Píldoras Anti-Masonería

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lunes, 12 de diciembre de 2016

12 de diciembre: Nuestra Señora de GUADALUPE, Reina de México y Emperatríz de la HISPANIDAD (2348)

485º Aniversario de la Aparición a Juan Diego
Emperatriz de la HISPANIDAD

Buenos dias, Paloma BLANCA
La GUADALUPANA
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ARCHIVO AUTORES FORO
"VII aniversario del Blog"
Sumario
1. El Blog de Santiago Clavijo
2 Las TESIS del Editor
3. Posts más Populares
4. Posts Recomendados
5. FORO Anti-Masónico
6. LIBROS magistrales
7. BIBLIOTECA del Editor
8. Fuentes del Blog
9. Post nº 1 del Blog
1. Blog
Twitter: @Clavijo859
(380 seguidores)
Google Plus: Santiago Clavijo España
(Más de 6 millones de visitas)
Investigador del proyecto masónico-liberal
 "Nuevo Orden Mundial" para la "Nueva Era" 
Defensor de la Iglesia Católica, la Patria y la Familia
Información contra el virus ideológico de Satanás
Causante de la crisis religiosa, ética, social y política
Ap. 20,1: Yo, Juan, vi que un Angel descendía del cielo, 
llevando en su mano la llave del Abismo y una cadena.
El capturó al Dragón, la antigua Serpiente 
-que es el Diablo o Satanás- y lo encadenó por mil años.

2. Las Tesis del Editor
Virgen de Garabandal
(Dogmas y Advocaciones Marianas)
CONSPIRACIÓN MASÓNICA
Conspiración Masónica
Ciencia y FE
Ciencia y FE 
(Evolución)
Reconquista e Imperio
Reconquista e Imperio
Nueva ERA
Nueva Era 
(Yoga-Reiki)
Ideología de Género 
(Feminismo-LGTB)
Cambio Climático
Cambio Climático
CONSTITUCIÓN MASÓNICA 1978
Constitución Masónica 1978
AUTOGOLPE MASÓNICO 1981
Autogolpe Masónico 1981
ATENTADO MASÓNICO 2004
Atentado Masónico 2004
LINAJES DEL REINO DE LEÓN
Linajes del Reino de León
DEL BIGBANG AL APOCALIPSIS
Del Bigbang al Apocalipsis
SECESIONISMO VASCO: PNV y ETA
Secesionismo Vasco 
(PNV-ETA)

Cataluña Histórica
(Origen y Futuro)

Guerra Civil-Franco
(Represión Republicana)

RELIGIÓN
MASONERÍA
HISTORIA
POLÍTICA
CIENCIA
DIOS-María-Iglesia Católica-Anticristo
ESPAÑA-Hispanidad-Franco-Masoneria
Nuevo Orden Mundial-Nueva Era-Ideologia de Género

  1. San Juan. Apocalípsis (95 dC)
  2. Obispo Osio de Córdoba. Credo de Nicea (325)
  3. San Isidoro de Sevilla. Etimolgías (630)
  4. Alfonso X el Sabio. Estoria de ESPAÑA (1284)
  5. Jaime Balmes. El Criterio (1845)
  6. Cardenal Newman. Perder y Ganar (1847)
  7. Donoso Cortés. Catolicismo, Liberalismo y Socialismo (1851)
  8. Juan de Mariana. Historia general de ESPAÑA (1854)
  9. Pio IX-Syllabus: Recopilatorio de los 80 Errores del siglo (1864)
  10. Marcelino Menéndez Pelayo. Historia Heterodoxos Españoles (1882)
  11. Ana Catalina Emmerick. Visiones y Revelaciones (1880)
  12. León XIII-MASONERÍA (1884)
  13. Juan Vázquez de Mella. Congreso Anti-Masónico de Trento (1898)
  14. Católicos Alerta. Conjuración masónica anticristiana (1910)
  15. Monseñor Jouin. Protocolos de los sabios de Sión (1927)
  16. Modesto Lafuente y Juan Valera. Historia general de ESPAÑA (1930)
  17. Ernesto Giménez Caballero. Genio de España (1932)
  18. José Antonio Primo de Ribera. Discurso Fundación Falange 29/10 (1933)
  19. Ramiro de Maeztu. Defensa de la HISPANIDAD (1934)
  20. Hugo Wast. El Kahal y Oro (1935)
  21. G. K. Chesterton. Obras Completas (1936)
  22. Monseñor Guerra Campos. Franco y la Iglesia Católica (1937)
  23. Pío Baroja. Comunistas, Judios...y Masones (1938)
  24. Manuel García Morente. Idea de la HISPANIDAD (1938)
  25. C. S. Lewis. Cartas del Diablo a su sobrino (1942)
  26. Tomás Borrás. Checas de Madrid (1966)
  27. Agustín de Foxá. Madrid de Corte a Checa (1970)
  28. Claudio Sánchez Albornoz. Orígenes de la Nación Española (1972)
  29. Josep Pla. Testimonio de un Catalán del Siglo XX (1980)
  30. Blas Piñar. Combate por ESPAÑA (1980)
  31. Blas Piñar. Discurso Plaza Oriente 20-N (1981)
  32. Juan Pablo II. Catecismo de la Iglesia Católica (1993)
  33. Ricardo de la Cierva. Misterios de la Historia (1991)
  34. Ricardo de la Cierva. El triple secreto de la Masonería (1994)
  35. Ricardo de la Cierva. Las puertas del Infierno, Historia de la Iglesia jamás contada (1995)
  36. Ricardo de la Cierva. La Hoz y la CRUZ, Auge y caida del Marxismo y de la Teologia de la Liberación (1996)
  37. Ricardo de la Cierva. Historia total de ESPAÑA (1997)
  38. Cardenal Joseph  Ratzinger. DIOS y el Mundo (2000)
  39. Santa Faustina Kowalska. Diario de la Divina Misericordia (2001)
  40. Jesús Álvarez Gómez. Historia de la Iglesia (2001)
  41. Jon Juaristi. La tribu atribulada, el Nacionalismo Vasco explicado a mi padre (2002)
  42. Juan Pablo II-NUEVA ERA (2003)
  43. P. Juan Cladio Sanahuja. Desarrollo Sustentable (2003)
  44. Ramón Menéndez Pidal. Historia de ESPAÑA (2004)
  45. Luis Suárez Fernández. Isabel la Católica (2004)
  46. Luis Suárez Fernández. FRANCO (2005)
  47. Pío Moa. FRANCO, un balance historico (2005)
  48. Juan Pablo II. Memoria e Identidad-Patria (2005)
  49. Pío Moa. Quiebra Histora Progresista: Beevor, Preston, Juliá, Viñas...(2007)
  50. Vicente Cárcel Ortí. Caídos, Víctimas y Mártires de 1936 (2008)
  51. Nicolás Jouve. Explorando los genes. Del Big-Bang a la Nueva Biología (2008)
  52. Jesús Trillo-Figueroa. Revolución silenciosa, del Feminismo socialista a la "Ideología de Género" (2007)
  53. Scott y Kimberly Hahn. Roma, dulce hogar (2009)
  54. Joseph Nicolosi. Quiero dejar de ser Homosexual (2009)
  55. Manuel Guerra Gómez. La Evolución del Universo, de la Vida y del Hombre (2009)
  56. Ignacio Asuaga. Proyecto Zapatero (2010)
  57. Vittorio Messori. Leyendas negras de la Iglesia y de España (2010)
  58. Richard Cohen. Comprender y Sanar la Homosexualidad (2012)
  59. P. José María Iraburu. CRISTIADA y Mártires de México (2013)
  60. P. José Antonio Fortea. Demonología y Exorcismos (2013)
  61. Sanguis et Aqua. Nuevo Orden Mundial (2013)
  62. Michael O’Brien. El Padre Elías en Jerusalén en lucha con el Anticristo (2015)
  63. Pío Moa. Los Mitos del Franquismo (2015)
        (Píldora nº 1 del 6/11/2009)
      Si Amenábar en su película “Ágora” ensalza a los gnósticos del siglo IV será porque está en el ajo de la "Nueva Era", super-herejía y eslabón último de la cadena gnóstica, como denunció Juan Pablo II.
      El primer hereje del gnosticismo fue el mago Simón de Samaria en tiempos de los apóstoles. Desde San Ireneo, obispo de Lyon (siglo II), hasta Clemente XII (1738) y todos los Papas posteriores, el Gnosticismo es considerado como el principal enemigo del Cristianismo. Es la base filosófica y religiosa de la Masonería moderna.
      La "Nueva Era" es una religión sincrética que aglutina religiones orientales, herejías gnósticas e ideologías masónicas. Su objetivo es la destrucción de la Iglesia Católica mediante la sustitución, ya que los seres humanos por ley natural necesitan creer en algo superior y el ateísmo ha fracasado después de dos siglos. Relativismo, Ideología de género y Educación para la ciudadanía son los frutos perversos del Gnosticismo y la Masonería. 
      Una élite plutocrática de ideología masónica totalitaria está al servicio de Satanás. El gran desarrollo de la ciencia y la ingeniería psicosocial ha acelerado el proyecto de Gobierno mundial, documentado desde la carta de Pike a Mazzini (1871), conservada en un museo británico.

    lunes, 25 de enero de 2016

    PAPA Francisco decreta la canonización de José Sánchez del Río: MÁRTIR con 14 años en la Guerra Cristera. Gobiernos Masónicos de MÉXICO y CRISTIADA (2071)

    Beato José Sánchez del Río 
    Mártir con 14 años en la Guerra Cristera
    Pablo J. Ginés / ReL (22/1/2016): México tendrá un nuevo santo gracias al decreto del Papa Francisco que aprueba un milagro y pide la canonización del beato mártir José Sánchez del Río, muchacho de 14 años asesinado durante la Guerra Cristera (1926-1929).
    Su historia se popularizó fuera de México por la película "For Greater Glory" (Cristiada) que recogía su ejecución. En 2015 se publicó en España su biografía "El Niño Testigo de Cristo Rey", notable porque el autor, el padre Luis Laureán conoció personalmente a los asesinos. Recuperamos el artículo de ReL al respecto.
    De entre las historias de mártires mexicanos de la persecución de los años 20, probablemente la más estremecedora y que cada vez será más popular es la deladolescente José Sánchez del Río, ejecutado con torturas por las tropas gubernamentales cuando tenía 14 años. Su martirio es recogido de forma terrible -pero aún así suavizado- en la película de 2012 Cristiada (For Greater Glory).
    El niño había insistido en sumarse a las fuerzas cristeras siempre por motivos religiosos. Convenció a su madre para que lo dejase marchar sólo cuando dijo: "Nunca ha sido tan fácil ganarse el cielo como ahora".
    El 6 de febrero de 1928 las tropas del bando federal lo hicieron prisionero y lo encerraron en la sacristía de la iglesia local, la misma iglesia donde fue bautizado, donde creció en la fe. Lo ejecutaron con torturas el 10 de febrero. La descripción muestra un ensañamiento fanático que parecería fantasía hagiográfica de no estar bien confirmado por muchos testigos. Por desgracia, abundó la crueldad, a veces meticulosa, en la persecución anticristiana mexicana de los años 20.
    Los detalles de un martirio
    En un país "democrático" en la época de la luz eléctrica y el motor de explosión se repetían torturas propias del bíblico Libro de los Macabeos, y por similares motivos: el poder del Estado buscando esclavizar la conciencia del individuo, que cuando no se doblega debe ser ejecutado con suplicios.
    Al adolescente le cortaron las plantas de los pies para que sangrase. Con los pies desollados y ensangrentados lo hicieron caminar por las calles de su ciudad, Sahuayo (Michoacán).
    Durante el doloroso trayecto, el muchacho no dejó de gritar vivas a Cristo Rey y a la Virgen de Guadalupe, llorando y rezando a la vez. Le señalaron la tumba que había preparada para él, lo ahorcaron y acuchillaron mientras colgaba. Pero aún no estaba muerto.
    Uno de sus verdugos, Rafael Gil Martínez "El Zamorano" lo bajó y le preguntó: "¿Qué quieres que le digamos a tus padres?" El muchacho respondió: "Que Viva Cristo Rey y que en el cielo nos veremos".
    A continuación "El Zamorano" le disparó en la sien y acabó con su tortura. Desde esa misma noche acordonaron el cementerio con tropas para asegurarse que la gente no se llevase reliquias del muchacho, que ya para todos era santo. Sería beatificado oficialmente con otros 11 mártires en 2005.
    La historia en su contexto social y de fe
    El núcleo de la ejecución es tan intenso, que puede hacer olvidar lo principal: quién era José, cómo era el mundo en el que vivía, y cuál era el amor a Dios que lo movió en su corta vida y en su muerte radical.
    Eso se ha de narrar con fotos, con testimonios, recorriendo las calles, los lugares,hablando con los testigos, incluso hablando con el ejecutor, el que apretó el gatillo.
    Y así lo ha hecho el sacerdote mexicano Luis Manuel Laureán, paisano del joven mártir, que da carne y vida al muchacho y su época en un libro apasionante y detallado de 174 páginas en Ediciones De Buena Tinta titulado El Niño Testigo de Cristo Rey.
    Lo cotidiano y costumbrista, lo sobrenatural e incluso cierta mediocridad demoniaca se mezclan en esta historia. Investigando el Holocausto, Hanna Arendt se asombrababa de la "banalidad del mal", de descubrir que los verdugos de Auschwitz no eran monstruos hinchados de odio, sino aburridos funcionarios, gente vulgar, gris y cobarde sin mayor pasión, cumpliendo sus horarios y ordenanzas. El horror se hizo con "gente normal". 
    Poner rostro y alma al verdugo
    En los iconos rusos de mártires los verdugos y torturadores no suelen tener rostro, sino una mancha negra. Son anónimos. El mal los usa como instrumento opaco: al final, toda la luz resplandece en el santo, en su rostro auténtico, el que se ve desde el Cielo.
    Pero el caso es que el padre Laureán, autor del libro, no ve a "El Zamorano" como un verdugo anónimo. "Lo conocí en mi niñez y conversé con él en 1994; era mi vecino, barda de por medio. Le escuché alabar a los padres jesuitas por su formación y por los ejercicios espirituales que predicaban; se hizo muy amigo del padre Cuevas", explica en una nota.
    "El Zamorano" tuvo buenas tierras y buen ganado, y siempre se negó a hablar de las ejecuciones, sólo a veces hablaba de alguna batalla que ganó con los federales. Intentaba ser aceptado por sus vecinos, celebraba la primera comunión de su hijo (una foto en el libro lo recoge)... pero todo el pueblo sabía que él mató al niño mártir.
    Otro de los ejecutores, al que llamaban "La Aguada", también era conocido por el autor. "A mis once años lo vi liarse a tiros con un señor que apodaban el Barzón, en la calle Victoria, a tres calles de la plaza. Resultó herido en la ingle y su contrincante escapó ileso. En 1994 lo encontré ya muy desmejorado y pidiendo unos pesos de limosna", escribe Laureán.
    Este "Aguada" y su esposa Sara hablaron de aquellos años en una larga entrevista en 1996, recogida por Alfredo Hernández Quesada, fundador del Museo Cristero, entrevista que el libro de Laureán recoge. "La Aguada" rebajaba su papel en la época: colgaba cristeros, sí, pero no violaba mujeres, eso lo hacían los otros compañeros. "Convirtieron los templos en burdeles. Ahí metían viejas, metíamos viejas y metíamos todo, y hacían... y de mí se burlaban porque yo no hacía, yo no quería hacer cosas..."
    Pero la señora Sara sabía que su marido y sus tropas hicieron cosas horribles, y pensaba que quizá por ello todo les fue mal en la vida, y también a sus hijos, y la gente les ha señalado. "Yo digo: Dios mío, no eres vengativo pero sí eres justo", dice ella. Aguada reconoce que él tenía 20 años, robaba y acusaba de sus robos a los cristeros.
    El arrepentimiento de los torturadores
    Laureán explica, finalmente: "Casi todos los verdugos se arrepintieron. Al Zamorano se le veía en la iglesia. La Aguada se mostró dolido del mal que había hecho. A la pregunta de si participó en la muerte de José Sánchez del Río respondía con un silencio tenso y doloroso,que indicaba su astucia y tal vez su sincero arrepentimiento. En sus últimos años daba pena verlo, sus facultades mentales quedaron muy disminuidas. Algo semejante sucedió con la Pispirria, hermano de la Aguada, con los Gutiérrez o Borregos, con Eufemio la Chiscuaza, y el Malpola, al que algunos atribuyen las cortaduras en las plantas de los pies".
    ¿Y qué pasó con Picazo, que era el cacique de la región, el que mandaba y dirigía las atrocidades contra los cristeros?
    Laureán considera que era un hombre valiente, pero a la vez soberbio y vengativo y nunca dio muestras de arrepentimiento, aunque costeaba el sostenimiento del convento de adoratrices donde tenía dos hermanas. Muchos le odiaban y fue asesinado de un disparo en 1931 en un litigio sobre tierras. Sus hijos dicen que un sacerdote acudió rápido y le ayudó a morir bien. Muchos consideran que fue obra de la intercesión celestial del beato José, que había sido ahijado suyo. Melecio Picazo, hijo del cacique, es sacerdote misionero del Espíritu Santo. Su esposa crió a los hijos en la fe y con buen corazón.
    Sangre de mártires, semilla de cristianos
    La cruel persecución anticristiana de los años 20, con miles de muertos, iglesias profanadas y una guerra civil por medio, no debilitó la fe de los católicos mexicanos. Por ejemplo, pese a un régimen oficial y militantemente laicista, en el periodo entre 1914 y 1945 el número de religiosas pasó de 1.480 a 8.123. En 1968, las religiosas en México ya eran 22.400.
    Laureán muestra que los mártires, como el muchacho José Sánchez, fueron un incentivo para muchas vocaciones. "Yo tenía nueve años y me crucé con José Sánchez. Le pedí seguirlo en su camino, y viéndome tan pequeño me dijo: ´Tú harás cosas que yo no podré llegar a hacer´, y esto determinó mi entrada al sacerdocio", explica por ejemplo el padre Enrique Amezcua, fundador de los Operarios del Reino de Cristo.
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    La película Cristiada, que ha popularizado al niño mártir, se puede conseguir legalmente aquí
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    6. Padre Juan Cladio Sanahuja. Desarrollo Sustentable (2003) 
    7. Padre Manuel Guerra. Cien preguntas clave sobre "New Age" (2004)
    8. Padre Manuel Guerra. Trama Masónica (2006)
    9. Padre Juan Claudio Sanahuja. Poder Global y Religión Universal (2010)
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    12. Padre Manuel Guerra. Masonería, Religión y Política (2012)
    13. Padre Alfredo Sáenz. NUEVO ORDEN MUNDIAL (2012)
    14. Padre Alfredo Sáenz. MASONERÍA (2012)
    15. Santiago Lanús. Fátima, Garabandal y Ámsterdam (2013)
    16. Alberto Bárcena. Masonería y Nuevo Orden Mundial (2013)
    17. Cristina Martín Jiménez. Perdidos: Los planes secretos del Club Bilderberg (2013)
    18. Monseñor Juan Claudio Sanahuja. El gran Desafío (2014)
    19. Juan Gutiérrez Delgado. "New Age", la falsa religión (2014)
    20. Jaime Duarte. El engaño "NUEVA ERA" (2014)
    21. Padre José Luis Saavedra. GARABANDAL, mensaje de Esperanza (2015)
    22. Michael O’Brien. El Padre Elías en Jerusalén (2015)
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    lunes, 31 de marzo de 2014

    México: Grandeza y miseria de los aztecas (1278)




    Revista FE y Razón-José María Iraburu (Marzo 2014): Grandeza y miseria de los aztecas

    En el inmenso territorio que llamamos México, y que hoy concebimos como una unidad nacional, coexistieron muchos pueblos diversos: al sur mayas, zapotecas, al este olmecas, totonacas, toltecas, al centro tlaxcaltecas, tarascos, otomíes, chichimecas, al norte pimas, tarahumaras, y tantos más, ajenos unos a otros, y casi siempre enemigos entre sí. Entre todos ellos habían de distinguirse muy especialmente los aztecas, que, procedentes del norte, fueron descendiendo hacia los grandes lagos mexicanos, hacia la región de Anáhuac. Conducidos por su dios Huitzilopochtli –para los españoles, Huichilobos–, dios guerrero y terrible, llegaron en 1168 al valle de México, término que procede de Mexitli, nombre con el que también se llamaba Huitzilopochtli, y establecieron en Tenochtitlán su capital.

    De este modo, el pueblo azteca, convencido de haber sido elegido por los dioses para una misión grandiosa, fue desplazando a otros pueblos, y ya para 1400 toda la tierra vecina del lago estaba en sus manos. En 1500, poco antes de la llegada de los españoles, el imperio azteca reunía 38 señoríos, y se sustentaba en la triple alianza de México (Tenochtitlán), Texcoco y Tacuba (Tlacopan).

    El pueblo azteca llevó a síntesis lo mejor de las culturas creadas por otros pueblos, como los teotihuacanos y los toltecas. Organizado en clanes, bajo un emperador poderoso y varios señores, fue desarrollándose con gran prosperidad. En astronomía alcanzó notables conocimientos, elaboró un calendario de gran exactitud, y logró un sistema pictográfico e ideográfico de escritura que, con el de los mayas, fue el único de la América prehispánica.

    Por otra parte, los aztecas, aunque no conocían la rueda ni tenían animales de tracción, construyeron con gran destreza caminos y puentes, casas, acueductos y grandiosos templos piramidales. Ignoraban la moneda, pero dispusieron con mucho orden enormes mercados o tianguis. Tampoco conocían el arado – pinchaban la tierra con una especie de lanza –, pero hicieron buenos cultivos, aunque reducidos, ingeniándose también para cultivar en chinampas o islas artificiales.

    En cuando a las artes diversas, los pueblos indígenas de México alcanzaron un alto nivel de perfección técnica y estética.

    Así, en 1519, antes de la conquista, los objetos que Hernán Cortés envió a Carlos I – una serie de objetos indios de oro, plata, piedras preciosas, plumería, etc., que había recibido de los mayas, de los totonacas y de los obsequios aztecas de Moctezuma – causaron en Europa verdadera impresión. Alberto Durero, que pudo verlos en Flandes en la corte del emperador, escribió en su Diario: “A lo largo de mi vida, nada he visto que regocije tanto mi ciorazón como estas cosas. Entre ellas he encontrado objetos maravillosamente artísticos... Me siento incapaz de expresar mis sentimientos” (J.L. Martínez, Cortés 187).

    La ciudad grandiosa

    La capital del imperio azteca era Tenochtitlán, construida en una laguna, y consagrada en 1325 con la dedicación, en su mismo centro, de un grandioso templo piramidal o teocali (de teotl, dios, y cali, casa).

    Cuando en noviembre de 1519 los españoles avistaron por primera vez aquella ciudad formidable, una de las mayores del mundo en aquella época, quedaron realmente asombrados... “Desde que vimos cosas tan admirables –cuenta el soldado Bernal Díaz del Castillo–, no sabíamos qué decir, o si era verdad lo que por delante parecía, que por una parte en tierra había grandes ciudades, y en la laguna otras muchas... y por delante estaba la gran ciudad de México; y nosotros aún no llegábamos a cuatrocientos soldados” (cp. 88)...

    Cuatro días más tarde, ya entrados en la ciudad, Cortés y los suyos, a caballo los que lo tenían, y acompañados de caciques aztecas, salieron a visitar aquella gran ciudad formidable. Lo primero que visitaron fue el tianguis, el inmenso mercado de la plaza de Tlatelolco: mantas multicolores y joyas preciosas, animales y esclavos, alimentos y bebidas, plantas y pájaros, allí había de todo, distribuido con un orden perfecto.

    “Solamente el rumor y zumbido de las voces y palabras que allí había –cuenta Bernal– sonaba más que de una legua, y entre nosotros hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo, y en Constantinopla, y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan bien compasada y con tanto concierto y tamaña y llena de tanta gente no la habían visto”. Y junto a esto, “veíamos en aquella gran laguna tanta multitud de canoas, unas que venían con bastimentos y otras que volvían con cargas y mercaderías;... y veíamos en aquellas ciudades cúes y adoratorios a manera de torres y fortalezas [pirámides truncadas], y todas blanqueando, que era cosa de admiración, y las casas de azoteas” (cp. 92).

    Otro soldado, Alonso de Aguilar, al visitar también aquella gran ciudad aún no conquistada, confiesa que “ponía espanto ver tanta multitud de gentes”, y escribe: “Tendría aquella ciudad pasadas de cien mil casas, y cada una casa era puesta y hecha encima del agua en unas estacadas de palos, y de casa a casa había una viga y no más por donde se mandaba, por manera que cada casa era una fortaleza” ( Relación, 5ª jornada).

    Año y medio más tarde, el 13 de agosto de 1521, el poder azteca que tenía su centro en aquella gran ciudad de Tenochtitlán, se vendría abajo para siempre, dando lugar a la Nueva España.

    Religiosidad y altura moral

    Cuando los españoles entraron en México, fueron descubriendo pueblos profundamente religiosos, en los que la religiosidad era propiamente la forma fundamental de la existencia individual y familiar, social y política. Tenían, aunque politeístas, alguna idea de un Dios superior, creador de todo, inmortal e invisible, sin principio ni fin, Hunab Ku, para los mayas, Pije Tao para los zapotecas... También tenían cierta noticia de una retribución final tras la muerte, y practicaban, concretamente los mayas y aztecas, una ascética religiosa severa, con oraciones, ayunos y rigurosas mortificaciones sangrientas.

    Las oraciones aztecas que nos han llegado son realmente maravillosas en la profundidad de su sentimiento y en la pureza de su idea: “¡Oh valeroso señor nuestro, debajo de cuyas alas nos amparamos y defendemos y hallamos abrigo! ¡Tú eres invisible y no palpable, bien así como la noche y el aire! ¡Oh, que yo, bajo y de poco valor, me atrevo a parecer delante de vuestra majestad!... Pues ¿qué es ahora, señor nuestro, piadoso, invisible, impalpable, a cuya voluntad obedecen todas las cosas, de cuya disposición pende el regimiento de todo el orbe, a quien todo está sujeto, qué es lo que habéis determinado en vuestro divino pecho?” ( Sahagún, VI,1)...

    Con algunas excepciones, casi todos esos pueblos, mayas, aztecas, totonacas, obsesionados por el misterio del devenir y de la muerte, practicaban sacrificios humanos, de enigmática significación. Coincidiendo con otros autores, Christian Duverger, al estudiar la economía del sacrificio azteca, ve en éste un intento de sostener y dinamizar los ciclos vitales, ya que “la muerte libera un excedente de energía vital”... Y precisamente en el sacrificio ritual, la artificialidad de la muerte provocada es lo que hace posible orientar hacia los dioses esa energía, logrando así que se “transmute la fuga de fuerzas en brote de potencia” ( La flor letal, 112s). De este modo la sangre humana ofrecida a los dioses, vitaliza las fuentes de toda energía, y alimenta las reservas de fuerza que el sol simboliza, concentra e irradia.

    La educación azteca era también profundamente religiosa. Junto a ciertos conocimientos manuales, guerreros, musicales o astrológicos, o de higiene, cortesía y oratoria, se iniciaba a los muchachos, entre los 10 y los 20 años, en la oración, en el servicio a los ídolos, en la castidad, con muy severas prácticas penitenciales. Y la ascesis era tanto más dura cuanto más alta era la condición social de los muchachos. En la alta sociedad, por ejemplo, la embriaguez podía ser castigada con la muerte. Ya aludimos más arriba al cuadro realmente impresionante que traza Bernardino de Sahagún cuando describe la antigua pedagogía religiosa de los indios de la Nueva España (Historia General lib. VI).

    Concretamente, a quienes por su cuna estaban destinados a ocupar lugares de autoridad se les educaba desde niños en el autodominio y la más profunda humildad religiosa: “Mira que no sea fingida tu humildad, mira que nuestro señor dios ve los corazones y ve todas las cosas secretas, por muy escondidas que estén; mira que sea pura tu humildad y sin mezcla alguna de soberbia” (lib.VI, 20)... Entre los aztecas, como observa Jacques Soustelle, “el ideal de la clase superior es una gravitas completamente romana en la vida privada, en las palabras, en la actitud, junto con una cortesía exquisita” ( La vida 222).

    Es interesante observar, por otra parte, que estas grandes culturas, al mismo tiempo que sufrieron muy graves desviaciones de la vida sexual, a su modo apreciaron mucho la castidad, y supieron inculcarla eficazmente. En este sentido, la llegada de los españoles pudo ocasionar cierta relajación, al menos en determinados aspectos. Así, por ejemplo, refiere Diego de Landa que las mujeres mayas del Yucatán “preciábanse de buenas y tenían razón, porque antes que conociesen nuestra nación, según los viejos ahora lloran, lo eran a maravilla” ( Relación cp. 5).

    Las grandes cualidades de los indios

    Las cualidades de los indios mexicanos impresionaron a los primeros españoles quizá aún más que sus vicios y horribles supersticiones. Un franciscano, por ejemplo, de la primera evangelización, Motolinía, habla muchas veces de los indios de México con verdadero entusiasmo. En su Historia de los indios de la Nueva España, aunque se refiere generalmente a indios recién cristianos – la termina en 1541 – refleja también en buena parte lo que aquellos indios ya eran antes del Evangelio:

    “Estos indios casi no tienen estorbo que les impida para ganar el cielo, de los muchos que los españoles tenemos, porque su vida se contenta con muy poco, y tan poco que apenas tienen con qué se vestir y alimentar. Su comida es paupérrima, y lo mismo es el vestido. Para dormir, la mayor parte de ellos aún no alcanzan una estera sana. No se desvelan en adquirir ni guardar riquezas, ni se matan por alcanzar estados ni dignidades. Con su pobre manta se acuestan, y en despertando están aparejados para servir a Dios, y si se quieren disciplinar [para hacer penitencia], no tienen estorbo ni embarazo de vestirse y desnudarse. Son pacientes, sufridos sobre manera, mansos como ovejas. Nunca me acuerdo haberlos visto guardar injuria; humildes, a todos obedientes, ya de necesidad, ya de voluntad, no saben sino servir y trabajar. Todos saben labrar una pared y hacer una casa, torcer un cordel, y todos los oficios que no requieren mucha arte. Es mucha la paciencia y sufrimiento que en las enfermedades tienen. Sus colchones es la dura tierra, sin ropa ninguna; cuando mucho tienen una estera rota, y por cabecera una piedra o un pedazo de madero, y muchos ninguna cabecera, sino la tierra desnuda. Sus casas son muy pequeñas, algunas cubiertas de un solo terrado muy bajo, algunas de paja, otras como la celda de aquel santo abad Hilarión, que más parecen sepultura que no casa”.

    “Están estos indios y moran en sus casillas, padres y hijos y nietos; comen y beben sin mucho ruido ni voces. Sin rencillas ni enemistades pasan su tiempo y vida, y salen a buscar el mantenimiento a la vida humana necesario, y no más. Si a alguno le duele la cabeza o cae enfermo, si algún médico entre ellos fácilmente se puede haber, sin mucho ruido ni costa, vanlo a ver, y si no, más paciencia tienen que Job...”

    “Si alguna de estas indias está de parto, tienen muy cerca la partera, porque todas lo son. Y si es primeriza va a la primera vecina o parienta que le ayude, y esperando con paciencia a que la naturaleza obre, paren con menos trabajo y dolor que las nuestras españolas... El primer beneficio que a sus hijos hace es lavarlos luego con agua fría, sin temor que les haga daño. Y con esto vemos y conocemos que muchos de éstos así criados desnudos, viven buenos y sanos, y bien dispuestos, recios, fuertes, alegres, ligeros y hábiles para cuanto de ellos quieren hacer; y lo que más hace al caso es, que ya que han venido en conocimiento de Dios, tienen pocos impedimentos para seguir y guardar la vida y ley de Jesucristo”. Y añade: “Cuando yo considero los enredos y embarazos de los españoles, querría tener gracia para me compadecer de ellos, y mucho más y primero de mí” (I, 14, 148-151).

    El Señor, “que enseña al hombre la ciencia, ese mismo proveyó y dio a estos Indios naturales grande ingenio y habilidad para aprender todas las ciencias, artes y oficios que les han enseñado, porque con todos han salido en tan breve tiempo, que en viendo los oficios que en Castilla están muchos años en los aprender, acá en sólo mirarlos y verlos hacer, han muchos quedado maestros. Tienen el entendimiento vivo, recogido y sosegado, no orgulloso ni derramado como otras naciones... Aprendieron a leer brevemente así en romance como en latín... Escribir se enseñaron en breve tiempo, y si el maestro les muda otra forma de escribir, luego ellos también mudan la letra y la hacen de la forma que les da su maestro”. Todas las ciencias, artes y oficios –la música y el canto, la gramática y la pintura, la orfebrería, la imaginería o la construcción–, todas las aprendían de tal modo que con frecuencia superaban en poco tiempo a los maestros españoles (III, 12-13, 398-411).

    Dominadores de muchos pueblos

    El mesianismo azteca tenía sus fundamentos en el gremio sacerdotal y en una formidable casta de guerreros. De este modo la potencia del pueblo azteca fue sujetando poco a poco bajo su dominio a muchos pueblos y señoríos. Los embajadores aztecas, con grandiosa pompa y acompañamiento, visitaban estos pueblos y les invitaban a ser súbditos. La embajada de Tenochtitlán era la primera. Si no bastaba, seguía la de Texcoco, y si tampoco ésta conseguía el objetivo, a la embajada de Tlacopan correspondía el ultimátum, la última advertencia. Una vez sujetada la ciudad o provincia por la razón o la fuerza guerrera, se procedía a las ceremoniosas negociaciones, en las que se fijaban los tributos ( Soustelle 203-213). Los pueblos sujetos conservaban normalmente sus propios señores y leyes, sus idiomas, costumbres y dioses, aunque habían de reconocer también al dios nacional azteca.

    Por otra parte, como hace notar Alvear Acevedo, hay que tener en cuenta que “la guerra, la conquista y el sometimiento de otros pueblos, tenían motivos económicos y políticos, pero también razones religiosas de búsqueda de prisioneros para su inmolación” (p. 87). En todo caso, a principios del siglo XVI, el emperador Moctezuma, el gran tlatoani (de tlatoa, el que habla), recibía tributo de 371 pueblos. Cada semestre, pasaban los recaudadores o calpixques a recoger los impuestos que en especies y cuantías estaban perfectamente determinados. Así era el gran imperio azteca, y el náhuatl era su lengua.

    Esta ambiciosa política guerrera de los aztecas trajo una muy precaria paz imperial entre los pueblos, pues, como señala Motolinía, “todos andaban siempre envueltos en guerra unos contra otros, antes que los Españoles viniesen. Y era costumbre general en todos los pueblos y provincias, que al fin de los términos de cada parte dejaban un gran pedazo yermo y hecho campo, sin labrarlo, para las guerras. Y si por caso alguna vez se sembraba, que era muy raras veces, los que lo sembraban nunca lo gozaban, porque los contrarios sus enemigos se lo talaban y destruían” (III, 18, 450).

    El lado siniestro de un mundo pagano

    Según narra Bernal Díez del Castillo, los soldados españoles, primero en Campeche, en 1517, al oeste del Yucatán, y pronto a medida que avanzaban en sus incursiones, fueron conociendo el espanto de los templos de los indios, donde se sacrificaban hombres, y el horror de los sacerdotes, papas, “los cabellos muy grandes, llenos de sangre revuelta con ellos, que no se pueden desparcir ni aun peinar”... Allí vieron “unas casas muy grandes, que eran adoratorios de sus ídolos y bien labradas de cal y canto, y tenían figurado en unas paredes muchos bultos [imágenes] de serpientes y culebras grandes, y otras pinturas de ídolos de malas figuras, y alrededor de uno como altar, lleno de gotas de sangre” (cp. 3). En una isleta “hallamos dos casas bien labradas, y en cada casa unas gradas, por donde subían a unos como altares, y en aquellos altares tenían unos ídolos de malas figuras, que eran sus dioses. Y allí hallamos sacrificados de aquella noche cinco indios, y estaban abiertos por los pechos y cortados los brazos y los muslos, y las paredes de las casas llenas de sangre” (cp.13). Lo mismo vieron no mucho después en la isla que llamaron San Juan de Ulúa (cp. 14). Eran escenas espantosas, que una y otra vez aquellos soldados veían como testigos asombrados.

    Avanzando ya hacia Tenochtitlán, la capital azteca, hizo Pedro de Alvarado una expedición de reconocimiento, con doscientos hombres, por la región de Culúa, sujeta a los aztecas. Y “llegado a los pueblos, todos estaban despoblados de aquel mismo día, y halló sacrificados en unos cúes [templos] hombres y muchachos, y las paredes y altares de sus ídolos con sangre, y los corazones presentados a los ídolos; y también hallaron los cuchillazos de pedernal con que los abrían por los pechos para sacarles los corazones. Dijo Pedro de Alvarado que habían hallado en todos los más de aquellos cuerpos muertos sin brazos y piernas, y que dijeron otros indios que los habían llevado para comer, de lo cual nuestros soldados se admiraron mucho de tan grandes crueldades. Y dejemos de hablar de tanto sacrificio, pues desde allí adelante en cada pueblo no hallábamos otra cosa” (cp. 44).

    Huitzilopochtli

    Pero el espanto mayor iban a tenerlo en Tenochtitlán, en el corazón mismo del imperio azteca. Aquel imperio formidable, construido sobre el mesianismo religioso azteca, tenía, como hemos visto, un centro espiritual indudable: el gran teocali de Tenochtitlán, desde el cual imperaba Huitzilopochtli. Este ídolo temible, que al principio había recibido culto en una modesta cabaña, y posteriormente en templos más dignos, finalmente en 1487, cinco años antes del descubrimiento de América, fue entronizado solemnemente en el teocali máximo del imperio.

    Durante cuatro años, millares de esclavos indios lo habían edificado, mientras el emperador Ahuitzotl guerreaba contra varios pueblos, para reunir prisioneros destinados al sacrificio. La pirámide truncada, de una altura de más de 70 metros, sostenía en la terraza dos templetes, en uno de los cuales presidía el terrible Huitzilopochtli, y en el otro Tezcalipoca. Ciento catorce empinados escalones conducía a la cima por la fachada principal labrada de la pirámide. En torno al templo, muchos otros palacios y templos, el juego de pelota y los mercados, formaban una inmensa plaza. En lo alto del teocali, frente al altar de cada ídolo, había una piedra redonda o téchcatl, dispuesta para los sacrificios humanos.

    A la multitud de dioses y templos mexicanos correspondía una cantidad innumerable de sacerdotes. Solamente en este templo mayor había unos 5.000, y según dice Trueba, “no había menos de un millón en todo el imperio” ( Huichilobos, 33). Entre estos sacerdotes existían jerarquías y grados diversos, y todos ellos se tiznaban diariamente de hollín, vestían mantas largas, se dejaban crecer los cabellos indefinidamente, los trenzaban y los untaban con tinta y sangre. Su aspecto era tan espantoso como impresionante.

    Los sacrificios humanos

    Los aztecas vivían regidos continuamente por un calendario religioso de 18 meses, compuesto cada uno de 20 días, y muchas de las celebraciones litúrgicas incluían sacrificios humanos. Otros acontecimientos, como la inauguración de templos, también exigían ser santificados con sangre humana. Por ejemplo, en tiempos de Axayáctl (1469-1482), cuando se inauguró el Calendario Azteca, esa enorme y preciosa piedra de 25 toneladas que es hoy admiración de los turistas, se sacrificaron 700 víctimas (Alvear 92). Y poco después Ahítzotl, para inaugurar su reinado, en 1487, consagró el gran teocali de Tenochtitlán. En catorce templos y durante cuatro días, ante los señores de Texcoco y Tlacopan, que habían sido invitados a la solemne ceremonia, se sacrificaron innumerables prisioneros, hombres, mujeres y niños, quizá 20.000, según el Códice Telleriano, aunque debieron ser muchos más, según otros autores, y como se afirma en la crónica del noble mestizo Alva Ixtlilxochitl:

    “Fueron ochenta mil cuatrocientos hombres en este modo: de la nación tzapoteca 16.000, de los tlapanecas 24.000, de los huexotzincas y atlixcas otros 16.000, de los de Tizauhcóac 24.400, que vienen a montar el número referido, todos los cuales fueron sacrificados ante este estatuario del demonio Huitzilipochtli, y las cabezas fueron encajadas en unos huecos que de intento se hicieron en las paredes del templo mayor, sin [contar] otros cautivos de otras guerras de menos cuantía que después en el discurso del año fueron sacrificados, que vinieron a ser más de 100.000 hombres; y así los autores que exceden en el número, se entiende con los que después se sacrificaron” (cp. 60).

    Treinta años después, cuando llegaron los soldados españoles a la aún no conquistada Tenochtitlán, pudieron ver con indecible espanto cómo un grupo de compañeros apresados en combate eran sacrificados al modo ritual. Bernal Díaz del Castillo, sin poder reprimir un temblor retrospectivo, hace de aquellos sacrificios humanos una descripción alucinante (cp.102). Pocos años después, el franciscano Motolinía los describe así:

    “Tenían una piedra larga, la mitad hincada en tierra, en lo alto encima de las gradas, delante del altar de los ídolos. En esta piedra tendían a los desventurados de espaldas para los sacrificar, y el pecho muy tenso, porque los tenían atados los pies y las manos, y el principal sacerdote de los ídolos o su lugarteniente, que eran los que más ordinariamente sacrificaban, y si algunas veces había tantos que sacrificar que éstos se cansasen, entraban otros que estaban ya diestros en el sacrificio, y de presto con una piedra de pedernal, hecho un navajón como hierro de lanza, con aquel cruel navajón, con mucha fuerza abrían al desventurado y de presto sacábanle el corazón, y el oficial de esta maldad daba con el corazón encima del umbral del altar de parte de fuera, y allí dejaba hecha una mancha de sangre; y caído el corazón, estaba un poco bullendo en la tierra, y luego poníanle en una escudilla [cuauhxicalli] delante del altar.

    “Otras veces tomaban el corazón y levantábanle hacia el sol, y a las veces untaban los labios de los ídolos con la sangre. Los corazones a las veces los comían los ministros viejos; otras los enterraban, y luego tomaban el cuerpo y echábanle por las gradas abajo a rodar; y allegado abajo, si era de los presos en guerra, el que lo prendió, con sus amigos y parientes, llevábanlo, y aparejaban aquella carne humana con otras comidas, y otro día hacían fiesta y le comían; y si el sacrificado era esclavo no le echaban a rodar, sino abajábanle a brazos, y hacían la misma fiesta y convite que con el preso en guerra.

    “En esta fiesta (Panquetzaliztli) sacrificaban de los tomados en guerra o esclavos, porque casi siempre eran éstos los que sacrificaban, según el pueblo, en unos veinte, en otros treinta, o en otros cuarenta y hasta cincuenta y sesenta; en México se sacrificaban ciento y de ahí arriba.

    “Y nadie piense que ninguno de los que sacrificaban matándolos y sacándoles el corazón, o cualquiera otra muerte, que era de su propia voluntad, sino por fuerza, y sintiendo muy sentida la muerte y su espantoso dolor.

    “De aquellos que así sacrificaban, desollaban algunos; en unas partes, dos o tres; en otras, cuatro o cinco; y en México, hasta doce o quince; y vestían aquellos cueros, que por las espaldas y encima de los hombros dejaban abiertos, y vestido lo más justo que podían, como quien viste jubón y calzas, bailaban con aquel cruel y espantoso vestido.

    “En México para este día guardaban alguno de los presos en la guerra que fuese señor o persona principal, y a aquél desollaban para vestir el cuero de él el gran señor de México, Moctezuma, el cual con aquel cuero vestido bailaba con mucha gravedad, pensando que hacía gran servicio al demonio [Huitzilopochtli] que aquel día honraban; y esto iban muchos a ver como cosa de gran maravilla, porque en los otros pueblos no se vestían los señores los cueros de los desollados, sino otros principales. Otro día de la fiesta, en cada parte sacrificaban una mujer y desollábanla, y vestíase uno el cuero de ella y bailaba con todos los otros del pueblo; aquél con el cuero de la mujer vestido, y los otros con sus plumajes” ( Historia I, 6, 85-86).

    Diego Muñoz Camargo, mestizo, en su Historia de Tlaxcala escribe: “Contábame uno que había sido sacerdote del demonio, y que después se había convertido a Dios y a su santa fe católica y bautizado, que cuando arrancaba el corazón de las entrañas y costado del miserable sacrificado era tan grande la fuerza con que pulsaba y palpitaba que le alzaba del suelo tres o cuatro veces hasta que se había el corazón enfriado” (I, 20).

    Estos sacrificios humanos estaban más o menos difundidos por la mayor parte de los pueblos que hoy forman México. En el nuevo imperio de los mayas, según cuenta Diego de Landa, se sacrificaba a los prisioneros de guerra, a los esclavos comprados para ello, y a los propios hijos en ciertos casos de calamidades, y el sacrificio se realizaba normalmente por extracción del corazón, por decapitación, flechando a las víctimas, o ahogándolas en agua ( Relación de las cosas de Yucatán, cp.5; M. Rivera 172-178).

    En la religión de los tarascos, cuando moría el representante del dios principal, se daba muerte a siete de sus mujeres y a cuarenta de sus servidores para que le acompañasen en el más allá (Alvear 54)...

    Las calaveras de los sacrificados eran guardadas de diversos modos. Por ejemplo, el capitán Andrés Tapia, compañero de Cortés, describe el tzompantli (muro de cráneos) que vio en el gran teocali de Tenochtitlán, y dice que había en él “muchas cabezas de muertos pegadas con cal, y los dientes hacia fuera”. Y describe también cómo vieron muchos palos verticales, y “en cada palo cinco cabezas de muerto ensartadas por las sienes. Y quien esto escribe, y un Gonzalo de Umbría, contaron los palos que había, y multiplicando a cinco cabezas cada palo de los que entre viga y viga estaban, hallamos haber 136.000 cabezas” ( Relación V, La conquista 108-109; López de Gómara, Conquista p. 350; Alvear 88).

    Lágrimas y horror y espanto

    Como hemos dicho, en casi todos los meses del año, religiosamente ordenado por el Calendario azteca, se realizaban en México muy numerosos sacrificios humanos. Fray Juan de Zumárraga, arzobispo de México, en una carta de 1531 dirigida al Capítulo franciscano reunido en Tolosa, dice que los indios “tenían por costumbre en esta ciudad de México cada año sacrificar a sus ídolos más de 20.000 corazones humanos” (Mendieta V, 30; Trueba, Cortés 100). Eso explica que cuando Bernal Díaz del Castillo visitó el gran teocali de Tenochtitlán, aunque era soldado curtido en tantas peleas, quedó espantado al ver tanta sangre:

    “Estaban todas las paredes de aquel adoratorio tan bañado y negro de costras de sangre, y asimismo el suelo, que todo hedía muy malamente... En los mataderos de Castilla no había tanto hedor” (cp. 92).

    Bernardino de Sahagún, franciscano llegado a México en 1529, donde vivió sesenta años, en su Historia General de las cosas de la Nueva España (lib. II), describe detalladamente el curso de los diversos cultos rituales que se celebraban en cada uno de los 18 meses, de 20 días cada uno. Por él vemos que a lo largo del año se celebraban sacrificios humanos según una incesante variedad de motivos, dioses, ritos y víctimas. En el mes 1º “mataban muchos niños”; en el 2º “mataban y desollaban muchos esclavos y cautivos”; en el 3º, “mataban muchos niños”, y “se desnudaban los que traían vestidos los pellejos de los muertos, que habían desollado el mes pasado”; en el 4º, como venían haciendo desde el mes primero, seguían matando niños, “comprándolos a sus madres”, hasta que venían las lluvias; en el 5º, “mataban un mancebo escogido”; en el 6º, “muchos cautivos y otros esclavos”...

    Y así un mes tras otro. En el 10º, “echaban en el fuego vivos muchos esclavos, atados de pies y manos; y antes que acabasen de morir los sacaban arrastrando del fuego, para sacar el corazón delante de la imagen de este dios”... En el 17º mataban una mujer, sacándole el corazón y decapitándola, y el que iba delante del areito [canto y danza], tomando la cabeza “por los cabellos con la mano derecha, llevábala colgando e iba bailando con los demás, y levantaba y bajaba la cabeza de la muerta a propósito del baile”. En el 18º, en fin, “no mataban a nadie, pero el año del bisiesto, que era de cuatro en cuatro años, mataban cautivos y esclavos”. Los rituales concretos –vestidos, danzas, ceremoniales, modos de matar– estaban muy exactamente determinados para cada fiesta, así como las deidades que en cada solemnidad se honraban.

    Fray Bernardino de Sahagún, tras escuchar a múltiples informantes indios, consigna fríamente todos sus relatos –en los que a veces se adivinan cantilenas destinadas a ser retenidas en la memoria, para mejor recordar los ritos exactos–, y finalmente exclama: “No creo que haya corazón tan duro que oyendo una crueldad tan inhumana, y más que bestial y endiablada, como la que arriba queda puesta, no se enternezca y mueva a lágrimas y horror y espanto; y ciertamente es cosa lamentable y horrible ver que nuestra humana naturaleza haya venido a tanta bajeza y oprobio que los padres, por sugestión del demonio, maten y coman a sus hijos, sin pensar que en ello hacían ofensa alguna, mas antes con pensar que en ello hacían gran servicio a sus dioses. La culpa de esta tan cruel ceguedad, que en estos desdichados niños se ejecutaba, no se debe tanto imputar a la crueldad de los padres, los cuales derramaban muchas lágrimas y con gran dolor de sus corazones la ejercitaban, cuanto al crudelísimo odio de nuestro enemigo antiquísimo Satanás, el cual con malignísima astucia los persuadió a tan infernal hazaña. ¡Oh Señor Dios, haced justicia de este cruel enemigo, que tanto mal nos hace y nos desea hacer! ¡Quitadle, Señor, todo el poder de empecer!” (lib. II, cp. 20).

    La poligamia

    Cuenta Motolinía que en México “todos se estaban con las mujeres que querían, y había algunos que tenían hasta doscientas mujeres. Y para esto los señores y principales robaban todas las mujeres, de manera que cuando un indio común se quería casar apenas hallaba mujer” (I, 7, 250).

    Del tlatoani Moctezuma cuenta López de Gómara que en Tepac, el palacio en que normalmente residía, “había mil mujeres, y algunos afirman que tres mil entre señoras y criadas y esclavas; de las señoras, que eran muy muchas, tomaba para sí Moctezuma las que bien le parecía; las otras daba por mujeres a sus criados y a otros caballeros y señores; y así, dicen que hubo vez que tuvo ciento y cincuenta preñadas a un tiempo, las cuales, a persuasión del diablo, movían, tomando cosas para lanzar las criaturas, o quizá porque sus hijos no habían de heredar” ( Conquista p. 344; Francisco Hernández,Antigüedades I,9)...

    El enigma de los contrastes inconciliables

    Quienes se asoman al mundo del México prehispánico no pueden menos de quedarse admirados de lo bueno, horrorizados de lo malo, y finalmente perplejos, al no saber cómo conciliar lo uno y lo otro. ¿Cómo es posible que en medio de tantas atrocidades se produjeran a veces, en los mismos que las realizaban, elevaciones espirituales tan considerables? (L. Séjourné,Pensamiento 21). Es un misterio... Se desvanecería el enigma si tales elevaciones fueran sólo aparentes, pero resulta muy difícil dudar de su veracidad.

    Ciertos rasgos de nobleza espiritual parecen indudables y relativamente frecuentes. Recordemos en aquellos primitivos pueblos mexicanos el sentido profundo de una transcendencia religiosa que impregnaba toda la vida, el sentido respetuoso de la autoridad familiar y social, la conciencia de pecado, las severas prácticas penitenciales comunes al pueblo o las excepcionales realizadas por algunos –como el llamado ayuno teuacanense de algunos jóvenes: cuatro años de oración, de celibato y de abstinencia rigurosa (Hernández, Antigüedades III, 17) – las oraciones bellísimas alzadas frecuentemente a los dioses... ¿Cómo relacionar todo esto con tantos otros errores y crímenes?

    La clave del enigma está en que los mexicanos profesaban sinceramente una religiosidad falsa. La profundidad de su religiosidad, frente al Absoluto de unas divinidades superiores a lo humano, explica lo mucho que en ellos había de noble y admirable: es la presencia misericordiosa de Dios, que también actúa allí donde los hombres lo buscan y apenas lo conocen (Hechos 10,34-35). Y la falsedad de su religiosidad es lo que explica el abismo de los horrores diabólicos y de las supersticiones ignominiosas en el que estaban hundidos.

    José María Iraburu, Hechos de los apóstoles de América, Fundación Gratis Date, Pamplona 2003, 3ª edición, pp. 34-38.
    Fuente: Fundación Gratis Date
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