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lunes, 21 de junio de 2021

***LUTERO: La historiadora Ángela Pellicciari desmonta los MITOS creados en torno a Lutero y su Reforma PROTESTANTE

La historiadora Ángela Pellicciari desmonta los mitos 
creados en torno a Lutero y su Reforma
31 octubre, 2017

Dos ideas que ya están en Hugo Grocio (1583-1645)
y van preparando los espíritus
para la eclosión de las ideas MASÓNICAS


En el día en el que se conmemoran los 500 años del cisma luterano, recuperamos una entrevista a la historiadora italiana Ángela Pellicciari realizada en octubre de 2016 y en la que la autora del libro ‘La verdad sobre Lutero’ analiza las verdaderas motivaciones del artífice de la Reforma y las consecuencias de su rebelión contra Roma.

El 31 de octubre de 1517, el monje agustino Martín Lutero se rebeló contra la Iglesia clavando sus 95 tesis en la puerta del castillo de Wittenberg. Esta rebelión supuso el inicio de una Reforma que dividió a la Iglesia e hizo perder a Europa su unidad religiosa.

Quinientos años después de estos acontecimientos y con motivo de la publicación de su libro La verdad sobre Lutero editado por Voz de Papel, la historiadora italiana Ángela Pellicciari analiza las verdaderas motivaciones del artífice de la Reforma, sus contradicciones y las consecuencias de su rebelión.

¿Cuál era la situación de la Iglesia en el momento en el que se produjo la Reforma?

Después del Cisma de Occidente, la Iglesia necesitaba una reforma. Existía lo que se conocía como fiscalismo y «commenda», que exigía a la persona a la que se le encargaba un oficio anticipar la ganancia de un año del beneficio adjunto. Si alguien era nombrado párroco, por ejemplo, tenía que adelantar los beneficios de un año de ese cargo. En estas circunstancias, está claro que llega a ser obispo, cardenal, arzobispo o párroco el que dispone de los recursos financieros necesarios.

Asimismo, algunos obispos y sacerdotes se convierten en titulares encargados de decenas -a veces cientos- de diócesis y de parroquias. De esta forma, un obispo podía serlo de doscientas diócesis si era rico y le podía anticipar al Papa los beneficios de un año de todas estas diócesis.

El fiscalismo y la commenda se asocian con la inmoralidad, el absentismo y la falta de espíritu misionero. La Iglesia debía reformarse y en algunos lugares se reformó. En España, empieza la reforma de la Iglesia con el matrimonio de los Reyes Católicos. En España e Italia se hace esta reforma de la Iglesia.

¿Cuáles eran las motivaciones que llevaron a Lutero a rebelarse contra Roma?

El orgullo. Lutero era un hombre dominado por el odio que desmanteló la Iglesia para construirse a sí mismo, para presentarse como el gran reformador. Hablaba como si fuera el auténtico intérprete de Jesucristo, se consideraba a sí mismo un alter Christus, y presentaba al Papa como el anticristo. Negó la existencia del sacerdocio como sacramento y desmanteló el sacramento del matrimonio, así como las órdenes religiosas.

Lutero se erige como juez incontestable y cree que él tiene que decidir a quién le compete la autoridad dentro de la Iglesia. Dice que ya no pertenece al clero porque se ha vuelto indigno. Eliminado el clero, ¿quién va a gobernar la Iglesia alemana? Él dice que la voluntad de Dios es que la gobiernen los príncipes, porque los príncipes han sido elegidos por Dios.

El monje agustino borra las interminables batallas libradas por el poder espiritual para ser autónomo de la autoridad temporal. Él le da la autoridad dentro de la Iglesia a los príncipes en nombre de la libertad.

¿En qué consiste realmente esa libertad de la que habla Lutero?

Es la libertad respecto a Roma, porque Lutero estaba a favor de un absolutismo total. Lutero es quien autoriza y bendice la creación de un poder absoluto, un poder que combina los aspectos temporales y espirituales. En Alemania había un totalitarismo absoluto, ya que los príncipes tenían el poder político y el poder espiritual. Jesús decía «Dad al César lo que es del César». Lutero, sin embargo, hace lo contrario: da al César lo que es del César pero también lo que es de Dios. Con Lutero comenzó el absolutismo moderno y el individualismo moderno. Él siempre hablaba de libertad, pero consideraba que el hombre no tenía libre albedrío.

¿Cuál es la relación entre la Reforma de Lutero y el nacionalismo?

Es una relación muy fuerte. Lutero detesta a Roma. Llama a la revuelta, a la guerra, a la rebelión, a la revolución contra Roma. Lutero ha pasado a la historia como el padre de la identidad alemana, de la lengua y el espíritu alemán. Su espíritu de fondo es el nacionalismo alemán contra Roma, porque hasta entonces Alemania era un Imperio unido al Papa. Lutero separa a Alemania de la comunión con Roma, traduce la Biblia al alemán y se convierte en el «profeta de Alemania». Pretende quitar las raíces romanas del Imperio. Roma significa no solo Roma, sino también la tradición greco-romana y Lutero rompió con las raíces filosóficas griegas y romanas. El daño al pueblo alemán es incalculable, implícitamente abandonado a la soledad de su propia mitología pagana y el extremismo sectario.

El estudio de las fuentes, la vuelta a la Escritura y a los Padres, la crítica de la escolástica, el ataque a la fe supersticiosa y a las mil formas de religiosidad popular, en una palabra, el humanismo en Alemania se colorea de nacionalismo. La literatura en lengua alemana nace antirromana y el Dante local se llama Lutero.

¿Detrás de la Reforma había una lucha de poder?

Sí, había una lucha de poder. Los príncipes siguen a Lutero para obtener riquezas. La Iglesia en Alemania contaba a principios del siglo XVI con un tercio del patrimonio inmobiliario nacional y esos bienes Lutero se los ofrece a los príncipes. Las consecuencias de la política de Lutero han sido desastrosas. La mayor revolución del segundo milenio. Ha dado instrumentos a los enemigos de la Iglesia para atacar a la Iglesia desde dentro. Era un hombre dominado por el odio, odio contra la Iglesia romana, odio contra los judíos.

¿Por qué ese ataque de Lutero a los judíos?

Porque él en un principio pensaba que los judíos se convertirían, porque el suyo era «el verdadero evangelio». Al comienzo de su vida pública, Lutero no tiene ni mucho menos una actitud hostil hacia los judíos. Cuando los judíos se niegan a convertirse al «evangelio puro luterano», les desprecia y hace un llamamiento a devastar sus hogares, quemar sus sinagogas, privarles de sus libros de oraciones o negar a los rabinos bajo pena de muerte la tarea de enseñar.

¿Por qué la Reforma no se extiende en España? ¿Cuál fue el papel de la Corona española?

Porque España e Italia reformaron la Iglesia, había ejemplos de obispos, sacerdotes y religiosos buenos. El papel de la Corona española fue muy fuerte. España estaba atacada por todas partes porque había permanecido católica.

¿Cómo influyó la propaganda en la difusión de las ideas de Lutero?

Los revolucionarios de todos los tiempos tienen en común un lenguaje: sencillo, claro, popular, lapidario. Un lenguaje que se corresponde con las necesidades de la propaganda, fácil de repetir, que se abre paso y se impone con la fuerza de las imágenes. Lutero, el gran revolucionario de los tiempos modernos, no es una excepción. Era un genio de la propaganda e hizo una campaña muy bien orquestada. Desde los primeros años, Lutero utiliza imágenes blasfemas para despertar el odio, y con el odio el desprecio, y con el desprecio la burla a la Iglesia romana. Lutero quería una iglesia «pura», sin imágenes. Decía que el culto debía purificarse y de hecho destruyó las imágenes sagradas. Pero era un hombre inteligente y conocía el poder de la imagen y creó, por tanto, sus propias imágenes.

Intentó convencer al pueblo alemán de que el Papa era el anticristo. No se trataba de hacer discutir a los sabios, sino de convencer al pueblo para entrar en batalla. Creó nueve dibujos que él quería que todos los jóvenes alemanes tuvieran en casa en los que se atacaba al Papa. Los folletos que difundía tenían títulos tan claros como subversivos y falsos, acompañados por repulsivas imágenes de caricaturas que harán escuela con los jacobinos franceses. El ataque a Roma es violento, llevado a cabo con los métodos de la retórica y la propaganda, empezando por la calumnia.

¿Cuáles han sido, en su opinión, las principales consecuencias de la Reforma?

Lutero dividió a la Iglesia en nombre de la verdadera Iglesia. Es un ataque a la Iglesia desde dentro, el peor que puede existir. Lutero desmanteló la Iglesia. Con el libre examen, cada uno se relaciona directamente con Dios, cada uno lee la Biblia y la interpreta a su manera, confiando en la ayuda del Espíritu Santo. Elimina la función del magisterio y niega el orden sacerdotal. Tampoco existe el sacramento del matrimonio, y, por tanto, éste no es indisoluble. Lutero está, asimismo, en la base del relativismo moderno, del subjetivismo moderno, de la duplicidad moderna: en nombre de la libertad crea un absolutismo total.

Estamos ante la articulación fundamental de la modernidad. Ante las contradicciones irreconciliables de la modernidad que, separando la libertad de la verdad, exige y reclama solo respetar los dictados de la conciencia individual. Pío XII resume el drama de la apostasía de Occidente que comienza con el protestantismo, continúa con la Ilustración y llega al ateísmo: «Cristo sí, Iglesia no. Después: Dios sí, Cristo no. Finalmente el grito impío: Dios ha muerto; es más, Dios nunca ha existido».

El testamento de Lutero fue recogido y divulgado por el pensamiento gnóstico, jacobino y liberal-masónico, dominado por el odio y por la guerra contra la Iglesia católica. Y en nombre de la santidad de este odio, no sólo la ciencia histórica se ha transformado en una conspiración contra la verdad, sino que se han derramado ríos de sangre.

¿Cuál es la herencia que ha recibido la sociedad actual del artífice de la Reforma?

El relativismo, el individualismo y el pensamiento gnóstico, por ejemplo, son frutos de las semillas plantadas por Lutero.

500 años después, cuando en todo el mundo se celebran actos de conmemoración del quinto centenerio de la Reforma protestante, ¿se ha olvidado el daño que causaron a la Iglesia las acciones de Lutero?

¿Cómo ataca Satanás a la Iglesia? Desde fuera con la persecución y desde dentro con la herejía. Yo creo que hoy hay un ataque herético muy fuerte. Se puede hablar de Lutero como de un reformador cuando lo que es su reforma es un ataque dentro de la Iglesia. Esto es un ataque modernista. ¿Qué quería el modernismo? Uno de los mayores exponentes del modernismo en Italia decía: hay que transformar la Iglesia en una Iglesia protestante pero no de forma violenta sino poco a poco.

¿Qué visión tenía Lutero del hombre y la naturaleza humana?

Tenía una visión del hombre terrible. El hombre tiene una voluntad esclava. En su opinión, el hombre es como un caballo montado por dos jinetes: si se sienta encima Dios, quiere lo que Dios quiere, si se sienta encima Satanás, quiere y va en la dirección que Satanás le indica. El hombre no es responsable de sus acciones, así que no puede haber para él ninguna recompensa o condena. Esto implica la doble predestinación, porque, si yo soy esclavo, no puedo hacer obras buenas, porque todo lo que hago no viene de mí, viene de quien me maneja. Entonces, ¿cómo sé si voy al cielo o al infierno?

Él dice que Dios crea a algunos hombres destinados al infierno y a otros destinados al paraíso. Si esto es así, entonces Dios sería un monstruo que crea a algunas personas solo para hundirlas en el infierno. Sin embargo, en la Biblia se dice que Dios es Padre y que da la vida de su Hijo por los hombres. Entonces, ¿por qué habría de crear a un hombre para enviarlo al infierno?

Su libro se titula La verdad sobre Lutero, ¿qué grandes mitos se han creado en torno a su figura?

Que era un hombre muy moderno que defendía la idea de la libertad y la igualdad. La libertad es la libertad respecto a Roma porque el hombre no tiene libre albedrío, es esclavo. Lutero no era ningún profeta de la libertad. Además, en Lutero la desigualdad entre los hombres es tan radical que se convierte en metafísica: algunos son creados para la salvación, otros para la condenación.

¿Y cuáles fueron sus contradicciones?

Lutero es el hombre de la paradoja. Lutero decía una cosa y hacía la contraria. Siempre. Hizo todo lo contrario a lo que dijo Jesús. Lutero exalta la mentira y la defiende cuando el fin es bueno. Transforma las cosas según su conveniencia.

El Papa Francisco viajará a Suecia para participar en un encuentro ecuménico católico-protestante con motivo del quinto centenario de la Reforma. ¿Cómo valora la actual relación de la Iglesia católica con los luteranos?

Yo espero que los luteranos vuelvan a casa como están haciendo los anglicanos. La verdad está con Pedro. Esperemos que los protestantes conozcan a Lutero y vuelvan a casa. 

jueves, 17 de junio de 2021

***Carlos I de ESPAÑA vs LUTERO

Carlos I de ESPAÑA vs Lutero
Por Toribio 
 5/6/2021

1521-Dieta de Wörms. Lutero ante Carlos V

Cuando hoy vemos cómo el gran heresiarca de todos los tiempos, Lutero, forma especialmente maligna de Satán y reflejo concreto del Anticristo, renace de sus cenizas gracias a la fatuidad, descreimiento, apostasía, estupidez y estulticia de buena parte del clero y fieles católicos, viene al caso recordar algunas puntualizaciones sobre hechos históricos que, por eso mismo, toman de nuevo gran actualidad y debemos hacer también nosotros renacer para enfrentarlos a aquellos.

En concreto nos referimos a ese magnífico documento que redactó de su puño y letra Carlos I en la noche del 19 de Abril de 1521 al término de la denominada «Dieta de Wörms», en el que aquel gran hombre volcó en pocas palabras lo que albergaba su alma, su mente y su corazón en lo más profundo, al tiempo que hacía público cual iba a ser su programa político y norma de vida hasta sus últimos días.

Imaginemos, pues, a Carlos I con tan sólo veintiún años de edad, prácticamente recién elevado a su categoría de emperador, sentado a solas en su habitación, escribiendo a la luz de una vela, tras haber debatido directamente con el hereje.

«Wörms, 19 de abril de 1521

(…)
Carlos V

Vosotros sabéis que Yo desciendo de los Emperadores Cristianísimos de la noble nación de Alemania, y de los Reyes Católicos de España, y de los Archiduques de Austria y Duques de Borgoña; los cuales fueron hasta la muerte hijos fieles de la Santa Iglesia Romana, y han sido todos ellos Defensores de la Fe Católica y sacros cánones, decretos y ordenamientos y loables costumbres, para la honra de Dios y aumento de la Fe Católica y salud de las almas. Después de la muerte, por derecho natural y hereditario, nos han dejado las dichas Santas Observancias Católicas, para vivir y morir en ellas a su ejemplo. Las cuales, como verdadero imitador de los dichos nuestros predecesores, habemos por la gracia de Dios, guardado hasta agora. Y a esta causa, Yo estoy determinado de las guardar, según que mis predecesores y Yo las habemos guardado hasta este tiempo; especialmente, lo que ha sido ordenado por los dichos mis predecesores, ansí en el Concilio de Constancia, como en otros.

Documento de puño y letra de Carlos V

Las cuales son ciertas, y gran vergüenza y afrenta nuestra es, que un sólo fraile [Martin Lutero], contra Dios, errado en su opinión contra toda la Cristiandad, así del tiempo pasado de mil años ha, y más como del presente, nos quiera pervertir y hacer conocer, según su opinión, que toda la dicha Cristiandad sería y habría estado todas horas en error. Por lo cual, Yo estoy determinado de emplear mis Reinos y señoríos, mis amigos, mi cuerpo, mi sangre, mi vida y mi alma; porque sería gran vergüenza a mí y a vosotros, que sois la noble y muy nombrada nación de Alemania, y que somos por privilegio y preeminencia singular instituidos Defensores y Protectores de la Fe Católica, que en nuestros tiempos no solamente heregia, mas ni suspición de ella, ni disminución [de] la Religión Cristiana, por nuestra negligencia, en nosotros se sintiese, y que después de Nos quedase en los corazones de los hombres para nuestra perpetua deshonra y daño y de nuestros sucesores. Ya oísteis la respuesta pertinaz que Lutero dio ayer en presencia de todos vosotros. Yo os digo, que me arrepiento de haber tanto dilatado de proceder contra el dicho Lutero y su falsa doctrina. Estoy deliberado de no le oir hablar más, y entiendo juntamente dar forma en mandar que sea tomado, guardando el tenor de su salvoconducto, sin le preguntar ni amonestar mas de su malvada doctrina, y sin procurar que algún mandamiento se haga de como suso es dicho; e soy deliberado de me conducir y procurar contra él como contra notorio herege. Y requiero que vosotros os declaréis en este hecho como buenos Cristianos, y que sois tenidos de lo hacer como lo habéis prometido.

Hecho en Bormes [Wörms] a 19 de abril de 1521, de mi mano.
Yo, el Rey»

La Dieta Imperial o Reichstag era el órgano representativo del Sacro Imperio Romano Germánico, asamblea de los príncipes, ciudades y electores que se convocaba en lugares variables a deseo del Emperador.

Lutero y su mujer, la ex-monja Catalina Bora.

La primera parte del texto se corresponde con el primer párrafo y es una introducción que justifica la posterior declaración del emperador. Así, en las primeras líneas, Carlos I se refiere a sus antepasados y a la Iglesia Romana para explicar en líneas posteriores su obligación como emperador de guardar la ortodoxia católica en los territorios del Imperio.

Carlos I recuerda, en las últimas líneas de la primera parte del texto, su firme determinación de cumplir con sus obligaciones como emperador y de seguir las ordenanzas de sus predecesores: reyes, emperadores, así como lo prescrito en los concilios, haciendo especial referencia al Concilio de Constanza de 1414-1418, convocado por el antipapa Juan XXIII, en el que se había resuelto por fin el cisma que aquejaba a Occidente, gracias a la elección de Martín V, al tiempo que se condenó por herejía a los alemanes Juan Hus y Johan Whycliff.

La segunda parte del texto, que se corresponde con el segundo párrafo, se puede subdividir en varias partes.

La primera se corresponde con las cuatro primeras líneas y en ella el emperador resume las tesis de Lutero considerando que el monje declaraba erróneas todas las costumbres y dogmas de la Iglesia católica. A continuación Carlos I expone en las líneas siguientes su determinación de luchar contra la herejía en el seno del Imperio de acuerdo con sus obligaciones como emperador.

Por último expone unas reflexiones finales en las que recuerda como Lutero se ha ratificado en sus opiniones y concluye en su decisión de tratarlo como hereje; ya había sido considerado hereje y excomulgado por Roma en Enero de 1521, pero Federico el Sabio, elector de Sajonia, se había negado a entregarle a Roma.

En líneas posteriores, Carlos I reitera su determinación de combatir las tesis luteranas con todos sus recursos: «…emplear mis Reinos y señoríos…», cosa que cumpliría hasta la extenuación.

Finalmente es de destacar la reflexión que ofrece Carlos I en las últimas líneas. Su arrepentimiento de haber dejado dilatarse el proceso. Y es que lo cierto es que el tiempo trascurrido entre la publicación de las tesis de Lutero y la dieta de Wörms (cuatro años), permitió a Lutero desarrollar sus tesis e impartir varios cursos de Historia Sagrada en los que hizo públicas las mismas, ganando fama y un notorio conjunto de seguidores.

Salvoconducto de Lutero.

La referencia al salvoconducto de Lutero es digna de ser mencionada, pues Carlo I sabía que había sido el salvoconducto imperial lo que había impedido que Lutero fuera detenido y quemado como hereje por las autoridades eclesiásticas.

Es de destacar también la última referencia que aparece en el texto en el que el emperador hace un llamamiento a los príncipes alemanes para que cumplan como buenos cristianos, en el cual debe verse una advertencia a los príncipes, como Federico de Sajonia o Alberto de Brandeburgo, proclives a las tesis luteranas.

Esta declaración se concretará en el edicto de proscripción de Wörms, publicado el 25 de Mayo de 1521, en el que se declaraba a Lutero hereje y prófugo, y cuyo texto es el siguiente:

«En primer lugar, ordenamos que todos, particularmente todos los príncipes, estados y súbditos, después que hayan expirado los veinte días mencionados. que terminan el 14 del presente mes de mayo, no podrán ofrecer a Lutero ni techo, ni comida, ni bebida, ni ayudarlo en ninguna forma, ya sea de palabra o de hecho, secreta o abiertamente. Por el contrario, dondequiera podáis echar mano de él. Lo pondréis inmediatamente preso y me será enviado, o por lo menos se me informará del hecho sin ninguna dilación. Por esa obra santa seréis recompensados por vuestro trabajo y gastos. De la misma manera deberéis, en virtud de la santa constitución y bando de nuestro Imperio, tratar en la siguiente forma a todos los partidarios, instigadores y protectores de Lutero. Los abatiréis, y confiscaréis sus propiedades en vuestro propio provecho, a menos que dichas personas puedan probar que han enmendado sus caminos y pedido la absolución papal. Además, ordenamos, bajo las penalidades ya mencionadas, que nadie compre, venda, lea, conserve, copie o imprima ninguno de los escritos de Martín Lutero que han sido condenados por nuestro santo padre, el papa; ya sea en latín, o en alemán, ni otro alguno de sus escritos malvados».

miércoles, 8 de febrero de 2012

Nueva Historia de España: Lutero (249)

PIO MOA:
Excelente defensor de España
Ha cuestionado  la historiografía
social-masónica de los últimos años
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"Nueva Historia de España"
De la II Guerra Púnica al siglo XXI
La Esfera de los Libros 2010

 
Capítulo 35 (páginas 397-402):
Las ideas de Lutero
"Las tendencias reformistas abocaron a la Reforma protestante, que en realidad no fue una reforma sino una revolución religiosa y política a partir de Alemania. El proceso comenzó con las famosas 95 tesis expuestas en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg por el monje agustino Martín Lutero, en 1517 (cuando en España gobernaba Cisneros, tras la muerte de Fernando el Católico). No se trataba de un desafío ni nada parecido, sino de una propuesta de debate, como había habido muchos en la Iglesia, con el tema principal, pero teológicamente secundario, de las indulgencias, el comercio de las cuales causaba escándalo en Alemania.

Las indulgencias eran aplicadas a las penas con que las almas se purificaban en el purgatorio antes de entrar en el cielo. Los creyentes podían atenuar o evitar las penas, para ellos o sus deudos fallecidos, mediante actos piadosos como rezos, limosnas, peregrinaciones, mortificaciones o ayudas en metálico para la construcción de edificios religiosos. La idea misma del purgatorio, aunque implícita desde el principio la doctrina cristiana, se había explicitado desde el siglo XI y, al suponer una gradación en la culpa, excluía la elección drástica entre salvación y condenación. Según el historiador francés J. Le Goff, la idea del purgatorio redundó en mayor tolerancia hacia los pecadores, al superar el maniqueísmo del bien y el mal absolutos y humanizar las penas. El purgatorio era como el infierno, pero no eterno, y al cielo solo accedían directamente los santos. La idea se combinaba con la confesión particular y secreta de los pecados, instituida por el IV Concilio de Letrán a principios del siglo XIII, y con el concepto del “tesoro de méritos” acumulado por los santos y personas virtuosas, del que podían beneficiarse los menos virtuosos cumpliendo ciertos requisitos.

Por entonces el papa León X, de la familia Medici --espléndido mecenas y hombre tachado a menudo de corrupto, debido, quizá, más a la suntuosidad y despilfarro de la corte papal que a su conducta privada-- estaba empeñado en la construcción de la magna basílica de San Pedro, que absorbía sumas ingentes de dinero, inafrontables para su exhausto tesoro, por lo que recurrió a la masiva venta de indulgencias. Esa venta, juzgaban Lutero y muchos más, explotaba la credulidad y angustia de la gente común, haciendo con ellas un negocio fraudulento y en definitiva sacrílego: solo Dios podía justificar a los pecadores, y el arrepentimiento real excusaba las indulgencias. Además, parte del dinero recaudado solía pegarse a los dedos de los agentes, y muchos obispos y la misma curia romana sufragaban con él su lujoso tren de vida. En la irritación de Lutero subyacía un sentimiento nacionalista alemán que aflora en otras ocasiones: “¡No hay nación más despreciada que la alemana! Italia nos llama bestias, Francia e Inglaterra se burlan de nosotros; todos los demás también”; “Los italianos se creen los únicos seres humanos”. O denunciaba que los alemanes daban a Roma 300.000 florines anuales para alimentar a los criados del papa, a su pueblo e incluso a sus bribones y mercaderes; o, como llegaría a clamar en 1520, “¿Por qué no atacamos (…) a toda la horda de la Sodoma romana con todas las armas de que disponemos y nos lavamos las manos en su sangre?”. Sin embargo la cuestión no era un simple pretexto nacionalista, sino que tenía enjundia teológica por sí misma, y Lutero solo buscaba entonces debatir.

No hubo debate. Muchos eclesiásticos y políticos, temiendo por sus intereses, cerraron filas en torno a las indulgencias y amenazaron declarar hereje al agustino. El papa consultó con el cardenal dominico Cayetano, que no vio herejía en las tesis de Wittenberg, pero otros dominicos le persuadieron a presionar a los agustinos para forzar a Lutero a retractarse so pena de procesarle por herejía. Lutero disponía de poderosos apoyos en la nobleza, en algunos eclesiásticos, y en parte de la población. Afirmó estar dispuesto a retractarse si se le demostraba su error mediante las Escrituras; pero las Escrituras solían admitir más de una interpretación, y el arreglo fue imposible. A partir de ahí las acciones y reacciones se encadenaron. El emperador Carlos V (y I de España) advirtió en 1521, en la Dieta de Worms: “Este hermano aislado yerra con seguridad al alzarse contra el pensamiento de toda la cristiandad, pues si él tuviera razón, la cristiandad habría andado errada desde hace más de mil años”. Lutero fue excomulgado y pasó a establecer una nueva teología que rompía en puntos clave con la elaborada por la Iglesia en los siglos precedentes, iniciándose una sucesión de tumultos y luchas entre ciudades y países.

Así, Lutero no solo rechazó las indulgencias, sino el mismo purgatorio, atacó la autoridad del pontífice, tratándole de Anticristo, y llevó más allá la línea conciliarista, popular en Alemania, que concedía mayor autoridad a los concilios que al papa: ahora los concilios tampoco significaban nada, porque la relación entre Dios y el cristiano se establecía de modo individual, a través de la libre y personal interpretación de las Escrituras y por medio de la fe, anulando el magisterio de la Iglesia. Solo la fe, don de gracia divina, salvaba al hombre. Como vimos, algunas de estas ideas estaban esbozadas por nominalistas como Occam o Marsilio de Padua en las disputas escolásticas. Para Lutero, el hombre es por naturaleza pecador y corrompido, no puede siquiera apreciar el valor de sus obras piadosas, pues su razón y voluntad están a su vez corrompidas y en cualquier caso no puede penetrar el designio de Dios, solo atenerse a las Escrituras.

¿Cómo puede el hombre saber entonces de su salvación? El tomismo predominante en la Iglesia establecía que junto con la gracia, la razón era un potente medio de comprensión de la voluntad divina y una guía en la práctica religiosa, y que las obras deben acompañar a la fe. Para Lutero, la razón “es la ramera del diablo, que solo calumnia y perjudica las obras de Dios (…) Debería ser pisoteada y destruida, ella y su sabiduría (…) Es y debe ser ahogada en el bautismo”; aunque, de modo contradictorio, sus controversias son un ejercicio agónico de razonamiento. La fe salvadora se manifestaría en el sentimiento personal de unión con Dios, de ser amado por Dios. Contra Erasmo decía: “¿Quién creerá, preguntas, que Dios le ama? Te respondo: ningún hombre lo creerá ni podrá creerlo [por la razón]; los elegidos empero lo creerán, los demás perecerán sin creer, entre reproches y blasfemias, como haces tú aquí”; “Nuestra salvación está fuera del alcance de nuestras propias fuerzas e intenciones y depende de la obra de Dios exclusivamente. ¿No sigue de ahí claramente que, cuando Dios no está presente en nosotros con su obra, todo lo que hacemos es malo y necesariamente sin ningún provecho para nuestra salvación?”; “Si Dios obra en nosotros, entonces nuestra voluntad, cambiada y suavemente tocada por el hálito del Espíritu de Dios, nuevamente quiere y obra [el bien] por pura disposición, propensión, y en forma espontánea”. Las obras humanas, por tanto, no tenían utilidad para la salvación.

En ese contexto cobran sentido frases como "El cristianismo consiste en un continuo ejercicio en el sentimiento de no estar en pecado, aunque peques, porque tus pecados recaen sobre Cristo”. O bien: “Peca y peca fuertemente, pero confíate a Cristo y goza en él con mayor intensidad, porque Él vence al pecado y la muerte. Mientras estemos en la tierra tendremos que pecar, porque en esta vida no habita la justicia, pero esperamos, como dice Pedro, unos cielos y una tierra nuevos donde more la justicia. Basta con reconocer al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, y de Él no nos apartará el pecado, aun si fornicamos y asesinamos miles de veces en un solo día”.

Esta posición destruía el libre albedrío, un punto crucial, sobre todo desde santo Tomás de Aquino, en la doctrina católica, como base de la ética y la responsabilidad personal. Para Lutero, solo Dios sabía y decidía desde la eternidad quiénes iban a salvarse o a condenarse. El individuo era libre de interpretar a su gusto las Escrituras pero, paradójicamente, estaba determinado y nada podía hacer contra ese hecho. Esa posición le enfrentó a Erasmo, el cual había sido su amigo y, en parte, inspirador, pero que no quería romper con Roma, sino arbitrar entre las dos posiciones y conciliarlas, pero iba a encontrarse sentado entre dos sillas, acusado de incoherencia desde las dos partes. Contra las tesis de Lutero escribió el tratado De libero arbitrio: si, según Lutero, el hombre no precisa la Iglesia ni órganos intermedios entre él y Dios, y puede interpretar la Biblia como único sacerdote de sí mismo, ¿cómo se concilia esta supuesta libertad con su total incapacidad de elección moral? Para Erasmo, el hombre puede superar realmente las consecuencias del pecado original ayudado por la gracia, la voluntad y la razón: todas ellas concuerdan al mismo objetivo.

La libre voluntad no queda impedida por el hecho de que los designios de Dios sean en gran parte oscuros para la mente humana. Si Jesús llora por una Jerusalén que le rechaza, e invita a los judíos a seguirle, es porque reconoce el libre arbitrio; y si al hombre, según Lutero, no le es posible aceptar ni rechazar la gracia divina, ¿qué sentido tiene hablar de recompensa, castigo y obediencia, como hacen continuamente las Escrituras?

A esto replicó Lutero con De servo arbitrio (“Sobre el arbitrio esclavo”): la presciencia de Dios no deja lugar a la contingencia: “Todo cuanto hacemos, todo cuanto sucede, aunque nos parezca ocurrir mutablemente y que podría ocurrir también de otra forma, de hecho ocurre por necesidad, sin alternativa e inmutablemente, si nos referimos a la voluntad de Dios. Pues la voluntad de Dios es eficaz, y no puede ser impedida”. “El destino puede más que todos los esfuerzos humanos”. “Si esto se pasa por alto, no puede haber fe ni ningún culto a Dios”. “El hombre no posee un libre albedrío, sino que es un cautivo, un sometido y siervo ya sea de la voluntad de Dios, o la de Satanás”. “El libre albedrío es nada”. Y si el hombre no es libre, no es responsable de sus obras, que nada valen ni cuentan para su salvación a los ojos de Dios. Lo que cuenta es la gracia manifiesta en el sentimiento personal de la fe. Posición contraria también a la convicción clasicista o humanista del hombre como artífice de su destino.

El movimiento luterano, comienzo del protestantismo, excluyó la idea de los santos, las imágenes y la preeminencia de la Virgen María como intercesora, tradicional en el catolicismo, suprimió los sacramentos a excepción del bautismo y la eucaristía, y los votos monásticos (Lutero se exclaustró y se casó con una ex monja) y el celibato eclesiástico: el sacerdocio tradicional era sustituido por “pastores” elegidos por las comunidades y con limitada capacidad orientativa. Para dar impulso a su movimiento, Lutero tradujo la Biblia al alemán, lo que, gracias a la imprenta, le dio la mayor difusión, y con el mismo fin estableció la misa en dicho idioma.

Comparado con el cisma que había originado la Iglesia u ortodoxa a comienzos de la Edad de Asentamiento, el cisma protestante era mucho más radical. Aunque se presentaba como reforma, era una ruptura revolucionaria con respecto a cuestiones esenciales, dogmáticas, litúrgicas, y de procedimiento. Podría considerarse una nueva religión, salvo por la común inspiración en Cristo y los Evangelios.

En el pasado, otras rebeliones dogmáticas habían sido disueltas o aplastadas con bastante facilidad por el poder del Papado y el de los reyes, pero en esta ocasión no fue así. Lutero fue protegido por diversos príncipes alemanes (según los católicos, lo hacían para apoderarse impunemente de los bienes eclesiásticos), y llegaría a formarse una poderosa alianza de ellos (la Liga de Smalkalda, de 1532) para afrontar por las armas a los católicos; el emperador Carlos no pudo dedicar todo su esfuerzo a la lucha contra los protestantes, por tener que atender a las guerras con Francia y al peligro turco; la nueva doctrina llegaba a muchas personas por la libertad que otorgaba para interpretar la Biblia y para prescindir de las imposiciones de un clero en buena parte corrompido y escandaloso; además daba pie a un sentimiento nacional alemán opuesto al poder latino de Roma. Por su impacto espiritual y material, el protestantismo se convertiría en unos años en una realidad social expansiva por todo el norte de Europa.

Por ello Lutero fue acusado de propiciar el motín y la disgregación de la cristiandad, como le decía Erasmo. Lo cual no le arredraba, pues invocaba en su defensa los Evangelios: “No he venido a traer la paz, sino la espada”; “He venido a echar fuego en la tierra”; “Lee en los Hechos de los Apóstoles los efectos en el mundo de la palabra de Pablo (por no hablar de los demás apóstoles), cómo él solo excita a gentiles y judíos o, como decían entonces sus mismos enemigos, "trastorna el mundo entero”. “El mundo y su dios no pueden ni quieren tolerar la palabra del Dios verdadero, y el Dios verdadero no quiere ni puede callar. Y si estos dos Dioses están en guerra el uno con el otro, ¿qué otra cosa puede producirse en el mundo entero sino tumulto? Querer aplacar estos tumultos no es otra cosa que querer abolir la palabra de Dios e impedir su predicación”. Esta actitud contrariaba el anhelo de paz entre cristianos, sentido por Erasmo, Vives y tantos otros, a quienes advertía “No ves que estos tumultos y facciones infestan el mundo de acuerdo con el plan y la obra de Dios, y temes que el cielo se venga abajo; en cambio yo, a Dios gracias, entiendo las cosas correctamente, porque preveo tumultos mayores en el futuro, comparados con los cuales los de ahora semejan el susurro de una ligera brisa o el quedo murmullo del agua”. El emperador Carlos había declarado: “Me arrepiento de haber tardado tanto en adoptar medidas contra él”.

Esta resolución no dejó de flaquear en ocasiones, dados ciertos efectos indeseados de sus doctrinas: “Cuanto más se avanza, peor se torna el mundo (…). Bastante se ve cómo el pueblo es ahora más avaro, más cruel, más impúdico, más desvergonzado y peor de lo que era bajo el papismo”. No obstante, su determinación persistía: “¿Quién se habría puesto a predicar, si hubiéramos previsto que de ello resultarían tantos males, sediciones, escándalos, blasfemias, ingratitudes y perversidades? Pero ya que estamos en ello, hay que tener buen ánimo contra la mala fortuna”.

Uno de los problemas fue, en 1524-5, la revuelta de los campesinos oprimidos por los magnates y que exigían mejoras políticas y económicas, y que encontraron un líder visionario en Thomas Münzer, pastor luterano con ideas propias. Münzer acusó a su maestro de excesiva connivencia con los poderes civiles y propugnaba la destrucción de las jerarquías sociales (“Todos somos hermanos. ¿De dónde vienen entonces la riqueza y la pobreza?”). El movimiento se hizo masivo, mayor que otras revueltas campesinas típicas de los siglos anteriores, y sus reivindicaciones iban desde la abolición de los trabajos no pagados y de la servidumbre a la abolición de la propiedad privada.

Lutero se vio en un dilema, porque muchos campesinos eran seguidores suyos, pero él dependía de la protección de los nobles. Vaciló, pero finalmente lanzó terribles maldiciones contra los rebeldes cuando ya se vislumbraba su derrota. Los campesinos realizaban una “obra diabólica”, traicionaban el juramente de fidelidad y obediencia a sus señores, “matan y saquean y pretenden justificar con el Evangelio tan horrendos crímenes”. “El bautismo no hace libres a los hombres en el cuerpo y la propiedad, sino en el alma, y el Evangelio no manda poner los bienes en común (…) No debe de quedar un demonio en el infierno, sino que todos han entrado en los campesinos”. Por tanto, “deben ser aniquilados, estrangulados, apuñalados en secreto o públicamente, por quien quiera que pueda hacerlo, como se mata a los perros rabiosos, pues nada puede haber más venenoso, dañino y diabólico que un rebelde (…) Quien vacile en hacerlo, peca (…) Por tanto, apreciables señores, matad cuantos campesinos podáis”, “Un príncipe puede ganar el cielo derramando sangre mejor que otros rezando”. El aplastamiento de la rebelión costó un baño de sangre, quizá hasta cien mil muertos.

También consideraba la brujería como una realidad eficaz y promovía la persecución y quema de brujas. Sus diatribas antihebraicas no eran menos radicales en su libro Contra las mentiras de los judíos, y vale la pena exponerlas con alguna extensión, como muestra de un discurso que llegaría hasta hoy. Los judíos, “blasfemos desvergonzados”, injuriaban a Jesús y trataban de prostituta a su madre, “tienen creencias falsas y están poseídos de todos los demonios”, “se vanaglorian de ser los más nobles”, el pueblo elegido por Dios, cuando Dios les ha dado sobradas muestras de su desagrado y castigo: “No han aprendido ninguna lección de sus terribles desdichas durante más de 1.400 años de exilio”. Ello probaba su contumacia, de modo que “No me propongo convertir a los judíos, porque eso es imposible”, son “engendros de víboras, hijos del demonio, el cristiano no tiene enemigo más enconado y mortificante que el judío”. “Se quejan de estar cautivos entre nosotros, pero nadie los retiene, pueden irse cuando quieran. Ellos, archiladrones, nos tienen cautivos con su usura”. “Si tuvieran el poder de hacernos lo que nosotros podemos hacerles a ellos, ninguno de nosotros viviría más de una hora”. Por lo tanto proponía quemar sus sinagogas, quitarles todos sus libros religiosos, prohibirles bajo pena de muerte alabar a Dios o invocar su nombre, pues en sus labios es blasfemia: “Nadie sea piadoso y amable en lo que a esto respecta, pues está en juego el honor de Dios y la salvación de todos nosotros, incluyendo la salvación de los judíos”.

Pero, ¿qué sucedería si se aplicasen estos castigos? Que los hebreos seguirían en las mismas, secretamente, de modo que el obstáculo debía salvarse así: “Si queremos lavarnos las manos de la blasfemia judía y no vernos alcanzados por su culpa, debemos alejarlos, expulsarlos de nuestro país. Pero como se resisten a marchar, negarán todo descaradamente y ofrecerán dinero al gobierno (…) un dinero maldito, que nos fue robado terriblemente por medio de la usura”. Lutero creía en las historias de secuestro y tortura de niños y envenenamiento de pozos por los judíos, crímenes merecedores de la hoguera. “Aconsejo que se les prohíba la usura y se les quiete todo el dinero y las riquezas en plata y oro”. “Sometedlos a trabajo forzado, tratadlos con rigor, como hizo Moisés en el desierto matando a tres mil de ellos para que no pereciera el pueblo entero (…) Si esto no basta, tendremos que expulsarlos como perros rabiosos”.

Las cuestiones planteadas por Lutero giran en torno a la salvación, expresión, a su vez, de una ansiedad propia de la psique humana desde la noche de los tiempos, expuesta de forma peculiar en el cristianismo. El mundo, lleno de placeres y de penalidades que fácilmente se transforman los unos en los otros, parece arbitrario e injusto, falto de sentido, “un laberinto de errores” como decía Pleberio, y el bien y el mal se confunden. Una posibilidad racional sería considerar el mundo radicalmente injusto, por lo que el restablecimiento de la justicia exigiría otro mundo en el cual los malvados tendrían el castigo, y los buenos la recompensa que el mundo les negaba. Dado el conjunto de sus puntos de vista, la salvación o condena estaba predestinada y solo Dios podía saber quiénes se salvarían. Un punto de vista arduo de conciliar con la necesidad de predicar el Evangelio, y radicalmente angustioso. Calvino, discípulo de Lutero, encontró cierta salida al señalar unos indicios que permitían al individuo creer en su pertenencia al grupo de los justos: una vida austera y piadosa, y el éxito en las empresas económicas u otras, permitirían intuir en esta vida la salvación en la otra. El calvinismo ofrecía así un consuelo que le ganó gran popularidad y expansión por varios países europeos, en disidencia con el luteranismo puro.

Una dificultad de la nueva doctrina la expuso el propio Lutero con sarcasmo: de pronto resultaba que nobles, ciudadanos y campesinos “entienden el Evangelio mejor que yo o San Pablo; ahora son sabios…”. “Algunos enseñan que Cristo no es Dios, otros enseñan esto y aquellos lo otro (…) Ningún patán es tan rudo como cuando tiene sueños y fantasías, cree haber sido inspirado por el Espíritu Santo y ser un profeta”.

Pero, llevada la teoría a sus consecuencias lógicas, las interpretaciones bíblicas de cualquier patán valían tanto como las del mismo Lutero, pues bastaba que fueran sentidas con sinceridad, y ¿quién podría decidir si lo eran o no? Por eso las tendencias disgregadoras en el protestantismo fueron siempre muy potentes, y de ahí las polémicas en las que el esfuerzo de la denostada razón jugaba el papel determinante; y de ahí los organismos e inquisiciones contra los disidentes, para evitar la disolución general.
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lunes, 6 de noviembre de 2017

LUTERO-5º centenario: la insólita alabanza al gran heresiarca asesino de almas. Lutero no buscaba la reforma del catolicismo, buscaba su aniquilación y a ello dedicó toda su vida tras ese 31/10/1517 (2720)

Luis Fernando Pérrez Bustamante
(31.10.17)
La fe católica es bella, es salvífica, es un tesoro divino, es un don de lo alto. Todo atentado contra la misma es un atentado contra el Señor.
Hoy se cumplen 500 años del inicio de uno de los más letales ataques contra dicha fe. Da igual que Lutero clavara o no las famosas 95 tesis, que por cierto, tenían muy poco que ver con la teología protestante que llegó después.
Poco a poco fue levantando el imperio de la herejía solafideísta -derribado con un solo versículo, Santiago 2,24- y, sobre todo, el libre examen, que es la fuente de todo tipo de herejías habidas y por haber, ya que anula la autoridad de la Iglesia a la hora de interpretar la Escritura.
Su objetivo fue claro:
  • Cuando hayamos aniquilado la Misa, habremos aniquilado el Papado en su totalidad.
  • Yo no impugné las inmoralidades y los abusos, sino la sustancia y la doctrina del Papado.
Por tanto, Lutero no buscaba la reforma del catolicismo. Buscaba su aniquilación. Y a ello dedicó toda su vida tras ese 31 de octubre de 1517
Es por ello que todo intento de encumbrar la figura de ese asesino de almas solo puede causar escándalo en los fieles católicos. Escándalo que puede presentar diversas caras. La primera, la de los poco formados en la fe, que desconocen la verdadera naturaleza de Lutero y se creen las mentiras que están contando sobre él desde la propia Iglesia. La segunda, la de los que saben la verdad sobre el heresiarca alemán y contemplan atónitos esta especie de exhibicionismo porno-espiritual al que venimos siendo sometidos desde hace años. Y podría hablarse de una tercera cara, que conozco bien. La de aquellos a los que el Señor rescató de la herejía protestante y los puso en el camino de la salvación que es la fe católica. En ellos la incredulidad compite con la indignación.
Son muchos los fieles que están prácticamente indefensos ante tanta maldad envuelta en buenas palabras y propósitos. La excusa de que hay que buscar la unidad de los cristianos es solo eso. una excusa. No se puede buscar la unidad ensalzando a aquel que la destrozó hace cinco siglos. Es como buscar la buena medicina en los experimentos del nazi Mengele. 
Parece, además, que los enemigos de la fe católica dentro de la propia Iglesia, están dispuestos a ofender de la peor forma posible a los que han cometido el “delito” ser ser católicos por la gracia de Dios. Esa es la única explicación al sello que va a emitir la Santa Sede con ocasión del V Centenario de la “Reforma”. En él se ve la Cruz de Cristo y a ambos lados figuran arrodillados Lutero y Melanchton. El primero tiene en las manos una Biblia -mutilada sin los Deuterocanónicos- y el segundo la Confesión de Ausburgo, primera exposición oficial de los principios de la nueva y falsa fe.
A los pies de la Cruz de Cristo estuvieron su santa Madre y el único apóstol que no le abandonó, no dos señores que, entre otras lindezas, justificaron la bigamia del príncipe alemán que les protegía, Felipe I de Hesse. Es decir, en esa tarea de alabar a los mayores enemigos de la fe católica, no dudan en profanar el sacrificio de Cristo. Y eso, desde las entrañas del Vaticano, cuya destrucción completa era el objetivo de Lutero.
Fue el beato Pablo VI quien dijo que el humo de Satanás se había infiltrado en la Iglesia. Hoy no solo se respira ese humo. Se ve claramente el fuego destructor que lo provoca. Un fuego que amenaza con llevar al abismo a millones de almas. Es por ello que debemos clamar, hoy más que nunca: “Cuéntanos Señor, entre tus elegidos”. Y también la oración que daba título a la bula que buscaba la retractación de Lutero: “Exsurge Domine” ("Levántate Señor"… y juzga tu causa).
Lutero, ¡Ese gran hereje!
El historiador Alberto Bárcena
analiza y desmonta la herejía luterana
La «reforma» luterana no fue una «mejora» sino una «ruptura» en toda regla, y una «página negra de la historia de Europa». En su esencia está «la soberbia, el pecado de Lucifer».
InfoCatólica-Alberto Bárcena (19/11/2017): El R. P. Remigio Vilariño Ugarte, sacerdote jesuita, en su célebre obra «Puntos de Catecismo», en el tomo I y en la página nº 11 dice: «porque los que le confiesan como Dios, y siguen en general su doctrina (se refiere a Nuestro Señor Jesucristo), pero no reconocen la autoridad de su Vicario el Papa, como los cismáticos, no son católicos, ni verdaderamente cristianos».
Martín Lutero reconoce que al fundar la herejía protestante echó por la borda la moral y la piedad que él mismo adquirió y ejerció en la Iglesia Católica.
«Verdaderamente, Lutero, dijeron de él, fue en extremo vicioso. El mismo Calvino escribió: ¡Pluguiese a Dios que se hubiera cuidado de refrenar la intemperancia que trasciende de toda su persona! ¡Pluguiese a Dios que se hubiera parado un poco a reconocer sus vicios!».
Entre los mismos reformadores protestantes había ya división:
  • Erasmo de Rotterdam, dijo de él: «Lutero empieza a perder las simpatías de sus discípulos hasta el punto que muchos de ellos le tratan de hereje, y afirman que despojado del espíritu del Evangelio, ha sido abandonado a los delirios del espíritu humano»
  • El mismo Zwinglio dijo de Lutero: «Ved cómo se esfuerza Satanás por apoderarse por completo de este hombre. No es raro el verle contradecirse de una página a otra. Al verle entre los suyos le creeríais poseído de una falange de demonios.
Rebelión del "1-Octubre" (2017)
Pacto Masónico "PP-PSOE" (2015)
Conspiración Masónica contra España (1717-2017)
Propuestas para Reformar la Constitución
Santiago "matamoros" en la batalla de Clavijo (año 859) 
Twitter: @Clavijo859
Investigador de la Conspiración Masónica-Liberal
para el "Nuevo Orden Mundial-Nueva Era" 
DIOS-Patria-Familia
Verdad-Justicia y Amor-Misericordia
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domingo, 29 de enero de 2012

Las ideas de Lutero (240)

Blog "Presente y Pasado" de Pío Moa
La Gaceta de Intereconomía (19.01.12):
César Vidal o la imposibilidad del protestantismo (I)

El protestantismo, como religión o como ideología, es inviable por sus contradicciones de base. Solo puede funcionar, como el marxismo, en la medida en que no se aplique de modo riguroso.
Recuerdo a mis amables lectores la necesidad de dar la máxima difusión posible a estos artículos, si queremos combatir la hegemonía “progre” en los medios.

Un par de males que afligen a España, como a todo el mundo, aunque aquí de forma considerable y que se le han olvidado a César Vidal en su “crítica”, son la cultura del compadreo y la dificultad para debatir con cierta racionalidad. De esto último es muestra el propio señor Vidal, pero ocurre que sus “ideas” parecen estar extendiéndose, y sospecho que precisamente por su falta de rigor. No solo ha citado en su apoyo a expertos como Tertsch o a Pérez Reverte, sino que podría invocar ahora a Muñoz Molina, que, tras unos comentarios sobre los males patrios que se oyen comúnmente en las conversaciones de bar -- básicamente la tendencia de nuestros políticos al derroche y la ostentación --, atribuye esos males a la “Contrarreforma”. Es decir, que muy bien podrían ponerse de moda las tesis del señor Vidal entre nuestra distinguida intelectualidad, como después del 98 se puso de moda la explicación de que nuestros males venían de que había aquí pocos arios o de que nuestra historia era "anormal", más tarde las interpretaciones marxistas y quién sabe si ahora las protestantes, que coinciden sospechosamente con las anteriores. La cosa funciona por una mezcla de ignorancia y beatería (del marxismo que predominó durante bastantes años, sabían poco sus adalides patrios, y menos aún eran capaces de analizarlo críticamente, pero les bastaban sus tópicos y topicazos para desenvolverse y juzgar con autoridad sobre todo lo divino y lo humano). Tras la caída del muro de Berlín, la cosa derivó hacia lo que vagamente se llama “progresismo” y no sería muy extraño que la visión protestante cobrase ahora cierta boga.

La analogía con el marxismo no sobra por muchas razones, algunas de las cuales he expuesto aquí, y entre ellas la misma actitud entre acrítica y beata, unida a una mala memoria histórica que impide sacar lecciones de la experiencia. Realmente, si el marxismo ha funcionado en la URSS, por ejemplo, lo ha hecho a pesar de él más que gracias a él --es decir, gracias a la inaplicación parcial, en la práctica, de sus teorías, pues en la medida en que se aplicaban llevaban a la sociedad al hundimiento, en la medida en que no, le permitían subsistir, aunque en condiciones muy duras--, y algo similar ha ocurrido con el protestantismo.

Quien observe los argumentos de César Vidal advertirá enseguida una contradicción profunda: para demostrar la superioridad del protestantismo sobre el malvado catolicismo, nos pondera las buenas obras (espíritu de trabajo, crédito bancario, tolerancia, democracia, primacía de la ley etc.) que él, con sorprendente ignorancia y no tan sorprendente arbitrariedad, atribuye al protestantismo (y al judaísmo). Lo malo es que la doctrina protestante niega todo valor a las buenas obras humanas, puras vanidades, ineptas para salvar al hombre –nudo de toda la cuestión--. El pecado original habría hundido al hombre, y desde la eternidad, Dios habría decidido por su voluntad, inasequible al conocimiento humano y a la razón (Lutero maldice la razón), qué seres humanos estarían predestinados a salvarse, a quiénes concedería la gracia, sin que contaran para ello sus buenas o malas acciones. Esta es una de las muchas dificultades insalvables del protestantismo, que llevaba a Lutero a recomendar “Peca y peca fuertemente” y otras expresiones aún más fuertes, sin excluir incitaciones al asesinato, el robo y la fornicación, a impulsar la guerra civil y que podía dar lugar, como lo hizo, a buscar la alianza con los musulmanes turcos contra los cristianos católicos.

Y el problema se agravaba porque cada cual podía intepretar a su gusto el mensaje divino de las Escrituras, lo que dio lugar desde el primer momento a una multitud de grupos y sectas entre los protestantes y a persecuciones entre ellos, además de contra los católicos.

La fe, al margen de las obras, era la llave de la salvación. Pero la fe no deja de ser un sentimiento subjetivo que no podría tener nunca la seguridad de penetrar la voluntad divina, de ahí la tremenda incertidumbre en que sitúa el protestantismo a los creyentes. ¿Cómo saber si uno estaba predestinado a salvarse? Solo era posible mediante la asunción –blasfema—de que uno conocía el designio de Dios. De esa angustiosa incertidumbre solo podìa escaparse recurriendo… a las obras. El protestante podía tener algún indicio (siempre equívoco e insuficiente) de que estaba en la lista de los elegidos si le iban bien los negocios en esta vida, por ejemplo: una deriva sumamente trivial de todo el asunto.

Por eso don César debe argumentar recurriendo a las “buenas obras” protestantes, es decir, a las obras que él atribuye a los protestantes con perfecto desprecio de la historia, expropiándolas, como hemos visto, a los católicos, un poco al modo como los príncipes alemanes de la Reforma --más bien revolución--expropiaron los bienes eclesiásticos y de muchos católicos reacios a convertirse a su extraña fe.

De igual modo, aunque, como buen protestante, desprecia a la razón --y ha dado buenas muestras de ello-- no tiene más remedio que recurrir a ella, en lo posible, para justificar la pretendida superioridad del protestantismo. Ya lo iremos viendo, y de paso expondré algunas de las “malas obras” protestantes, empezando por el muy calvinista apartheid mantenido en Suráfrica hasta hace tan poco tiempo.
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Pío Moa en "Nueva historia de España"
(La esfera de los libros 2010):
"Las tendencias reformistas abocaron a la Reforma protestante, que en realidad no fue una reforma sino una revolución religiosa y política a partir de Alemania. El proceso comenzó con las famosas 95 tesis expuestas en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg por el monje agustino Martín Lutero, en 1517 (cuando en España gobernaba Cisneros, tras la muerte de Fernando el Católico). No se trataba de un desafío ni nada parecido, sino de una propuesta de debate, como había habido muchos en la Iglesia, con el tema principal, pero teológicamente secundario, de las indulgencias, el comercio de las cuales causaba escándalo en Alemania.

Las indulgencias eran aplicadas a las penas con que las almas se purificaban en el purgatorio antes de entrar en el cielo. Los creyentes podían atenuar o evitar las penas, para ellos o sus deudos fallecidos, mediante actos piadosos como rezos, limosnas, peregrinaciones, mortificaciones o ayudas en metálico para la construcción de edificios religiosos. La idea misma del purgatorio, aunque implícita desde el principio la doctrina cristiana, se había explicitado desde el siglo XI y, al suponer una gradación en la culpa, excluía la elección drástica entre salvación y condenación. Según el historiador francés J. Le Goff, la idea del purgatorio redundó en mayor tolerancia hacia los pecadores, al superar el maniqueísmo del bien y el mal absolutos y humanizar las penas. El purgatorio era como el infierno, pero no eterno, y al cielo solo accedían directamente los santos. La idea se combinaba con la confesión particular y secreta de los pecados, instituida por el IV Concilio de Letrán a principios del siglo XIII, y con el concepto del “tesoro de méritos” acumulado por los santos y personas virtuosas, del que podían beneficiarse los menos virtuosos cumpliendo ciertos requisitos.

Por entonces el papa León X, de la familia Medici --espléndido mecenas y hombre tachado a menudo de corrupto, debido, quizá, más a la suntuosidad y despilfarro de la corte papal que a su conducta privada-- estaba empeñado en la construcción de la magna basílica de San Pedro, que absorbía sumas ingentes de dinero, inafrontables para su exhausto tesoro, por lo que recurrió a la masiva venta de indulgencias. Esa venta, juzgaban Lutero y muchos más, explotaba la credulidad y angustia de la gente común, haciendo con ellas un negocio fraudulento y en definitiva sacrílego: solo Dios podía justificar a los pecadores, y el arrepentimiento real excusaba las indulgencias. Además, parte del dinero recaudado solía pegarse a los dedos de los agentes, y muchos obispos y la misma curia romana sufragaban con él su lujoso tren de vida. En la irritación de Lutero subyacía un sentimiento nacionalista alemán que aflora en otras ocasiones: “¡No hay nación más despreciada que la alemana! Italia nos llama bestias, Francia e Inglaterra se burlan de nosotros; todos los demás también”; “Los italianos se creen los únicos seres humanos”. O denunciaba que los alemanes daban a Roma 300.000 florines anuales para alimentar a los criados del papa, a su pueblo e incluso a sus bribones y mercaderes; o, como llegaría a clamar en 1520, “¿Por qué no atacamos (…) a toda la horda de la Sodoma romana con todas las armas de que disponemos y nos lavamos las manos en su sangre?”. Sin embargo la cuestión no era un simple pretexto nacionalista, sino que tenía enjundia teológica por sí misma, y Lutero solo buscaba entonces debatir.

No hubo debate. Muchos eclesiásticos y políticos, temiendo por sus intereses, cerraron filas en torno a las indulgencias y amenazaron declarar hereje al agustino. El papa consultó con el cardenal dominico Cayetano, que no vio herejía en las tesis de Wittenberg, pero otros dominicos le persuadieron a presionar a los agustinos para forzar a Lutero a retractarse so pena de procesarle por herejía. Lutero disponía de poderosos apoyos en la nobleza, en algunos eclesiásticos, y en parte de la población. Afirmó estar dispuesto a retractarse si se le demostraba su error mediante las Escrituras; pero las Escrituras solían admitir más de una interpretación, y el arreglo fue imposible. A partir de ahí las acciones y reacciones se encadenaron. El emperador Carlos V (y I de España) advirtió en 1521, en la Dieta de Worms: “Este hermano aislado yerra con seguridad al alzarse contra el pensamiento de toda la cristiandad, pues si él tuviera razón, la cristiandad habría andado errada desde hace más de mil años”. Lutero fue excomulgado y pasó a establecer una nueva teología que rompía en puntos clave con la elaborada por la Iglesia en los siglos precedentes, iniciándose una sucesión de tumultos y luchas entre ciudades y países.

Así, Lutero no solo rechazó las indulgencias, sino el mismo purgatorio, atacó la autoridad del pontífice, tratándole de Anticristo, y llevó más allá la línea conciliarista, popular en Alemania, que concedía mayor autoridad a los concilios que al papa: ahora los concilios tampoco significaban nada, porque la relación entre Dios y el cristiano se establecía de modo individual, a través de la libre y personal interpretación de las Escrituras y por medio de la fe, anulando el magisterio de la Iglesia. Solo la fe, don de gracia divina, salvaba al hombre. Como vimos, algunas de estas ideas estaban esbozadas por nominalistas como Occam o Marsilio de Padua en las disputas escolásticas. Para Lutero, el hombre es por naturaleza pecador y corrompido, no puede siquiera apreciar el valor de sus obras piadosas, pues su razón y voluntad están a su vez corrompidas y en cualquier caso no puede penetrar el designio de Dios, solo atenerse a las Escrituras.

¿Cómo puede el hombre saber entonces de su salvación? El tomismo predominante en la Iglesia establecía que junto con la gracia, la razón era un potente medio de comprensión de la voluntad divina y una guía en la práctica religiosa, y que las obras deben acompañar a la fe. Para Lutero, la razón “es la ramera del diablo, que solo calumnia y perjudica las obras de Dios (…) Debería ser pisoteada y destruida, ella y su sabiduría (…) Es y debe ser ahogada en el bautismo”; aunque, de modo contradictorio, sus controversias son un ejercicio agónico de razonamiento. La fe salvadora se manifestaría en el sentimiento personal de unión con Dios, de ser amado por Dios. Contra Erasmo decía: “¿Quién creerá, preguntas, que Dios le ama? Te respondo: ningún hombre lo creerá ni podrá creerlo [por la razón]; los elegidos empero lo creerán, los demás perecerán sin creer, entre reproches y blasfemias, como haces tú aquí”; “Nuestra salvación está fuera del alcance de nuestras propias fuerzas e intenciones y depende de la obra de Dios exclusivamente. ¿No sigue de ahí claramente que, cuando Dios no está presente en nosotros con su obra, todo lo que hacemos es malo y necesariamente sin ningún provecho para nuestra salvación?”; “Si Dios obra en nosotros, entonces nuestra voluntad, cambiada y suavemente tocada por el hálito del Espíritu de Dios, nuevamente quiere y obra [el bien] por pura disposición, propensión, y en forma espontánea”. Las obras humanas, por tanto, no tenían utilidad para la salvación.

En ese contexto cobran sentido frases como "El cristianismo consiste en un continuo ejercicio en el sentimiento de no estar en pecado, aunque peques, porque tus pecados recaen sobre Cristo”. O bien: “Peca y peca fuertemente, pero confíate a Cristo y goza en él con mayor intensidad, porque Él vence al pecado y la muerte. Mientras estemos en la tierra tendremos que pecar, porque en esta vida no habita la justicia, pero esperamos, como dice Pedro, unos cielos y una tierra nuevos donde more la justicia. Basta con reconocer al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, y de Él no nos apartará el pecado, aun si fornicamos y asesinamos miles de veces en un solo día”.

Esta posición destruía el libre albedrío, un punto crucial, sobre todo desde santo Tomás de Aquino, en la doctrina católica, como base de la ética y la responsabilidad personal. Para Lutero, solo Dios sabía y decidía desde la eternidad quiénes iban a salvarse o a condenarse. El individuo era libre de interpretar a su gusto las Escrituras pero, paradójicamente, estaba determinado y nada podía hacer contra ese hecho. Esa posición le enfrentó a Erasmo, el cual había sido su amigo y, en parte, inspirador, pero que no quería romper con Roma, sino arbitrar entre las dos posiciones y conciliarlas, pero iba a encontrarse sentado entre dos sillas, acusado de incoherencia desde las dos partes. Contra las tesis de Lutero escribió el tratado De libero arbitrio: si, según Lutero, el hombre no precisa la Iglesia ni órganos intermedios entre él y Dios, y puede interpretar la Biblia como único sacerdote de sí mismo, ¿cómo se concilia esta supuesta libertad con su total incapacidad de elección moral? Para Erasmo, el hombre puede superar realmente las consecuencias del pecado original ayudado por la gracia, la voluntad y la razón: todas ellas concuerdan al mismo objetivo. La libre voluntad no queda impedida por el hecho de que los designios de Dios sean en gran parte oscuros para la mente humana. Si Jesús llora por una Jerusalén que le rechaza, e invita a los judíos a seguirle, es porque reconoce el libre arbitrio; y si al hombre, según Lutero, no le es posible aceptar ni rechazar la gracia divina, ¿qué sentido tiene hablar de recompensa, castigo y obediencia, como hacen continuamente las Escrituras?

A esto replicó Lutero con De servo arbitrio (“Sobre el arbitrio esclavo”): la presciencia de Dios no deja lugar a la contingencia: “Todo cuanto hacemos, todo cuanto sucede, aunque nos parezca ocurrir mutablemente y que podría ocurrir también de otra forma, de hecho ocurre por necesidad, sin alternativa e inmutablemente, si nos referimos a la voluntad de Dios. Pues la voluntad de Dios es eficaz, y no puede ser impedida”. “El destino puede más que todos los esfuerzos humanos”. “Si esto se pasa por alto, no puede haber fe ni ningún culto a Dios”. “El hombre no posee un libre albedrío, sino que es un cautivo, un sometido y siervo ya sea de la voluntad de Dios, o la de Satanás”. “El libre albedrío es nada”. Y si el hombre no es libre, no es responsable de sus obras, que nada valen ni cuentan para su salvación a los ojos de Dios. Lo que cuenta es la gracia manifiesta en el sentimiento personal de la fe. Posición contraria también a la convicción clasicista o humanista del hombre como artífice de su destino.

El movimiento luterano, comienzo del protestantismo, excluyó la idea de los santos, las imágenes y la preeminencia de la Virgen María como intercesora, tradicional en el catolicismo, suprimió los sacramentos a excepción del bautismo y la eucaristía, y los votos monásticos (Lutero se exclaustró y se casó con una ex monja) y el celibato eclesiástico: el sacerdocio tradicional era sustituido por “pastores” elegidos por las comunidades y con limitada capacidad orientativa. Para dar impulso a su movimiento, Lutero tradujo la Biblia al alemán, lo que, gracias a la imprenta, le dio la mayor difusión, y con el mismo fin estableció la misa en dicho idioma.
Comparado con el cisma que había originado la Iglesia u ortodoxa a comienzos de la Edad de Asentamiento, el cisma protestante era mucho más radical. Aunque se presentaba como reforma, era una ruptura revolucionaria con respecto a cuestiones esenciales, dogmáticas, litúrgicas, y de procedimiento. Podría considerarse una nueva religión, salvo por la común inspiración en Cristo y los Evangelios.

En el pasado, otras rebeliones dogmáticas habían sido disueltas o aplastadas con bastante facilidad por el poder del Papado y el de los reyes, pero en esta ocasión no fue así. Lutero fue protegido por diversos príncipes alemanes (según los católicos, lo hacían para apoderarse impunemente de los bienes eclesiásticos), y llegaría a formarse una poderosa alianza de ellos (la Liga de Smalkalda, de 1532) para afrontar por las armas a los católicos; el emperador Carlos no pudo dedicar todo su esfuerzo a la lucha contra los protestantes, por tener que atender a las guerras con Francia y al peligro turco; la nueva doctrina llegaba a muchas personas por la libertad que otorgaba para interpretar la Biblia y para prescindir de las imposiciones de un clero en buena parte corrompido y escandaloso; además daba pie a un sentimiento nacional alemán opuesto al poder latino de Roma. Por su impacto espiritual y material, el protestantismo se convertiría en unos años en una realidad social expansiva por todo el norte de Europa.
Por ello Lutero fue acusado de propiciar el motín y la disgregación de la cristiandad, como le decía Erasmo. Lo cual no le arredraba, pues invocaba en su defensa los Evangelios: “No he venido a traer la paz, sino la espada”; “He venido a echar fuego en la tierra”; “Lee en los Hechos de los Apóstoles los efectos en el mundo de la palabra de Pablo (por no hablar de los demás apóstoles), cómo él solo excita a gentiles y judíos o, como decían entonces sus mismos enemigos, "trastorna el mundo entero”. “El mundo y su dios no pueden ni quieren tolerar la palabra del Dios verdadero, y el Dios verdadero no quiere ni puede callar. Y si estos dos Dioses están en guerra el uno con el otro, ¿qué otra cosa puede producirse en el mundo entero sino tumulto? Querer aplacar estos tumultos no es otra cosa que querer abolir la palabra de Dios e impedir su predicación”. Esta actitud contrariaba el anhelo de paz entre cristianos, sentido por Erasmo, Vives y tantos otros, a quienes advertía “No ves que estos tumultos y facciones infestan el mundo de acuerdo con el plan y la obra de Dios, y temes que el cielo se venga abajo; en cambio yo, a Dios gracias, entiendo las cosas correctamente, porque preveo tumultos mayores en el futuro, comparados con los cuales los de ahora semejan el susurro de una ligera brisa o el quedo murmullo del agua”. El emperador Carlos había declarado: “Me arrepiento de haber tardado tanto en adoptar medidas contra él”.

Esta resolución no dejó de flaquear en ocasiones, dados ciertos efectos indeseados de sus doctrinas: “Cuanto más se avanza, peor se torna el mundo (…). Bastante se ve cómo el pueblo es ahora más avaro, más cruel, más impúdico, más desvergonzado y peor de lo que era bajo el papismo”. No obstante, su determinación persistía: “¿Quién se habría puesto a predicar, si hubiéramos previsto que de ello resultarían tantos males, sediciones, escándalos, blasfemias, ingratitudes y perversidades? Pero ya que estamos en ello, hay que tener buen ánimo contra la mala fortuna”.

Uno de los problemas fue, en 1524-5, la revuelta de los campesinos oprimidos por los magnates y que exigían mejoras políticas y económicas, y que encontraron un líder visionario en Thomas Münzer, pastor luterano con ideas propias. Münzer acusó a su maestro de excesiva connivencia con los poderes civiles y propugnaba la destrucción de las jerarquías sociales (“Todos somos hermanos. ¿De dónde vienen entonces la riqueza y la pobreza?”). El movimiento se hizo masivo, mayor que otras revueltas campesinas típicas de los siglos anteriores, y sus reivindicaciones iban desde la abolición de los trabajos no pagados y de la servidumbre a la abolición de la propiedad privada.

Lutero se vio en un dilema, porque muchos campesinos eran seguidores suyos, pero él dependía de la protección de los nobles. Vaciló, pero finalmente lanzó terribles maldiciones contra los rebeldes cuando ya se vislumbraba su derrota. Los campesinos realizaban una “obra diabólica”, traicionaban el juramente de fidelidad y obediencia a sus señores, “matan y saquean y pretenden justificar con el Evangelio tan horrendos crímenes”. “El bautismo no hace libres a los hombres en el cuerpo y la propiedad, sino en el alma, y el Evangelio no manda poner los bienes en común (…) No debe de quedar un demonio en el infierno, sino que todos han entrado en los campesinos”. Por tanto, “deben ser aniquilados, estrangulados, apuñalados en secreto o públicamente, por quien quiera que pueda hacerlo, como se mata a los perros rabiosos, pues nada puede haber más venenoso, dañino y diabólico que un rebelde (…) Quien vacile en hacerlo, peca (…) Por tanto, apreciables señores, matad cuantos campesinos podáis”, “Un príncipe puede ganar el cielo derramando sangre mejor que otros rezando”. El aplastamiento de la rebelión costó un baño de sangre, quizá hasta cien mil muertos.

También consideraba la brujería como una realidad eficaz y promovía la persecución y quema de brujas. Sus diatribas antihebraicas no eran menos radicales en su libro Contra las mentiras de los judíos, y vale la pena exponerlas con alguna extensión, como muestra de un discurso que llegaría hasta hoy. Los judíos, “blasfemos desvergonzados”, injuriaban a Jesús y trataban de prostituta a su madre, “tienen creencias falsas y están poseídos de todos los demonios”, “se vanaglorian de ser los más nobles”, el pueblo elegido por Dios, cuando Dios les ha dado sobradas muestras de su desagrado y castigo: “No han aprendido ninguna lección de sus terribles desdichas durante más de 1.400 años de exilio”. Ello probaba su contumacia, de modo que “No me propongo convertir a los judíos, porque eso es imposible”, son “engendros de víboras, hijos del demonio, el cristiano no tiene enemigo más enconado y mortificante que el judío”. “Se quejan de estar cautivos entre nosotros, pero nadie los retiene, pueden irse cuando quieran. Ellos, archiladrones, nos tienen cautivos con su usura”. “Si tuvieran el poder de hacernos lo que nosotros podemos hacerles a ellos, ninguno de nosotros viviría más de una hora”. Por lo tanto proponía quemar sus sinagogas, quitarles todos sus libros religiosos, prohibirles bajo pena de muerte alabar a Dios o invocar su nombre, pues en sus labios es blasfemia: “Nadie sea piadoso y amable en lo que a esto respecta, pues está en juego el honor de Dios y la salvación de todos nosotros, incluyendo la salvación de los judíos”.

Pero, ¿qué sucedería si se aplicasen estos castigos? Que los hebreos seguirían en las mismas, secretamente, de modo que el obstáculo debía salvarse así: “Si queremos lavarnos las manos de la blasfemia judía y no vernos alcanzados por su culpa, debemos alejarlos, expulsarlos de nuestro país. Pero como se resisten a marchar, negarán todo descaradamente y ofrecerán dinero al gobierno (…) un dinero maldito, que nos fue robado terriblemente por medio de la usura”. Lutero creía en las historias de secuestro y tortura de niños y envenenamiento de pozos por los judíos, crímenes merecedores de la hoguera. “Aconsejo que se les prohíba la usura y se les quiete todo el dinero y las riquezas en plata y oro”. “Sometedlos a trabajo forzado, tratadlos con rigor, como hizo Moisés en el desierto matando a tres mil de ellos para que no pereciera el pueblo entero (…) Si esto no basta, tendremos que expulsarlos como perros rabiosos”.

Las cuestiones planteadas por Lutero giran en torno a la salvación, expresión, a su vez, de una ansiedad propia de la psique humana desde la noche de los tiempos, expuesta de forma peculiar en el cristianismo. El mundo, lleno de placeres y de penalidades que fácilmente se transforman los unos en los otros, parece arbitrario e injusto, falto de sentido, “un laberinto de errores” como decía Pleberio, y el bien y el mal se confunden. Una posibilidad racional sería considerar el mundo radicalmente injusto, por lo que el restablecimiento de la justicia exigiría otro mundo en el cual los malvados tendrían el castigo, y los buenos la recompensa que el mundo les negaba. Dado el conjunto de sus puntos de vista, la salvación o condena estaba predestinada y solo Dios podía saber quiénes se salvarían. Un punto de vista arduo de conciliar con la necesidad de predicar el Evangelio, y radicalmente angustioso. Calvino, discípulo de Lutero, encontró cierta salida al señalar unos indicios que permitían al individuo creer en su pertenencia al grupo de los justos: una vida austera y piadosa, y el éxito en las empresas económicas u otras, permitirían intuir en esta vida la salvación en la otra. El calvinismo ofrecía así un consuelo que le ganó gran popularidad y expansión por varios países europeos, en disidencia con el luteranismo puro.

Una dificultad de la nueva doctrina la expuso el propio Lutero con sarcasmo: de pronto resultaba que nobles, ciudadanos y campesinos “entienden el Evangelio mejor que yo o San Pablo; ahora son sabios…”. “Algunos enseñan que Cristo no es Dios, otros enseñan esto y aquellos lo otro (…) Ningún patán es tan rudo como cuando tiene sueños y fantasías, cree haber sido inspirado por el Espíritu Santo y ser un profeta”.

Pero, llevada la teoría a sus consecuencias lógicas, las interpretaciones bíblicas de cualquier patán valían tanto como las del mismo Lutero, pues bastaba que fueran sentidas con sinceridad, y ¿quién podría decidir si lo eran o no? Por eso las tendencias disgregadoras en el protestantismo fueron siempre muy potentes, y de ahí las polémicas en las que el esfuerzo de la denostada razón jugaba el papel determinante; y de ahí los organismos e inquisiciones contra los disidentes, para evitar la disolución general.
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martes, 11 de junio de 2013

"LUTERO en el INFIERNO" : VISIONES de las Beatas MARIA SERAFINA MICHELI y Ana Catalina Emmerick (909)



Blog Pensamiento Disidente (8/6/2013): Este relato de la Beata debe recordarnos a Quién Adoramos y a Quién Servimos los Católicos, y la gravedad de honrar, o adular a aquellos herejes, o líderes de cualquier secta del error, que con sus doctrinas y enseñanzas, han tenido responsabilidad en la condenación de las almas.

Hoy es frecuente ver en nuestra Iglesia, camino de la Apostasía formal, todo tipo de adulaciones pecaminosas y reconocimientos a aquellos que traicionaron a la Fe, o que encabezaron sectas perniciosas para la salvación. Sirva este relato de la Beata Serafina Micheli, como advertencia a los que por ignorancia o por maldad sirven a Satanás, con su falta de celo por la verdadera Fe y con sus flagelaciones al Cuerpo Místico de Cristo, al ofrecer reconocimientos a aquellos que propagan el error, Uno solo es Nuestro Señor, y a Uno solo debemos Honrar y Adorar, el trato con los Herejes, Judíos o Mahometanos solo debe ser el de Orar por su conversión, y el de invitarles con caridad pero también con firmeza, a abandonar sus caminos de perdición para venir al único camino que lleva a la Salvación, el camino que pasa por Cristo a través de su Iglesia para llegar al Padre eterno.

"Ellos construían una gran iglesia, extraña y extravagante; todo el mundo tenía que entrar en ella para unirse y poseer allí los mismos derechos; evangélicos, católicos, sectas de todo tipo: lo que debía ser una verdadera comunión de los profanos donde no habría más que un pastor y un rebaño. Tenía que haber también un Papa pero que no poseyera nada y fuera asalariado. Todo estaba preparado de antemano y muchas cosas estaban ya hechas: pero en el lugar del altar, no había más que desolación y abominación".

En 1883 Sor María Serafina Micheli (1849-1911), fundadora del Instituto de las Hermanas de los Ángeles, pasaba por la localidad de Eisleben, en Sajonia-Alemania. Eisleben es el lugar de nacimiento de Lutero. Ese día se celebraba el cuarto centenario del nacimiento del gran heresiarca (10 de noviembre 1483). Lutero dividió a la Iglesia y a Europa y esta división fue la causante de las guerras religiosas que duraron décadas enteras. La población esperaba al emperador alemán Guillermo I, que debía presidir las ceremonias. La futura beata no se interesó por por la agitación y su único deseo era encontrar una Iglesia donde poder orar a Jesús y visitar el Stmo. Sacramento. Las iglesias fueron cerradas y era de noche. En la oscuridad encontró una Iglesia pero con las puertas cerradas, pero aun así se arrodilló en las escaleras de acceso.

Por falta de luz no se dio cuenta de que la iglesia no era católica sino que era protestante, mientras oraba, el Ángel de la Guarda se le apareció y le dijo: 

 “Levántate porque se trata de una Iglesia protestante” Y añadió: - “Quiero hacerte ver el lugar dónde Martín Lutero fue condenado a sufrir la vergüenza y el castigo de su orgullo“. 

Después de estas palabras, la Santa religiosa vio un horrible abismo de fuego, donde son cruelmente atormentadas innumerables almas. En el fondo de este abismo ve la figura de un el hombre, Martin Lutero. Se distinguió de los demás porque estaba rodeado por los demonios que lo obligaron a arrodillarse, estos estaban equipados con grandes martillos, mientras se esforzaba en vano, le pusieron en la cabeza un clavo enorme.

Serafina entendió, que si el pueblo que estaba en aquella fiesta de homenaje a Lutero hubiesen visto aquella escena dramática, ciertamente, no tributarían honras, conmemoraciones y adulaciones a semejante personaje. Desde entonces, Sor Serafina apareció cuando tuvo la ocasión y exhortó a sus hermanas religiosas para vivir en la humildad y la caridad. Estaba convencida de que Martín Lutero fue condenado al infierno, sobre todo por el pecado mortal de el orgullo. El orgullo hizo que Lutero cayera en pecado mortal y dio lugar a la rebelión abierta contra la Iglesia Católica, su mala conducta moral, su actitud de rebeldía contra el Papado y su predicación de doctrinas malas pesó mucho en el desvío de muchas almas superficiales y mundanas que cayeron en la perdición eterna.

VISIONES de la Beata Ana Catalina Enmerick

"Vi la iglesia de los apóstatas crecer grandemente. Vi las tinieblas que partían de ella, repartirse alrededor y vi muchas personas abandonar a la Iglesia legítima y dirigirse hacia la otra diciendo: Ahí todo es mas bonito, más natural y más ordenado. Vi también en Alemania a eclesiásticos mundanos y protestantes iluminados manifestar deseos y formar un plan para la fusión de las confesiones religiosas y para la supresión de la autoridad papal… y este plan tenía, en Roma misma, a sus promotores entre los prelados"

PUBLICADO POR ANTONIO M.R.

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