados por el conde Álvaro Núñez de Lara, los miembros de la Casa de Lara se negaron a apoyar a la infanta Berenguela como regente del reino y la óbligaron a renunciar a la regencia de su hermano para evitar los conflictos que caracterizaron los primeros años del reinado de su padre Alfonso VIII, cuando llegaron a producirse choques armados como la batalla de Lobregal o la batalla de Huete.

La tutela del conde de Lara produjo desavenencias entre la nobleza castellana, puesto que sus miembros temían el poder que con ella obtenían los miembros de la Casa de Lara, que desde un primer momento maniobraron a fin de consolidar su posición, concertando para ello, en el año 1215, el matrimonio de Enrique I de Castilla con la infanta Mafalda, hija del rey Sancho I de Portugal. El matrimonio del rey se celebró en la ciudad de Burgos, aunque nunca fue consumado y fue anulado al año siguiente, por el papa Inocencio III, debido al grado de parentesco que había entre ambos cónyuges. La anulación del matrimonio del rey impulsó a Álvaro Núñez de Lara a concertar un nuevo matrimonio con Sancha de León, hija del rey Alfonso IX de León, pretendiendo con ello unir los reinos de Castilla y León y apartar de la línea sucesoria de ambos reinos al infante Fernando de León, hijo de la la reina Berenguela y de Alfonso IX de León. El matrimonio no llegó a celebrarse debido a la defunción de Enrique.

Fernando III, el Santo-Rey de Castilla y León

Fernando III, el Santo
Rey de Castilla (1217-1252) 
Rey de León (1230-1252)

Hijo de Berenguela, reina de Castilla, y de Alfonso IX, rey de León. Durante su reinado se unificaron definitivamente las coronas de Castilla y León, que habían permanecido divididas desde la época de Alfonso VII el Emperador, quien a su muerte las repartió entre sus hijos, los infantes Sancho y Fernando. Durante su reinado fueron conquistadas y arrebatadas a los musulmanes, en el marco de la Reconquista, entre otras plazas, las ciudades de Córdoba, Sevilla, Jaén y Murcia, obligando con ello a retroceder a los reinos musulmanes, que, al finalizar el reinado de Fernando III el Santo, únicamente poseían en la Península Ibérica las actuales provincias de Huelva, Cádiz, Málaga, Granada y Almería,sometidas a vasallaje. Fue canonizado en 1671, siendo papa Clemente X, y reinando en España Carlos II.

El papa Inocencio III declaró nulo en 1204 el matrimonio de sus padres, Alfonso IX y Berenguela, alegando el parentesco de los cónyuges, tras lo cual Berenguela volvió a la corte de su padre (el rey de Castilla) con todos sus hijos.Tras la temprana muerte del rey de Castilla Enrique I, hermano menor de su madre y la abdicación de esta, fue proclamado rey de Castilla en 1217. Nada más tomar posesión de la corona, tuvo que enfrentarse a una revuelta nobiliaria, encabezada por la casa de los Lara y fomentada por el vecino reino de León.

En 1219, contrajo matrimonio con Beatriz de Suabia en Burgos. A partir de 1224, aprovechando las discordias surgidas entre los almohades a la muerte de Abu Yacub Yusuf, dedicó su esfuerzo a dirigir las campañas de conquista de los territorios dominados por los musulmanes, combinando hábilmente las acciones diplomáticas con beneficiosas intervenciones bélicas aprovechando las discordias existentes en los distintos reinos musulmanes. Así, entre 1225 y 1227 las tropas castellanas se hacen con Andújar,Martos y Baeza, lugares clave para la conquista de Andalucía.

A la muerte de su padre, Alfonso IX en 1230, los partidarios de Fernando no respetaron su testamento, reivindicando el trono de León, que el rey, su padre, había legado a Sancha y Dulce, hijas de su matrimonio con Teresa de Portugal. Tras una reunión entre las dos reinas consortes, Teresa de Portugal y Berenguela de Castilla, se firmó la Concordia de Benavente, en la que se declara la inviabilidad del testamento de Alfonso IX y el traspaso de la corona de León a Fernando a cambio de una compensación económica a Dulce y Sancha, que incluía la cesión de tierras que se reincorporarían a Castilla cuando estas murieran. De ese modo se unieron dinásticamente (siguieron conservando Cortes, leyes e instituciones diferentes) León y Castilla en la persona de Fernando.

Tras lograr la unión de sus reinos, se dedicó de manera sistemática a la conquista del valle del Guadalquivir. En 1231 tomó la plaza de Cazorla en Jaén, junto al arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada. Las fuerzas reales se adueñaron posteriormente de la campiña cordobesa y de forma inesperada se apoderaron de la capital, Córdoba, en 1236. En 1240 se apoderó de Lucena. En 1243, el rey de la taifa de Murcia se sometió a vasallaje y poco después su hijo, el infante Alfonso, ocupó el reino murciano de forma pacífica. En 1244, se establecen las fronteras con el Reino de Aragón en el tratado de Almizra, asignando al reino de Castilla las plazas de Orihuela, Elche y Alicante. Este mismo año, sus súbditos Rodrigo González Girón y el maestre de Santiago, Pelayo Pérez Correa, se apoderaron de los últimos reductos murcianos: Cartagena, Lorca y Mula.
Desde entonces fue avanzando por el Guadalquivir. Jaén fue conquistada tras años de ataques en 1246, y en noviembre del año 1248 se apoderó de Sevilla, tras quince meses de asedio y con el auxilio del marino Ramón de Bonifaz a quien el rey había encargado en 1247 la formación de una flota con naves procedentes del Cantábrico y con la que habría de remontar el río Guadalquivir y completar el cerco sobre la ciudad. A la toma de Sevilla siguió la de Medina Sidonia y Arcos de la Frontera, entre otras. Cuando falleció en 1252, preparaba una expedición contra el norte de África, tratando de evitar las posibles amenazas que pudieran proceder de esa zona.

 Reconquista de Sevilla: El rey Fernando encargó a Ramón de Bonifaz la constitución de una flota para tomar la ciudad portuaria de Sevilla. Este se dirigió aCantabria donde consiguió trece naves gruesas además de algunas galeras y naves menores. La flota cristiana se dispuso a atacar a la flota musulmana, que se encontraba en superioridad numérica, en el río Guadalquivir y Fernando III envió refuerzos terrestres. Finalmente, Bonifaz logra vencer a la flota musulmana consiguiendo aislar a Sevilla de refuerzos marítimos desde el Norte de África. El 20 de agosto de 1247 comienzan a asediar la ciudad, pero descubren que el emir de Niebla, Amen Amanfon, enviaba refuerzos y víveres desde la fortaleza de San Juan de Aznalfarache utilizando el puente de barcas, que además contaba con fuertes cadenas que impedían el paso de barcos.4 En el asedio también se encontraba el hijo de Fernando III, Alfonso X, que envió misivas a la ciudad amenazando con pasar a cuchillo a sus habitantes si se derribaba una sola teja de la mezquita o un solo ladrillo de su alminar, la futura Giralda. Asimismo contó con la participación del caballero Garci Pérez de Vargas.

Fernando III envió al maestre Pelay Pérez Correa a hostigar el castillo de San Juan, consiguiendo tomar la plaza. Sin embargo, desde la comarca del Aljarafe la ciudad sigue recibiendo apoyos a través del puente, tomando el rey Fernando la decisión de cortarlo. Ramón de Bonifaz remontó el río con su flota y consiguió llegar al puente donde, el 3 de mayo, tras dos embestidas logró quebrar las cadenas y romper el puente.4 El 23 de noviembre de 1248 el caid de la ciudad, el emir Axataf, se rinde ante Fernando III, entregándole las llaves de la ciudad.
Política: Trató de unificar y centralizar la administración de los reinos castellano y leonés, promovió la traducción del Fuero juzgo e impuso el castellano como idioma oficial de sus reinos en sustitución del latín. Repartió las nuevas tierras conquistadas entre las órdenes militares, la Iglesia y los nobles, lo que dio lugar a la formación de grandes latifundios.

En el ámbito cultural y religioso, mandó levantar las catedrales de Burgos y León. Se esmeró por que en su Corte se le diera importancia a la música y al buen hablar literario. Su hijo el rey Alfonso el Sabio será un gran literato y declarará que su saber se lo debe en gran parte al interés que su padre tenía por que su instrucción fuera la mejor posible.
El cadáver del rey Fernando III el Santo recibió sepultura en la Catedral de Sevilla, tres días después de su defunción. Fernando III había dispuesto en su testamento que su cadáver recibiese sepultura al pie de la imagen de la Virgen de los Reyes, que se supone le fue regalada al monarca por su primo, el rey San Luis de Francia, y había ordenado además que su sepultura fuera sencilla, sin estatua yacente.
No obstante, tras la muerte del rey, su hijo Alfonso X ordenó realizar los mausoleos de sus padres, revestidos de plata, y las efigies sedentes que les representaban, recubiertas de metales preciosos y piedras preciosas, contraviniendo así el deseo de su padre. Delante de la imagen de la Virgen de los Reyes, donada por Fernando III el Santo a la Catedral de Sevilla, fueron colocadas las efigies de Fernando III y de su primera esposa, la reina Beatriz de Suabia, que aparecían vestidos, sentados en sillones chapados de plata y bajo baldaquinos de plata dorada. La imagen sedente de Fernando III se hallaba coronada por una corona de oro y piedras preciosas. Las imágenes de Alfonso X y Beatriz de Suabia portaban sendas coronas de oro y piedras preciosas. Las piedras preciosas fueron confiscadas por su descendiente, el rey Pedro I de Castilla, durante la Guerra de los dos Pedros, en el siglo XIV, argumentando que no se hallaban suficientemente protegidas.

El monarca aparecía portando en la mano derecha la espada con la punta hacia arriba, estando la espada adornada con un rubí y una esmeralda. En el dedo índice de la mano izquierda, en la que sostenía la vaina de la espada, adornada con pedrería, llevaba un anillo de oro con una rubí de considerable tamaño. Dicho anillo sería posteriormente colocado en la mano de la Virgen de los Reyes, quien portaba, al igual que el Niño Jesús que ella sostenía en sus brazos, una corona de oro con piedras preciosas, que le fueron donadas por Alfonso X el Sabio. Tras la muerte de Alfonso X, su efigie, del mismo estilo que las de sus padres, fue colocada al lado de aquellas. Los sarcófagos que contenían los restos de los reyes fueron colocados a los pies de la imagen de la Virgen de los Reyes, y se hallaban adornados con blasones en los que aparecían castillos, leones y águilas, símbolo éste último de la Casa de Hohenstaufen, de la que era miembro la reina Beatriz de Suabia. La efigie que representaba a Fernando III se hallaba colocada en el centro de la capilla y a la izquierda estaba colocada la de su esposa. Cuando Fernando III el Santo fue canonizado en el año 1671, la imagen sedente del rey, del siglo XIII, fue sustituida por otra realizada por el escultor Pedro Roldán, quien según ciertas fuentes la realizó en pocos días, siendo después dorada y estofada por una hija del pintor Juan de Valdés Leal.

Urna de plata con los restos de San Fernando
Capilla Real de la Catedral de Sevilla

En la actualidad, la urna de plata que contiene los restos de Fernando III el Santo se encuentra colocada sobre un basamento de mampostería, colocado ante las gradas del altar donde se sitúa la imagen de la Virgen de los Reyes. En el basamento de mampostería que sirve de soporte a la urna se encuentran colocados cuatro epitafios, compuestos en árabe, latín, hebreo y castellano. La tradición sostiene que los cuatro epitafios fueron compuestos por su hijo Alfonso X.

La urna de plata que contiene los restos del rey San Fernando fue realizada entre los años por el orfebre Juan Laureano de Pina. Fue comenzada en 1690, aunque las dificultades financieras motivaron que su terminación no finalizara hasta el año 1719, habiendo participado en su conclusión varios orfebres, y habiéndose empleado en su realización plata, plata sobredorada y bronce. La urna exterior cubre la urna interior, con paredes de cristal, en la que reposan los restos del monarca. La urna, que se considera la obra más relevante de la orfebrería barroca sevillana, permanece cerrada habitualmente, aunque puede ser abierta para mostrar el cuerpo de San Fernando, como se hace el día 30 de mayo, festividad de San Fernando, en que es expuesto a la veneración de los fieles. En la decoración de la urna externa, que protege la urna interior, se glorifican las virtudes del rey San Fernando y la apoteósis de la monarquía española, estando además adornada con relieves con motivos florales y vegetales.

San Fernando (Murillo)-Catedral de Sevilla

Canonización: Para la canonización es preciso, además del milagro, la fama de santidad. Tras la muerte de Fernando III y de su entierro en la Catedral se genera una energía espiritual que atrae a los fieles sevillanos. El papa Sixto V confirmaría en 1590 que Fernando III poseía el halo de santidad y que merecía el tratamiento de santo, en base al «resplandor alrededor de la cabeza que se da en Roma a los beatificados y la diadema de los canonizados.» Las restricciones del papa Urbano VIII obligaron a demostrar que esta representación realmente era tal y, una vez acreditada, fue posible impulsar el procedimiento (1649).
Francisco López de Caro y Bartolomé Esteban Murillo se encargaron de recopilar todas las imágenes que existían en Sevilla de Fernando III. Comenzaron con una lámina de cobre que se conservaba en la Capilla Real de la Catedral de Sevilla, que a su vez era una versión de otra que se había realizado en Roma años antes. En la misma capilla encontraron una imagen en un tabernáculo del Rey Fernando arrodillado orante frente a una imagen del Padre. En el trascoro de la Catedral existía una imagen de la rendición del emir Axataf ante Fernando III pintada por Francisco Pacheco en 1634. Tras recopilar otros retratos acudieron al Alcázar de Sevilla, donde encontraron una imagen del Rey en el Salón de Embajadores. Otros sitios que visitaron fueron Puerta de Jerez, el Convento franciscano de San Diego, la Puerta de la Carne, la Iglesia de Santa María la Blanca, el Monasterio de la Cartuja, el Monasterio de San Clemente, la Alhóndiga, el retablo de San Andrés del Convento de la Paz y las Casas Capitulares y el convento franciscano anejo. En 3 años, a partir de enero de 1649, ambos lograron reunir numerosas imágenes que existían en la ciudad del rey Fernando que ratificaban la fama de santidad de esta persona.

Tras esto, se procedió a dar cuenta de los testimonios para la canonización en los años 50 del siglo XVII. A partir de 1652 la imagen de San Fernando ya estaba internacionalizada. En 1626 algunos testigos como Don Juan Villavicencio y Alarcón dieron fe de la enorme popularidad alcanzada por la imagen en Roma. También le era rendido culto en la Catedral de Mónaco, en su propio altar. Juan de la Fuente Almonte, Regidor Veinticuatro de Sevilla, manifestó que en el Virreinato de Perú se le llamaba «Santo Rey Don Fernando».

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