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"Nuevo Orden Mundial"


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jueves, 5 de marzo de 2020

El nuevo orden mundial y la cultura de la muerte


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FRANCO: Los espléndidos años 40, por Pío Moa

Los espléndidos años 40
Varela Ortega (3) 
3/3/2020

Como habrá podido comprobar el señor Varela Ortega, su visión de los años 40 en España necesita correcciones de fondo, por haberse fiado de los “datos” de una historiografía propagandística en la que coinciden curiosamente la rama lisenkiana y la anglómana. Bastarian estos dos hechos: el aumento, moderado pero real, de la estatura media y el muy considerable de la esperanza de vida al nacer, para hacerle reconsiderar su enfoque de la cuestión. Y aun debiera hacerle reflexionar más el hecho de que tales avances –que resumen muchos otros– se produjeron en una década de extraordinarios obstáculos y dificultades para España, primero por la guerra mundial y luego por el aislamiento internacional combinado con una guerrilla comunista. Vistas las cosas en su contexto, la reconstrucción del país en aquellos años resulta una auténtica proeza histórica.

Suele decirse que, debido a la supuestamente caótica economía autárquica falangista, España no recuperó el nivel de renta de la república hasta 1952, incluso hasta 1956 y más tarde. Los índice vistos indican otra cosa, pero lógicamente hay muchos más. Como en Los mitos del franquismo he reseñado los datos, extraídos de Carreras y Tafunell y otras fuentes, lo citaré aquí con alguna extensión.

Ante todo es preciso entender las enorme dificultades con que chocaba la reconstrucción, nada que ver con las absurdas comparaciones con otros países neutrales, tan “reveladoras” a juicio de Varela: Debido a la guerra y el caos –este sí—creado por el revolucionario Frente Popular, España había perdido 250.000 casas, casi la mitad del parque automovilístico y ferroviario, cientos de fábricas, puentes, un cuarto de millón de toneladas de barcos hundidos o retenidos en puertos soviéticos u hostiles, etc. La mitad del país ocupado por el Frente Popular había perdido extensos cultivos por abandono, la mayor parte de su ganadería, sacrificada sin control, y amplias áreas de bosque consumido para leña o menesteres bélicos. 

La fuerza humana había descendido por las bajas bélicas, en su mayoría jóvenes, más unos 50.000 mutilados, 270.000 prisioneros a la espera de ser depurados, más medio millón de exiliados de primer momento (aunque más de dos tercios de ellos retornaron el mismo año 1939). El ejército alistaba a un millón largo de hombres, y aunque se desmovilizaron tres cuartas partes, la guerra europea obligaría a mantener un numero excesivo sobre las armas. Fue preciso asumir las deudas del Frente Popular, además de las contraídas con Italia y Alemania, con lo cual Francia ascendía a primer acreedor de España. Todo ello con mínimas reservas financieras.

Dificultades aumentadas muy pronto, no debe olvidarse, por las restricciones comerciales impuestas por Inglaterra. Pese a los cual… Veamos algunos datos económicos significativos de aquella década “perdida” según la propaganda: el número de teléfonos se había duplicado en comparación con 1935; el tráfico aéreo en compañías españolas había pasado de 1,2 millones de kilómetros volados, a 8 millones. Los turistas habían saltado de 171.000 a 457.000. Y así otros índices. Más significativo como conjunto, el consumo bruto de energía en toneladas equivalentes de petróleo pasaba de 8,37 millones en 1935 a casi 10 millones en 1943, llegando a 12, 40 en 1950. 

Dentro de ese índice, la producción hidroeléctrica subió de 3.645 millones de kWh anuales en 1935 a 6.916 en 1950; y la de hulla y antracita subió de 6.9 millones de toneladas en 1935 a 8,8 millones ya en 1940 y a 11, 1 millones en 1950. La de hierro dulce y acero pasó 595.000 toneladas en 1935 a 695.000 ya en 1940, y a 780.000 en 1950. La producción de maquinaria y material de transporte, sobre una base 100 en 1913, era de 162 en 1935, con una bajada en los primeros años 40 para subir a 178 en 1948 y a 208 en 1950. La producción de cemento pasó de 1, 1 millones de toneladas en 1935 a 2,065 en 1950, superándose en prácticamente todos los años la producción de preguerra, debido a que la construcción de viviendas fue otra prioridad del régimen expuesta por Franco en su discurso de fin de año de 1939. La de fibras artificiales y sintéticas dio un salto extraordinario, de 3. 400 toneladas en 1935 a 24.500 en 1950. La de algodón, aunque con fuertes oscilaciones, fue de 1.933 toneladas en 1935 y llegó a 6.503 en 1949. Naturalmente las exigencias de petróleo aumentaban con rapidez y a pesar de las fuertes restricciones anglosajonas durante la guerra, también su importación y consumo creció, de modo que en 1950 triplicaba ampliamente los de preguerra.

Estos datos bastan para percibir que la industria española no solo superó netamente a la de 1935, sino que en algunos aspectos dio un gran salto. Más dificultades hubo con la agricultura, al coincidir las devastaciones de la zona roja con las restricciones a la importación de fertilizantes y largas sequías. Sin embargo ello no motivó el hambre mortífera que suele decirse, como vimos en la entrada anterior, sino más bien escasez e insuficiencia alimentaria, mejor o peor paliadas por el racionamiento y las mejoras sanitarias e higiénicas, que redujeron la mortalidad general. Cabe decir que la pesca (el pescado, como los huevos y otros productos, no estaba racionado) creció constantemente sobre la de 1935, desde el mismo año 1940.

El conjunto de estos datos demuestra que la renta per capita española no solo no pudo bajar, sino que creció muy consistentemente en aquella década, superando muy pronto, probablemente desde 1943, la de la república, como ha señalado el economista G. Fernández de la Mora y Varela. Los economistas han estimado de forma muy diversa los índices de crecimiento del PIB en aquella década: desde el 1,1 por ciento anual (Prados de la Escosura) al 1,7 (Carreras), a2.0 (Alcaide Inchausti) y 3,8 (Naredo) Vistos los índices señalados, la tercera cifra parece la más ajustada a la realidad. Una vez más, parece que la “economía autárquica falangista” distó mucho de ser tan caótica y contraria a la libertad de mercado o al comercio como pretende el señor Valera y tantos otros de la corriente anglómana. En la próxima entrega expondremos sus líneas generales.

Para concluir, aquellos fueron años felices para un país que logró mantenerse al margen de las devastaciones y crímenes de la guerra europea y reconstruirse con sus propias fuerzas en ímprobas condiciones. Yo diría que hay razones para estar orgullosos de aquella valerosa y esforzada generación, en lugar de denigrarla combinando la falsedad de los datos con jeremiadas y una conmiseración no menos falsa.

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miércoles, 4 de marzo de 2020

De Galileo a Einstein: La gran mentira cosmológica

La gran Mentira Cosmológica
-6/8/2019

En ámbito tradicional o católico integral, se encuentran múltiples explicaciones históricas en relación al afirmarse del modernismo. Todas obviamente interesantísimas para quien se quiera informar sobre cómo ha sido posible la actual decadencia eclesiástica. Sin embargo, debe decirse por honestidad que las reconstrucciones históricas, aun siendo exactas, son siempre insatisfactorias para quien quiera conocer las razones de algo. En efecto, si bien es necesario conocer la evolución histórica de esta pestilencia terrible, la misma historia de esta evolución, así como cualquier otra historia, por su naturaleza intrínseca, tiene la característica particular de no ser concluyente. La historia puede dar a conocer solamente que Ticio ha hecho o dicho tal cosa, pero por qué ha llegado a hacerla y a decirla, la historia no lo sabe. Para comprender el modernismo y reconstruir su historia es, por tanto, necesario indagar su esencia, lo que quiere decir comprender sus razones, es decir, su base conceptual.

Es conocida la denuncia según la cual el problema sería la exégesis protestante de las Sagradas Escrituras, que habría infectado el ambiente católico con la teoría de la historia de las redacciones. Es decir, es conocido que generalmente se atribuye la enfermedad del modernismo al historicismo de derivación marxista. El diagnóstico es indiscutiblemente exacto, pero si el problema fuera solo el historicismo, sería un problema puramente teórico, al cual se responde observando, por ejemplo, que, si todo deviene y cambia, entonces deviene y cambia también el pensamiento historicista, de manera que al final la historia de las redacciones, en devenir también ella, se reduce a ser solo una opinión cambiante como todas las opiniones, que la misma historia se encargará de superar. El pensamiento historicista no vincula a ninguna verdad, es fe; por lo cual se puede creer en él o no.

Es, por tanto, evidente que, si el problema “historia de las redacciones” fuera un problema puramente teórico, no habría encontrado un terreno donde echar raíces con tanto vigor. Pero un terreno fértil lo encontró (desagrada decirlo, dentro de la misma Iglesia). Y el terreno, donde echan raíces todos los problemas teóricos destinados a crecer y hacerse gigantes, son los hechos. Verdaderos, presuntos o imaginarios, los hechos dan a los hombres el sentido de lo concreto porque persuaden para ver en ellos la sólida realidad de la vida. Por ello, la afirmación de una teoría es posible solamente sobre la base de un hecho, siendo el hecho lo que la hace realmente creíble para los hombres. Pues bien, este hecho concreto y real, en la base del modernismo, por cuanto me consta, lo denuncia solo el señor Crombette en su libro “Galileo aveva torto o ragione?”. Todos los demás, en el ámbito católico tradicional e integral, lo evitan, no lo tratan.

Y el motivo o debe sorprender en absoluto, ya que, sobre este hecho, desgraciadamente, concuerdan no solo los modernistas sino también los católicos integrales, a partir del momento en que la Iglesia, desde el 11 de Septiembre de 1822, lo reconoció sacando del Índice el libro de Galileo. Y este hecho, como se ha comprendido ya, es la teoría heliocéntrica, notoriamente en contradicción con lo que afirman las Sagradas Escrituras y toda la Tradición de la Iglesia, al menos hasta aquella fecha. Debe decirse que, si el heliocentrismo fuera cierto, porque Pío VII lo ha legitimado, sacándolo del Índice, entonces sería imposible comprender no ya el modernismo sino el catolicismo integral, dado que sin la base de las Sagradas Escrituras y de la Tradición es el católico integral el que cae en aquel fideísmo ciego e irracional condenado siempre por la Iglesia.

No debe callarse, en efecto, que sacando el “Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo” del Índice, Pío VII – el Papa – admite que la Biblia se equivoca, se equivoca en un punto esencial como la cosmología. ¿Qué impide que pueda equivocarse también en otro lugar? ¿In fide et moribus, por ejemplo? ¿Qué prohíbe que no sea divinamente inspirada? Si el heliocentrismo es reconocido por la misma Iglesia como cierto y las Sagradas Escrituras y la Tradición se equivocan, ¿dónde se equivocan entonces los fautores de una nueva iglesia, es decir, los modernistas?

Por tanto, el 11-9-1822, Pío VII saca del Índice el libro de Galileo. Y eso, adviértase, aunque la teoría heliocéntrica no goce de ninguna prueba experimental. Cuando se tenga esta prueba experimental, en 1887, y no caerá a favor del heliocentrismo, tendrá inicio la imaginaria cosmología moderna. La así llamada ciencia se inventará de todo con tal de no admitir la única conclusión cierta del experimento con el interferómetro de Michelson y Morley de 1887, es decir, que la tierra no orbita alrededor del sol. Pero, entre tanto, en 1822, sin ninguna prueba experimental ni a favor ni en contra, se dice que existió, para mover al Papa Chiaramonti a sacar el libro de Galileo del Índice, la enorme presión de la opinión pública. Es decir, en número: 10.000 masones de 22 millones de italianos de entonces creen en el sistema heliocéntrico. Menos del 1%. Pero los 10.000 tienen diarios, libros, escuelas, cátedras universitarias, mientras que los 22 millones cuentan poco o nada, siendo casi todos analfabetos.

Lo que esto quiere decir, lo comprenderá bien el padre Matiussi, cuando denunciará el complejo de inferioridad de la jerarquía católica hacia la “cultura” del siglo y su miedo a quedar marginada. Pues bien, aquel complejo de inferioridad tiene su inicio precisamente aquí, a partir del caso Galileo. Poco importa que, en el Evangelio de San Juan apóstol, Jesús diga que el siglo no conoce el espíritu de la verdad y que ni siquiera le será enviado (Jn 14, 16-17). E importa todavía menos que la “cultura científica” no haya proporcionado jamás una sola prueba experimental de sus fantasiosas afirmaciones cosmológicas. No solo; sino que ha falsificado incluso las desfavorables. Basta la así llamada presión mediática de 10.000 hombres de 22 millones para ceder a la villanía cultural del siglo y dudar de las Sagradas Escrituras. Obviamente, sucede después que, dando las espaldas al pueblo “ignorante” y a su fe, la jerarquía hará de las Sagradas Escrituras y de la Tradición una base cultural inexorablemente ya superada por los nuevos (falsos) conocimientos.

Es aquí donde el historicismo de la “historia de las redacciones” encuentra su más sustancioso alimento. La Biblia se equivoca, se piensa. Se equivoca sin ninguna malicia engañadora, sino simplemente porque pertenece a otro tiempo histórico, en el que determinados conocimientos no estaban todavía suficientemente desarrollados. Y es precisamente esta convicción la que da inicio al ecumenismo. El modernista, persuadido ahora ya de que ha sido demostrado que las Sagradas Escrituras no son fiables por la falsa cosmología moderna, tiene el sentimiento de Dios y “quiere” que exista incluso contra y a pesar de las Sagradas Escrituras. Se alinea, por tanto, con todos aquellos que “quieren” que Dios exista: musulmanes, judíos, budistas, hinduístas, animistas, etc., convencido, obviamente, de que también los demás creyentes no creen ya en sus “libros sagrados”, exactamente como él no cree en los suyos. Si, por tanto, la Biblia se equivoca, sin culpa alguna, obviamente, téngase al menos la amabilidad de enterrar, con el Beato Pío IX, también la octogésima proposición de su Sílabo, por favor.

Así, la jerarquía se convence de que ha llegado el momento de abrirse al siglo, a pesar de la palabra de Aquel que lo ha vencido. Y, dirigiéndose al siglo, va de suyo que comience a mirar con vergüenza la fe tradicional del pueblo analfabeto. La jerarquía se abre al siglo ciertamente con circunspecta prudencia (al comienzo), pero ciertamente bebiéndose todas las patrañas de la cosmología moderna con la piadosa ingenuidad del neófito. Todavía hoy, dos siglos después de la rehabilitación de Galileo, la jerarquía ignora tranquilamente y de muestra no saber nada de la infame mentira cosmológica inventada en la logia, que hace del hombre un ser perdido en la periferia del cosmos. Es increíble: tenemos a Jesús que confirma toda la Sagrada Escritura diciendo que no puede ser anulada (Jn 10, 35), tenemos la asistencia del Espíritu Santo que nos conduce a la Verdad entera, tenemos a Aquel que ha vencido al mundo, tenemos la inteligencia de Papas como Urbano VIII, de teólogos como San Roberto Belarmino, pero esto no es suficiente para la jerarquía. Es necesario beber las mentiras del siglo y enseñarlas al pueblo. En una palabra: es necesario emanciparse del analfabetismo católico de Lourdes y de Fátima para beberse las mentiras que se han bebido los protestantes. La Iglesia Católica, desgraciadamente, parece haber olvidado, especialmente en el último siglo, que la serpiente antigua, además de ser homicida desde el principio, es también y ante todo, el padre de la mentira. Con la mentira, en efecto, ha dado inicio a su obra de corrupción: “Eritis sicut Dii”.

La gran mentira
Por un discurso de Albert Einstein, pronunciado en la universidad de Kyoto, en Japón, el 14-12-1922, sabemos sobre qué bases científicas se basa la teoría heliocéntrica. Esto es lo que dice el mayor genio del siglo XX a un público ciertamente no analfabeto:

“He llegado a creer que el movimiento de la tierra 
no pueda ser revelado por ningún experimento óptico, 
aunque la tierra gira alrededor del sol”.

Lo que traducido para nosotros, pueblo analfabeto, significa precisamente esto: aunque es imposible demostrar que la tierra gira alrededor del sol, a pesar de ello, ella ciertamente gira. El riguroso método científico galileano, por tanto, da por obtenido lo que debe demostrar, y, más aún, ateniéndonos a las mismas palabras de Einstein, da para demostrarlo lo que es incluso imposible demostrar, es decir, el heliocentrismo. ¿Pero por qué llega Einstein a semejante afirmación? Simplemente porque no puede aceptar el resultado con el interferómetro de Michelson y Morley, que no detecta el movimiento de la tierra alrededor del sol. Por consiguiente, para Einstein y la moderna cosmología, la tierra, aunque no gira alrededor del sol, debe hacerlo (de otro modo tenía razón Urbano VIII y se había equivocado Galileo). Claro, ¿no? El experimento con el interferómetro de Michelson y Morley no es admitido porque entonces las Sagradas Escrituras y la Tradición Católica no se equivocarían, mientras que deben hacerlo. Este es el mundo al que la jerarquía católica ha querido abrir la Santa Iglesia de Dios, para entrar en diálogo con él y ser admitida en él mucho tiempo antes del Concilio Vaticano II y de la Gaudium et Spes.

Pero vayamos a los hechos. Narra la historia científica que Albert Abraham Michelson (1852 – 1931), un judío alemán emigrado a los EE.UU., iba buscando las pruebas de la existencia del éter lumnífero; es decir, una materia física invisible para los ojos, que después de ciertos descubrimientos del electromagnetismo habría podido propagar la luz, dado que el vacío no existe en la naturaleza. Para este fin construyó una máquina experimental llamada interferómetro, todavía hoy en uso, que le valió el Nobel de 1907. Lo que la historia científica dice es que buscaba el éter aprovechando el movimiento de la tierra alrededor del sol, cuya velocidad teórica, calculada en base a la longitud de la órbita terrestre y del tiempo empleado en realizarla (un año), debía ser necesariamente de 30 km por segundo. Lo que calla es que se tropezó con otra cosa. 
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lunes, 2 de marzo de 2020

Leyenda negra sobre la INQUISICIÓN española. Jurisdicción sobre cristianos bautizados, no podía actuar sobre personas de otras religiones. Condenados 220 protestantes por causa de herejía, de ellos sólo 12 fueron ejecutados. El Tribunal del Santo Oficio en España data de 1478 y se inspiró en la Inquisición francesa. creada en 1184

Desmontando la leyenda negra sobre la Inquisición española
9)9/2017

La oleada de cristianofobia ha resucitado los mitos sobre la Inquisición para atacar a este tribunal e intentar desacreditar al catolicismo. Un reciente libro de María Elviar Roca Barea desmonta la leyenda negra que ahora asume la corrección política. 

(Juan E. Pflüger)- Desde que en la segunda década del siglo XX Julian Juderías escribiera su colección de artículos y las dos recopilaciones sobre la Leyenda Negra empezó a arrojarse luz sobre la realidad de algunos de esos turbios y manipulados episodios de nuestra historia que tanto gustan repetir, sin confirmar su veracidad, a los enemigos de España. Da igual que esos enemigos estuvieran fuera, como era el caso del duque de Orange, promotor de estos relatos antiespañoles en el siglo XVI, o dentro de España, como ocurre con nuestra clase política, tan dada a la corrección política que tan dada es a la manipulación de la historia.

Juderías definía esa propaganda antiespañola en su libro de 1914 “La leyenda negra y la verdad histórica” como: ”los fantásticos relatos que acerca de nuestra patria han visto la luz pública en casi todos los países; las descripciones grotescas que se han hecho siempre del carácter de los españoles como individuos y como colectividad”.

Recientemente, uno de los tópicos más recurrentes de esos “fantásticos relatos” ha sido usado nada menos que por ISIS en un vídeo de amenaza contra España. En la grabación, un yihadista de origen español, que ha quedado bautizado como “el hijo de la Tomasa”, aseguraba que debían vengarse de los ataques de la Inquisición contra el Islám.

Es cierto que de un terrorista no se debe esperar gran cultura ni conocimientos, menos de quien decide sumarse a un grupo terrorista que sigue a una religión que pretende no evolucionar desde principios del siglo VII. Pero no deja de ser una clara muestra de la ignorancia en la que la leyenda negra, y sus petuadores progresistas, han sumido a la sociedad en la que nos ha tocado vivir.

Afortunadamente todavía quedan estudiosos que, lejos de aceptar los dogmas de la imposición cultural del pensamiento único, toman el relevo de Julián Juderías y sacan a la luz la documentación que muestra la realidad de una institución como la Inquisición que, con sus luces y sus sombras, dista mucho de ser lo que muchos pretenden presentar.

Un reciente libro de María Elviar Roca Barea, “Imperiofobia y la leyenda negra”, arroja luz sobre varios de los episodios de nuestro pasado que más son usados tradicionalmente para atacarnos. En lo que respecta a la Inquisición, la autora ha demostrado documentalmente que muchos de los tópicos que los políticos, la sociedad e incluso algunos historiadores han dado por buenos, son falsos y forman parte de esa manipulación antiespañola que ahora vuelven a esgrimir desde la izquierda, en connivencia con los separatismos periféricos.

La Inquisición no fue una creación española. La fundación del Tribunal del Santo Oficio en España data de 1478, bajo la monarquía de los Reyes Católicos, y se inspira en la Inquisición francesa que llevaba funcionando desde 1184, es decir: trescientos años antes.

Su jurisdicción, por mucho que se empeñe en el vídeo “el hijo de la Tomasa” era exclusivamente sobre cristianos bautizados y no podía actuar sobre personas de otras religiones. Por lo tanto no actuó jamás sobre musulmanes ya que al no ser bautizados, no podían cometer herejía.

La primera razón por la que se creó fue la de evitar que las herejías se propagasen por Castilla y Aragón, pero pronto se descubrió que tras su creación, el número de linchamientos que venían produciéndose en el mundo rural bajó considerablemente. Y es que la reglamentación de la herejía y su sometimiento a un tribunal evitó que el pueblo se tomase la justicia por su mano.

En cuanto a las causas abiertas, se conservan completos los archivos inquisitoriales entre 1540 y 1700. En ese periodo se desarrollaron casi 45 mil procesos por herejía, de los que la mayoría fueron resultados absolutorios y 1.346 resultaron condenados a muerte. Si comparamos con la Inquisición protestante en Alemania, para ese periodo, en el país nórdico 25.000 mujeres ejecutadas por brujas, en el caso de España no se llegó a los 300 casos.

Pero no solamente eso. Muchos de los delitos que hoy siguen siéndolo, solamente empezaron a perseguirse con la creación del Tribunal del Santo Oficio. Delitos como la violación o el proxenetismo no eran perseguidos hasta que se consideró herejía y pasaron a depender de la Inquisición.

En los últimos trescientos años de actividad de la Inquisición, solamente fueron condenados 220 protestantes por causa de herejía, de ellos sólo 12 fueron ejecutados, por supuesto en la hoguera. Si comparamos estos datos con los de la Ginebra de Calvino, vemos claras diferencias. La ciudad suiza de Ginebra fue el centro en el que Calvino quiso establecer una teocracia protestante. El municipio tenía una población de 20.000 habitantes en 1541, cuando se asentó allí definitivamente. En los quince primeros años de implantación de su supuesta teocracia, la inquisición calvinista acabó con la vida de cerca de 1.500 personas, es decir, el 7,5% de la población.

Una de las imágenes de la Inquisición española con las que nos bombardean normalmente los medios es la de las salvajes torturas por las que pasaban todos los detenidos para intentar, entre tormentos, arrancar una confesión de herejías en las que no se había participado.

Pero resulta que la Inquisición española es la única que tenía muy limitada la posibilidad de usar la tortura. A diferencia de lo que ocurría con luteranos y calvinistas, y con la Inquisición católica en otros países como Francia o los territorios italianos, la tortura solamente aparece en poco más del 1% de los procedimientos.

Es más, la Inquisición española prohibía que la tortura, que como hemos señalado se ceñía a casos muy concretos, sobrepasase los 15 minutos de duración y no podía poner en peligro jamás la vida del reo. Además, a diferencia de lo que ocurría en otros tribunales similares, siempre se realizaba en presencia de un médico que se cercioraba de que no se produjeran mutilaciones ni lesiones irreversibles.

También es más que llamativo el hecho de que la Inquisición prohibió totalmente el uso de la tortura en sus interrogatorios a principios del siglo XVIII, mientras que los tribunales civiles españoles y la mayoría de los europeos mantuvo estas prácticas hasta bien entrado el siglo XIX.

Y una curiosidad: muchos reos en procedimientos civiles optaban por blasfemar para que sus juicios se trasladasen a la Inquisición. ¿La razón? Que el trato de los prisioneros en las cárceles del Santo Oficio durante los siglos XVI al XIX fue mucho más decente que el que se padecía en las cárceles convencionales

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domingo, 1 de marzo de 2020

El Santo GRIAL está en San Isidoro de León desde la reina Sancha y Fernando I.


Historia de Iberia-Hispania-España. Reconquista e Imperio
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Pío Moa: El seudomito de las Tres Culturas. Errores izquierdistas y derechistas sobre la República. La herencia de Las Casas. Pulsiones suicidas en la Monarquía. Y 35 libros editados

El seudomito de las Tres Culturas
Pío Moa
2/6/2010

Uno de los mitos, propiamente seudomito, cultivados casi obsesivamente por ciertos historiadores y políticos ha sido el de "las tres culturas" mutuamente tolerantes: la cristiana, la islámica y la judía, que habrían dado lustre y carácter a España durante la llamada Edad Media.

Según Américo Castro, las tres constituirían la médula misma de España, de modo que, al ser eliminadas la islámica y la hebrea, el país se habría empobrecido decisivamente y entrado en una dinámica de guerras civiles que le habrían distinguido negativamente de los demás europeos.

Los hechos cantan otra canción, de letra opuesta: apenas culminada la Reconquista y expulsados los judíos, España se convirtió en una de las mayores potencias mundiales y entró en su período cultural más glorioso. Castro y sus seguidores pretenden que ese esplendor se debió principalmente a los conversos, tesis de un racismo chocante y poco realista, aunque hubo bastantes conversos destacados, por lo demás plenamente integrados en la cultura española, no en la judía. En cuanto a las guerras civiles, España fue durante tres siglos, en la metrópoli y en el imperio, probablemente la nación internamente más estable y menos guerracivilista de Europa, como sabe cualquiera que haya seguido los avatares de Francia, Alemania, Italia, las islas británicas, etc. Solo mucho más tarde, ya en el siglo XIX, sufrió España tres guerras civiles, y solo una de ellas fue verdaderamente enconada. Y en el siglo XX, otra. Francia, Alemania o Italia sufrieron en ese período convulsiones revolucionarias y guerras diversas más serias. Pero el tópico del "guerracivilismo" y el "cainismo" de los españoles ha arraigado, al estilo del de las "tres culturas", debido a la ignorancia común en España sobre el resto de Europa, como he querido poner de relieve en mi libro más reciente.

No se debe, pues, a la expulsión de judíos y musulmanes ese carácter cainita que, por otra parte, tampoco ha existido más que en cualquier otra nación, y probablemente menos que en la mayoría. Es claro que las expulsiones no influyeron a favor ni en contra de los sobresalientes logros culturales, políticos y militares de España en la época.

El seudomito de las tres culturas satisface muy poco a la verdad, y sí a cierta vanidad de sentirse tolerantes y proyectar esa virtud arbitrariamente al pasado. Pero si vamos a la realidad, "en pleno siglo XX", como se decía hace poco, la convivencia entre musulmanes y judíos se ha demostrado y sigue demostrándose muy difícil en Oriente Próximo, y difícilmente cabe suponer que ocurriera algo muy diferente en la España del Cuatrocientos y en la de los siglos previos, teóricamente más intransigente. Aparte de que el mito encierra mucha menos tolerancia de la supuesta, pues, en la idea de sus inventores, las culturas realmente valiosas eran la judía y la musulmana, sin las cuales los españoles se condenarían a odiarse y matarse entre sí: la parte cristiana sería básicamente bárbara, oscurantista y destructiva. Esa concepción negativa de nuestro pasado fundamenta políticas actuales como la del fomento del islam en España, que augura conflictos sociales internos y también internacionales. Quizá piensen esos políticos que la expansión musulmana en España nos aportará más civilización y tolerancia, como indicaba el ignaro interesado Juan Luis Cebrián al tachar de "insidiosa" la Reconquista.

Y constituye un despropósito histórico equiparar como "españolas" a las culturas árabe y hebrea. La única propiamente española era la cristiano-latina. Los andalusíes se consideraban enemigos radicales de aquella España, a la que pretendían sustituir por Al Ándalus. Y los judíos, minoría sin poder político, vivían en general su propia vida, separados en lo posible de unos y de otros.

En la realidad, los islámicos invasores de España eran una minoría militar en medio de una población cristiana y romanizada, dato imposible de cambiar de la noche a la mañana. Por ello se propusieron desde muy pronto ir asfixiando la cultura cristiano-latina con medidas políticas y administrativas opresivas, que también aplicaban a los judíos. Con respecto a estos últimos, ocurría algo muy parecido en la España cristiana, la España propiamente dicha. En todos los casos hubo períodos de mayor dureza o suavidad en el trato mutuo, más raramente de colaboración, pero dentro de una mayor hostilidad y desconocimiento cultural (el episodio quizá de mayor colaboración, el de la Escuela de Traductores de Toledo, aprovechó sobre todo a la Europa ultramontana y no a la propia España). La hostilidad de fondo era más radical entre andalusíes y españoles, pues cada cultura era consciente de que el triunfo de la contraria significaría la desaparición de la propia, como había ocurrido en el Magreb.

La identidad cultural española se forjó en tiempos de Roma, y adquirió tal intensidad que pudo conquistar a los conquistadores godos y luego resistir, cosa muy excepcional, a la invasión y aculturación islámica, hasta la reconquista completa del territorio. No tiene sentido complicar ni diluir esa identidad con otras influencias que existieron, sin duda, pero nunca pasaron de marginales. Los españoles somos responsables de nuestros logros y nuestros fracasos, de nuestras buenas y malas acciones en la historia, sin necesidad de mitos extravagantes como este de las tres culturas. Que suelen enarbolar los más intolerantes y desdeñosos hacia la nuestra, precisamente.

HISTORIA DE ESPAÑA
Libros de Pío Moa
  1. Reflexiones sobre el terrorismo. Madrid: Autor. 1985. ISBN 84-398-4781-5.
  2. El erótico crimen del Ateneo de Madrid. Madrid: Mosand. 1995. ISBN 84-89616-00-0.
  3. Los orígenes de la Guerra Civil española. Encuentro. 1999. ISBN 978-84-7490-983-8.
  4. Los personajes de la República vistos por ellos mismos 1. Encuentro. 2000. ISBN 84-7490.
  5. El derrumbe de la II República y la Guerra Civil. Encuentro. 2001. ISBN 978-84-9920-0.
  6. La sociedad homosexual y otros ensayos. Madrid: Criterio Libros. 2001. ISBN 84-95437-.
  7. La Oposición durante el Franquismo. Volumen 2: De un tiempo y de un país. Encuentro. 2002. ISBN 978-84-7490-657-8.
  8. Los personajes de la República vistos por ellos mismos 2. Encuentro. 2002. ISBN 978-84-.
  9. Contra la mentira: Guerra Civil, izquierda nacionalista y jacobinismo. Madrid: Libros Libres. 2003. ISBN 84-96088-06-5.
  10. Los mitos de la Guerra Civil. Madrid: La Esfera de los Libros. 2003. ISBN 84-9734-093-0.
  11. Los libros fundamentales sobre la Guerra Civil. Madrid: Encuentro. 2004. ISBN 84-749.
  12. Una historia chocante: los nacionalismos catalán y vasco en la historia contemporánea de España. Madrid: Encuentro. 2004. ISBN 84-7490-747-0.
  13. Los crímenes de la Guerra Civil y otras polémicas. Madrid: La Esfera de los Libros. 2004. ISBN 84-9734-156-2.
  14. Pío Moa en colaboración con Javier Ruíz Portella (2004). 1934, comienza la Guerra Civil: el PSOE y la Esquerra emprenden la contienda. Barcelona: Áltera. ISBN 84-89779-59-7.
  15. Pío Moa en colaboración con Antonina Rodrigo García (2004). Federica Montseny o las dificultades del anarquismo. Barcelona: Ediciones B.
  16. 1936, el asalto final a la República. Barcelona: Áltera. 2005. ISBN 84-89779-72-4.
  17. Franco, un balance histórico. Barcelona: Planeta. 2005. ISBN 84-08-06235-2.
  18. Contra la balcanización de España. Madrid: La Esfera de los Libros. 2005. ISBN 84-973.
  19. El iluminado de La Moncloa y otras plagas. Madrid: Editorial Libros Libres. 2006. ISBN.
  20. La quiebra de la historia progresista: En qué y por qué yerran Beevor, Preston, Juliá, Viñas, Reig... Encuentro. 2007. ISBN 978-84-7490-853-4.
  21. La República que acabó en Guerra Civil. Barcelona: Áltera. 2006. ISBN 84-89779-94-5.
  22. Falacias de la izquierda, silencios de la derecha. Claves para entender el deterioro de la política española actual. Madrid: Libros Libres. 2008. ISBN 978-84-96088-77-1.
  23. Viajes por la Vía de la Plata. Madrid: Libros Libres. 2008. ISBN 84-96088-82-0.
  24. Franco para antifranquistas: en 36 preguntas clave. Barcelona: Altera. 2009. ISBN 978-8.​
  25. La democracia ahogada. Ensayos sobre la España de hoy. Barcelona: Altera. 2009. ISBN.​
  26. Nueva historia de España. Madrid: La Esfera de los Libros. 2010. ISBN 978-84-9734-952.
  27. La transición de cristal. Franquismo y democracia. Madrid: Libros Libres. 2010. ISBN.
  28. España contra España. Madrid: Libros Libres. 2012. ISBN 978-84-1557-006-6.
  29. Sonaron gritos y golpes a la puerta. Madrid: La Esfera de los Libros. 2012. ISBN 978-84.
  30. El derrumbe de la Segunda República. Madrid: Encuentro. 2013. ISBN 978-84-7490-982.
  31. Los nacionalismos vasco y catalán: en la Guerra Civil, el franquismo y la democracia. Madrid: Encuentro. 2013. ISBN 978-84-9055-022-9.
  32. Ensayos polémicos. Fajardo Bravo S.L. 2013. ISBN 978-84-9382-273-6.
  33. La Guerra Civil Española (1936-1939). Fajardo Bravo S.L. 2014. ISBN 978-84-9425-000.
  34. Los mitos del franquismo. Una revisión en profundidad de una época crucial. La Esfera de los Libros. 2015. ISBN 978-84-9060-349-9.39
  35. La Reconquista y España. La Esfera. 2018. ISBN 978-8491643050.
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