Nuestro país nació con un desafío: vivir la herencia hispana en una república. La comprensión de esta realidad tiene un punto de partida que debe ser abordado sin prejuicios ni temores. Es la hispanidad el núcleo fundante de nuestra identidad. Porque “Hispanidad” no sólo es una realidad cultural y espiritual, sino también una realidad política; esa misma que nos ha permitido a los argentinos, congregar y sostener una comunidad viva y naturalmente amalgamada.
En nuestra historia nacional podemos constatar que los movimientos disolventes de mentalidad racionalista e iluminista del siglo XIX y comienzos del XX (MASONERÍA) y los embates de las diversas versiones del llamado progresismo de derecha y de izquierda que promovieron y promueven odio a los valores de la hispanidad no han podido acabar con ella.
Esas mismas fuerzas culturales, ideológicas y políticas nos vuelven a poner en la misma disyuntiva en cada año electoral. Están quienes absolutizan la República siendo que ella no es la fuente de nuestros valores como pueblo. Y están quienes tímidamente y de un modo fracturado sostienen en pie el sueño incumplido de mantener viva la fuerza vital de la hispanidad en la vida ciudadana.
¿Cómo se puede absolutizar la República si en ella encontramos sólo un canal organizativo del sistema de gobierno? Debe de quedar claro que no tenemos el derecho a traicionar nuestras raíces con engendros políticos-ideológicos traducido en instituciones legales.
Nuestra herencia aparece reflejada en una lengua, una historia, una manera ser, pensar y vivir; que hacen a nuestro destino común. Pero nuestra herencia hispana es más que eso. Porque la “Hispanidad” en su raíz más profunda es el orden político entendido como res publica christiana.
El mayor peligro que amenaza nuestro proyecto siempre inacabado de pueblo de la hispanidad es que la República se convierta en un dogma, en una ideología desencarnada.
En este año donde se nos pone a prueba en las elecciones generales debe pesar nuevamente la pregunta de los orígenes: ¿somos capaces de vivir la herencia hispana en una república? ¿somos capaces de discernir a la hora de votar con los valores hispanos que aseguran nuestra identidad y la condición de posibilidad de ser una comunidad con un destino común?
Sinopsis: Julie tiene una marca grabada a fuego en la espalda con el número de la Bestia (666) sobre los blasones de sus padres, que la intentaron sacrificar a Satanás en una "misa negra" de la que sobrevivió. Julie busca a sus padres en la corte de Luis XIV.
Son varias las damas que durante el reinado de Luis XIV solventaron su rivalidad a punta de espada, un tiempo en el que se estima que había en París más de diez mil duelistas entre el Barrio Latino y el Faubourg Saint-Germain. La más famosa de las mujeres es tal vez Julie d’Aubigny, llamada La Maupin, igualmente conocida por haber sido cantante en la Opera de París. Por su nacimiento, pudo haber aspirado a una vida cómoda, repleta de lujos y caprichos, pero no era eso lo que ella buscaba. Julie, ardiente, anhelaba la emoción de la aventura, y sabía cómo encontrarla. Las proezas de la dama, de la que se afirma que dio muerte o hirió al menos a diez hombres en otros tantos duelos, inspiraron a diversos novelistas, incluido Théophile Gautier. Leer más:
Veinte años después de la coronación de Luis XIV como su rey, Francia gozaba de la supremacía política, militar, lingüística y artística de Europa. Los galos vivían el máximo esplendor de las artes, la cultura, el refinamiento y el buen gusto. Para ese entonces, el monarca francés conocido como “El Rey Sol” había establecido a toda su corte en Versalles donde obviamente se encontraban sus amantes. Estas señoras, de cuyos maridos el monarca se ocupaba apropiadamente de enviar a algún campo de batalla, generalmente asistían a la reina como sus cortesanas.
Entre las “favoritas” de Luís XIV más conocidas se encuentran Louise de La Vallière, Athénaïs de Montespan y Madame de Maintenon, quien se convertiría en su segunda esposa. Los franceses, particularmente los cortesanos, orgullosos de los logros de su amado soberano eran fieles al pensamiento cartesiano y racionalista, por lo que no daban lugar a la creencia en ritos satánicos, misas negras, brujas y menos aún en hechizos, al menos eso creían sus vecinos.
A lo que sí temían, era a los envenenamientos. Los venenos más populares por aquella época eran el arsénico y el antimonio que solían administrarse mediante enemas, procedimiento que se llevaba a cabo para contrarrestar las excesivas comilonas. Desde la época de Catalina de Médicis nadie dudaba de la efectividad del método y cuando la duquesa de Orleáns, Enriqueta de Inglaterra, murió con terribles dolores se pensó que había sido envenenada. Pero que el uso del veneno era una práctica difundida en Francia, quedó al descubierto con la condena a tortura y decapitación de la esposa de un oficial del rey. Ésta hallada culpable de cometer excesos sexuales tales como el incesto, había envenenado a su padre y a sus dos hermanos. Lo que nadie imaginó fue que una nueva investigación en torno al caso, cubriría con una sombra de sospecha a la mismísima refinada corte de Luis XIV.
Todo comenzó cuando en 1677 detuvieron a una adivina Magdeleine La Grange, acusada de colaborar en el envenenamiento y muerte de una persona, quien para defenderse solicitó entrevistarse con el poderoso Ministro de Guerra del rey, el marqués de Louvois. En su solicitud aseguraba que tenía información sobre un complot que se estaba gestando para asesinar al monarca y al Delfín (título nobiliario aplicado a los príncipes herederos al trono francés que fuesen hijos legítimos del rey). Entonces la adivina fue trasladada a la Bastilla (reservada para los presos políticos) mientras que la investigación se encomendó a un hombre de confianza de Louvois: Nicolás Gabriel de La Reynie, quien desde hacía una década ostentaba el cargo de Jefe de Policía de París.
La Reynie estaba convencido de que había una conspiración en marcha que podría desestabilizar al Gobierno, por lo que ordenó llevar a cabo redadas de videntes y adivinas. Entonces se comprobó que las pitonisas además de ejercer la clarividencia y tirar el tarot, se dedicaban a vender filtros de amor, afrodisíacos y maleficios; que también realizaban abortos, y que si lo creían conveniente, sugerían a sus clientes el uso del veneno. De los interrogatorios surgían nuevos culpables de rango social cada vez más elevado, cuyos crímenes eran escalofriantes. Como las personas detenidas se tornaban más y más numerosas, Luís XIV siguiendo el consejo de Louvois, decidió crear una Comisión cuyos miembros eran 14 jueces escogidos de lo más alto de la magistratura, con el objeto de llevar adelante las investigaciones que tuvieran que ver con el uso de venenos. Esta Comisión que actuaba con absoluta reserva, asumió el nombre de “Cámara Ardiente”.
En 1679 se produjo el encarcelamiento de las adivinas Marie Bosse y Catherine Monvoisin (llamada Voisin) y del mago Adam Coeuret (alias Lesage), quienes confesaron haber realizado envenenamientos por encargo, además de haber hecho abortar a varias mujeres. También declararon haber realizado misas negras y ritos satánicos donde se sacrificaban niños recién nacidos. De la confesión de Lesage surgió que el mariscal de Luxemburgo (estimado por Luis XIV) le había pedido que oficiara un ritual satánico que lo pusiera en contacto con el mismo diablo para ser victorioso en las batallas, por lo que el mariscal purgó varios meses en la Bastilla. Asimismo, hubo pruebas contundentes de que la Voisin había sido contactada por la condesa de Soissons, sobrina de Mazzarino (Primer Ministro de Luis XIII) para envenenar a la duquesa de La Valliere, que la había desplazado con sus encantos de los favores, el amor y la recamara del rey.
Cuando la Voisin fue condenada a la hoguera en 1680, el resto de los detenidos acusaron ni más ni menos que a Madame de Montespan que en ese momento era la amante favorita del monarca francés, de que les había encargado filtros de amor para mantener al rey a su lado; también según refirieron, les había comprado veneno para matar a Mademoiselle de Fontanges y había participado en misas negras “oficiadas en su vientre desnudo por un siniestro prior llamado Guibourg acompañadas del sacrificio de un niño recién nacido” (Craveri).
Las acusaciones que eran proclamadas siempre bajo tortura, se tornaban cada vez más macabras y afectaban a gran parte de la numerosa corte del rey, y por si fuera poco, en todo este escándalo no se encontró atisbo de conspiración contra el monarca y el Delfín. Por tal motivo, en 1682 la Comisión que se había reunido más de 200 veces y que había ordenado más de 300 detenciones, fue disuelta por El Rey Sol. Asimismo, a través del Real Decreto del 31 de agosto de 1682, fue regulada estrictamente la venta de los venenos, y fue convertido en delito realizar prácticas supersticiosas y artes ocultas. Supuestamente, la Comisión o la “Cámara Ardiente”, había contribuido a deformar la verdad, según sostuvo Colbert (administrador de las Finanzas del reino) cuando Luís XIV le consultó por la investigación que implicaba a su amante predilecta. Es más, aparentemente Louvois habría utilizado este escándalo a través de su hombre de confianza La Reynie, para debilitar a los grupos de poder que le eran hostiles, entre ellos Madame de Montespan, que era pariente y amiga de Colbert.
Lo que este asunto dejó al descubierto es que los cartesianos franceses no eran tan racionales, y lo llamativo es que en 1709, a la muerte del Jefe de Policía, Luís XIV se hizo entregar la documentación que vinculaba a Madame de Montespan con el asunto de los venenos, las misas negras y los filtros de amor; y personalmente se deshizo de las incómodas pruebas arrojándolas al fuego. El Rey Sol en sus Memorias del Arte de Gobernar, escritas para el Delfín, redactó un largo capítulo titulado “Precauciones políticas en sus amores”, donde entre otras apreciaciones sobre el trato que el monarca debía dispensar a sus amantes, decía que "es difícil tomar precauciones cuando se está enamorado, pero que en situaciones difíciles es donde se demuestra la virtud del príncipe". Y sin duda esta era una “situación difícil”, es probable que Luís XIV no haya creído en las acusaciones que le hicieron a aquella mujer que además de ser su amante, era la madre de sus 8 hijos ya que si él hubiera querido, obviamente podría haberla confinado en un convento, o podría haberse deshecho de ella desterrándola o en el peor de los casos, podría haberla condenado a muerte. Sin embargo, curiosamente, sea por amor o producto de los hechizos y conjuros, Luis XIV le permitió a Madame de Montespan permanecer en la corte gozando de todos sus beneficios, al menos por 10 años más.
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Philip Wharton (1698-1731): Recibió el título de barón tras la muerte de su padre en 1715, justo un mes después de la unión con su primera esposa, Martha Holmes. Luego fue nombrado duque de Wharton en 1718, a los 19 años de edad. Su vida fue corta pero llena de controversias. Se vio envuelto con el asunto del "Club Hellfire" (Club del fuego infernal) que fue suprimido por "blasfemia y profanación". Era conocido por frecuentar las casas de juego de Londres y por las sumas considerables que perdió en la Compañía de los Mares del Sur (The South Sea Company) Finalmente entró al servicio del viejo pretendiente Jacobo Francisco Estuardo, que le concedió el título jacobita de duque de Northumberland y después la Orden de la Jarretera. Sirviendo al pretendiente, Wharton viajó a Roma y después a Madrid y luchó contra el ejército inglés en Gibraltar. Por estos actos y por haber contribuido a divulgar la especia de que Jorge II era ilegítimo, fue declarado proscrito y juzgado por alta traición. El 3 de abril de 1729, una resolución del Parlamento le privó de sus títulos, confiscó sus propiedades.
Su historia masónica es igualmente colorida. Sin haber sido maestro de su Logia -la Logia "King's Arms" cerca de la catedral de San Pablo, en Londres- se las arregló para ser elegido sexto Gran Maestro el 24 de junio de 1722. Estuvo en el cargo dos años, firmando las Constituciones de 1723.
A partir de esa fecha, ya que dimitió a finales de año, no hizo mucho más en Inglaterra aunque constituyó la primera logia en suelo extranjero que figura en los archivos de la Gran Logia de Inglaterra: la Número 50, "French Arms" (Armas francesas), en la calle de San Bernardo, Madrid, Una logia de investigación de la Gran Logia de España lleva hoy su nombre.
Sea para bien o para mal el nombre de Philip Duque de Wharton está indisolublemente ligado a los orígenes de la Masonería especulativa en Inglaterra y también en el continente europeo donde fue históricamente de gran importancia como precursor de la expansión de la Masonería moderna, y muy especialmente en España donde fundó la primera Logia continental, y en Francia al convertirse en su primer Gran Maestro.
Además su corta vida se trunco en Cataluña al morir cerca de Tarragona a la edad de treinta y dos años siendo enterrado en el Real Monasterio de Poblet. Existen importantes dudas sobre si falleció de una enfermedad repentina o fue envenenado dada su alta posición como embajador en España del Pretendiente Jacobo III ya que en el momento del evento se dirigía a la corte del mismo en su exilio de los Estados Vaticanos, transportando consigo, tal como más adelante explicaremos, varios baúles con seguramente ayudas monetarias del Rey de España Felipe V, aliado de la causa jacobina.
Enlazamos de nuevo con la vida de nuestro principal personaje, Philip Wharton, y convenimos en que su llegada a Madrid, se produjo en 1725, pero en los primeros meses de 1726, viajó a Roma llamado por el pretendiente inglés al trono Jacobo III, donde fue investido con la Orden de La Jarretera, la orden de Caballería más importante y más antigua del Reino Unido, y de regreso a Madrid como mensajero del Pretendiente con el duque de Ripperdá, Juan Guillermo Ripperdá, un personaje que fue nombrado primer ministro con la influencia de la Farnesio, atenta siempre al bien de sus hijos y no al de España, y que una vez fueron descubiertas las mentiras e intrigas del de Riperdá por divulgar secretos de Estado, fue depuesto, encarcelado y fugado. Convertido al Islam, intentó después apoderarse de Ceuta.
Por estas fechas, afincado Wharton en la Calle San Bernardo de Madrid, es cuando, junto con otros compatriotas ingleses, funda la primera Logia en España, Three Flower of Lys (o Matritense, como también es conocida por los historiadores) hacía referencia a su sede, el Hôtel du Lys, situado en el número 17 de la madrileña calle Ancha de San Bernardo, en la esquina con la calle de la Garduña, y fueron estos ingleses que hemos mencionado los que propusieron la fundación, quizás debido al venerable Charles Labridge, que tras una deformación ortográfica, su nombre aparece en muchas ocasiones como Charles Labeyle, Labayle, Labely o Labelle, y fue un ingeniero, que entre 1727 y 1728 estuvo trabajando en Madrid, y había sido miembro de la londinense Salomon’s Temple Lodge. Es aquí, donde nos surge la primera pregunta al respecto, ¿sería entonces el venerable Charles Labridge o Labeyle, como se le conoce de forma más popular, el verdadero fundador de la masonería en España, y no el duque de Wharton?, la respuesta, es simple, y es que el propio Wharton fue, digamos, un elemento de interés creado para la propia finalidad jacobita de la asociación, como veremos después, pero no el fundador principal de la masonería española, quien a nuestro parecer fue, bajo el auspicio de Wharton, el mencionado Charles Labeyle, de hecho,
En el Libro de Actas de La Gran Logia de Inglaterra se indica que se leyó el 17 de abril de 1728, la carta enviada desde Madrid y firmada por sus miembros “masones libres y aceptados que actualmente residimos en Madrid y en otras ciudades del reino de España” de este modo conservamos el nombre de su primer V:.M:. CHARLES LABRIDGE, fechada el 15 de febrero de 1728, y los firmantes son, por orden de su gracia Felipe, duque de Wharton, segundo Diputado Gran Maestro de la Logia de Inglaterra, que actúa como delegado de la misma, Charles Labridge, Maestro, Thomas Hatton, Richards, Eldridge Dinsdale, Andrew Galloway.
La logia de Madrid pudo ser o no algo accidental, como lo pudo ser el encuentro de varios ingleses que, por sus negocios, recalaron en la capital y decidieron reunirse en logia, y fue precisamente con la Matritense como arrancaba la anecdótica andadura de la masonería en España en el siglo XVIII, que desde luego no quedaría consolidada hasta la Guerra de Independencia, y de la mano de la masonería bonapartista tras la invasión de las tropas napoleónicas en 1808.
Si Amenábar en su película “Ágora” ensalza a los gnósticos del siglo IV será porque está en el ajo de la "Nueva Era", super-herejía y eslabón último de la cadena gnóstica, como denunció Juan Pablo II.
El primer hereje del gnosticismo fue el mago Simón de Samaria en tiempos de los apóstoles. Desde San Ireneo, obispo de Lyon (siglo II), hasta Clemente XII (1738) y todos los Papas posteriores, el Gnosticismo es considerado como el principal enemigo del Cristianismo. Es la base filosófica y religiosa de la Masonería moderna.
La "Nueva Era" es una religión sincrética que aglutina religiones orientales, herejías gnósticas e ideologías masónicas. Su objetivo es la destrucción de la Iglesia Católica mediante la sustitución, ya que los seres humanos por ley natural necesitan creer en algo superior y el ateísmo ha fracasado después de dos siglos. Relativismo, Ideología de género y Educación para la ciudadanía son los frutos perversos del Gnosticismo y la Masonería.
Una élite plutocrática de ideología masónica totalitaria está al servicio de Satanás. El gran desarrollo de la ciencia y la ingeniería psicosocial ha acelerado el proyecto de Gobierno mundial, documentado desde la carta de Pike a Mazzini (1871), conservada en un museo británico.