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miércoles, 10 de abril de 2019

La MASONERÍA en la HISTORIA de ESPAÑA (1727-1868)

ACERCA de la MASONERÍA y su IMPLICACIÓN 
en la HISTORIA de ESPAÑA (I)
27-abril-2015
La masonería propiamente dicha surgió en 1717 por obra de los pastores protestantes ingleses James Anderson y J. T. Desaguliers, continuadores del movimiento espiritual inspirado por Comenio. Recibe una estructuración sistemática y definida en 1723, cuando publica Anderson, The Constitutions of the free-masons. Desde entonces, la masonería originó las corrientes intelectuales del enciclopedismo del siglo XVIII y del racionalismo y liberalismo del siglo XIX. Se difundió muy rápidamente por Europa: en 1721, se constituyó la primera logia en Francia; en 1717, en Rusia, establecida por Pedro I; en 1723, en España; en 1734, en La Haya; en 1738, en Boston; etc.

La establecida en Francia, de origen escocés, estuardista, fue favorecida por el espíritu racionalista francés: instauró como rito el “escocés antiguo y aceptado”, frente al de York de las logias inglesas; y, en 1738, al fundarse la Gran Logia de Francia, la francesa quedó desvinculada de la inglesa, encontrándose desde entonces en abierta oposición. De esta división nacieron las tres ramas principales de la masonería actual: Rito inglés, Rito escocés, Rito simbólico francés. Frente al carácter aristocrático y puritano de la masonería inglesa, la francesa evolucionó hasta un difuso deísmo, inspirado en el racionalismo naturalista que poco a poco le hace perder el matiz religioso que tenía aquélla; más adelante, en un segundo proceso de transformación, cambia su concepción de una base aristocrática de la sociedad por una estructura más democrática, intelectual y politizada. Siempre ha negado vehementemente su vinculación con la política, especialmente a partir de la Revolución francesa y no solo porque a ello induce el lema coincidente de “libertad, igualdad y fraternidad”, sino porque a partir de ese momento es más evidente su gran defensa de las nuevas tendencias liberales. Masón y liberal serán términos coincidentes en algunos países europeos; durante el siglo XIX, la burguesía mercantil, intelectual o militar, desplaza al aristocratismo y al afán de perfectibilidad humana que la dominaban al nacer. La Masonería ha intentado convencer de sus buenas intenciones al proclamar, con enorme insistencia, que tan sólo es una fraternidad que realiza buenas obras
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Masonería en España
En España, la masonería moderna o especulativa, que es la masonería en el sentido actual de la palabra, fue establecida en 1727 al fundarse la Matritense, primera logia de Madrid, por Lord Wharton, si bien funcionaba otra desde 1726 en Gibraltar. Años después, en 1739, Lord Raimond constituía la Gran Logia Provincial de España, con sede en Andalucía. Son logias de fundación y obediencia inglesas que, durante el siglo XVIII, mantuvieron, en gran parte, el espíritu inicial que las creara, formando parte de las mismas una minoría ilustrada española, de carácter selectivo aristocrático e intelectual. La figura más destacada de este periodo es el conde de Aranda, quien en 1780 fundó el Grande Oriente Nacional de España (primer antecedente del actual Grande Oriente Español) del que fue su primer Gran Maestro. Pertenecieron a esta Obediencia, entre otros: el duque de Alba, consejero de Estado; don Manuel de Roda, ministro de Gracia y Justicia; don José Nicolás de Azara, embajador en Roma; don Pablo Antonio de Olavide, síndico de Madrid y superintendente de las colonias de Sierra Morena; don Melchor de Macanaz, (fiscal del Consejo de Castilla en el reinado del rey Felipe V), don José Moñino, nombrado por Carlos III conde de Floridablanca. Masones ilustres de la época fueron también don Manuel Luis de Urquijo, ministro de Carlos IV; don Juan Antonio Llorente, secretario del Santo Oficio; el General O’Farril, el conde de Cabarrús, el conde de Campo Alange y el célebre dramaturgo Leandro Fernández de Moratín. A pesar de la pertenencia a la Masonería de tan encumbrados personajes, la Orden vivió durante el siglo XVIII constantemente perseguida, con más o menos saña según el momento, lo que la obligó a mantenerse como sociedad secreta y, en consecuencia, apenas nos han llegado testimonios documentales. Por ello, en los registros mundiales no figura ninguna logia española hacia 1787. Sí está comprobada la relación de un grupo de ilustrados masones, integrantes de aquel primitivo Grande Oriente Español, con las actividades políticas republicanas conocidas como la conspiración del cerrillo de San Blas (3 de febrero de 1795),[1] de la que fue dirigente destacado don Juan Mariano Picornell y Gomila, miembro de la Respetable Logia España (Madrid). Con él colaboraron en aquel intento revolucionario don José Lax, don Pedro Pons Izquierdo, don Sebastián Andrés, don Manuel Cortés, don Bernardino Garasa, y don Joaquín Villalba, todos compañeros de la secta, fueron condenados a muerte, aunque gracias a las presiones del embajador de Francia, a su vez condicionado por los también masones españoles don José Marchena y don Andrés María de Guzmán, activos colaboradores en la revolución francesa, la pena fue conmutada por la de prisión perpetua en Panamá. Esta es prueba de la fraternidad masónica que ejercen exclusivamente con sus adictos.

Pedro Abarca de Bolea (1719-1798)-X Conde de Aranda
En 1804, La Gran Logia General de Francia se convierte con Napoleón en el primer centro impulsor de la masonería en Europa, siendo designado gran maestre José Bonaparte,quien desarrolló gran actividad en España. Eugenio de Palafox y Portocarrero, VII conde de Montijo, sucesor de Aranda, se convirtió en figura principal en las actividades masónicas de la Gran Logia Nacional de España o Gran Oriente de España, en quien se ha querido ver uno de los responsables del motín de Aranjuez (el conocido como “el tío Pedro”). De este personaje, un masón contemporáneo, Antonio Alcalá Galiano, comenta en sus Memorias que “En 1817 la cabeza de la sociedad masónica no estaba en Madrid, sino en Granada; donde era capitán general el conde de Montijo… (el cual) estableció allí la sociedad secreta, que se difundió por toda la monarquía siendo el general cabeza de la sociedad inmediato presidente… Se multiplicaron las sociedades, hubo una en Madrid. No podía faltar una en Cádiz, pues, me tocó hacer un mediano papel en ella” (A. Alcalá Galiano, Recuerdos de un anciano, I). Entre los altos dignatarios de la Orden estaba Bartolomé Gallardo, secretario de Montijo en 1808. Sin embargo, en 1818, las persecuciones contra los masones motivaron que en “Granada hubiera desaparecido la autoridad superior de un cuerpo tan temible. El conde de Montijo ya no mandaba allí y, o cansado del oficio de conspirador, no obstante tenerle suma afición, o temeroso, vivía sin ser molestado” (A. Alcalá Galiano, Recuerdos de un anciano, I). En 1820 le encontramos formando parte de la logia madrileña Los Amigos reunidos de la Virtud Triunfante en compañía de su hermano Cipriano Palafox, conde de Teba y el zaragozano marqués de Ariño. Dicha logia decidió abandonar la politizada y muy radical Gran Logia Nacional de España y pidió su “regularización” al Grande Oriente de Francia.

Al iniciarse el siglo XIX, la influencia masónica en España es doble: hay logias de inspiración francesa favorecidas por la presencia en España de José Bonaparte, y las hay de inspiración inglesa. De aquéllas forman parte los ilustrados llamados afrancesados; de éstas los patriotas, entre los cuales se forman los cuadros de los liberales que intervienen en las Cortes de Cádiz. Existe constancia de que una de las primeras logias que se instauraron de nuevo en España fue la fundada por el general Lacy, (en aquel momento general jefe del ejército de reserva y capitán general del reino de Galicia), miembro del Supremo Consejo de la Logia Constitucional de la Reunión Española.[2] Miguel José de Azanza y Agustín Argüelles fueron Soberanos Gran Comendador. Con la retirada de las tropas francesas, la masonería española sufrió una dispersión de sus miembros que se refugiaron en Francia donde fundaron tres importantes logias: la José Napoleón, la San Luis de la Beneficiencia y la Perfecta Fraternidad. Durante el período 1814-1820 se procedió a la restauración absolutista. Esto molestó a los liberales (divididos en moderados y exaltados) y a los realistas reformistas, conocidos como “persas”[3]. Ambas fuerzas radicalizaron sus posiciones y se entregaron, sobre todo los liberales, a la conspiración y el pronunciamiento bajo el impulso del carbonarismo y la masonería. Sin embargo, fue la execrable conducta observada por Fernando VII la que propició las sublevaciones y dio vida a las sociedades secretas, como por ejemplo, la conocida como Carcoma, nombre formado con la primera sílaba de Carbonarios, Comuneros y Masones[4].

Fernando VII desencadenó una gran represión contra la masonería bonapartista y afrancesados en general. Se inició una persecución que llevó a presidio al Gran Comendador Argüelles y a los Grandes Inspectores Antillón, Gallego, Gallardo, Cangas-Argüelles, García Page, Cepero, Martínez de la Rosa, Larrazábal, García Herreros, Quintana, Felice, Villanueva, Muñoz Torrero, Manuel Cano, Álvarez Guerra, O´Donoju, Capaz, Isidoro Máiquez, Bernardo Gil, Campos, Calatrava y los también masones aunque no miembros del Supremo Consejo, Porlier, Zorraquín y Ramos Arispe. Algunos pudieron escapar exiliándose, entre ellos el conde de Toreno, (que lo hizo a Inglaterra, donde se le conocía como el vizconde de Matarrosa), Javier Istúriz, Díaz del Moral, Cuartero y el general Mina. Romero Alpuente y el general Van-Halen fueron los únicos supervivientes de la logia de Murcia. Esto no significó la falta de actividad de los masones en España; se reunían clandestinamente, de noche y a oscuras, sin levantar actas ni formar expedientes de iniciación para no dejar rastros escritos. En 1811 se forma el Supremo Consejo de Estado entre cuyos miembros se hallaban, según Los Anales Masónicos de la India Occidental, el general Riego, Gálvez, Agustín Argüelles, Evaristo San Miguel, Palacios y otros. La masonería española adquiere entonces unas características peculiares: carácter conspirador y reducto del militarismo romántico liberal, pues a ella pertenecen todos aquellos (Lacy, Riego, Torrijos, etc.) que protagonizaron en España, de manera sistemática y continuada, el sinfín de pronunciamientos propios del siglo XIX hispánico, como por ejemplo el que llevó a cabo el coronel Rafael del Riego en Las Cabezas de San Juan (Sevilla) en enero de 1820, en contra de ser embarcados para dominar la insurrección hispanoamericana. A comienzos de marzo, mientras se iban dispersando las tropas de Riego, estalló una insurrección liberal en Galicia que se expandió por todo el país, llegando en Madrid a acorralar al rey en el Palacio Real, quien, obligado a jurar la Constitución de Cádiz, dijo: “Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”, famosa frase que, como se comprobó poco después, solo era una fórmula para ganar tiempo.

En contra de la opinión de los masones que niegan su influencia en la política. Jaime Vicens Vives, renombrado maestro de historiadores, describió la importancia de la labor masónica en el desarrollo de los hechos cruciales sucedidos en España y Raymond Carr estableció la hipótesis de que la Masonería española entre 1814 y 1820 fue un movimiento que seguía tres cauces: una francmasonería con resabios conservadores, difundida por los franceses entre las castas vinculadas al régimen en tiempos de la ocupación; un grupo nacional-liberal, que tal vez acusaba influencias de la masonería inglesa y que acabaría haciéndose fuerte en Cádiz (se trataría de la masonería de Istúriz, Alcalá Galiano y Mendizábal) y una masonería puramente militar de jóvenes oficiales activistas, entre los que habría que citar a Van Halen, Antonio Mª del Valle, José Mª Torrijos, Juan Romero Alpuente. De modo que en la Guerra de la Independencia había masones en ambos bandos y alguno de ellos, como Alcalá Galiano, colaboraron con la monarquía posteriormente. Sucede a continuación el llamado Trienio Liberal, momento del más fuerte influjo político de la masonería española, particularmente en 1822 pero duró poco.

En 1824, la masonería está prohibida y de nuevo en clandestinidad, aunque Fernando VII el llamado “Rey felón” que tanto la combatió, según José A. García de Diego se inició en la Orden durante su estancia en Francia, en lo que abunda también Roa Bárcena y don Francisco de Asís Aguilar, obispo de Segorbe que afirma que fue iniciado masón en Valency y así lo señala en su Historia Eclesiástica. También lo afirman Miguel Morayta y Van Halen, quien procuró convencerle de que se pusiera a la cabeza de la Masonería como único medio de conservar su corona, según manifiesta el primero en sus memorias.

En la llamada Década Ominosa (1823-1833) se consolida el absolutismo como fórmula de gobierno con la ayuda de Los Cien Mil Hijos de San Luis, al frente de los cuales figuraba un masón, el duque de Angulema acompañado por el general Guillerminot, Venerable de la Logia de los Filadelfos y el mariscal conde de Beurnonville, Gran Maestre del Gran Oriente de Francia[5], quienes continúan inmiscuyéndose en política, de modo que, a veces, puede parecer que el pueblo español es el “pagano” de los enfrentamientos entre las distintas tendencias masónicas. Se inicia una gran represión; el rey firma varios edictos que terminan con la petición de la pena de muerte para los francmasones. Siguiendo a Sánchez Casado, mencionamos al marqués de Lebriñana, al capitán Fernando Álvarez de Sotomayor, Antonio Caso, Torrijos y al general Lacy. En esta época desempeñaba el cargo de Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo de España el infante D. Francisco de Paula de Borbón, hermano del monarca quien al mismo tiempo era Gran Maestre de la masonería simbólica del Gran Oriente Nacional de España.
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Fernando VII retratado por Goya
Fernando VII, efectivamente, fue un gran represor de la masonería, el Gran Verdugo, le llaman, pero, al tiempo, los incluía en sus gobiernos, como por ejemplo al duque de San Carlos, Macanaz, Góngora, Salazar, Eguía, San Miguel, Argüelles o Martínez de la Rosa. Una incongruencia más del monarca, pero que demuestra la imbricación de la masonería en la política del Estado. Así lo cree Díaz y Pérez cuando afirma que la Orden se puso al servicio del sistema liberal y mayormente desde la muerte del Rey en que todos los hombres que rodeaban a María Cristina y a la Reina niña, contaron con el trabajo de las logias como principal factor para la causa de la libertad.[6] Así ocurrió cuando la reina mandó avisar a sus partidarios liberales y al infante don Francisco de Paula ante la firma derogatoria de la Pragmática que dejaba a su hija sin el trono. El infante y sus hermanos lograron el destierro de Calomarde (el primer inductor del rey), el nombramiento de heredera del trono a favor de la futura Isabel II y la proclamación de Doña Cristina como Regente del Reino. Se abrieron las Universidades y se dictó un decreto de amnistía general, por el que regresaron algunos masones emigrados, (según afirma V. Guarner), si bien la lista se vio ampliada al reponerles en la posesión de sus bienes, derechos y honores, autorizándoles a ocupar cargos públicos. Todo ello permitió un reforzamiento del Partido Liberal, claramente trufado de masones.

Con el nombramiento de la princesa Isabel como heredera del trono de España, surgen las guerras carlistas se forma la Orden de los Libres Masones Españoles, una masonería altamente politizada que no tuvo reparo en declarar:”(…)la Orden de los Libres Masones tiene por objeto el ejercicio de perfeccionar el bien de la humanidad y obedecer bien y fielmente al legítimo Gobierno Constitucional de su Majestad Isabel II, al bien general de la Península[7] y al exterminio de la guerra civil contra los tiranos usurpadores.

El período 1833-1843, lejos de ser un período de persecución y clandestinidad sería de esplendor, pues caído Cea Bermúdez, casi todos los restantes jefes de Gobierno o ministros del período serán miembros de la institución. Se repiten nombres de los más conspicuos masones con habilidad suficiente para participar en todos o casi todos los gobiernos. Entre ellos, Juan Álvarez Mendizábal,quien en 1836 decretó la famosa desamortización que lleva su nombre por la que se suprimieron todas las órdenes religiosas que no tuvieran como fin la beneficencia, al tiempo que expropiaba sus bienes y los ponía en venta. Aunque lo propusieron como medida social, el proceso no tuvo efecto igualitario alguno, pues el método de subasta dirigía los bienes hacia unas pocas manos, las que disponían de capital. No se formó en España ninguna burguesía agraria, pues sólo la nobleza terrateniente se interesó por las grandes pujas. La reforma acrecentó el latifundismo en el sur y atomizó los minifundios del norte. Tampoco logró el flujo de capital deseado[8], pues el proceso de venta fue lento y el dinero llegó con cuentagotas[9]. Pero consiguió el fin que más les preocupa, atacar a la Iglesia. Poder y sociedad sólo pueden vivir en el respeto a las instituciones y observancia de las leyes”, afirmaba Nicomedes Pastor Díaz, si bien, la idea de “libertad bajo la ley” era todavía una quimera en España. En 1836 los progresistas, agrupados alrededor de Mendizábal, estaban muy lejos de aceptar el resultado de las urnas y alegando un posible pacto entre moderados y carlistas se dispusieron a romper el marco del Estatuto por la vía insurreccional. Y así, el 12 de agosto estallaba el célebre Motín de la Granja que obligó a la regente doña María Cristina a firmar un decreto restableciendo la Constitución de 1812.

Tras el motín, formó gobierno el masón don Manuel María de Calatrava, en el que desempeñaron cartera los también “hermanos” don Joaquín María López, don José Ramón Rodil, don Andrés García Camba y, de nuevo, don Juan Álvarez Mendizábal. Las Cortes constituyentes convocadas por este último Gobierno fueron presididas por el correligionario Gómez Becerra. Y obtuvieron escaño los también miembros de la secta, Argüelles, Alonso Cordero, Álvarez Gómez, Acuña, Alcalá Zamora, Ayguals de Izco, Aspiroz, Ballesteros, Beltrán de Lis, de los Cuetos, Cantero, Caballero, Cano Manuel, Espartero, Espoz y Mina, Ferros Montaos, Fernández del Pino, Fernández de los Ríos, Feliú y Miralles, Fernández Baeza, Ferrer, Flores Estrada, González Antonio, Gracia Blanco, Garrido, Martín de los Heros, Huelves, Infante, Llanos, Madoz, Matheu, Millan Alonso, Olózaga, Olleros, Padilla, Roda, Seoane, Salvato, San Miguel, Sancho, Vadillo y Vicens.

Aquellos acontecimientos significaron la ruptura definitiva del gran partido liberal español y la irrupción del juego sucio entre sus dos familias: moderada y exaltada. Ya no podía gobernarse con los principios abstractos de 1812, como querían los progresistas, ni con los restrictivos principios del Estatuto Real como querían los moderados. Era necesario encontrar un consenso básico entre los liberales para afrontar la guerra carlista y, sobre todo, la construcción del Estado y la administración.

El Real decreto de abril de 1834 se limita a amnistiar las actuaciones pasadas, pero sigue manteniendo prohibida la pertenencia a la Masonería, bajo penas de prisión, destierro e inhabilitación para el ejercicio de cargos públicos. A pesar de ello y, en contra de la opinión de Ferrer Binimeli que reitera una y otra vez que nunca actuaron en política, durante la regencia de la “reina gobernadora” formó Gobierno, como presidente, el ya mencionado masón Martínez de la Rosa, figurando al frente de respectivas carteras ministeriales los también compañeros Garelly, Burgos, Zarco del Valle y Vázquez Figueroa, lo que facilitó la disminución de la presión policial. De entre los miembros de la Francmasonería española en aquellos años, destacan los generales: Espoz y Mina, Porlier, Lacy, Miláns, Álava, Van Halen, O’Donojú, Torrijos, O’Donnell, Santander, Zayas, Morillo, Moreda, Valdés y Martínez de San Martín. Los jefes y oficiales: don Ramón Latas, don Joaquín Vidal, don Ignacio López Pintos, don Eusebio Polo, don Patricio Domínguez, don Facundo Infante, don Antonio Quiroga, don Felipe Azo, don Juan Sánchez, don Ramón -Álvarez, don Francisco Merlo, don Cipriano Lafuente, don Tomás Murciano, don Laureano Félix, don José Ortega, don Joaquín Jacques, don Juan Antonio Caballero, don Ramón Maestre, don Francisco Vituri, don Vicente Llorca, y don José Ramonet.

Y, de entre los civiles, además de los indicados anteriormente destacaron don Vicente Cano Manuel, presidente de las Cortes y su hermano don Antonio Cano Manuel, ministro de Gracia y Justicia; don Juan Álvarez Guerra, varias veces diputado y senador y Ministro del Interior en 1835; don Álvaro Flórez Estrada, diputado que tomó parte activa en la revolución de 1820; el Marqués de Tolosa, activo fundador de Logias; don Antonio Romero Alpuente que llegaría a ser diputado en 1880; don Martín Batuecas activo luchador por las ideas republicanas; don Alfonso María de Barrantes, don Antonio Pérez de Tudela, que fuera Gran Comendador de la Orden; don Mateo Seoane, diputado en 1823 que votó a favor de la destitución de Fernando VII; don Juan Manuel Vadillo, varias veces diputado y senador; el célebre poeta don José de Espronceda, incansable activista a favor de la Masonería; don Bartolomé José Gallardo, que fuera bibliotecario de las Cortes de Cádiz, don Juan Hurtado, don José Alonso Partes, don Manuel Figueroa, don Pascual Navarro, don Antonio Oliveros, don Antonio Zarrazábal, don José Zorraquin, don Francisco Fernández Golfin, don Ramón Félix, don Juan Antonio Yandiola, don Sebastián Fernández Valera, don José María Montero, don Mamerto Landáburu, don Francisco Alvarez, don Francisco Lonjedo, don Gregorio Iglesias, don Domingo Badia (Alí Bey), don Claudio Francisco Grande, don Nicolás Paredes, don Tomás Francos, don Domingo Ortega, don Francisco Meseguer y don Francisco Fidalgo[10]. Muchos de ellos diputados o senadores en distintos gobiernos, reiteramos, participaron en política como exigían sus cargos, pero según las directrices de la Orden.

El resultado fue la Constitución de 1837 que diseñaba un régimen de “soberanía compartida”, un sistema constitucional y parlamentario perfectamente homologable con los más avanzados que en aquel momento se podían encontrar en Europa. Los progresistas coincidían en aquel momento con lo propugnado por los centristas de Istúriz en las abortadas Cortes de 1836: el texto constitucional reconocía la “soberanía popular”, incluía una declaración de derechos individuales, establecía la libertad de imprenta, la tolerancia religiosa, el poder judicial y la milicia nacional tal como querían los progresistas, pero incluía también principios moderados como el sistema bicameral, el veto del monarca y el derecho de disolución. Fue pues, la primera Constitución claramente consensuada por los dos principales partidos españoles.

Mientras tanto la guerra se inclina a favor de los carlistas. Además, en 1842 las tropas de Juan Van Halen en el gobierno de Espartero bombardearon Barcelona porque la ciudad se rebeló contra la política librecambista del gobierno que amenazaba al proteccionismo exigido por los industriales catalanes para mantener el monopolio de sus productos textiles en España. Las medidas liberales progresistas de Espartero, promovían la apertura de las fronteras españolas a los productos ingleses, competidores en aquel momento por calidad y precios de los fabricados en Cataluña. Las negociaciones librecambistas con Inglaterra concluyeron con el anuncio de un tratado comercial, ocasionando el desencanto e indignación de la Burguesía Catalana (la Junta Popular) y de las asociaciones de obreros que pedían la protección de la Industria Catalana en contra del resto de los españoles. El 8 de junio de 1843 se produjo otra insurrección de tropas contra el gobierno. El objetivo era conseguir la mayoría de edad de Isabel II y su coronación. En la lucha entre las distintas facciones o ramas masónicas se alza Prim quien ordena un segundo bombardeo de Barcelona. Se inició éste desde la Ciudadela y se lanzaron cerca de 3000 bombas durante los dos meses que duró el asedio.

La España isabelina se convirtió en la España de los pronunciamientos militares, cada uno provocaba un cambio constitucional, aunque no eran Constituciones civiles. Los notables de turno eran los que regían y de sus intereses, a veces contrapuestos según la logia, dependían los cambios,[11] el pueblo no tenía derecho a voto ni a instrucción pública. Esta situación inestable creaba constantemente revueltas, por lo que para garantizar el orden público se creó ese año la Guardia Civil. Los acontecimientos políticos llevaron a que la reina concediera en mayo de 1844, la jefatura del Gabinete a Narváez quien, además, se adjudicó la cartera de Guerra. Durante los dos años de su gobierno termina con Martín Zurbano y encarcela a Prim acusándolo de participar en un complot contra él, por el atentado sufrido en Madrid en la calle del Desengaño esquina a Luna ante la parroquia de San Martín. Ese día se trasladaba en berlina en compañía de su ayudante el comandante Baseti y don Salvador Bermúdez de Castro, duque de Ripalda y de Santa Lucía y marqués de Lema. El primero resultó muerto y el segundo, herido. Narváez resultó ileso. Al poco, fue depuesto y sustituido por otro masón, Istúriz.

Dos años después de estos sucesos, el 9 de noviembre de 1846, el papa Pío IX,continuando con la línea de sus predecesores, ̶ Clemente XII en 1738 (bula In eminenti) y Benedicto XIV en 1751 (bula Providas), ̶ promulga la nueva encíclica “Qui pluribus” contra la masonería, de la que conviene recordar algún párrafo:

“Sabemos, Venerables Hermanos que, en los tiempos calamitosos que vivimos, hombres unidos en perversa sociedad e imbuidos de malsana doctrina, cerrando sus oídos a la verdad, han desencadenado una guerra cruel y terrible contra todo lo católico, han esparcido y diseminado entre el pueblo toda la clase de errores, brotados de la falsía y de las tinieblas. Nos horroriza y nos duele en el alma considerar los monstruosos errores y los artificios varios que inventan para dañar; las insidias y maquinaciones con que estos enemigos de la luz, estos artífices astutos de la mentira se empeñan en apagar toda piedad, justicia y honestidad; en corromper las costumbres; en conculcar los derechos divinos y humanos, en perturbar la Religión católica y la sociedad civil, hasta, si pudieran arrancarlos de raíz”.

A partir de la publicación de este documento se produjo una reacción en España. Muchos masones emigraron, pero según afirma Sánchez Casado[12], “la regularidad del Supremo Consejo fue perfecta y sus trabajos se acomodaron a las vicisitudes de la época”, es decir, actuaron más solapadamente, pero las luchas entre las distintas líneas masónicas continuaron. Así, cuando por la amnistía de 1847 puede volver Espartero a España y es nombrado senador vitalicio, Narváez, muy irritado, entra en el Consejo de Ministros e implanta su dictadura que durará tres años con el breve paréntesis del gabinete relámpago de Cleonard. Mientras, triunfan los movimientos progresistas y revolucionarios en Francia, Prusia, Austria, Hungria y en los Estados Pontificios que darán unidad a Italia como estado.

El 28 de junio de 1854 se produjo “La Vicalvarada”[13] bajo las órdenes del general O´Donnell. Se inició como resultado del malestar de los militares conservadores, pero acabó convirtiéndose en un conjunto de reivindicaciones de tipo progresista. Esto trajo consigo de nuevo el regreso de Espartero al poder en coalición con O`Donnell. Durante el Bienio Progresista Cándido Nocedal fue un activo defensor del Partido Moderado que se encontraba en grave situación, y a él se atribuye haber podido mantener las filas del mismo organizadas frente a los movimientos de los progresistas y la aparición de la Unión Liberal de Leopoldo O’Donnell, con quien se enfrentó abiertamente, tanto en las Cortes como a través de la publicación satírica y neocatólica que fundó, El Padre Cobos. Tan ardiente defensa de la reacción le permitió ser nombrado ministro de Gobernación en 1856 tras la caída del Bienio. Después, y aprovechando la holgada mayoría parlamentaria conservadora de las elecciones generales que había organizado desde el Ministerio, impulsó la derogación de distintas leyes progresistas del periodo anterior, aprobando una Ley de Imprenta que es considerada la más restrictiva del periodo del reinado de Isabel II. A pesar de que los esfuerzos de O’Donnell por ganarse a los moderados a la causa de la Unión Liberal tuvieron éxito en muchos casos, Cándido Nocedal, líder de los neocatólicos, defendió la tradición contra la revolución, se resistió incluso a la oferta de presidir el Congreso de los Diputados y ser embajador en Roma (1867). Puso especial empeño en despertar la conciencia nacional católica a través de los periódicos La Estrella y La Constancia, desde donde manifestaba su intención de detener a las fuerzas revolucionarias que amenazaban España.

De nuevo la rama radical de los masones protesta y agita a estudiantes y obreros contra el Gobierno. Se producen duros enfrentamientos en lo que se conoce como la noche de San Daniel[14] (1865) al cargar la Guardia Civil, apoyada por unidades de Infantería y de Caballería, contra la muchedumbre; el enfrentamiento se saldó con el triste balance de 14 muertos, 193 heridos y 66 fusilados. Destituido O’Donnell, se traslada a Biarritz por problemas de salud donde falleció el 5 de noviembre de 1867, especulándose sobre su posible envenenamiento. Años después también surgirán sospechas sobre la explicación del asesinato de Prim. En ambos casos se señala como culpables a los masones del grupo contrario.

A principios de 1866 estalló la primera crisis financiera de la historia del capitalismo español. Aunque estuvo precedida de la crisis de la industria textil catalana, cuyos primeros síntomas aparecieron en 1862 a consecuencia de la escasez de algodón provocada por la Guerra de Secesión norteamericana, el detonante de esta crisis de 1866 fueron las pérdidas sufridas por las compañías ferroviarias, que arrastraron con ellas a bancos y sociedades de crédito. Las primeras quiebras de sociedades de crédito vinculadas a las compañías ferroviarias se produjeron en 1864, pero fue en mayo de 1866 cuando la crisis alcanzó a dos importantes sociedades de crédito de Barcelona, la Catalana General de Crédito y el Crédito Mobiliario Barcelonés, lo que desató una oleada de pánico. A la crisis financiera de 1866 se sumó una grave crisis de subsistencias en 1867 y 1868 motivada por las malas cosechas de esos años. Los afectados no fueron los hombres de negocios o los políticos, como en la crisis financiera, sino las clases populares debido a la escasez y carestía de productos básicos como el pan. Se desataron motines populares en varias ciudades, en Sevilla, por ejemplo, donde el trigo llegó a multiplicar por seis su precio, o en Granada, al grito de “pan a ocho [reales]”. La crisis de subsistencias se vio agravada por el crecimiento del paro provocado por la crisis económica desencadenada por la crisis financiera, que afectó sobre todo a dos de los sectores que más trabajo proporcionaban, las obras públicas —incluidos los ferrocarriles— y la construcción. La coincidencia de ambas crisis, la financiera y la de subsistencias, creaba unas condiciones sociales explosivas que daban argumentos a los sectores populares para incorporarse a la lucha contra el régimen isabelino.

La desaparición de O`Donnell permitió a los unionistas iniciar una convergencia con progresistas y moderados, que culminará en El Pacto de Ostende, que recibe su nombre por el de la ciudad de Bélgica donde se firmó el 16 de agosto de 1866. Fue una iniciativa del general progresista Juan Prim con el objetivo de derribar la Monarquía de Isabel II. La Unión Liberal aceptaba la entrada en un nuevo proceso constituyente y en la búsqueda de una nueva dinastía, la soberanía única de la nación y el sufragio universal. La respuesta de Narváez fue acentuar su política autoritaria. Las Cortes cerradas en julio de 1866 fueron disueltas y se convocaron nuevas elecciones para principios de 1867. La “influencia moral” del gobierno dio una mayoría tan aplastante a los diputados ministeriales que la Unión Liberal, lo más parecido a una oposición parlamentaria, quedó reducida a cuatro diputados. Además en el nuevo reglamento de las Cortes aprobado en junio de 1867, tres meses después de haber sido abiertas, se suprimió el voto de censura, reduciendo así sensiblemente su capacidad para controlar al gobierno. El 23 de abril de 1868 falleció el general Narváez dando paso al clima de conspiración contra el reinado de Isabel II que desembocará en la revolución de 1868.

[1] Se trata de fue una conspiración política que se produjo durante el reinado de Carlos IV. Fue llamada así porque fue descubierta el 3 de febrero de 1796, día de San Blas. Estaba encabezada por el ilustrado mallorquín Juan Picornell —cuyas preocupaciones hasta entonces se habían centrado en la renovación pedagógica y en el fomento de la educación pública— y los conjurados trataban de dar un golpe de estado apoyado por las clases populares madrileñas para «salvar a la Patria de la entera ruina que la amenaza». Tras el triunfo del golpe se habría formado una Junta Suprema, que actuaría como gobierno provisional en representación del pueblo, y tras la elaboración de una Constitución se habrían celebrado elecciones, sin que estuviera claro si los conjurados se decantaban por la Monarquía constitucional o por la República, aunque sí sabían que la divisa del nuevo régimen sería libertad, igualdad y abundancia. Picornell y los otros tres detenidos fueron condenados a morir en la horca, pero la pena fue conmutada por la de cadena perpetua que debían cumplir en la prisión de La Guaira en Venezuela, de donde consiguieron escapar de allí el 3 de junio de 1797, colaborando a partir de entonces con los criollos partidarios de la independencia de las colonias españolas de América.
[2] Esta logia tuvo que retirar de su nombre la palabra Constitucional como consecuencia de la represión ejercida por Fernando VII. SÁNCHEZ CASADO, GALO:”Los altos grados de la masonería” p 183
[3] Después del retorno de Fernando VII a España, el 12 de abril de 1814, 69 diputados partidarios del Antiguo Régimen dirigieron al rey un manifiesto, con el propósito de que el monarca aboliera la Constitución del 1812. El objetivo era justificar un golpe de Estado del propio Monarca, Fernando VII para reinstaurar el Absolutismo del Antiguo Régimen. Efectivamente, Fernando VII utilizó el Manifiesto de los Persas como base para llevar a cabo la restauración del absolutismo. El nombre del manifiesto se debe a su encabezamiento: “Es costumbre de los persas...”.
[4] SÁNCHEZ CASADO, GALO:”Los altos grados de la masonería” p 184
[5] [5] SÁNCHEZ CASADO, GALO:”Los altos grados de la masonería” p 195
[6] SÁNCHEZ CASADO, GALO:”Los altos grados de la masonería” p 184
[7] Es necesario aclarar que esta Orden tenía gran vinculación con el Gran Oriente Lusitano.
[8] Para subsanarlo, veinte años después, Madoz, realizará una nueva desamortización con el mismo resultado.
[9] Los miembros de la familia Rotschild (James, Nathan y su hijo Lionel, etc.) judíos y masones, lograron, al parecer no muy limpiamente, la explotación de las minas de mercurio de Almadén (que les reportaba entre 1,5 y 2 millones de francos anuales de 1835, por el apoyo fraternal de Toreno y Mendizábal) y de las que España NUNCA percibió ganancias.
[10] RESPETABLE LOGIA SIMBÓLICA MORIÁ Nº 143:”La Masonería en España”
[11] Recordemos la pertenencia de los mismos a la Masonería, pero dentro de ella existían logias supeditadas a diferentes obediencias.
[12] Galo Sánchez Casado nació en 1949. Sociólogo, periodista, publicitario y viajero incansable, iniciado en la masonería en 1986 en la logia San Juan de Catalunya, n.º 1 de la GLdE, ha sido oficial en varias ocasiones de la Gran Logia de España. Aunque apasionado del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, esto no le ha impendido conocer otros ritos, por lo que es grado 33.º del REAA, Mark Mason y Royal Arch Mason, además de pertenecer al rito de Emulación y Schroëder o haber trabajado en el rito de York o Escocés Rectificado. Actualmente como grado 33.º, está dedicado al Supremo Consejo del REAA para España, del que es oficial y miembro de la Comisión Rectora, Delegado de Comunicación, Director de la Revista Zenit y Delegado para Cataluña.
[13] La Vicalvarada fue un pronunciamiento de militares “progresistas” (en su mayoría compuesto por masones radicales), dirigido por los generales Leopoldo O´Donnell y Domingo Dulce contra el gobierno moderado. Consecuencia del golpe de estado finaliza la década moderada los progresistas se hacen con el poder (1854-1856), lo que se denomina el bienio progresista. El levantamiento ocurrió el 28 de junio de 1854, las tropas de los sublevados se enfrentan a las del gobierno en Vicálvaro (entonces pueblo, hoy incorporado a Madrid). Con el triunfo revolucionario, Espartero, también liberal progresista, es nombrado Presidente del Consejo de Ministros y O’Donnell ocupa la cartera de Guerra.
Este pronunciamiento dio lugar durante varios días a una verdadera revolución en Madrid con resultados muy relevantes en personas y edificios. Los revolucionarios asaltaron las casas de los nobles y de los Ministros del Gobierno. Importantes fueron los daños causados en la Puerta del Sol y en los palacios del marqués de Salamanca y de María Cristina, que fueron asaltados e incendiados. Igualmente fueron asaltadas la casa del Ministro de Fomento, en la calle Prado con León y la del Ministro de Hacienda. Las barricadas se vieron por la zona de la Puerta del Sol, produciéndose numerosos daños y asesinatos. Destacado fue el linchamiento y maltrato público del jefe de la policía que acabó su vida siendo fusilado en la Plaza de la Cebada.
[14] El motivo fue la decisión del Gobierno de España de enajenar una parte del Patrimonio Real para hacer frente a la delicada situación que atravesaba la Hacienda Pública. Este hecho motivó la repulsa de un sector de la población que era contrario a que se hiciera entrega del 25% a la Reina Isabel II. Don Emilio Castelar, catedrático de Historia en la Universidad Central, se puso al frente de aquel movimiento publicando varios artículos contrarios a la usurpación de los bienes del pueblo para favorecer, en cierta medida, a la Monarquía. Por aquella época, los catedráticos tenían vetado cualquier posicionamiento cercano al “krausismo”, que defendía la libertad de cátedra y la tolerancia académica. Asimismo, les estaba prohibido emitir opiniones contrarias al «Concordato de 1851», que había puesto fin a la desamortización de los bienes eclesiásticos lo que había disgustado profundamente a los masones anticlericales. Como consecuencia de todo ello, el Gobierno presionó al Rector, don Juan Manuel Montalbán, para que destituyera a Castelar pero, su negativa a tomar esta medida, motivó el cese de ambos y la dimisión de otros catedráticos en solidaridad con sus compañeros. En la fecha en que tomaba posesión el nuevo Rector, los estudiantes se echaron a la calle arropados por obreros, intelectuales y miembros de diversos partidos políticos. Al caer la noche del 10 de abril, los manifestantes se concentraron en la Puerta del Sol para dar una serenata de apoyo a Montalbán, que había sido prohibida con anterioridad por el Ministro de la Gobernación.
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martes, 9 de abril de 2019

Víctimas de la GUERRA Civil, CRUZADA de Liberación del Comunismo y la Masonería. WIKIPEDIA al servicio de la Ley de "MEMORIA HISTÓRICA": 114.000 republicanos desaparecidos y 50.000 ejecutados en la posguerra. Pío Moa: 22.000 sentencias de muerte en juicio a chekistas y asesinos complicados en crímenes terribles, la mitad conmutadas por FRANCO. "La izquierda historiográfica y la necesidad de un genocidio" por Ángel David Martín Rubio

WIKIPEDIA al servicio de la Ley socialista
de "MEMORIA HISTÓRICA"
Santiago Clavijo
9-4-2019
Víctimas de la guerra civil española
La gran MENTIRA
50.000 republicanos ejecutados en posguerra
114.000 republicanos desaparecidos
De nuevo a vueltas 
con las”víctimas del franquismo”
8-abril-2014
Siempre se olvida que las personas ejecutadas fueron en su mayoría chekistas y asesinos complicados en crímenes terribles, y que habían sido abandonados por sus jefes políticos, los cuales huyeron al exterior llevándose enormes tesoros robados. En ningún caso se trataba de “honrados demócratas republicanos”, como se presentan.
El número de fusilados en la posguerra nunca se ha investigado debidamente. Ahora se ha abierto el archivo de las sentencias de muerte enviadas a Franco (debían serle enviadas obligatoriamente) para que diese el enterado o las conmutase por cadena perpetua. Según ese archivo, el número de sentencias de muerte entre 1939 y 1955 fue de 22.000 en números redondos, de las que aproximadamente la mitad fueron conmutadas.
Resultado de imagen de JOSE ANTONIO FUSILAMIENTO
un asesinato que algunos querrían enterrar en el olvido
Víctimas de la Guerra Civil
Ángel David Martín Rubio
31-julio-2015 
Con razón se ha dicho que la verdadera importancia de la Guerra Civil Española en la historia del siglo XX no es tanto geopolítica o estratégica como ideológica y cultural. Estos dos últimos conceptos resultan especialmente apropiados si los ensanchamos hasta poder considerar la guerra española de 1936 como un enfrentamiento entre dos concepciones del mundo: la occidental y cristiana y las nuevas formas del totalitarismo que, procedentes de la Unión Soviética, comenzaban por entonces a expandirse. El final de la Segunda Guerra Mundial dio paso al deterioro del gravoso acuerdo de las potencias occidentales con la Unión Soviética y, tras la reordenación de las alianzas durante la Guerra Fría, España quedó definitivamente incorporada al mundo libre consolidándose así una trayectoria que se había iniciado en julio de 1936.

Esta circunstancia no podía dejar de tener su repercusión en las propias manifestaciones del conflicto y la honda brecha que se manifestó entre los españoles en los más diversos terrenos (religioso, político, social, de identidad nacional…) hace que, a las lógicas pérdidas humanas ocasionadas por las consecuencias directas e indirectas de las operaciones militares, se unieran, y en número muy elevado, las causadas en ambas retaguardias por las represalias, asesinatos y ejecuciones que se prolongaron durante los primeros años de la posguerra.

Pero un correcto análisis no puede olvidar que las muertes debidas a la represión se sitúan en un contexto bélico y que, incluso si les sumamos las ocasionadas como consecuencia de las operaciones militares, no son las únicas con trascendencia en el terreno demográfico pues el aumento de la mortalidad (por diversas causas) va acompañado de la disminución de la natalidad.

En efecto, en tiempo de guerra se muere más pero también hay menos nacimientos. Por otra parte, la sobremortalidad no afecta exclusivamente a quienes mueren habitualmente (en aquel momento ancianos y niños) sino a hombres jóvenes, no tanto a gente inactiva e infecunda cuanto a aquellos que se encuentran en edad óptima para el trabajo y la paternidad. Además, la guerra separa a los cónyuges, retrasa los matrimonios y hace abandonar sus tareas habituales a la población activa, situaciones que suelen prolongarse en la posguerra, especialmente para los derrotados. Por último -y esta enumeración no es exhaustiva- los avatares del frente originan unos desplazamientos de población cuya expresión máxima es el exilio definitivo.

Sin embargo, un sector de la historiografía que se caracteriza por su animadversión hacia los vencedores, se ha centrado exclusivamente en la violencia desencadenada en las retaguardias y en la posguerra insistiendo en que hay que reducir de manera muy notable las víctimas atribuidas al terror en zona republicana mientras que multiplican exponencialmente las causadas por sus oponentes, al tiempo que no otorgan valor a las cifras que se deducen a partir de las estadísticas oficiales.

El necesario final de un largo debate historiográfico
En varias ocasiones hemos calificado de “falso” el debate acerca de las víctimas de la Guerra Civil en el estado actual de la investigación. Y no porque no puedan existir discrepancias en torno a la mayor o menor exactitud de cada uno de los conceptos en que se descompone la cifra global o, sobre todo, acerca de las raíces históricas y manifestaciones de la violencia en cada una de las retaguardias o en la posguerra. Lo que cuestionamos, ante todo, es que el baile de cifras del que hemos dado apenas una impresión en el anterior apartado, y que no es sino la consecuencia de la carencia de rigor en el manejo de los datos por la izquierda historiográfica, podría llevar a la impresión equivocada de que todavía hoy no disponemos de una valoración fiable acerca de las pérdidas de población directa o indirectamente relacionadas con el conflicto que dividió a España en la década de los años treinta y cuarenta del pasado siglo.

Nada más lejos de la realidad. Si hoy podemos afirmar que estamos muy cerca de conocer los valores reales del total de víctimas causados por la represión, no se debe a otra cosa que a un largo proceso en el que la historia ha desplazado a las afirmaciones exageradas e interesadas de la propaganda y en el que los trabajos sucesivos han permitido llegar al actual estado de la cuestión. Las referencias básicas son una temprana investigación acerca de las repercusiones demográficas de la Guerra Civil del doctor Villar Salinas [1] y la obra del general Salas Larrazábal [2], el primero en abordar la mortalidad de la Guerra Civil con una base estadística sólida y en conseguir lo que se había propuesto: rescatar el tema de un terreno beligerante y devolverlo al campo de la investigación histórica. A pesar de sus limitaciones hay que hablar de un antes y un después del libro de Salas. Así, J. Díez Nicolás, basándose en las tasas de mortalidad de las defunciones inscritas, estimaba que entre 1936-1941 habían muerto violentamente unos 300.000 varones, cifra muy similar a la obtenida por Salas Larrazábal y a la que se deduce de las oficiales por causa de muerte [3].

En la valoración de estas cifras (en las que se incluye tanto a los caídos en acción de guerra como a los que fueron objetos de represalias en ambas retaguardias y en la inmediata posguerra), compartimos la opinión que las considera esencialmente correctas aunque no por ello dispensadas de análisis y de precisión pues, tanto las cifras utilizadas como las hipótesis acerca de los que hubieran sido valores normales (y que son las que permiten hacer cálculos de sobremortalidad), encierran necesariamente márgenes de error. Una oscilación, incluso de varios miles, no tiene mayor relevancia en una proyección demográfica sobre una población de veinte millones de personas aunque, naturalmente, una sola muerte violenta tenga un gran impacto desde el punto de vista humano. No olvidemos, además, que -calculando la natalidad que se hubiera producido de continuar la tendencia de 1926-1935 y deduciéndola de la natalidad real del período 1936-1945- pueden estimarse los “no-nacidos” en torno a los 550.000 [4]. Hay una coincidencia general en que a este capítulo se debe la mayor pérdida de población achacable a la Guerra:

«El demosistema español resultó más afectado por la reducción de los nacimientos que por el aumento de las defunciones. Los instrumentos básicos del análisis demográfico, las curvas de movimiento natural (natalidad, mortalidad, crecimiento natural) y las pirámides de edades detectan con mucha más claridad las anomalías relacionadas con lo primero (desnatalidad) que con lo segundo (sobremortalidad)» [5].

Únicamente la elaboración de un muestro suficientemente representativo de estudios de ámbito regional o provincial podría acabar de decidir esta cuestión. Lamentablemente en la mayoría de los publicados hasta ahora se observa cómo el prejuicio que acabamos de describir condiciona de tal manera el empleo de las fuentes que, o bien se basan en estimaciones, misteriosos informes y las exageraciones de la opinión pública, o cuando se presentan relaciones nominales elaboradas a partir del Registro Civil se atribuyen a la represión causada por los sublevados, numerosas víctimas que en realidad se deben a acción de guerra o se trata de caídos del bando nacional por lo que los balances finales de cifras no pueden aceptarse. Basta referirnos en esta línea a los trabajos elaborados por autores como Francisco Moreno, Julián Casanova y Francisco Espinosa para Córdoba, Aragón y Badajoz, respectivamente [6].

Los ejemplos que citamos a continuación ―y otros que pudieran aducirse― son lo suficientemente significativos como para demostrar que estamos ante una manipulación consciente y, por tanto, para cuestionar recuentos globales basados en dichas cifras. Por el contrario, cuando estas investigaciones se han hecho con rigor se define una tendencia a confirmar las cifras de los registros oficiales: Miguel Ors (Alicante), Rafael Quirosa (Almería), Vicente Gabarda (región valenciana) y Juan Antonio Ramos Hitos (Málaga) y José María Solé y Juan Villarroya (Cataluña), entre otros [7].

Los estudios regionales y la distorsión de los datos
En el caso de Aragón, ya Carlos Engel llamaba la atención acerca del sistema empleado en el estudio promocionado por Julián Casanova para atribuir a la represión nacional víctimas debidas a otras causas:

«El sistema de Solé Sabaté y Joan Villarroya fue, y es, profusamente imitado, pero mientras algunos autores lo hicieron con éxito, en algunos casos, como en el estudio de la represión en Aragón “El pasado oculto”, de varios autores, se han llegado a contabilizar como fusilados por los nacionales los defensores de Codo y de Belchite, los heridos en acción de guerra y los muertos ¡por septicemia!» [8].

Llevando a cabo una exploración más detenida de las relaciones nominales que aparecen al final de la obra citada hemos podido comprobar cómo entre las que se presentan como víctimas de la represión nacional en la provincia de Teruel hay 65 que, con toda seguridad, perdieron la vida como consecuencia de la represión republicana o de operaciones militares y otras 105 presentan serias dudas. Esto supone reducir una relación nominal de 1030 a 860, porcentaje muy significativo (16,5%) si se tiene en cuenta que se trata de una segunda edición revisada. En el caso de Zaragoza capital, podemos comprobar lo que ocurre si aplicamos el mismo criterio a las muertes que se atribuyen al mes de julio; son un total de 113, de ellas no aparecen identificadas nominalmente 35, por lo que cabe pensar en la existencia de una contabilidad duplicada y 12 son en realidad nacionales fusilados o caídos en acción de guerra. En los meses siguientes se repiten casos semejantes y lo más curioso son 19 vecinos del Barrio de Santa Isabel que aparecen al mismo tiempo en esta presunta lista de represaliados por los nacionales y en una relación de Caídos de la provincia de Zaragoza entregado por la delegación provincial de Falange Española Tradicionalista a la Causa General [9]. Si a todo ello añadimos los republicanos que pueden aparecer en estas listas y que en realidad no fueron fusilados sino muertos en acción de guerra y que resultan difíciles de identificar a partir de otras fuentes, cabe poner un serio interrogante sobre las cifras atribuidas a la represión nacional en Aragón por el equipo dirigido por Casanova.

Para Andalucía y Extremadura, Francisco Moreno Gómez y Francisco Espinosa Maestre, no son más escrupulosos a la hora de incrementar sus balances numéricos. El primero de ellos suele basarse en cálculos, misteriosos informes, o en las exageraciones de lo que él llama la “opinión pública” para atribuir más de nueve mil muertos a la represión nacional en la provincia de Córdoba [10] mientras que Espinosa mezcla las continuas invectivas y juicios peyorativos hacia cualquiera que no comparte sus radicales puntos de vista con unas listas en las que (como hemos demostrado cumplidamente en otro lugar [11]) se mezclan con las verdaderamente causadas por la represión nacional, muertos con anterioridad a la fecha en que se ocuparon las poblaciones, víctimas izquierdistas como las producidas en Azuaga y Monesterio durante los enfrentamientos sostenidos el 19 de julio entre los revolucionarios y fuerzas de orden público, bajas de bombardeos y explosiones, asesinados por los frentepopulistas, miembros del Ejército nacional muertos en acción de guerra, nombres repetidos con ligeras variantes y, por último, en localidades donde hubo combates de relieve, las muertes correspondientes al día de lucha se incluyen en su totalidad como si fueran a causa de la represión; esto nos llevaría al absurdo de tener que admitir que no fue inscrita ninguna baja ocasionada en acción de guerra… Basta citar el caso de Juan Blanco Platón, una de las víctimas de la represión que añade Espinosa Maestre para incrementar las cifras de la capital [12] aunque un Edicto del Juez de Instrucción de Badajoz permite comprobar que falleció «a consecuencia de las lesiones que se originó al caerse de un carro» y por eso se cita a sus más próximos familiares «al objeto de prestar declaración y ofrecerles el procedimiento de dicha causa». El hecho de que el carro de Juan Blanco colisionara con un camión del Ejército no es suficiente -a mi juicio- para considerarle una víctima de la represión franquista [13].

En la estela marcada por Espinosa, las instituciones públicas y privadas que promueven la llamada recuperación de la memoria histórica (entre ellas la Universidad, las Diputaciones de Badajoz y Cáceres y la propia Junta de Extremadura) hicieron públicos en diciembre de 2008 unos listados en los que se presentaba como víctimas de la represión franquista, entre otros muchos que no lo fueron, a un sacerdote fusilado por los milicianos en Badajoz, a una mujer asesinada por unos bandoleros en Monterrubio de la Serena, a un combatiente voluntario en las banderas de Falange o al citado Juan Blanco Platón.

Javier Rodrigo ha tratado de sustentar tesis muy similares a las que venimos exponiendo sobre afirmaciones de este género:

«Cuando señalaba que «la represión republicana causó menos víctimas en números absolutos pero la cifra fue, proporcionalmente, mayor que la de la represión nacional [sic]». Martín Rubio defiende esa idea señalando que paulatinamente los territorios republicanos fueron menores con las conquistas territoriales franquistas, lo que incrementaría el porcentaje de víctimas en relación con la población total. Pero no tiene en cuenta que la gran mayoría de las muertes ocurrieron en los primeros meses de conflicto, antes de las grandes conquistas territoriales. Otro argumento, por otra parte, que descalifica sus conclusiones radica en que mientras da por buenas las cifras aportadas por las investigaciones regionales (como en los casos de Huesca o Teruel), a la hora de contrastar las cifras de muertos con los totales de población utiliza las del Instituto Nacional de Estadística aportadas por Salas Larrazábal, lo que evidentemente reduce los índices de incidencia de la represión, al ser estas considerablemente menores» [14].

Apenas vamos a perder tiempo en demostrar la afirmación que hicimos en 1997 y que Rodrigo transcribe porque basta con ver un mapa con la división de las dos zonas en los primeros momentos de la guerra para constatar que hubo una buena serie de provincias que no llegaron a ser ocupadas por los revolucionarios en 1936, que su dominio sobre otras fue transitorio y parcial geográficamente y que, por tanto, un importante porcentaje de la población española no pudo ser objeto de las prácticas violentas que los frentepopulistas habían declarado con toda franqueza que iban a aplicar sobre los disidentes como habían ensayado de manera anticipada y frustrada en la Revolución de octubre de 1934. Como, por otro lado, las victorias del llamado Ejército Popular fueron escasas, en pocos lugares pudieron ser aplicados los criterios de depuración y terror de que dicho ejército dio cumplida cuenta en las pocas ocasiones que pudo hacerlo.
Ya en un libro editado con anterioridad, Rodrigo explicita la argumentación que se esconde detrás de esta presunta objeción [15] por eso nos vamos a detener en las cifras que aduce para sostener su tesis. Esto me parece importante, sobre todo, porque me reprocha —creo que de manera injustificada— haber dado crédito excesivo a las cifras aportadas por las investigaciones regionales, citando el caso de Teruel, del que diremos algo más adelante. Estas son algunas de sus referencias numéricas:

«Sobre la falsedad de la violencia sublevada como reacción a la revolucionaria cabe citar casos como los de Guipúzcoa, una provincia donde la violencia antes de la ocupación militar en septiembre de 1936 había acabado con la vida de 343 personas, y que fue después «liberada» a sangre y fuego y «purgada» por la notable presencia política del nacionalismo católico. Hasta 6.000 personas, entre ellos casi 200 sacerdotes, cayeron bajo las balas ocupantes. Y asimismo, cabe citar el caso de Huelva, donde la hidra de la revolución acabó con 145 personas y la supuesta violencia reactiva se llevó por delante a 5.455 en toda la provincia. O el de Cáceres, una provincia donde las cifras son de 130 muertos a manos revolucionarias y 1.680 a manos contrarrevolucionarias» [16].

Argumentaciones semejantes se hacen a partir de datos atribuidos a otras provincias pero basta lo dicho para comprobar la endeble base en que apoya Rodrigo sus elucubraciones. Ignoro dónde fundamenta las cifras que da para Guipúzcoa pero, desde luego superan de manera injustificada a las propuestas por el nada sospechoso Pedro Barruso, quien estima en torno a 500 las ejecuciones para la guerra y posguerra en dicha provincia [17]. Delirante la cifra de 200 sacerdotes que se atribuyen a las balas ocupantes cuando fueron 14 los ejecutados por sentencias de tribunales militares con posterioridad a la toma de Guipúzcoa y más de 60 los que cayeron en la zona de las provincias vascas controlada por el Frente Popular y los nacionalistas.

Las cifras de Huelva proceden de Espinosa, alguien cuyos métodos ya hemos apuntado, y la comparación entre las cifras de Cáceres roza el humor negro: únicamente un municipio de esta provincia (Alía) permaneció en zona frentepopulista desde el verano de 1936 al de 1938 y apenas unas decenas de pueblos del extremo oriental fueron ocupados transitoriamente en los primeros momentos por columnas revolucionarias por lo que cualquier comparación entre las cifras de ambas represiones carece de sentido.

En el caso de Aragón, basta lo que ya hemos puntualizado más arriba no sin precisar que para Rodrigo fueron exactamente 1.005 los arrojados a los pozos de Caudé, en las inmediaciones de la capital turolense, cifra equivalente a los documentados por el equipo de Casanova para el total de la provincia. Su fuente nos dispensa de cualquier comentario: «cifra hoy conocida debido a que un pastor de la zona contaba los tiros de gracia que se disparaban contra los asesinados» [18].

Otros autores recurren a atribuir a represalias “franquistas” las muertes que se produjeron en circunstancias relacionadas con el enfrentamiento militar. Con ello consiguen no solo inflar los datos sino provocar reacciones viscerales. Uno de los ejemplos de esa manera de proceder lo encontramos en un cuadernillo del que es autor Damián Alberto González Madrid [19], quien reiteraba argumentos semejantes en una obra coordinada por Francisco Alía Miranda (La guerra civil en Castilla – La Mancha, setenta años después; UCLM, 2007) con el título Violencia republicana y violencia franquista en La Mancha de Ciudad Real. Primeros papeles sobre los casos de Alcázar de San Juan y Campo de Criptana (1936-1943). Trabajo, este último, que estaba disponible en julio de 2011 desde la web de Izquierda Unida en Alcázar de San Juan.

En el caso del artículo que estamos comentando, lo que aparentemente sería un recuento de las víctimas causadas por ambos bandos, tarea laboriosa pero posible de llevar a cabo gracias a las inscripciones que se hicieron en el Registro Civil, se convierte en una arbitraria atribución de responsabilidades al bando vencedor. Nada falta en la escenografía diseñada por Damián Alberto González Madrid: represalias, crueldad, ahorcamientos… ¡hasta una “víctima del franquismo” de diez años!

«Los 27 asesinados en Alcázar se concentran mayoritariamente entre marzo y abril de 1939, aunque he podido documentar hasta 7 casos más entre 1941 y 1943. Respecto a los 20 asesinados poco antes o poco después del primero de abril de 1939, 16 fueron asesinados el 27 de marzo de 1939, la mayoría, doce, muy posiblemente ahorcados en la estación de ferrocarril. Entre ellos había tres mujeres, una niña de 10 años y otro de unos 15. De algunos conocemos su procedencia y todo indica que no eran vecinos de Alcázar, había dos de Andújar, dos de Linares, uno de Cañete de las Torres (Córdoba), otro de Antas (Almería), uno de Albendea (Cuenca) y otro de Cuenca. ¿Quién los mató? ¿Por qué los mataron? Todavía ando buscando quien recuerde algo, pero no cabe duda que se trató del primer acto de represalia franquista protagonizado bien por una vanguardia militar, bien por vecinos ansiosos de venganza».

El problema es que, pasiones ideológicas al margen, falla lo más importante: la realidad. González Madrid reconoce que no ha podido encontrar ningún documento ni testimonio que le permita identificar a las víctimas del 27 de marzo de 1939 con la causa de muerte que él les atribuye pero ello no le impide endosárselas a la “represión franquista”. Para eso “no cabe duda” [20].

Aparenta ignorar González Madrid dos cosas. Que el 27 de marzo, Alcázar de San Juan todavía no había sido ocupado por las tropas nacionales, por lo que mal se les pueden atribuir estas bajas y, sobre todo, que existe un documento en el que se alude a estas muertes que fueron causadas en circunstancias muy diversas a las que su fantasía le permite aventurar. Nos referimos a un informe, fechado en Alcázar de San Juan en 1943, redactado por alguien que debió conocer bien los sucesos y conservado en el Archivo Histórico Nacional y en el que se puede corroborar que los presuntos “ahorcados” no son sino algunas víctimas por asfixia debido a la aglomeración que se produjo en algunos refugios antiaéreos. Menos asumibles aún resultan las conclusiones que el autor establece a la hora de interpretar la violencia desencadenada por ambos bandos en las poblaciones objeto de estudio.

Denunciado el fraude en un artículo publicado por el Foro Historia en Libertad, Damián Alberto González Madrid publicó una versión rectificada de su trabajo, gesto que le honra aunque hubiera sido de agradecer una cita expresa de las “nuevas informaciones” a las que el autor reconoce haber “tenido acceso”.

La necesidad de un genocidio
El recurso a casos que provocan fácilmente el rechazo —como sería el de una niña de diez años ahorcada por los vencedores— demuestra la necesidad que tiene la izquierda de situar la violencia desencadenada en la Guerra Civil en el terreno de un genocidio, concepto meta-histórico, de carácter moralizante que hace innecesario pasar a otro debate. Un presunto holocausto, un genocidio provocado por los vencedores de la Guerra Civil serviría para descalificarlos sin paliativos, mecanismo paralelo al que pretende conectar a la España actual con la auto-proclamada legitimidad republicana.

El camino para alcanzar este objetivo pasa por reavivar artificialmente la polémica sobre el número de víctimas pretendiendo demostrar mediante la abultada disparidad de las cifras debidas a la represión en los dos bandos que el Gobierno republicano se habría visto desbordado por la actividad de grupos incontrolados mientras que en zona nacional eran las propias autoridades quienes dirigían una acción represiva que adquirió caracteres de exterminio. La conclusión, expresada por Reig Tapia para el caso de Badajoz, se impondría por sí misma:

«sangre inocente, ríos de sangre ―en el sentido literal de la expresión― absurdos e inútiles, que empañan todo pretendido idealismo, que enlodan la más sagrada de las causas» [21].

Naturalmente, nunca se concreta el caudal de sangre que necesitan estos autores para sacar semejante conclusión de la derramada por el Frente Popular entre sus adversarios. Como señalaba García Escudero:

«Que yo sepa, niuno solo de los partidarios de la causa republicana que deploraron sus excesos, por muy sinceramente que lo hicieran (y no lo pongo en duda ni por un momento), no la negaron por eso justificación. Ni se les pasó por la cabeza hacerlo ¿Es mucho pedir que sean consecuentes consigo mismos cuando consideran la posición del bando contrario?» [22].

Ahora bien, la importancia del debate acerca de las cifras de la represión es muy relativa. En primer lugar porque inflar unas listas con algunos centenares de víctimas puede demostrar la mayor o menor profesionalidad de quien lo hace, según se trate de una voluntad deliberada de manipulación o de una falta de pericia en el manejo de las fuentes pero, sobre todo, porque la cuestión cuantitativa tiene una importancia relativa y deja intacta la necesidad de llegar a una explicación de aquella tragedia. Nadie puede minimizar lo que supuso la violencia desencadenada con ocasión de la Guerra Civil española. En la zona sublevada y en la controlada por el Frente Popular, varios miles de personas fusiladas como consecuencia de la aplicación de los bandos de guerra y de los procesos judiciales que se iniciaron desde fechas muy tempranas, así como manifestaciones de una represión irregular que se mantuvo hasta fechas muy avanzadas son datos suficientemente expresivos como para plantear con toda seriedad la cuestión.

Menos lícito aún resulta minimizar lo ocurrido en la retaguardia roja porque como afirma alguien «la izquierda carecía de proyecto represivo» [23]. Esto es silenciar los elementos más básicos de las ideologías marxista y anarquista cuya teoría y práctica histórica han ido acompañadas de la eliminación de los discrepantes, aunque fueran los propios anarquistas o comunistas reacios a aceptar el predominio soviético. Con toda claridad había advertido de estos propósitos el diputado comunista Antonio Mije en un mitin que tuvo lugar en Badajoz en mayo de 1936:

«Yo supongo que el corazón de la burguesía de Badajoz no palpitará normalmente desde esta mañana al ver cómo desfilan por las calles con el puño en alto las milicias uniformadas; al ver cómo desfilaban esta mañana millares y millares de jóvenes obreros y campesinos, que son los hombres del futuro Ejército Rojo [...]. Este acto es una demostración de fuerza, es una demostración de energía, es una demostración de disciplina de las masas obreras y campesinas encuadradas en los partidos marxistas, que se preparan para muy pronto terminar con esa gente que todavía sigue en España dominando de forma cruel y explotadora»[24].

Para no tener proyecto represivo, las anteriores palabras recogidas en la prensa socialista parecen bastante explícitas y adquieren un sentido trágico a la luz de lo que venía ocurriendo en España desde 1931. Naturalmente que los burgueses de Badajoz, y de tantos otros lugares, podían haberse cruzado de brazos para dejar a los encuadrados en los partidos y sindicatos de izquierda que terminaran con ellos pero, afortunadamente, no lo hicieron así. Esto es lo que tiene que explicar un historiador: que fueron las izquierdas quienes destruyeron la legalidad republicana, propiciando con ello el terror que se habría de desencadenar a partir de 1936. Proceso que trabajos como los de Pío Moa y Stanley G. Payne [25] han documentado con toda claridad.

Memoria histórica y segunda transición
Entendemos por memoria histórica una ideología que, aplicada al conocimiento del pasado, promueve su utilización al servicio de un proyecto presente de “ingeniería social”, de revolución de las mentalidades y la ética social para conseguir lo que Gramsci llamó “hegemonía cultural” [26].

Se suele decir que la imposición de la Memoria Histórica, significa la ruptura del consenso que se produjo en los años de la Transición y, en última instancia, representa una puesta en cuestión de la propia legitimidad de dicho proceso. Pero no es menos cierto que esta tendencia se inició a finales de los setenta y comienzo de los ochenta por lo que no puede hablarse de un cambio sino de la natural aceleración de un proceso degenerativo.

El paso del Estado de las Leyes Fundamentales al de la Constitución de 1978 se hizo mediante el pacto y la negociación entre los elementos procedentes del Régimen saliente y la oposición rupturista, pero —a pesar de la absoluta incapacidad de estos últimos para imponer sus planteamientos— dicho acuerdo consistió en una cesión práctica por parte de los primeros en todos aquellos terrenos que habían sido materia de conflicto en los años anteriores a cambio de la conservación de algún residuo institucional. Buena prueba de ello fue la renuncia a la confesionalidad católica, a la estructura unitaria del Estado y a las formas alternativas de representación política y sindical que se habían ensayado con anterioridad [27]. Dicho de otra manera, el consenso constitucional consistió en ceder a muchas de las pretensiones de la izquierda y del regionalismo político gravando a la naciente situación con una hipoteca cuyas últimas consecuencias estamos pagando hoy a un precio muy alto.

La “primera transición” desembocó en la restauración de las formas políticas liberales en paralelo a un proceso de desmembración de la unidad de España y de imposición de una cultura dominante de naturaleza esencialmente anticristiana. Desde 2004, cuando el terrorismo logró invertir la política interna y externa de España, se inició una “segunda transición” que tiene como objetivo consumar la ruptura que no fue posible en 1976 convirtiendo al sistema parlamentario en fase temporal hacia una nueva sociedad fácilmente reconocible en aquellos lugares donde ya se han aplicado las consignas del neo-socialismo de inspiración gramsciana.

Al servicio de este proyecto, la versión hoy dominante acerca de la España contemporánea es una auténtica falsificación historiográfica sostenida con millones de euros que sostienen a toda una casta de verdaderos “lisenkos” y respaldada por el aparato pseudo-jurídico de la llamada Ley de Memoria Histórica. Porque la historia se puede concebir como ciencia al servicio de la paz, la concordia y el diálogo o utilizarla al servicio de sus intereses, como viene haciendo en España la oligarquía política.

Quienes actúan así saben que no hay libertad posible cuando el pasado se pone bajo la tutela y la férula de jueces y legisladores que escenifican un fantasmal proceso a los protagonistas del pasado, un juicio sin defensores ni atenuantes, un juicio en el que solo habría acusadores movidos por sus propios rencores, complejos e intereses.

Conocer para explicar y explicar para comprender es la única actitud legítima frente a los hechos históricos en una sociedad madura. Porque no tenemos acceso al pasado con el ejercicio siempre subjetivo y parcial de la memoria sino por obra de la inteligencia. En cuanto disciplina con un peculiar estatuto científico, la Historia no es un simple recuerdo del pasado, es una interpretación o reconstrucción de las huellas que permanecen en el presente.

Por eso, dar respuesta a la memoria histórica se convierte en un alto deber moral porque solo cuando España logre volver a ser dueña de su presente habrá vencido también a los secuestradores de su historia y de su pasado.

Bibliografía: 
[1] Jesús VILLAR SALINAS, Repercusiones demográficas de la última guerra civil española. Problemas que plantean y soluciones posibles, Madrid: Sobrinos de la Suc.de M.Minuesa de los Ríos, 1942.
[2] Ramón SALAS LARRAZÁBAL, Pérdidas de la guerra, Barcelona: Planeta, 1977.
[3] Cfr. Juan DIEZ NICOLÁS, La mortalidad en la guerra civil española, Boletín de la Asociación de Demografía Histórica 1 (1985) 41-55.
[4] Recordemos las cifras propuestas por Villar Salinas (516.602) el Instituto Nacional de Estadística en el Anuario de 1943 (436.328) y Salas Larrazábal (557.182).
[5] Tomás VIDAL BENDITO – Joaquín RECAÑO, Demografía y guerra civil, en La Guerra Civil. 14. Sociedad y guerra, Historia 16, Madrid, s.a., 68. Sobre el reparto de las diversas causas de muertes relacionadas con el período de la Segunda República, la Guerra Civil y la posguerra cfr. Ángel David MARTÍN RUBIO, Las pérdidas humanas en la Guerra Civil: el necesario final de un largo debate historiográfico en Alfonso BULLÓN DE MENDOZA – Luis Eugenio TOGORES (Coords.), La República y la Guerra Civil. Setenta años después, Madrid: Actas Editorial, 2008, 133-169.
[6] Francisco MORENO GÓMEZ, La guerra civil en Córdoba, Madrid: Alpuerto, S.A., 1985; Julián CASANOVA (et all.), El pasado oculto. Fascismo y violencia en Aragón, Madrid: Siglo XXI, 1992 y Francisco ESPINOSA MAESTRE, La columna de la muerte (El avance del ejército franquista de Sevilla a Badajoz), Barcelona: Crítica, 2003. Una síntesis de estos planteamientos en: Santos JULIÁ (coord.), Víctimas de la guerra civil, Madrid: Temas de Hoy, 1999. Hay ediciones posteriores, la última: Temas de Hoy, Madrid, 2006. Además del coordinador colaboraron en esta obra Julián Casanova, José María Solé y Sabaté, Juan Villarroya y Francisco Moreno.
[7] Josep M. SOLÉ I SABATÉ, La repressió franquista a Catalunya (1938-53), Barcelona: Edicions 62, S.A., 1985; Josep M. SOLE I SABATE – Joan VILLARROYA I FONT, La repressió a la retaguarda de Catalunya 1936-1939 (2 vols.), Barcelona: Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 1989-1990; Vicente GABARDA CEBELLÁN, Els afusellaments al País Valenciá (1938-1956),Valencia: Edicions Alfons el Magnànim, 1993; Miguel ORS MONTENEGRO, La represión de guerra y posguerra en Alicante (1936-1945), Alicante: Instituto de Cultura Juan Gil Albert, 1995; Rafael QUIROSA-CHEYROUZE, Represión en la retaguardia republicana. Almería, 1936-1939, Almería: Librería Universitaria, 1997; Vicente GABARDA CEBELLÁN, La represión en la retaguardia republicana. País Valenciano, 1936-1939, Valencia: Edicions Alfons el Magnànim, 1996; Juan A. RAMOS HITOS, Guerra civil en Málaga. 1936-1937. Revisión histórica, Editorial Algazara: Málaga, 2003.
[8] Carlos ENGEL, Sesenta años, ríos de tinta, Historia y Vida 373 (1999) 49.
[9] Archivo Histórico Nacional, Causa General, Leg.1023(1).
[10] Sin pretender por ello restar dramatismo a lo ocurrido en Córdoba, el investigador Patricio Hidalgo Luque ha comprobado que se encuentran en el libro de Moreno Gómez fusilados que no son tales sino víctimas de bombardeos, heridos por los frentepopulistas en los pueblos de la provincia y muertos en los hospitales de la capital y otra serie de personas, en fin, muertas por diversas causas y que figuran en los libros de registro como “judiciales”. Por otra parte, las duplicidades en las inscripciones de las víctimas dificultan el cómputo de éstas cuando se quiere hacer a un nivel superior al meramente local. Cfr. Patricio HIDALGO LUQUE, Los bombardeos aéreos republicanos sobre la retaguardia nacional durante la Guerra Civil española: aproximación al caso de Córdoba (Comunicaciones), Madrid: Actas Editorial, 2008, 1163-1179. en Alfonso BULLÓN DE MENDOZA – Luis Eugenio TOGORES (Coords.), La República y la Guerra Civil. Setenta años después
[11] Cfr. Ángel David MARTÍN RUBIO, Los enredos de la memoria histórica, Razón Española 138 (2006) 101-113.
[12] Cfr. Francisco ESPINOSA MAESTRE, La columna, ob.cit., 347.
[13] Cfr. Boletín Oficial de la Provincia de Badajoz, 3-noviembre-1936.
[14] Javier RODRIGO, “España era una Patria enferma. La violencia de la Guerra Civil y su legitimación en la extrema derecha española: entre historia, representación y revisionismo“, Jerónimo Zurita 84 (2009) 210-211. Para la cita de mi afirmación cfr. Ángel David MARTÍN RUBIO, Paz, piedad, perdón… y verdad, Madridejos: Fénix, 1997, 374-377.
[15] Cfr. Javier RODRIGO, Hasta la raíz. Violencia durante la guerra civil y la dictadura franquista, Madrid: Alianza Editorial, 2008. 42-49)
[16] Javier RODRIGO, Hasta la raíz, ob. cit., 44. El dato de Cáceres y Huelva se repite en la página 71.
[17] Pedro BARRUSO, Violencia política y represión en Guipúzcoa durante la Guerra Civil y el primer franquismo (1936-1945), San Sebastian: Hiria, 2005.
[18] RODRIGO, Javier, Hasta la raíz, ob. cit., 73.
[19] GONZÁLEZ MADRID, Damián Alberto, Violencia y Guerra Civil en la comarca de Alcázar de San Juan (1936-1943), Patronato Municipal de Cultura, Alcázar de San Juan, 2007.
[20] En las provincias de Badajoz y Cáceres hemos documentado niños y niñas asesinados por frentepopulistas en localidades como Siruela, Granja de Torrehermosa y Carrascalejo de la Jara. No conocemos ningún caso equiparable en la retaguardia nacional ni en la posguerra.
[21] Alberto REIG TAPIA, Memoria de la Guerra Civil. Los mitos de la tribu, Madrid: Alianza Editorial, 1999. 110.
[22] José María GARCÍA ESCUDERO, Historia política de las dos Españas, Madrid: Editora Nacional, 1976, 1470.
[23] Francisco ESPINOSA MAESTRE, La columna de la muerte, ob.cit., 253. Increíble afirmación que deduce de las cifras obtenidas a partir de una selección de pueblos de la provincia de Badajoz en la que se ha eliminado aquellos en los que las matanzas de los revolucionarios provocaron un número más elevado de víctimas.
[24] Claridad, Madrid, 19-mayo-1936.
[25] Pío MOA, El derrumbe de la segunda república y la guerra civil, Madrid: Ediciones Encuentro, 2001 y Los mitos de la guerra civil, Madrid: La Esfera de los libros, 2014 (última edición actualizada); Stanley G. PAYNE, El colapso de la República (Los orígenes de la guerra civil 1933-1936), Madrid: La Esfera de los libros, 2005.
[26] Cfr. Víctor Miguel PÉREZ VELASCO, Pastoreando conciencias. El adoctrinamiento político en la Transición, Málaga: Editorial Sepha, 2013. A través de sus páginas pueden comprenderse los efectos de agresividad, exclusión y confrontación con los que la izquierda, hegemónica culturalmente hoy en España, impone las consecuencias de su adoctrinamiento ideológico e ingeniería social. Entre las técnicas usadas se cita la “reconstrucción” del pasado.
[27] Dichas fórmulas habían pretendido la superación teórico-práctica del socialismo y de la democracia liberal que ahora regresaban triunfantes. Esta concepción del régimen convivió con otra que lo entendía como un expediente transitorio, nacido de unas circunstancias excepcionales (cfr. Pío MOA, Franco (Un balance histórico), Barcelona: Planeta, 2005, 90 y 169-170). Coincido en que Franco sostenía la primera mientras que la segunda no explica la trayectoria del Nuevo Estado ni su continuidad institucional a la muerte del Caudillo. En el abandono de la primera posición en beneficio de la segunda me parece decisiva la evolución de los representantes oficiales de la Iglesia que tiene su expresión en los textos del Concilio Vaticano II y en la política eclesiástica que promovió su aplicación.

lunes, 8 de abril de 2019

Homosexualidad y Eutanasia. Obispo MUNILLA de San Sebastián en Sexto Continente: COF-Centro Orientación Familiar de Alcalá. Rueda de prensa de la Conferencia Episcopal. PAPA Francisco en Sexta TV

Homosexualidad-Eutanasia
Obispo MUNILLA de San Sebastián
(2019-04-08)
COF-Centro Orientación Familiar de Alcalá
Rueda de prensa de la Conferencia Episcopal
Papa Francisco en la Sexta-TV
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Nuevo Orden Mundial: Obelisco judeo-masónico en Zaragoza. "Cómo sobrevivir al Nuevo Orden Mundial. Un manual de trinchera". Principios sempiternos del Bien, de la Verdad y la Belleza. Es imprescindible: Combatir los medios de comunicación de masas del Sistema (NOM), Deslegitimar a la casta política profesionalizada,...

El Nuevo Orden Mundial derrotado
El porvenir es nuestro
JOSÉ ANTONIO BIELSA
La Tribuna de ESPAÑA
13-2-2019
Último de los artículos del minucioso trabajo de investigación sobre el Nuevo Orden Mundial que el joven profesor español, José Antonio Bielsa Arbiol, ha realizado -en exclusiva- para La Tribuna de España. Cuando iniciamos esta serie de publicaciones no podíamos imaginar la extraordinaria acogida que tendría, ni las excelentes críticas por parte de auténticas eminencias en este tema. Tanto es así que estos artículos van a dar lugar a la próxima publicación de un libro que -con el título "Cómo sobrevivir al Nuevo Orden Mundial. Un manual de trinchera"- se convertirá en la primera publicación del nuevo sello editorial La Tribuna Ediciones (perteneciente, también, al GRUPO Tribuna de España) y que será prologado por el argentino Adrián Salbuchi, todo un referente de la disidencia hispanoamericana y de la resistencia al NOM.

Hoy es uno de esos días en los que luce el sol (pese a los chemtrails, pese a toda la inmundicia tóxica que los verdugos de la Belleza vierten sobre el cielo de nuestras milenarias ciudades); hoy es un día de esos en los que podemos afirmar, rotundos y esperanzados, el axioma más odiado de todos cuantos a la Bestia ceban con su corrupción y felonía: “¡Todavía no es demasiado tarde!”. Ésa será en adelante mi consigna, aunque truene y no tengamos donde caer derrotados: no perderla nunca, la Esperanza.

No perderla como Pandora, ni como todos aquellos que supieron perseverar en la adversidad, pues ésa es, ha sido y será la suprema ambición de los cerebros del NOM: aplastar y pulverizar, conformando una masa de perdición pútrida y arrasada, sin poesía ni aliento, un rebaño de hombrecillos sin espíritu, desesperados en su desesperanza, camino de los grandes mataderos del alma. Mas tened cuidado, lacayos del NOM, no os topéis con ese poderoso vigorizante: ¡la Esperanza!

Una esperanza no entendida desde luego al laicista y verboso modo de un Malraux, sino en clave trascendente, cual virtud teologal equidistante entre la Ciudad de Dios y la ciudad del mundo. La Esperanza en la que yo creo no es una palabra-comodín con la que engañar a los tontos ni consolar a los inconsolables: es un eco sagrado y milenario que respira entre las piedras de la historia, dogma de fe prístino e inteligible siempre, que sale a nuestro encuentro en los momentos decisivos, como el presente, pues estamos inmersos en un momento decisivo.

Cuando un hombre por el mundo negado, hastiado de la insignificancia de su día a día, alza la cabeza por encima del vano asfalto y mira al horizonte como el peregrino del alba, ocurre, en ocasiones de extrema lucidez, ese milagro insondable que pocos poetas supieron expresar con la debida grandeza de ánimo: ese hombre que sale de sí mismo, que redescubre el sentido último de las cosas, si ha sido tocado por la vara de almendro de la Providencia, termina por encontrar al Buen Dios, y con Él, a todo cuanto más ama: a su Madre Patria Una, a su Santa Religión Una, a su Comunidad en Comunión Una(de hermanos y hermanas, padres e hijos, nietos, abuelos, tíos, primos, convecinos y paisanos, de España, de la Argentina o del Perú).

Todo este esfuerzo por hermanar las partes del cuerpo social (en-completa-armonía-y-perfecta-comunión) tiene un nombre: principio de solidaridad. Esta cuestión se significa como esencial para aprehender nuestro incierto presente: para que una sociedad funcione bien, es decir rectamente y de acuerdo a los principios perennes que la hacen progresar/perdurar en el tiempo, todos y cada uno de sus miembros han de vivir en cohesión, de acuerdo a los principios sempiternos del Bien y, si se quiere, de la Verdad y la Belleza. Las épocas aparentemente más pujantes no son las más productivas en el plano material, sino las que mejor han sabido administrar los dones gratuitos del espíritu: bastar comparar este agónico y jadeante siglo XXI, todo estertor y ciénaga, con nuestro glorioso siglo XVI… El contraste resulta tan obvio como estéril.
Obelisco judeo-masónico de la plaza de Europa en Zaragoza 
El alcalde que mandó hacer este engendro, un reconocido masón,
pretendía superar en altura los 75 metros de las torres del Pilar
El objetivo del NOM es precisamente el opuesto: desmembrar las partes del cuerpo social, desnaturalizar sus esencias, corromper sus principios de solidaridad confundiendo al docto y al ignorante, invirtiendo el orden del mundo para nivelarlo a la medida de sus criminales ambiciones, entre totalitarias y genocidas. En nuestra desnortada España de 2019, este trasunto de giro copernicano ya ha tenido lugar: el bien en cuanto valor ha pasado a ser perseguido, el mal recompensado; lo público tiene que irse a refugiar a las catacumbas, al tiempo que lo privado es exhibido indecentemente en las tribunas y los mentideros; los rostros, ni risueños ni demacrados, han perdido parte de la divina gracia en el terraplén de su apostasía, y así, de tarde en tarde, tras una mirada inane suelen espejearse los ojos de la Bestia.

La familia va camino de ser destruida, el municipio disuelto, y del sindicato hicieron una cueva de ladrones. Caín volverá a matar a Abel. Y cada español desesperado, gritará, como Diógenes: “¡Busco un hombre!”. Pero todos pasarán de largo. Tal vez un niño de cinco o seis años, todavía despierto y no perdido para el mundo, responderá a la llamada del penúltimo hombre vivo. Pero ya será tarde: como en un cuento de Maurice Blanchot, la palabra tabú será “muerte”, mas todos (sin siquiera intuirlo) estarán muertos.A esto vamos directos si no ponemos cuanto antes freno. 

¿Qué más podemos añadir? Basta ya de retóricas; traigamos algunas ideas diáfanas, doce, con la mayor desnudez posible:
  1. Combatir los medios de comunicación de masas del Sistema (NOM), mediante el ninguneo/omisión de los mismos: el único frente crítico válido se dará (si ha de darse) desde la disidencia.
  2. Deslegitimar a la casta política profesionalizada, el mayor azote de la ciudadanía (activa o pasiva): desde la responsabilidad política (algo que la democracia diluye hasta anular), es preciso constatar que “el voto acarrea consecuencias”, y que el dispositivo seudodemocrático vigente no tiene otra finalidad que servir sumisamente a los intereses del NOM.
  3. Permanecer aferrados a los principios de solidaridad perennes, abogando por la continuidad de la tradición: basta afrontar la mera existencia prosaica desde otra perspectiva, p. ej., mirando al otro como a un hermano (en clave cristiana), no como a un antagonista a batir (en clave NOM).
  4. Fomentar la autosuficiencia en los aspectos más rudimentarios de la vida, como anticipo a los periodos de precariedad que se avecinan: como ya sabemos, el NOM aspira a que un 1 % monopolice el 99 % de la riqueza mundial, dejando al 99 % restante pululando en regímenes de exclusión y extrema pobreza: p. ej., cada vez que usted compra una prenda de vestir manufacturada en Bangladés, no tenga la menor duda de que ese día (de la exclusión y extrema pobreza del 99%) estará más cerca.
  5. Mirar con desconfianza y aprensión, es decir con conocimiento de causa, cualquier supuesto avance tecnológico encaminado al control social: el nuevo régimen de súper-tecnificación caro al NOM no busca otro objetivo que el de tornar su existencia cada día más artificial y dependiente. ¡Cuidado con las tecnologías! Son las argollas invisibles del nuevo hombre deshumanizado.
  6. Recuperar el gusto por la austeridad, la noble precariedad de los intelectos elevados, afianzando el cultivo del espíritu, subordinándolo al del cuerpo: lean, por ejemplo, vidas de héroes o de santos, como la de San Pedro de Alcántara, prodigio de ascesis y autocontrol; el excesivo celo y cuidado del cuerpo es otra de las conquistas del hombre nuevo del NOM: el sujeto solipsista, impasible al dolor ajeno, pero incapaz de sobrellevar el propio.
  7. Repeler todo movimiento procedente de la zona oscura, cuyo sistema de trabajo siempre es el mismo: atacar para derruir los cimientos del Occidente civilizador, teniendo bien presente en cada momento que el mayor enemigo del NOM luciferino es JesuCristo, el divino Salvador de la Cristiandad: tras siglos de infiltración masónica en el seno de la Iglesia, la gran misión del NOM (al menos hasta ahora) no ha consistido sino en hacer apostatar a la gran masa del rebaño, desperdigándolo al fin: un pueblo que ha perdido la unidad de creencia es mucho más domeñable que otro que la mantiene.
  8. Reforzar el concepto de Patria, y con él el amor a la Madre Patria, último refugio del hombre que lo ha perdido todo (incluso la fe en Dios Trino): los hombres pasan, el nieto olvidará al abuelo, y el siglo que al nacer vio morir una generación, morirá viendo nacer a otra nueva; los hombres perecen, la Patria permanece.
  9. Romper de una vez para siempre con el atavismo materialista que nos cosifica y esclaviza a los grandes monopolios y oligopolios del Sistema NOM: la vida es restar, aprendamos a restar cuanto antes para llegar lo más pronto al resultado de la cuenta: la verdadera sabiduría.
  10. Frecuentar la lectura de los clásicos de la literatura, la apologética y el pensamiento, no abdicando del estudio (no por placer, sino por deber de hombres libres): mirar al pasado como quien mira un álbum familiar, pleno de recuerdos, es el mejor tributo de amor a las raíces de lo que somos, en cuanto usufructuarios de una llama que permanece.
  11. Asumir que el frente está en todas partes (Péguy), sí, pero que este frente del NOM, el más peligroso y astuto de todos ellos, se ha instalado en el fondo de nuestros corazones: si tu mano te hace caer, córtatela.
  12. No perder bajo ningún concepto la Esperanza: el porvenir es nuestro, y aunque los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz, el mal tuvo un comienzo, y por ende y en razón de su finitud, tendrá un final; el Bien, en cambio, es eterno.

domingo, 7 de abril de 2019

Calentamiento global y Vikingos: VIÑEDOS en Groenlandia en el siglo X. En la historia nos encontramos con hechos que rompen el relato oficial del Cambio climático

VIÑEDOS en Groenlandia en el siglo X
El calentamiento global y los vikingos
2015-12-06
Parecería que la humanidad ha vivido 
en un planeta hospitalario, 
donde no ocurría nada y todos los seres vivos 
se encontraban en un equilibrio feliz. 
Pero si estudiamos un poco la historia, 
nos encontramos con hechos 
que rompen el relato oficial
Esta semana se ha celebrado en París una nueva cumbre del clima, que, según el relato progresista y buenista, del que ya participan todas las fuerzas políticas de Europa occidental, pretende detener la emisión de gases de efecto invernadero por la humanidad para frenar el cambio climático (sequías, inundaciones, lluvias torrenciales, tornados, incluso terremotos) e impedir nuestra extinción. Paradójicamente, los participantes en esa cumbre, sean jefes de Estado, sean activistas, se han trasladado a París emitiendo mucho CO2, pecado que pesaba en el alma del ecologista Juan López de Uralde.

Parecería que la humanidad ha vivido en un planeta hospitalario, donde no ocurría nada y todos los seres vivos se encontraban en un equilibrio feliz, como en una película de Disney, hasta que los cazadores mataban a la mamá de Bambi. Pero si estudiamos un poco la historia, nos encontramos con hechos que rompen el relato oficial.

Europa vivió en la Edad Media el que se ha llamado Óptimo Climático, un largo período que abarca, aproximadamente, desde el siglo VIII hasta el XIV. Ese período muestra un avance de los bosques en todo el continente, así como una extensión de la agricultura a latitudes hoy sorprendentes: los viñedos se expandieron de tres a cinco grados de latitud norte (en el sur de Inglaterra se cultivaba la viña) y en Islandia se cultivaba avena y cebada. En esos siglos se pudo explotar la mina de oro de Hohe Tauern, en los Alpes austriacos, que se abandonó cuando la nieve y los glaciares descendieron.

Más cosechas y más piratas
El calor, con la mayor humedad que implicaba (más evaporación y más lluvias) y la fertilidad de las tierras, no causó sólo cosas buenas, sino también algunas malas. Otro de los efectos de ese período caluroso (como mucho un par de grados más en las temperaturas) fue la irrupción de los vikingos en la historia, con su destrucción y sus saqueos. Este pueblo pirata se extendió por toda Europa y penetró en el Mediterráneo entre otras razones debido a las mejores condiciones meteorológicas.

Las expediciones empezaron a arrasar las costas de las Islas Británicas a finales del siglo VIII y a partir de entonces avanzaron más al sur (Francia, España —atacaron Pamplona—, Sicilia, Bizancio). Igualmente, se pudieron asentar colonos vikingos en Groenlandia durante varios siglos debido a un clima más templado, que les permitía recoger cosechas para alimentarse ellos y sus animales, y mantener las líneas de navegación con Escandinavia.

Las colonias de Groenlandia desaparecieron en el siglo XV, cuando aumentaron las tempestades, los icebergs y las lluvias (que destruyeron las cosechas). Primero se cortaron las comunicaciones con Islandia y Noruega, y después los habitantes emigraron. Un matrimonio casado en 1408 aparece poco después en Islandia.

También se atribuye a la mayor benignidad del clima la extensión de la Peste Negra. La transmisora, la pulga de la rata, vive entre los 15º y 20º de temperatura ambiental y con una humedad relativa del 90%. En el siglo XIV, después de una serie de malas cosechas debida a las lluvias estivales, apareció entre la población europea debilitada la Peste Negra (1347-1351), que provenía de Asia. Se calcula que esa plaga mató como mínimo a un tercio de los europeos. En la rica Florencia sólo sobrevivió un quinto de su vecindario.

La Pequeña Edad de Hielo
A ese Óptimo Climático Medieval le sucedió en Europa un período de enfriamiento tan severo que ha conducido a los climatólogos y a los historiadores a bautizarlo como Pequeña Edad de Hielo.

Debido a la Pequeña Edad de Hielo, más fría y, atención, más seca, crecieron las hambrunas. El historiador Goeffrey Parker escribió un enorme volumen titulado El siglo maldito: clima, guerras y catástrofes en el siglo XVII, en el que relacionaba las conmociones políticas y sociales ocurridas en todo el mundo en ese siglo a una coincidencia de desastres naturales, como las temperaturas más bajas en mil años, junto con terremotos, inundaciones, erupciones volcánicas y El Niño. Los años más fríos, entre 1645 y 1715, coinciden con el menor número de manchas solares (mínimo de Maunder). La población disminuyó por las enfermedades, las guerras y la mala alimentación.

En los Alpes, se abandonaron granjas y pastos de montaña. El río Ebro llegó a helarse siete veces entre los siglos XVI y XVIII, la última en 1789. En Inglaterra, donde los viñedos se han reducido a pañuelos de tierra, el Támesis se heló en numerosas ocasiones y en Francia, el Ródano. Los inviernos eran muy duros y los canales fluviales se congelaban, con lo que el comercio se interrumpía y con él el tráfico de alimentos y combustible (carbón y madera).

Por fortuna, y no gracias a la acción humana (la revolución industrial, con su quema de carbón, y posteriormente de petróleo, comenzó en la segunda mitad del siglo XVIII), en la primera mitad del siglo XIX el clima mejoró: más calor y menos frío. Fue entonces cuando los glaciares de los Pirineos empezaron un retroceso (de 3.300 hectáreas de superficie a principios del siglo XX a menos de 400 hectáreas) que lamentan los ecologistas y los urbanitas que desconocen la dureza de la vida en la montaña. El glaciar activo más meridional de Europa se encontraba en Sierra Nevada: había nacido en la Pequeña Edad de Hielo y se derritió completamente en 1913… cuando en Andalucía no había ni automóviles ni turismo de masas.

El año al que un volcán dejó sin verano
Pese a la soberbia humana de pretender modificar el clima en todo el planeta en unos pocos años, la naturaleza no deja de recordarnos nuestra fragilidad. 1816 se ha llamado el año sin verano, por las cenizas emitidas por el volcán Tambora en 1815, que arruinaron las cosechas en China, Norteamérica y Europa, y a la vez impidieron que los rayos del sol alcanzasen la Tierra. El historiador John Post tituló el libro que escribió sobre ese año La última gran crisis de supervivencia del mundo occidental. Otro historiador, José Luis Comellas (Historia de los cambios climáticos), cuenta que el villancico Noche de Paz nació en ese horrible año.

Las bajas temperaturas inutilizaron el órgano de la iglesia de san Nicolás en Oberndorf, Austria. Cuando llegó la Navidad, nadie había querido ir a las montañas del Este de Salzburgo para reparar el instrumento, de modo que el párroco, Josef Mohr, escribió un villancico y recurrió a su amigo Franz Xaver Gruber para que le pusiera música, capaz de ser cantada sin acompañamiento por un coro. Así nació «Stille Nacht» (que nosotros conocemos como «Noche de Paz»), sin duda la canción de Navidad más conocida en el mundo entero. Lo que casi nadie sabe es que también fue hija de aquel frío extraordinario.

Un segundo ejemplo del poder de la naturaleza sobre el hombre es la detención del ataque militar del III Reich y sus aliados contra la URSS en 1941 por el invierno más frío que sufrió Rusia en el siglo XX.

Desde el fin de la Pequeña Edad de Hielo, hemos entrado en una fase de clima más cálido con paréntesis de frío, como el que condujo a los científicos en los años 70 del siglo XX a anunciar una nueva glaciación
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