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lunes, 10 de octubre de 2022

CRUZADAS vs. ISLAM: ¿Cuales han sido las circunstancias por las que se llegó a proclamar la Primera de las Cruzadas y las siguientes?

¿Cuales han sido las circunstancias por las que se llegó
 a proclamar la Primera de las Cruzadas y las siguientes? 
Por Javier A. Richard
10 OCTUBRE 2022

Después de la Resurrección de Cristo y pasados unos días hasta Pentecostés, la Iglesia de Cristo se constituye y se difunde por todo el mundo de manera extraordinaria y sólo a través de la palabra y muchísimas demostraciones extraordinarias, como fueron los milagros que a manos llenas los apóstoles y otros discípulos realizaron. Se difunde sin armas, sin obligar a nadie, dando muchas vidas por ello (los mártires cristianos de los primeros tiempos)[1]… como Cristo nos enseñó con su persona y su palabra, “Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen” (S. Mateo 5,43-48).

Y así vemos como en el siglo VII la religión cristiana está extendida por todo el mundo conocido. En el año 632, dentro de los límites del Imperio Romano, que todavía era completamente funcional en el Mediterráneo oriental, el cristianismo ortodoxo era la religión oficial y claramente mayoritaria. Egipto, Palestina, Siria, Asia Menor, el norte de África, España, Francia, Italia y las islas de Sicilia, Cerdeña y Córcega eran todos territorios cristianos, es decir, que todo el mundo civilizado de entonces era cristiano católico, en incluso podríamos decir que en cierta manera y en lo fundamental, la civilización había venido precisamente por medio del cristianismo.

En otros lugares como Persia, sin ser católicos, la mayoría de la población era cristiana nestoriana. Y así también había muchas más comunidades cristianas en la región árabe.


Con la llegada y propagación de la secta de Mahoma, el Islam, en tan sólo un siglo, hacia el año 732, los cristianos son expulsados y perseguidos de Egipto, Palestina, Siria, el norte de África, España, gran parte de Asia Menor, y la parte sur de Francia. Italia y sus islas quedaron bajo amenaza, y caerían bajo el dominio musulmán en el siglo siguiente.

Las comunidades cristianas de Arabia fueron masacradas completamente poco después del 633, cuando los judíos y los cristianos por igual fueron expulsados de la península. Aquellos en Persia estuvieron bajo severa presión. Dos tercios del territorio que había sido del mundo cristiano eran ahora regidos por musulmanes.

¿Qué había pasado? La respuesta, como ya hemos dicho, fue el avance del Islam. En el transcurso de tan solo cien años, todos estos países cristianos fueron sometidos por medio de la violencia más feroz, a través de campañas militares deliberadamente diseñadas para expandir el territorio musulmán a expensas de sus vecinos cristianos.

Los ataques expansionistas continuaron. En algunos momentos de la historia hubo intentos de los cristianos por repelerlos. Así vemos como hacia el año 800, Carlo Magno bloqueó el avance musulmán en Europa occidental. Pero las fuerzas islámicas simplemente cambiaron su objetivo y comenzaron por las islas del norte de África hasta las costas francesas e italianas, atacando el territorio principal italiano en el 837.

En cien años entre el 850 y el 950, los monjes benedictinos fueron expulsados de sus antiguos monasterios, los estados papales fueron arrasados y se establecieron bases piratas musulmanas en toda la costa norte de Italia y en el sur de Francia, desde donde se lanzaron los ataques en lo más profundo del territorio.



Es así como en este momento, siglos XI y XII, cuando los Papas, desesperados por intentar proteger a las víctimas cristianas, se involucraron con este gran problema, (dado que no había dirigente laico que fuera capaz de parar esta verdadera hecatombe), dirigiendo la defensa de los territorios a su alrededor.

Fue el Imperio Romano de Oriente o Bizantino el que habiendo perdido mucho de su territorio en los siglos VII y VIII por los musulmanes, tomaron a su cargo la lucha contra el Islam. Y así a mediados del siglo IX, iniciaron el contraataque en Egipto. Entre las décadas del 940 y el 970, los bizantinos lograron un gran avance y recuperaron territorios perdidos.

El emperador Juan Tzimiskes recuperó buena parte de Siria y un sector de Palestina, llegando hasta Nazaret, pero sus ejércitos cometieron el error de abrir demasiados frentes y tuvieron que concluir su campaña en el 975 sin haber recuperado Jerusalén.

El contraataque musulmán no se hizo esperar y los bizantinos pudieron retener, a duras penas, Alepo (Siria) y Antioquía.

En 1009, un enloquecido y trastornado gobernante musulmán destruyó la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén e inició una nueva y gran persecución de cristianos y judíos.

Hacia el año 1038 los bizantinos habiendo negociado el derecho a tratar de reconstruir el Santo Sepulcro, por fin pudieron hacerlo. Parecía que iba a existir una cierta buena convivencia entre los cristianos y los musulmanes, pero otros eventos hacían difícil la vida para los cristianos en el área, especialmente con los nuevos gobernantes árabes musulmanes, los turcos Seljuk, quienes desde el 1055 comenzaron a tomar el control de Medio Oriente.


Con la introducción de los nuevos gobernantes turcos el territorio se desestabilizó, al no estar estos familiarizados con el modus vivendi que había existido entre árabes musulmanes y sus súbditos cristianos.

Las peregrinaciones comenzaron a hacerse cada vez más difíciles y peligrosas, y los peregrinos occidentales comenzaron a unirse y a portar armas para defenderse mientras trataban de llegar a los santos lugares en Palestina. Podemos destacar las peregrinaciones armadas que se dieron entre 1064 y 1065; y entre 1087 y 1091.

Mientras tanto en el Mediterráneo occidental y central, el balance de poder se inclinaba hacia los cristianos y se les iba de las manos a los musulmanes. En el 1034, los pisanos saquearon una base musulmana en África del Norte y finalmente extendieron sus contraataques a todo el Mediterráneo. También ellos generaron contraataques hacia Sicilia entre 1062 y 1063. En 1087, una gran fuerza aliada saqueó Mahdia, actualmente Túnez, en una campaña patrocinada por el Papa Víctor III y la condesa de Toscana. Claramente los cristianos italianos estaban tomando la delantera.

Pero mientras el poder cristiano en el Mediterráneo central y occidental crecía, seguían los problemas en la parte oriental. El alza de los turcos musulmanes varió el peso del poder militar contra los bizantinos, quienes perdieron una considerable extensión de terreno nuevamente en la década del 1060. Intentando encabezar otras incursiones en el lejano oriente de Asia Menor en 1071, los bizantinos sufrieron una devastadora derrota a manos de los turcos en la batalla de Manzikert.

Como resultado de esta batalla, los cristianos perdieron el control de casi toda Asia Menor, con sus recursos agrarios y sus territorios de reclutamiento militar, y un sultán musulmán estableció su capital en Nicea, lugar de la creación del Credo Niceno Constantinopolitano en el 325 (para descrédito de los cristianos), y a tan sólo 125 millas de Constantinopla.


Desesperados, los bizantinos pidieron ayuda a occidente, dirigiendo sus llamadas primeramente a la persona que veían como autoridad en todo occidente, el Papa, que, como hemos visto, ya había estado dirigiendo la resistencia cristiana contra los ataques musulmanes.

En los primeros años de la década de 1070, el Papa era Gregorio VII, e inmediatamente comenzó los planes para liderar una expedición en ayuda de los bizantinos.

Sin embargo, debido a su participación en un conflicto con los emperadores alemanes (lo que los historiadores llaman la “controversia de investidura”), no pudo ofrecer una ayuda significativa.

Sin embargo, los bizantinos persistieron en su petición de ayuda, y finalmente, en el año 1095, el Papa Urbano II hizo realidad el deseo de Gregorio VII, poniéndolo en práctica en lo que sería la Primera Cruzada.

La situación en estos momentos era:


De las cinco sedes episcopales de la cristiandad, tres de ellas: Jerusalén, Antioquía y Alejandría, habían sido capturadas en el siglo VII antes de las cruzadas. La cuarta sería capturada en 1453, dejando solo una de las cinco, Roma, en manos cristianas hacia el año 1500. E incluso Roma fue amenazada nuevamente por los musulmanes en el siglo XVI.

Como vemos, todo esto no significaba más que una persistente provocación mahometana, donde, además (y como siempre ocurre con el Islam) se apreciaba una amenaza mortal y persistente.

A esta amenaza a la Cristiandad, si esta quería sobrevivir, sólo se podía responder con una defensa vigorosa. Por tanto, las cruzadas fueron simplemente una herramienta en las opciones defensivas ejercidas por los cristianos.

Para poner el asunto en perspectiva, basta con preguntarse cuántas veces fuerzas cristianas han atacado la Meca. La respuesta, por supuesto, es nunca.

Otra de las falacias que se han dicho es que los Cristianos occidentales fueron a las cruzadas por su avaricia, lo que motivó los saqueos a los musulmanes para hacerse ricos.

Nuevamente, no es verdad.


Algunos seudo-historiadores, entresacan del contexto del discurso del Papa Urbano II en Clermont en 1095, la frase “echar a perder los tesoros (del enemigo)”, y de esta ya sostienen toda su tesis en cuanto que se alentaba a los guerreros franceses a embarcarse en la que se denominó como Primera Cruzada, para satisfacer sus “ansias” de riquezas. Bien lejos de la realidad, pues se olvidan de que esta era la usual manera de financiar la guerra en la sociedad antigua y medieval.

También se han basado para esta afirmación en lo que Fulcher de Chartres escribió en los inicios del siglo XII, que dijo: que aquellos que habían sido pobres en Occidente se harían ricos en Oriente como resultado de sus esfuerzos en las Primeras Cruzadas, sugiriendo obviamente que otros podrían hacer lo mismo.

Afirmación demasiado contundente e inexacta, pues es necesario leer y entender sus palabras en el verdadero contexto histórico. Fulcher no era del todo engañoso cuando decía que alguien podría volverse rico como resultado de las cruzadas, pero no estaba siendo del todo honesto, porque para muchos participantes las cruzadas fueron increíblemente caras. Lo primero era una suposición, que en algunos fue una realidad, pero en muchos, en su mayoría, fue una auténtica sangría no solo en vidas sino en patrimonio. Desde el principio mismo, el aspecto financiero de las mismas fue muy importante en la planificación de las cruzadas. No hay más que ver que los primeros cruzados vendieron tantas posesiones, para financiar sus expediciones, que generaron una tremenda inflación. Siempre hay que decir toda la verdad.

El mismo Fred Cazel señalaba: “pocos cruzados tenían suficiente dinero para pagar sus obligaciones en casa y mantenerse decentemente en las cruzadas”.

Es así como los siguientes cruzados, y me refiero a las grandes casas nobiliarias de entonces, tomaron esta consideración muy en cuenta y comenzaron a ahorrar mucho antes de embarcarse en esta empresa, pues el gasto seguía estando muy cerca de lo prohibitivo.

Un claro ejemplo fue como la Cuarta Cruzada hubo que desviarse a Constantinopla precisamente por su financiación, dado el hecho de que se quedaron sin dinero antes de que se iniciara adecuadamente, y estaban tan endeudados con los venecianos que no pudieron controlar su propio destino.

Otro ejemplo es el que la Séptima Cruzada la llamada de San Luis a mediados del siglo XIII costó seis veces más que el ingreso anual de la corona.

Los mismos Papas recurrieron a tácticas incluso más desesperadas para recaudar dinero y financiar las cruzadas, así vemos como instituyeron un primer impuesto a los ingresos en la primera parte del siglo XIII, hasta hacer una serie de ajustes en la manera en que las indulgencias eran manejadas para este fin, lo que puntualmente llevó a ciertos abusos condenados por Martín Lutero. Incluso en el siglo XIII, muchos de quienes planeaban las cruzadas asumían que sería imposible atraer una suficiente cantidad de voluntarios para realizarlas, llegando a perder su carácter popular original.

Otros ejemplos:

Cuando el Hospitaller Master Fulk de Villaret escribió sobre las cruzadas al Papa Clemente V cerca al 1305, subrayó que “sería una buena idea si el Señor Papa dispusiera algunas medidas para reunir un gran tesoro, sin el que esta misión (la cruzada) sería imposible”.

Algunos años después, Marino Sanudo estimó que costaría cinco millones de florines en más de dos años efectuar la conquista de Egipto. Aunque no lo dijo, y tal vez no se dio cuenta de ello, la suma necesaria simplemente era una meta imposible de lograr.

Y así vemos como, habiendo comprendido esta tremenda dificultad las autoridades de Occidente, se explica por qué se lanzaron cada vez menos cruzadas desde el inicio del siglo XIV.


Pero es verdad también que algunas grandes familias supieron medrar y aunque, por poco tiempo, se hicieron ricos con las cruzadas. Pero también es cierto que este número fue empequeñeciéndose sobremanera porque fueron quebrando e incluso llegaron a perder sus vidas.

La conclusión real y seria es que muchas grandes y medianas familias en el medioevo fueron muy conscientes de eso y no consideraron a las cruzadas como una manera de mejorar su situación financiera.

[1] Aunque ahora en pleno siglo XXI los mártires por decenas de miles se siguen teniendo en todos estos países gobernados por las dictaduras del Islam y/o comunistas, sin que las demagógicas democracias occidentales haga nada por evitarlo.

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miércoles, 28 de julio de 2021

¿Es lícito luchar por Cristo?. Los Santos en las Cruzadas. Legítima defensa y Guerra justa

Legítima defensa y Guerra justa
Santiago Clavijo
28 JUL 2021
Catecismo 2309
Se han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar. La gravedad de semejante decisión somete a ésta a condiciones rigurosas de legitimidad moral. Es preciso a la vez:
— Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto.
— Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces.
— Que se reúnan las condiciones serias de éxito.
— Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición.
Estos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina llamada de la “guerra justa”. La apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común.

¿Es lícito luchar por Cristo?
InfoCatólica-Javier Olivera Ravasi (17/1/15): Suele haber entre los cristianos un cierto complejo cuando se oye hablar de la “guerra por Cristo” o de “dar la sangre por defender la Fe”. El enemigo de la Iglesia Católica ha venido repitiendo hasta el cansancio que “el valor supremo es la Paz” y que nada puede oponérsele, sea cual fuere el motivo de la contienda.
Dicha posición ha sido calificada como la“herejía” del “irenismo” (de eirene, en griego, “paz”); en resumen, esta postura dice que siempre hay que aguantar cualquier tipo de agresión, tanto a uno mismo como a un tercero y jamás responder con violencia.

Pero esto no ha sido así siempre y si algo fue verdad antes, también puede serlo ahora. La Iglesia no nació ayer y el problema de la guerra ha existido desde la creación del mundo; en el ámbito de la teología se denomina con las palabras de “guerra justa” al modo de oponer, contra malicia, milicia…, máxime cuando se trata de defender lo propio o lo de un tercero.
Ya la Sagrada Escritura tiene innumerables testimonios del uso de la violencia ordenadamente. El mismo Señor, en un pasaje que los pacifistas prefieren olvidar, tomó unas cuerdas y haciendo un látigo expulsó a los mercaderes del Templo en razón del celo que le causaban las cosas de Su Padre (Jn 2,15).


Pero ya desde san Agustín y san Ambrosio, dos santos padres de la Iglesia (siglos IV y V), se fue gestando la sana doctrina del uso de la violencia como parte de la virtud cardinal de la fortaleza. El cristiano amará la paz, pero conocerá que muchas veces es necesario alcanzarla y sostenerla por vía del combate.
Como bien señala san Isidoro, “ninguna guerra puede ser justa, a no ser por causa de vindicta o para rechazar al enemigo” (Etimología, XX), pero en esos casos la acción punitiva será un recurso honesto. Y de tanta honestidad que, al decir de Nico­lás I, estando en juego las leyes de Dios, la defensa propia, “la de la patria y la de las normas ancestrales”, ni siquiera la Cuaresma podría suspenderla o postergarla (Responsa Nicolai ad consulta Bulgarorum, 46). Defender a Dios y a la Patria son obligaciones tan graves para el cristiano, que por cumplirlas debe estar dispuesto a armarse “en la milicia temporal”, con una conducta tal –dice Radero– “que no pierda en modo alguno el alma que vive para siempre” (Praeloquiorum Libri sex, 1,11). Opiniones firmes y unívocas que de un modo u otro reiteraron Pedro Damián o el Obispo Rufino, san Anselmo de Canterbury, Yves de Chartres, Abelardo o Alejandro II, entre otros.

En el esplendor del siglo XIII, sus sabios y sus santos volvieron a reiterar la doctrina de siempre: Raimundo de Peñafort en la Summa de Paenitentia, Enrique de Susa en su Summa Áurea, Alejandro de Hales en De lege punitionis, y el gran san Buenaventura quien comentando el Evangelio de san Lucas, dirá rotundamente que “hay causa conveniente (de guerra lícita) cuando se trata de la tutela de la patria, de la paz o de la fe” (Commentarium in Evangelium Lucas, III, 34). El mismo santo Tomás de Aquino trató el tema profusamente en varias de sus obras teológicas justificando e incluso compeliendo a la guerra cuando se trata de salvaguardar un derecho. 

Otro tanto se encontrará en los tra­tadistas de las centurias posteriores, autores de grandes Summas orientadoras, como la Astesana, la Pisana o la Angélica, hasta que en la España del siglo XVI brillan las cumbres de la teología abocadas a tan candente problema. Los nombres de Vitoria, Cayetano, Martín de Azpilcueta, Domingo de Soto o Melchor Cano no necesitan presentación ni comentario, aunque el especialista pudiera –con todo derecho– señalarnos otros tantos como los de Alfonso de Castro, Diego de Covarrubias, Domingo Báñez, Luis de Molina o Francisco Suárez. Los argumentos fluyen y discurren apasionadamente, ora en contradicción, ora en concordia, ri­cos en casos, ejemplos, situaciones y condiciones, pero ninguno de ellos cree que el católico deba claudicar pasivamente en la defensa de sus principios.

Más próximo a nosotros, el Papa Pío IX, condenó en el Syllabus los enunciados pacifistas, y el mismo Benedicto XV –a quien le tocó regir la Iglesia durante la Primera Guerra Mundial– distinguió entre los horrores de la contienda, la conveniencia de una verdadera paz y la doctrina moral tradi­cional que justifica determinadas luchas. Pío XI, como bien se sabe, apoyó y bendijo sin reservas la Cruzada Española de 1936 y la noble resistencia cristera de los católicos mexicanos (1926-1929), en documentos tan límpidos como emocionantes y aleccionado­res, siendo su sucesor Pío XII quien nos ha legado quizás, en­tre los pontífices modernos, las más elaboradas razones sobre la paz y la guerra, las armas y la justicia, y el deber cristiano de hacer frente a la iniquidad. 

No la inmoralidad de la guerra de agresión, enseña Pío XII, no el armamentismo provocador y amenazante ni la “monstruosa crueldad de las armas mo­dernas”, pero tampoco la tibieza, la pusilanimidad y la paz a todo precio. Siempre será “moralmente lícito o incluso, en algunas circunstancias concretas, obligatorio, rechazar con la fuerza al agresor… Un pueblo amenazado y víctima de una injusta agresión, si quiere pensar y obrar cristianamente, no puede permanecer en una indiferencia pasiva… y si no quiere dejar las manos libres a los criminales internacionales, no le queda otro remedio que prepararse para el día en que tendrá que defenderse”[2].

Por último, no podemos dejar de citar las palabras del recientemente beatificado Juan Pablo II cuando visitó su Polonia natal y recordó la gran gesta polaca:
Ser cristiano quiere decir vi­gilar, como vigila el soldado durante la guardia… !Vigilar significa custodiar un gran bien… significa percibir agudamente los valores que existen en la vida de cada hombre por el simple hecho de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios y haber sido redimido con la sangre de Cristo. Vigilar quiere decir recordar todo esto… Hay pues que vigilar y cuidar con gran celo… No puede permitirse que se pierda nada de lo que es cristiano sobre esta tierra[3].

La lucha es, con frecuen­cia, una necesidad moral, un deber. Manifiesta la fuerza del carácter, puede hacer florecer un heroísmo auténtico. ‘La vi­da del hombre en esta tierra es un combate’, dice el Libro de Job; el hombre tiene que enfrentarse con el mal y luchar por el Bien todos los días. El verdadero bien moral no es fácil, hay que conquistarlo sin cesar, en uno mismo, en los demás, en la vida social e internacional[4].

Como vemos, el luchar cuando hay que hacerlo, no solo es un derecho en el cristiano sino, en algunos casos, hasta un deber. Que no te la cuenten…
[1] Para esta parte seguimos a Antonio Caponnetto, El deber cristiano de la lucha, Scholastica, Buenos Aires 1992, 318-322.
[2] Pío XII, Mensajes de Navidad, (1945) y siguientes.
[3] Cfr. Juan Pablo II, Peregrinación Apostólica a Polonia, BAC, Madrid 1979, 136-137.
[4] Palabras de Juan Pablo II a André Frossard. Cfr. André Frossard, No tengáis miedo. Diálogo con Juan Pablo II, Plaza y Janes, Barcelona 1982, 220.

InfoCatólica-Javier Olivera Ravasi (20/1/15): Pero volvamos a nuestro tema; los musulmanes habían irrumpido violentamente al punto de hacer peligrar a la misma Europa en su asalto. Se trataba de ir a la reconquista de Tierra Santa. El hombre medieval conocía esa tierra hasta en sus más ínfimos detalles, ya que había sido espiritualmente alimentado desde su más tierna infancia con las Sagradas Escrituras. Todo le resultaba familiar, la cueva de Belén, el pozo de Jacob, el Calvario, los lugares por los que viajó San Pablo, los salmos que narraban la belleza de aquellos parajes…, todo le hablaba de los Santos Lugares. Por otra parte, en la época feudal, montada toda ella sobre el fundamento de posesiones concretas, parecía obvio que la Tierra del Señor fuese considerada como el feudo de la Cristiandad; pensar lo contrario hubiese implicado en cierta manera una injusticia.

Algunos historiadores modernos, influenciados por la ideología marxista, han asignado a las Cruzadas razones únicamente de índole económica. Pero, como bien señala Régine Pernoud, semejante interpretación no es sino el fruto de una extraña transposición del pasado a la mentalidad de nuestra época, que todo lo ve a la luz de ese prisma. Mucho más cerca de la realidad estaba Guibert de Nogent, abad benedictino del primer cuarto del siglo XII, cuando en su “Historia de las Cruzadas” aseguraba que los caballeros se habían impuesto la tarea de reconquistar la Jerusalén terrena con el fin de poder gozar de la Jerusalén celestial, de la que aquella era imagen. Es de él la célebre frase que se repetía en Francia para mostrar la valentía de los hijos de Clovis: “Gesta Dei per francos” (“los hechos memorables de Dios a través de los franceses”).

Las Cruzadas iban a durar casi hasta fines del siglo XIII, y durante su entero transcurso estarían en el telón de fondo de todos los acontecimientos de la época, fueran estos políticos o religiosos, económicos o artísticos. Se suele hablar de ocho cruzadas, pero de hecho no hubo un año en que no partiesen de Europa contingentes más o menos numerosos de «Cruzados», a veces sin armas, conducidos sea por señores de la nobleza, sea por monjes. Por eso parece acertada la opinión de Daniel-Rops de que no es adecuado hablar de «las Cruzadas», sino más bien de «la Cruzada», único y persistente ímpetu de fervor, ininterrumpido durante dos siglos, que arrojó a lo mejor de Occidente de rodillas ante el Santo Sepulcro[1].

La primera oleada de la marea fue tan incontenible que la jerarquía de la Iglesia no pudo mayormente influir sobre ella. Fue la Cruzada “popular”, convocada por un religioso de Amiens, Pierre l’Ermite (Pedro el Ermitaño), hombre carismático y austero, a quien siguió toda clase de gente: algunos caballeros, por cierto, pero también numerosos mendigos, ancianos, mujeres y niños. Esa caravana de gente humilde que se ponía en camino para reconquistar un pedazo de tierra entrañable, ha sido un fenómeno único en la historia. Recordemos que en la Edad Media la guerra era prerrogativa de la nobleza y de los caballeros, y por eso resultaba tan exótico que aquellos aldeanos apodados paradojalmente «manants», es decir, los que «se quedan», se transformasen súbitamente en guerreros. La historia empezaba a convertirse en epopeya. Militarmente hablando, el proyecto de Pedro el Ermitaño acabó en un resonante fracaso, como era de esperar. Sin embargo no lo consideraron así sus contemporáneos. Porque, según señala con acierto Pernoud, en aquellos tiempos no se esperaba necesariamente que el héroe fuese eficaz:


“Para la antigüedad, el héroe era el vencedor, pero, como se ha podido comprobar, las canciones de gesta ensalzan no a los vencedores sino a los vencidos heroicos. Recordemos que Roldán, prácticamente contemporáneo de Pierre l’Ermite, también es un vencido. No debemos olvidar que nos hallamos ante la civilización cristiana, para la cual el fracaso aparente, el fracaso temporal y material, acompaña a menudo a la santidad, a la par que mantiene su fecundidad interna, fecundidad a veces invisible de inmediato y cuyos frutos se manifestarán posteriormente. Tal es, no lo olvidemos, el significado de la cruz y la muerte de Cristo. En ello estriba toda la diferencia entre el héroe pagano –un superhombre– y el héroe cristiano, cuyo modelo es el crucificado por amor”[2].

Sea lo que fuere, al mismo tiempo que Pedro el Ermitaño lanzaba sus turbas, los nobles preparaban todo con gran seriedad, constituyendo varios cuerpos de ejército, cuatro en total. El primero de ellos estaba formado por belgas, franceses y alemanes cuyo jefe era el duque Godofredo de Bouillon, duque de la Baja Lorena; un hombre espléndido desde todo punto de vista, fuerte, valiente, de un vigor extraordinario, a la vez que sencillo, generoso, y de piedad ejemplar, el paradigma del Cruzado auténtico, casi un santo. Las crónicas relatan que cuando entró en Jerusalén el año 1099, se negó a aceptar el título de rey de Jerusalén, por no querer ceñir corona de oro allí donde Jesús había llevado una corona de espinas. Cuando murió en 1100, su hermano Balduino tendría menos escrúpulos, y con él comenzaría formalmente el Reino Franco de Jerusalén y la instauración de una Monarquía feudal.
Este no es un dato menor, ya que prueba una vez más que el espíritu de la Cruzada fue el de la Cristiandad Feudal, al punto tal de trasladar su estructura, incluso sus castillos, que en última instancia, fue lo que posibilitó el gobierno cristiano por casi un siglo en tierra Oriental[3].

Uno de los datos poco recordados, es que hasta los santos asistieron y promovieron las Cruzadas, cosa que veremos en el próximo post.
[1] Daniel-Rops, op. cit., 538.
[2] Régine Pernoud, op. cit., 55-56.
[3] Cfr. Hillaire Belloc, Las Cruzadas, Emecé, Buenos Aires 1944, 183-188.


¡Hasta los santos en las Cruzadas!
InfoCatólica-Javier Olivera Ravasi ( 21/1/15): Como dijimos anteriormente, la entera Cristiandad se sintió galvanizada por el ideal de las Cruzadas. Hasta un espíritu tan apacible y sereno como el de san Francisco, no ocultó su entusiasmo por la empresa. Ya desde su juventud, se había sentido deslumbrado por el estilo de vida caballeresco, que llegaba entonces a la península italiana a través de los Alpes.
Ahora bien, su conversión, lejos de hacerle abandonar aquellos ideales en aras del ascetismo monástico tradicional, le confirió una nueva significación que inspiró toda su misión religiosa. Los ideales de su fraternidad se basaron más en los de la caballería romántica que en los del monaquismo benedictino. No puede resultar insólita la atracción que ejerció la tierra donde nació y murió Nuestro Señor sobre aquél que quiso tomar el Evangelio al pie de la letra. Sus “Hermanos Menores” constituirían una suerte de Caballería espiritual, dedicados al servicio de la Cruz y al amor de la Dama Pobreza, que llevarían a cabo hazañas espirituales sin temor a los riesgos y peligros que pudiesen encontrar en su senda[1]. San Francisco encarnaba al mismo tiempo al pobre y al caballero, es decir, las dos fuerzas que reconquistaron Jerusalén.

Para poner un ejemplo de su vida, en 1219, los cruzados que sitiaban Damieta, ciudad cercana al Nilo, vieron llegar un día, según cuenta Jacques de Vitry[2], a “un hombre sencillo y no muy culto, pero muy amable y tan querido de Dios como de los hombres, el Padre Francisco, fundador de la Orden de los Menores”. Tras convivir por algún tiempo con los caballeros cruzados se propuso nada menos que pasar al campamento de los infieles. Cuando los caballeros se enteraron de semejante decisión, al parecer, completamente temeraria, no podían contener la risa. Pero Francisco persistió en su idea, y en compañía de Fray Iluminado, se dirigió hacia las líneas enemigas. Al verlos, los centinelas musulmanes se abalanzaron sobre ellos, dispuestos a apalearlos. Entonces Francisco comenzó a gritar: «¡Sultán! ¡Sultán!». Creyendo los guardias que se trataba de parlamentarios, luego de encadenarlos, los condujeron hasta donde estaba el Sultán. Los frailes, sin más trámite, lo invitaron a convertirse al cristianismo, causando la risa de todos los presentes. Sin embargo, dicha osadía le cayó en gracia al Sultán que, perdonándoles la vida, les hizo acompañar de nuevo al campamento cristiano.

Pero una de las formas más asombrosas que tomó esta epopeya a comienzos del siglo XIII fue la que se llamó Cruzada de los Niños. El hecho tuvo su origen en la convocatoria de un pastorcito, Esteban de Cloyes, quien aseguró que el Señor se le había aparecido y le había dado la orden de liberar el Santo Sepulcro. Lo que los caballeros se habían mostrado incapaces de realizar lo harían ellos, los niños, con sus manos inocentes. Como en los días de Pedro el Ermitaño, miles de adolescentes se enrolaron en las filas de Esteban y tomaron la Cruz. A pesar de la prohibición del rey de Francia, los jóvenes cruzados atravesaron dicho país y llegaron a Marsella, donde se embarcaron en siete galeras; dos de ellas naufragaron y otras dos llegaron a Argelia, donde los adolescentes fueron vendidos como esclavos. También en Alemania se organizó poco después una Cruzada semejante, pero los que la integraban acabaron dispersándose, agotados y hambrientos, por los caminos de Italia. “Estos niños nos avergüenzan –exclamó Inocencio III, cuando se enteró de tales sucesos; nosotros dormimos, pero ellos parten…”.

Hubo de todo y para todos los gustos, pero siempre el fin era el mismo: recuperar los Santos Lugares que habían sido arrebatados por los moros. Sin duda que hubieron también ejemplos no tan edificantes como el de San Francisco. Citemos el caso de Federico II Hohenstaufen, nieto del conocido Federico Barbarroja: se trataba de un curiosísimo personaje, luego de haber sido excomulgado por el Papa, se embarcó en una Cruzada logrando el éxito imprevisto al punto de coronarse a sí mismo en el Santo Sepulcro.
En su comitiva, sin embargo, poseía un verdadero harén en el que había sobre todo mujeres moras y sus costumbres era más que reprochables, al punto que sus estrechos lazos de amistad con los musulmanes lo hicieron sospechoso de haberse convertido en secreto al islamismo, acusación no suficientemente fundada, ya que lo que al parecer más apreciaba del Islam no era tanto su doctrina cuanto la voluptuosidad de las costumbres musulmanas. Singular figura la de este Emperador que en pleno siglo XIII preanuncia, como algunos lo han señalado, el estilo de los príncipes del Renacimiento, tal y como lo delinearía Maquiavelo. En nuestro siglo ciertos historiadores lo han cubierto de elogios, creyendo ver en él al precursor del “déspota ilustrado”, escéptico, tolerante, culto, en resumen, un soberano de ideas “modernas” perdido en el mundo feudal, pero cruzado…

En contraposición tenemos dos grandes figuras que al menos nombramos: Balduino IV, quien llegaría a ser rey de Jerusalén (joven simpático y atractivo, de apenas 17 años) y el ya nombrado Godofredo de Bouillon, gran conquistador del Santo Sepulcro. Ambos se disputan las muestras de coraje de por aquel entonces.
No faltaron tampoco las mujeres que, recordando el celo por la casa de Nuestro Señor, también quisieron participar de este momento único donde el cielo estaba barato[3].

Dueñas de tanta o más fe y de vigor que sus cónyuges, compartieron con ellos penurias e ilusiones, y al buen decir de Quevedo, “acompañaron el lado del marido, más veces en las huestes que en la cama”. Estuvieron en los sitios de Antioquía y de Acre, calmando la sed y las he­ridas, dando ánimo sin reclamar mayor distinción que la de tener un puesto a la ho­ra del sacrificio.

Solo para no que no se pierdan en el laberinto de la historia, recordemos algunos casos: Adela, echó de su casa a su marido Etienne de Blois por haber desertado del Cerco de Antioquía; el esposo, viendo que no encontraba refugio ni en su propia morada y digno al fin, regresó para derramar su sangre en Tierra Santa y ganarse el amor de aquella alma varonil. Elvira de Aragón, por su parte, partió hacia Oriente con su esposo Raimundo de Saint Gilles, perdió un hijo y engendró otro, y no temió a las inclemencias del camino ni a la gravedad de las circuns­tancias; Idia de Austria, la mujer del duque Welf de Baviera, tomó la cruz a la par de los hombres y participó en Heraclea de las gestas sin fin.

Son solo algunos casos, pe­ro podrían multiplicarse. De esta época son asimismo algunas coplas que aluden a doncellas guerreras, hijas de padres an­cianos sin descendencia masculina, que imposibilitados ellos de concurrir al combate, enviaban a sus niñas vestidas de va­rón. Y de otras tantas coplas, no menos ilustrativas, en las que se narran aquellos patéticos casos de esposos dados por muertos en la lucha y que vuelven un día, milagrosamente, después de añares, para encontrarse con la fidelidad intacta de la esposa; tan intacta como su esperanza y su presentimiento del regre­so y por los cuales no había vuelto a casarse. En la iglesia franciscana de Nancy, una lámina mortuoria ha inmortalizado este gesto emblemático de recíproca lealtad marital. Es la que recuerda a Hugo I de Vaudemont y a su esposa Ana, íntima­mente abrazados, después de diecisiete años sin verse.
Pero terminemos con dos grandes santos que han dejado su sello imborrable de esta gloriosa época; se trata de dos figuras “arquetípicas” del buen combate que requiere tanto el filo del verbo como el de la espada.

San Bernardo fue un predicador eximio e iluminado. Tenía el don de alumbrar y de conmover con su verbo, de proferir sentencias que fueran a la vez como flechas filosas para los impíos y como agua mansa para los corazones leales. Ni en celo ni en sabiduría podía equiparársele. Fue así que al soplo de su voz se obraban prodigios y auténticos milagros. Tullidos que recobraban su andar y ciegos o mudos que al fin veían y podían comunicar­se. Pecadores que se enmendaban y ejércitos enteros que se izaban resueltos sobre el horizonte de la Cristiandad; como ocurrió en Vézelay en la Pascua del 1146, donde, al igual que en Clermont, no alcanzaron las telas rojas para hacer la “cruz de las Cruzadas” y tuvo el santo que partir su propio hábito monacal.

Cuentan que al paso de san Bernardo por las ciudades en donde predicaba las Cruzadas, las madres escondían a sus hijos y esposos para que éstos no dejasen todo y se embarcasen en la lucha por Cristo.
Es que esta lucha era para el santo reformador de los benedictinos un en­sanchamiento del Reino de Cristo, la realización de la unidad de las naciones bajo el signo de la Verdad, la espiritualización del poder político y la única guerra justa que daba razón de ser a las corporaciones militares. “Cuanto más inferiores en la pelea” –le escribe a Eugenio III– “tanto más superiores se hicieron en la fe”.
Amaba la soledad, el silencio y la vida contemplativa pero Dios le pedía la acción; gracias a la disciplina monástica y a la mortificación que la carne impone, se encendía en el celo de la predicación y la palabra de su boca era para los oídos más dulce que la miel en los labios, al punto que se le llamó el Doctor Melifluo. Se le arremolinaban para oírlo, convencido el gentío del honor y del deber de creer y de pelear.

Monje y caballero, poeta y profeta, taumaturgo y mora­lista, san Bernardo no dejó sitio por visitar: Colonia, Aquisgrán, Maestricht, Lieja, Mons, Flandes o Maguncia, eran algunos de los púlpitos que escucharon su voz. Multitudes en procesión salían a su encuentro. “Los enemigos de la Cruz –decía– han levantado su blasfemo estandarte y devastado con el fuego la Tierra Santa, la Tierra Prometida… Ceñíos virilmente la armadura y empuñad la espada triunfadora”. Pero conocía asimismo el valor superador de la Fe y de la Esperanza, y el valor inmenso de la plegaria, por eso, tanto al Santo Padre como a los creyentes comunes no cesaba de instarlos a la vida de oración como el prólogo de la acción. Entonces sí, como se lo reclamó al Papa, “urge ya el tiempo de obrar, ¡obra pues! Ha llegado el tiempo de la poda, si antes meditaste. Si has movi­do el corazón, se ha de mover también la mano. Domarás los lobos, pero no dominarás las ovejas… Fuertes en las luchas, no apoltronados entre sedas”.

Contemplación y acción, adoración al Señor y pelea por Él; todo ha de saber hacer el buen cruzado. Llevar el manto o la cogulla monacal, cargar el crucifijo y el hierro macizo, montar a caballo e hincarse de rodillas, batirse en las moradas interiores y asaltar murallas de sarracenos. Y tener por Suprema Dama en esta vida caballeresca, a María Santísima, a la que san Bernardo, como buen cisterciense, amaba en la sublime austeridad de su recinto espiritual[4].

Modelo entre modelos admirables, san Luis Rey ejer­ció el gobierno de un modo completo, personal y absoluto con el único fin con que es lícito hacerlo: buscando el bien común. Sin favoritismos y en contra de ellos, pero a favor de los reales necesitados, a quienes socorrió con sencillez de padre.
Ejemplo de gobernante santo, tanto castigaba a los blasfemos como impartía jus­ticia públicamente; escuchaba personalmente las quejas de su grey y reparaba con equidad la situación del débil y del des­poseído, acabando con los abusos de los arrendadores o con los maltratos de los recaudadores y usureros.

Era para sus súbditos un consuelo y un jefe misericordioso. Un bien para el alma y para los cuerpos. Nadie parece haberlo aventajado en el cuidado de las finanzas y en la administración de la hacienda, al punto que habían pasado muchos años de su muerte y la población humilde seguía re­clamando “las monedas de san Luis”. Maestro de la caridad y de la piedad, tan pronto repartía libros y donaba bibliotecas, como entregaba limosnas y víveres. Tan seguro de sí en la expulsión de los perjuros y en la asistencia a los menesterosos. Tan grande con el yelmo y la corona real, o con el hábito de peregrino cuidando leprosos calladamente. Tan brioso en la formulación de los artículos del Credo y rienda en mano, al frente de sus tropas implacables.

El hombre que enseñaba a su hijo Felipe a no ser tolerante con los sembradores de sacrilegios y que no ahorraba el hie­rro para mantenerlos a raya y con merecidos castigos. El pri­mero en avanzar en tiempos de pelea y el primero en la paz, visitando ciegos y desvalidos. Primero en la vigilancia moral y espiritual de sus subordinados, primero en el amor y en el desprendimiento, y asimismo primero en imponerse penitencias y mortificaciones severas (todavía hoy se conserva en el museo de Notre Dame de París, la camisa ensangrentada que utilizaba al disciplinarse duramente). Su figura ascética y caballeresca si­gue siendo admirada por el mundo entero.

Semejante hombre no podía dejar de ser Cruzado. Por eso no le importó estar enfermo y haber sido dado por muerto a causa de sus graves dolencias. La campaña de Poitou y Saintonge lo había regresado envuelto en fiebres y en dolo­res fatales. Fueron días largos y tensos en los cuales se lloró por su partida y en los que se creyó en su definitivo final terreno. Que­dó quieto y mudo sobre su lecho, envuelto en oraciones y en amargas expectativas. Pero bastó que recuperara el aliento y la palabra para que ordenara al Obispo de París que lo invis­tiese Cruzado. “Señor Obispo” –le habló– “os ruego ponerme en la espalda la cruz del viaje de ultramar”.

No hubo ruego ni prevención humana que lo hiciera desistir de su propósito. Su vida era lo menos reservado que poseía, y estaba consagrada por entero a la gloria del Redentor. Tomó la cruz, agradeció profundamente al Creador, y besándola dijo simplemente: “Ahora sí estoy curado”.
Ordenó las cuestiones internas de su reino, tomó todas las precauciones prácticas y se puso en camino. Ningún detalle quedó fuera de su atención épica: fun­dar un puerto de embarque o almacenar forrajes, alistar pontoneros o planificar obras de compleja ingeniería, recorrer terraplenes y edificar galerías para el resguardo de la tropa: pero precisamente porque era un santo y las preocupaciones terrenas tenían su sitio, una vez satisfechas, armó espiritualmente a sus hombres con una mística fervorosa y ardiente. Gracias a ella pudieron resistir las peores adversidades y ejecutar las más nobles hazañas. Como el Conde Pedro de Bretaña y sus compañeros de prisión que prefirieron el martirio a una libertad indigna. Como Villain de Verfey y Guy de Dammartin que enemistados personalmente se perdonaron en vísperas de lucha porque no podían combatir faltos de caridad.

Jinete diestro, tumbando enemigos a su paso, ballesta y lanza en mano en medio del agua, cuando le tocó pelear allí arroja­do desde una nave, tal como lo cuenta Juan de Beaumont; arengando a sus guerreros con voces encendidas, como en las puertas de Damiette, enarbolando el estandarte de la flor de lis entre el estruendo de los timbales y los gritos de la lucha; magistralmente entero ante las exigencias del Sultán, cuyas presiones no lo arredraron ni lo rindieron sus amenazas, fir­me en el cautiverio y en el trono, leal a la palabra empeñada aun a costa de sus privados intereses y despojado de toda va­nidad, sin perder jamás el señorío, como parece recreárnoslo el pórtico de la Catedral de Reims en el famoso retablo de “La Comunión del Caballero”.

Su discurso a los combatientes a la vista de las riberas de Damiette es un retrato acabado de su estatura religiosa y guerrera, una clase magistral de la doctrina de las dos espa­das, un canto al sentido cristiano de la lucha: “Mis fieles amigos: se­remos invencibles si permanecemos inseparables en nuestra caridad. No ha sido sin el permiso de Dios que hemos arri­bado tan pronto aquí. Abordemos esta tierra, cualquiera que sea, y ocupémosla decididamente… Todo está por nosotros, cualquier cosa que nos ocurra. Si somos vencidos, subiremos al cielo como mártires; si por el contrario triunfamos la gloria del Señor se celebrará con ello, y la de toda Francia o más aun la de toda la Cristiandad, será por ello más grande. Dios, que todo lo prevé, no me ha incitado a esto en vano. Esta es su causa, combatimos por Jesucristo y Él triunfará con nosotros; y esto dará gloria, honor y bendición no a nosotros sino a Su Nombre”.

No conforme con sus campañas el Santo Rey organizó una segunda cruzada con el propósito de completar y mejorar la primera. Su salud ya declinaba irremisiblemente. El Papa Clemente IV vaciló antes de darle su consentimiento, pero entendió al fin, seguramente, que no era aquel un hombre que pudiera con­tener su celo apostólico por falta de plenitud corporal.
Otra vez las banderas, los estandartes y las lanzas. Otra vez las cabalgaduras y la Cruz en alto. Otra vez el esfuer­zo, el sacrificio y la lucha. Hasta que ya no pudo levantarse sino con la mirada y con el alma.
Su tienda de agonizante semejaba una capilla. La misa y los diarios oficios litúrgicos se celebraban en ella, y un cruci­fijo se enarbolaba al final de su lecho, que el caballero bende­cía y besaba con unción. Seguía las letanías, aun musitándolas por la debilidad de su voz, y no quería dejar de arrodillar­se para recibir la Sagrada Forma.
“Iremos a Jerusalén”, le oyó decir su confesor Geoffroi de Beaulieu, poco antes de morir. Y no se equivocaba. La Jerusa­lén Celestial lo aguardaba gozosa, y hacia ella partió al fin repitiendo las palabras del Salmista: “Entraré en vuestra casa, adoraré a vuestro templo y confesaré vuestro nombre”. Era el comienzo de su mejor Cruzada[5].

Si consideramos las Cruzadas en su conjunto, advertimos que hubo en su transcurso gestos heroicos y llenos de nobleza que hacen vibrar a cualquier alma cristiana.
Hubo también, debe decirse, excesos en algunos de los protagonistas primarios o secundarios (pues se sabe que en toda guerra sale a flote lo más noble y lo más ruin del hombre, lo que tiene de ángel pero también lo que tiene de bestia).

¿Constituyeron las Cruzadas un fracaso? 
Militarmente hablando si se quiere, el balance fue negativo (Tierra Santa no llegó a estar un siglo entero en manos de los reconquistadores). Pero moralmente fue un éxito completo al unificar a la Cristiandad en un fin común, recordando la necesidad de dar el buen combate por la Fe.

Por encima de las reales diferencias que distanciaban a los diversos pueblos, aquellos hombres comprendieron que existía una realidad superior, algo que los unía a todos bajo la conducción del Papa, de lo que el minúsculo Reino de Tierra Santa era como el vínculo simbólico. A pesar de las miserias y ruindades que pudieron haber existido en algunos, lo principal fue el testimonio positivo y heroico que dieron los mejores de ellos, ofreciendo a la sociedad verdaderos paradigmas de coherencia e intrepidez.

Que no te la cuenten…
[1] Cristopher Dawson, Ensayos acerca de la Edad Media, Aguilar, Madrid 1960, 214.[2] Jacques de Vitry, autor del siglo XIII, era cardenal e historiador, famoso por haber predicado la cruzada contra los albigenses. Escribió una obra bajo el título de “Historia occidental”.[3] Resumimos aquí el pensamiento de Antonio Caponnetto, op. cit., 248-256. Para ampliar el papel de la mujer, véase Régine Pernoud, La mujer en el tiempo de las cruzadas, Rialp, Madrid 1991.[4] Sobre la vasta literatura acerca de san Bernardo, podemos recomendar la siguiente: juan carlos ruta, Monje y Caballero, Fundación Instituto de Teología, La Pla­ta 1990; J. luddy ailbe, San Bernardo, Rialp, Madrid 1963; Obras Completas de San Bernardo, BAC, Madrid 1953-55; Obra Mariana de San Bernardo, Teotocos, Buenos Aires 1947 y F. M. Raymond, La familia que alcanzó a Cristo, Difusión, Buenos Aires 1945,[5] Sobre la vida y la obra de San Luis, recomendamos a marius sepet, San Luis, rey de Francia, Excelsa, Buenos Aires 1946 y a henry bordeaux, San Luis, Rey de Francia, Espasa Calpe, Buenos Aires 1951.

martes, 18 de enero de 2022

Las Cruzadas - Serie de EWTN


Martes, 18 de enero de 2022
El segundo capítulo de la serie de EWTN sobre las Cruzadas recoge, entre otros hitos de la epopeya, el papel de las órdenes militares de caballería en la lucha por la libertad de Jerusalén: en los momentos de triunfo, y en los de derrota. Pincha aquí para ver el primer capítulo

Las Cruzadas Capítulo 3

viernes, 7 de diciembre de 2018

Historia de la IGLESIA por Antonio Rivero, L.C.

Breve historia de la Iglesia
Introducción

Siglo III

Introducción
I. Sucesos
El gigante del Imperio comienza a tambalearse
Vuelta a las herejías
La furia de las persecuciones
II. Respuesta de la iglesia
Más se expandía la semilla evangélica:«Sangre de mártires es semilla de cristianos»
Catecumenado
Institución de los ministerios
Las herejías consolidaban y explicitaban la fe
Comienza la construcción de iglesias
Conclusión
Introducción
I. Sucesos
El Evangelio llegó, por fin, al palacio imperial
No todo era miel sobre hojuelas
Nuevas herejías
II. Respuesta de la Iglesia
La Iglesia, fiel a su Maestro
¿Qué concilios se celebraron en este siglo?
Aportación de los Padres de la Iglesia[42]
El desierto y la soledad atrajo a algunos...
La Iglesia continuaba profundizando en los sacramentos y en la disciplina
El primado de Roma
¿Sacerdotes casados?
Conclusión

Siglo X

Introducción
I. Sucesos
Época del feudalismo
Otón I, el grande
II. Respuesta de la Iglesia[66]
La Iglesia de Cristo sigue sufriendo y desangrándose...
Dios mandó la Orden de Cluny
Siguen las conversiones
Conclusión
Siglo XI
Introducción
I. Sucesos
Siglo de las cruzadas: «¡Dios lo quiere!»
El arte: pedagogía catequética
Después del enfriamiento de la caridad, vino el cisma de Oriente de la Iglesia griega con la latina
¿Cómo se fue gestando dicho cisma?
II. Respuesta de la Iglesia
Nuevas órdenes religiosas y movimientos eremíticos
La orden del Císter
¿Cómo surgieron los cardenales?
El gran papa Gregorio VII y el problema de las investiduras
«La túnica inconsútil de Cristo...rasgada»
Conclusión
Siglo XII
Introducción
I. Sucesos
¿Cuándo acabarán los abusos?
Gérmenes de herejías:»El enemigo sembró cizaña...»
II. Respuesta de la Iglesia
Concordato de Worms
La Iglesia es santa y sus ministros deben ser santos
Nuevas cruzadas...
Impulso espiritual: Los cistercienses y otras órdenes
La Iglesia, guardiana y fomentadora de la cultura: El siglo de oro de la Escolástica
Conclusión

Siglo XX

Introducción
I. Sucesos
Problemas sociales
Estalló la primera guerra mundial (1914-1918)
Causas:
Consecuencias:
El yunque y el martillo de la revolución rusa
Movimientos fascistas
«¡Viva Cristo Rey!» ¿Cómo fue la guerra cristera en México?[226]
¿Qué pasó con los «mal llamados Arreglos»?
¿Qué frutos podemos enumerar de la Cristiada?
¿Qué mártires sobresalieron en la Cristiada?
Guerra Civil Española (1936-1939)
Un poco de historia de España
¡Una guerra civil entre hermanos!
¿Había razones?
¿Qué más hemos aprendido de todo esto?
SEGUNDA GUERRA MUNDIAL (1939-1945)
¿Cómo estaba la situación por ese entonces?
¿Cómo se desarrolló la guerra?
¿Qué consecuencias tuvo esta segunda guerra? Devastación, muertes, odios, crisis económica y moral.
Ciencia, técnica y cultura del siglo XX
¿Qué nos está pasando?
II. Respuesta de la Iglesia
San Pío X (1903-1914)
¿Qué decir del modernismo?
Benedicto XV: (1914-1922)
Pío XI (1922-1939)
Pío XII (1939-1958)
¿Qué más realizó Pío XII?
Juan XXIII (1958-1963)
¿Qué más hizo este Papa?
¿Cómo resumir todo el legado de Pablo VI?
Juan Pablo I (1978)
Juan Pablo II (1978-)
¿Cómo resumir todo su ministerio de papa?
Respuestas de la Iglesia a los nuevos desafíos de este siglo XX
1. Los sacerdotes-obreros
2. Ecumenismo
3. El tercermundismo
4. Cristianos en la política
5. Algunos problemas específicos en la Teología
El gran evento eclesial del siglo XX: El Concilio Vaticano II (1958-1965)
¿Qué precedentes tuvo?
¿Cómo fue la preparación del Concilio Vaticano II?
¿Qué posturas predominaban durante el concilio?
¿Cómo se desarrollaron las sesiones?
En síntesis, ¿cuáles fueron los documentos del Concilio Vaticano II?
¿Qué características podríamos enumerar sobre el concilio y qué aportó a la iglesia?
¿Tuvo algunas consecuencias imprevistas dicho concilio?
El Vaticano II produjo más frutos positivos que negativos... ¿Quién lo duda?
Otras consecuencias positivas del Concilio Vaticano II
Hubo un papa llamado Karol Wojtyla, que tomó el nombre de Juan Pablo II
¿Cuál podría ser la síntesis de su magisterio?
Conclusión
Apéndice: Sobre el Papa Pío XII
Epílogo

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