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sábado, 29 de junio de 2013

Conversión del visigodo arriano Recaredo en el III Concilio de Toledo (589): Primer Rey Católico de España Penínsular (902)



InfoCatólica-Luis I. Amorós (19.12.10): Tras la muerte de Leovigildo en abril de 586, su hijo Recaredo (Reikareiks), asociado al trono varios años antes, regresó desde Septimania a Toledo para ser proclamado rey por los nobles en una innovadora ceremonia al estilo bizantino. Se trataba de la segunda sucesión pacífica dentro de la misma familia, un hito de estabilidad no visto en 100 años entre los godos. Heredó de su padre un reino unido, fuerte, con el tesoro público saneado, y con una sociedad dividida en godos dominadores e hispanorromanos dominados en vías de fusionarse, tras la abolición hecha por Leovigildo de la ley que prohibía los matrimonios mixtos. Únicamente persistía la separación religiosa, que ya afectaba a los propios godos, divididos entre los tradicionalistas arrianos y los cada vez más numerosos conversos al catolicismo.

El gobierno de Recaredo se apoyó en varios nombres clave: de su padre había heredado una incipiente corte o cubiculum, copiada de la imperial, cuya cabeza era el duque Argimundo, estrecho colaborador de Leovigildo. Recaredo buscó como consejera a su madrastra Godsuinta, la reina viuda, de gran peso por sus relaciones familiares tanto dentro de la nobleza goda como con los reyes francos, con los que había emparentado. Más significativo es el apoyo que Recaredo tuvo en el duque de la provincia Lusitania, llamado Claudio. Este personaje supone un cierto misterio histórico. El nombre es romano, y los germanos jamás ponían a sus hijos nombres romanos. Existen dos hipótesis: una supone que en efecto el duque era hispanorromano, lo cual constituiría un caso absolutamente extraordinario de nombrar a un hispano para un cargo administrativo militar (un romano solo podía ostentar cargos civiles con autoridad exclusiva sobre romanos, nunca sobre godos). La otra hipótesis sugiere que Claudio se trataba de un godo que (como era costumbre en aquellos años) al convertirse al catolicismo había cambiado su nombre por uno romano. Esto elimina la anomalía de nombrar a un romano para un cargo militar, pero es fuertemente sugestiva de novedades sustanciales en el reino: con Leovigildo, los godos católicos habían sido perseguidos. Ahora, uno de ellos se convertía en la mano derecha del rey.

Durante su reinado, Recaredo siempre honró la memoria de su padre, pero es evidente que no compartía todas sus acciones. La primera decisión que tomó fue el arresto y ejecución de Sisberto, el carcelero que había degollado a su hermano mayor Hermenegildo un año atrás. Siguiendo la política de Leovigildo en sus últimas disposiciones, anuló los castigos a los católicos: el monje Juan de Biclaro vio levantado su destierro en Barcelona y regresó a su monasterio, y al obispo de Sevilla, Leandro, se le permitió regresar de Constantinopla (ciertamente hay un debate al respecto, pues algunos opinan que ya regresó en los últimos meses de Leovigildo).

No obstante, el primer asunto que hubo de atender fue la guerra en curso que los francos tenían declarada al reino desde 585. De hecho, durante su viaje primaveral a Toledo para su coronación, el duque franco de Aquitania Desiderio (teóricamente vasallo del rey franco de Neustria, pero en la práctica independiente), había tratado de aprovechar su ausencia para tomar la ciudad de Carcasona. Tras derrotar inicialmente a los defensores, había fracasado en el asalto a las murallas, hallando la muerte y siendo puestas en fuga sus tropas. Por consejo de su madrastra Godsuinta, Recaredo envió embajadores a los reyes francos demandando la paz. La embajada a Austrasia encontró eco favorable en la regente Brunequilda, hija de Godsuinta, que gobernaba en nombre de su hijo de 11 años, Childeberto II, y consintió en firmar la tregua con el nuevo rey godo (sin duda, la ejecución de Sisberto había sido buena prueba de la buena voluntad de Recaredo para hacer justicia). Pero en Borgoña los propósitos de paz fracasaron. Tal vez sea comprensible en cierto modo: el rey Gontrán, primogénito de Clotario y nieto del gran Clodoveo, había sido derrotado y capturado en la desastrosa expedición que su padre y su tío habían dirigido contra el valle del Ebro en el año 541, sufriendo la humillación de pagar rescate a los godos por su liberación; había visto a su tía Clotilde morir por los maltratos de su esposo godo, a su sobrina Ingunda padecer persecución y morir en el destierro por sus suegros godos. El rey de Borgoña albergaba demasiado rencor personal y se negó a recibir a los embajadores de Recaredo, cerrando la frontera entre su reino y la provincia septimania. En represalia, los visigodos llevaron a cabo varias expediciones punitivas en el bajo Ródano.

Entre finales de 586 y principios de 587 podemos situar el camino de conversión personal de Recaredo al catolicismo. Es imposible saber con precisión cuando sintió el príncipe vacilar sus convicciones arrianas. Al igual que en el caso de Constantino, el cálculo político y la fe personal pesaron en una proporción cuyo alcance es difícil de calibrar. Si bien Recaredo arriesgó menos que aquel emperador al modificar la situación religiosa del reino, no es menos cierto que en su vida personal fue mucho más piadoso y ejemplar. 

La primera noticia cierta que tenemos data de enero de 587, cuando convocó un encuentro con los obispos arrianos del reino (con la autoridad que le proporcionaba ser la cabeza religiosa de la iglesia arriana en Hispania), en la que les propuso que se reunieran con los obispos católicos para hallar la verdadera fe. El rey estaba preocupado por la división religiosa del reino, y la debilidad que acarreaba. Los arrianos aceptaron, y tuvo lugar un inusual sínodo a finales del mes, en el que obispos arrianos y católicos debatieron. Desconocemos en profundidad cómo se desarrollaron las discusiones, pero sí sabemos un detalle revelador: el rey intervino para recordar que en tiempos de su padre un obispo arriano había fracasado al tratar de curar a un ciego, y que no se conocía ningún milagro obrado por obispos arrianos, mientras abundaban los atribuidos a católicos. Era evidente que Recaredo había comenzado a modificar su postura, y la mayoría de los obispos arrianos abandonaron el sínodo sin querer abjurar de su fe. En febrero de 587, se reunió discretamente con varios obispos católicos (entre ellos Leandro de Sevilla) y les declaró su convencimiento de la verdad del catolicismo, siendo ungido en el mismo acto con el crisma santo y bautizado en la fe católica.

Un rey visigodo, por primera vez en la historia, se había convertido al catolicismo de los romanos. Aunque la conversión fuese puramente personal, era impensable que eso no tuviese consecuencias en una iglesia nacional y regalista como la arriana, y aunque fuese secreta, no tardó mucho tiempo en ser conocida, pues el abandono del rey de los cultos arrianos, de los que era presidente, no podía pasar inadvertido. En abril del mismo año se hizo notoria, cuando el rey ordenó que la iglesia de Santa María, la más importante de Toledo, fuese confiscada a los arrianos, consagrada en católico y entregada al metropolitano de la capital, como nueva sede. En la corte comenzaron a producirse conversiones oficiales en cadena, comenzando por la reina viuda, Godsuinta, y el obispo arriano de Toledo, Uldila.

El resto del año 587 lo dedicó Recaredo a la diplomacia con los francos. Tras el fracaso del primer intento de matrimonio con la princesa Ringhuntis de Neustria en 584, había tenido un hijo ilegítimo ese mismo año, al que puso por nombre Liuva. Aprovechando sin demora su flamante posición como monarca católico, envió ahora una nueva embajada a Austrasia, que ofreció a Brunequilda y Childeberto II sellar una alianza por medio de su matrimonio con Clodosinda, hermana menor de la infortunada Ingunda y del joven rey franco, ofreciendo su conversión religiosa y 10.000 sueldos de oro como garantía. Probablemente también hizo entrega de las ciudades de Juvignac y Corneilhan, pertenecientes a Septimania y que por esta época pasaron a dominio franco. Madre e hijo aceptaron la alianza, el dinero, las ciudades y las explicaciones de Recaredo, proclamando solemnemente que el rey godo no tenía culpa alguna de la muerte en cautiverio de Ingunda y el asesinato de su esposo. En cuanto a la mano de Clodosinda, adoptaron una actitud menos colaboradora, remitiendo a los embajadores a la decisión del rey de Borgoña que había apadrinado a su sobrino austrasiano. Eso era tanto como decir que no, pues Gontrán de inmediato se opuso al acuerdo matrimonial. Su odio era muy profundo, y no se conmovía con el bautismo del rey godo. El matrimonio con Clodosinda jamás tuvo lugar, y Recaredo se casó poco después con una noble visigoda llamada Baddo, de la que no tendría descendencia.

Si el rey pensaba que sus únicos problemas iban a venir de Borgoña, estaba muy equivocado. La aparente docilidad con la que los godos arrianos habían aceptado el nuevo estado de cosas era engañosa. A principios de 588, Sunna, el obispo arriano de Mérida, la capital de Lusitania, urdió una conjura de amplio alcance entre los godos de la provincia, tanto arrianos como algunos que habíanse convertido al catolicismo y que abjuraron en secreto. Incluía a varios condes ciudadanos, entre los que conocemos los nombres de Vagrila, Viterico y Segga (probablemente el conde de la capital provincial), el cual sería proclamado rey y restauraría el arrianismo. El plan era que Viterico asesinara al obispo católico Masona (que había sufrido persecución bajo Leovigildo) y al duque de Lusitania Claudio, el consejero militar del rey; otros conjurados prepararon el asesinato de las autoridades hispanorromanas de Mérida en la Pascua, mientras se dirigían en procesión desde la ciudad hasta la basílica de santa Eulalia extramuros, escondiendo las espadas en carros de trigo. El conde Viterico se presentó ante el duque Claudio y delató toda la trama. Fueron capturados todos los cabecillas, salvo Vagrila, que se acogió a sagrado en la iglesia de santa Eulalia. Los conjurados fueron enviados a Toledo: al cabecilla Segga se le aplicó el castigo de los usurpadores, amputándole las manos (igual que a los ladrones) y desterrándolo a Galicia. A Sunna, el rey le prometió un obispado en otra provincia si se convertía al catolicismo, pero el prelado rechazó la oferta, contestando con orgullo que estaba dispuesto a morir por el arrianismo. Es inevitable que acuda a nuestro recuerdo el caso exacto, pero opuesto, de Leovigildo con Masona, que también rechazó el premio a cambio de la abjuración. Sunna se exilió en Mauritania, donde se dice que hizo muchas conversiones al arrianismo antes de morir. Claudio preguntó al rey qué hacer con el refugiado Vagrila, y este ordenó la entrega del traidor y su familia como esclavos, y todos sus bienes, a la iglesia de Mérida. El compasivo obispo Masona, no obstante, le puso en libertad generosamente devolviéndole todos sus bienes sin más penitencia que una muy curiosa y simbólica: correr un trecho delante del caballo del diácono Redempto. Las iglesias y sus bienes que Leovigildo había incautado en 582 a los católicos para entregarlas a los arrianos, fueron ahora devueltas.

Pero esta no era la única conjura en curso en el año 588: en Septimania el obispo arriano de Narbona, Atahaloc, y los condes ciudadanos Granista y Wildigerno prepararon una rebelión para destronar a Recaredo y restaurar el arrianismo. Mas prudentes que los emeritenses, se pusieron en contacto secretamente con el rey Gontrán de Borgoña, el cual les garantizó su ayuda. Podemos ver aquí lo relativo de la causa religiosa en las querellas de este siglo: un rey católico auxiliando a unos rebeldes arrianos contra su legítimo y católico rey. 

Mientras dejamos a estos conspiradores preparando su acción, nos trasladamos a Toledo, donde Recaredo se llevó un susto de consideración, al descubrirse una nueva conjura, esta vez dentro de su propia corte, a principios de 589: nada menos que su madrastra Godsuinta y el obispo Uldila, que planeaban destronarle. Aunque en este caso no hay constancia expresa, parece que de nuevo la restauración del arrianismo era el motivo principal, pues aprentemente ambos habían abjurado en secreto de su reciente conversión pública. La anciana Godsuinta murió de forma natural al poco de descubrirse la conjura. La ferviente arriana había sido una figura fundamental en la historia del reino los últimos 30 años: esposa del rey Atanagildo, al que dio dos hijas que se convirtieron en reinas de Neustria y Austrasia (la menor, Brunequilda fue figura importantísima en la historia de los reinos francos); enlazada en segundas nupcias con el rey Leovigildo, con quién formó equipo inseparable, casó a su hijastro Hermenegildo con su nieta Ingunda, a la cual maltrató por no convertirse al arrianismo, provocando en cierto modo la guerra civil que siguió. Consejera de su otro hijastro Recaredo, concluyó su agitada vida tras ser detenida y procesada por traición. En cuanto a Uldila, fue desterrado a una provincia desconocida.

Agobiado por la agitación que su nueva profesión religiosa estaba produciendo en todos los visigodos del reino, Recaredo decidió acelerar el proceso, convocando un sínodo que sellara la conversión general de toda la nación goda (en virtud de su autoridad real) a la fe católica. El 5 de mayo de 589 derogó la ley que prohibía los concilios católicos, y solo 3 días después presidió en persona la apertura del III Concilio general de Toledo, el más trascendental de todos los concilios toledanos. A él asistieron todos los obispos católicos, mas los arrianos abjurados, así como muchos nobles godos, entre ellos todos los miembros del aula regia (la corte). La dirección eclesiástica corrió nominalmente a cargo del veterano perseguido Masona de Mérida, pero fue Leandro de Sevilla (el auténtico fatuor de la conversión de la familia real) el alma del mismo, auxiliado por Eutropio, abad de Servitanum (cerca de Játiva). El rey entregó un tomo al concilio para su lectura. En él, “declara anatema las enseñanzas de Arrio, Macedonio, Nestorio, Eutiques y demás heresiarcas condenados, y reconoce como verdadera la doctrina de los concilios de Nicea, Calcedonia, Éfeso y Constantinopla”. También recordaba que había llevado a la fe a la nación de los godos y a la de los suevos (oficialmente arrianos de nuevo tras la conquista de su reino por Leovigildo 4 años atrás). Los obispos prorrumpieron en aclamaciones y acciones de Gracias a Dios. El rey se levantó y condenó las herejías, confirmando todos los artículos del credo católico. A continuación repitió sus palabras la reina Baddo, y después los 8 obispos arrianos abjurados, los sacerdotes y los magnates godos. Todos ellos firmaron los 23 artículos de condena de cada una de las afirmaciones heréticas arrianas. Políticamente, esta conversión de iure de toda la nación goda al catolicismo, tuvo una importancia difícil de exagerar. En la práctica, significaba la entrada del reino en el conjunto de naciones de la Cristiandad, sujeta en lo doctrinal a las enseñanzas de los concilios ecuménicos y a la autoridad del obispo de Roma. En lo material suponía, sencillamente, que godos e hispanorromanos ya no estaban separados por ningún obstáculo, y desde ese momento, constituían un solo pueblo. Había nacido el reino católico de España.

Aparte de esta fundamental acción política, el concilio trató de muchos temas disciplinares, y los mismos padres conciliares reconocieron cuánto daño había hecho a la Iglesia la prohibición de realizar concilios durante casi 40 años: se ordenó la separación a los sacerdotes que conservaban su mujer tras el ordenamiento (incluyendo los arrianos, entre los que era práctica habitual), se excomulgaba a los que casaran forzadamente a solteras o viudas que hubiesen tomado votos, se prohibía las demandas entre clérigos ante los tribunales civiles, se amonestó a los obispos injustos con sus sacerdotes, se estimuló a desterrar la idolatría y las prácticas mágicas que todavía persistían, se castigó duramente el infanticidio, se prohibieron los cantos y danzas paganos en los oficios divinos o las celebraciones de santos, etc. También se tomaron disposiciones para evitar que los judíos poseyesen esclavos cristianos, ordenándoles venderlos a cristianos o liberarlos. 
Vale la pena recordar otras dos normas de trascendencia ulterior. El concilio mandó que en la misa se dijera el símbolo confesado por el rey y los abjurados, y cuyo probable inspirador fuerse el obispo Leandro, basándose en el símbolo niceno, con lo que la Iglesia en España fue la primera en introducir el Credo en el canon. Por otra parte, el rey encargó directamente a los obispos la supervisión de algunas tareas de la administración civil: los jueces e inspectores del tesoro debían presentarse ante los obispos para ser aleccionados acerca de cómo tratar al pueblo y no cargarle impuestos injustos. No solo eso, sino que el obispo debía notificar al rey las irregularidades cometidas por los funcionarios, o pagar el desfalco de su propio peculio. Es una insólita ley sin precedentes, que convertía a los consagrados en parte del entramado civil, empleando su prestigio, su formación y su probidad en beneficio de la administración pública. Conservamos un documento de 592 en el que los obispos de la provincia Tarraconense supervisan y dan su aprobación a los precios fijados por los funcionarios del tesoro al pago del trigo y la cebada. Recaredo mostraba abiertamente su mayor confianza en los eclesiásticos que en sus propios subalternos, emitiendo un “edicto de confirmación del Concilio” al estilo de los emperadores orientales, por el que todas las disposiciones del mismo adquirían rango de ley, imponiendo penas de confiscación y destierro a los que las desobedeciesen. Era el fin oficial de la iglesia arriana nacional goda, y el nacimiento del cesaropapismo católico en el reino hispano. Desde ese momento todos los concilios católicos generales fueron confirmados por edictos reales, era sólo cuestión de tiempo que se convirtieran en los mecanismos de legislación y gobierno del nuevo reino.

Al concluir el concilio, Leandro de Sevilla escribió una jubilosa carta al obispo de Roma, sede ocupada ese mismo año por Gregorio Magno (con quién había hecho amistad cuando ambos residían en Constantinopla), informándole de los resultados del mismo. Aplicando de forma inmediata las disposiciones del concilio, todas las iglesias y posesiones arrianas fueron otorgadas a la Iglesia católica, y los arrianos que se negaron a abjurar, apartados de los cargos públicos. Una consecuencia indeseable (al menos para el historiador), fue la quema de todos los libros litúrgicos arrianos por orden real. Ninguno de ellos ha llegado hasta nuestros días, y solo conocemos la biblia gótica de Ulfilas (empleada por todos los arrianos) por copias conservadas en Escandinavia. De ese modo, nuestro conocimiento de la iglesia arriana es escaso y fragmentario.

La primera contestación a los resultados del concilio llegó de Septimania, irónicamente por medio de un enemigo católico, donde los conjurados a los que antes aludíamos guiaron a un poderoso ejército de francos, aquitanos y borgoñones, comandado por el duque Boso, de entre 7.000 y 10.000 hombres (algun autor habla hasta de 50.000) enviado a la provincia por el rey Gontrán en verano de 589. El conde Wildigerno abrió las puertas de Carcasona a la columna comandada por el noble franco Austrovaldo. Recaredo, ante la gravedad de la situación, puso al ejército real al mando de su general de confianza, el duque de Lusitania, Claudio. Llegado a la región, y conociendo su gran inferioridad numérica, Claudio ideó una estratagema: se acercó con una fuerza casi ridícula (unos 300 hombres) a las proximidades de Carcasona. Boso salió con todo su ejército y Claudio simuló huir, siendo perseguido hasta un pequeño valle junto al río Aude, donde tuvo lugar la batalla. Allí los francos fueron sorprendidos por la espalda por el grueso del ejército godo, que les aguardaba escondido, y sufrieron una espantosa derrota. Murieron 5000 de ellos y los godos triunfantes, en su persecución, capturaron otros 2000 y saquearon su campamento. El obispo arriano Athaloc murió al poco de forma natural, y se desconoce como acabaron los traidores condes Wildigerno y Granista.
Fue el último fracaso del rencoroso Gontrán de Borgoña, que murió en 592 sin haber podido ejecutar su venganza contra los godos, antes sufriendo derrota tras derrota. Sin hijos que le sobrevivieran, su reino pasó a su sobrino Childeberto II de Austrasia.

Sobre esta batalla escribiría unos años más tarde el hermano menor del obispo Leandro de Sevilla, Isidoro, llamado a ser uno de los más grandes eruditos de la alta edad media en la Cristiandad, que contaba entonces unos 33 años, en estos términos: “Ninguna victoria de los godos fue mayor, siquiera igual, a esta”. Se puede decir que con la victoria de Aude Recaredo y Claudio se desquitaron con 82 años de retraso de la jornada de Vouillé.

A finales de ese mismo año de 589 se celebraron dos concilios provinciales, uno de la Bética en Sevilla (iglesia del Sagrado Jerusalén), y otro de la Septimania en Narbona, dedicados íntegramente a combatir la simonía, el abarraganamiento de los clérigos y la persistencia de prácticas idolátricas en el pueblo. El levantamiento de la prohibición de la convocatoria de concilios supuso un alivio enorme para la Iglesia española, muy necesitada de acabar con los abusos establecidos e impulsar de nuevo la acción pastoral.

Todavía tendría Recaredo en 590 que preocuparse de una nueva conjura contra su trono, esta vez en la propia aula regia, encabezada nada menos que por el comes cubiculorum Argimundo. Una vez desenmascarada, Argimundo sufrió la amputación de su mano derecha y la decalvación, y la corte fue depurada de conspiradores. En este caso, parece que no existía motivación religiosa, y se trató simplemente de una usurpación de poder.

Ese año concluye la crónica de Juan de Biclaro, la fuente contemporánea más completa y rigurosa para concer los reinados de Leovigildo y Recaredo. Una lástima porque a partir de este momento apenas sabemos nada del reinado de Recaredo, el cual, en cualquier caso, parece haber conocido una época de gran estabilidad, tras los ajetreados primeros años.

Principalmente conservamos registros epistolares, que nos revelan a un rey profundamente piadoso. En 590 envió varios abades portando regalos y la noticia de su conversión al catolicismo al papa Gregorio. Desafortunadamente, su nave naufragó cerca de Marsella, y a duras penas lograron salvarse, regresando a la corte. Enterado Recaredo de que un emisario papal estaba en Málaga (entonces en poder de los bizantinos), le hizo llegar un cáliz de oro con una gema engastada como regalo para el pontífice. En abril de 591, el papa envió dos cartas: una a Leandro de Sevilla, caudillo espiritual de la Iglesia en España, en la que (además de recomendar la inmersión bautismal simple para los conversos del arrianismo) felicitaba al obispo por su labor catequética junto al rey, recomendándole que se asegurase de la buena formación del monarca, y de que no se desviara del camino emprendido. La otra carta que le acompañaba estba dirigida a Recaredo, calificando su conversión de milagrosa, y bendiciéndole por haber “salvado a todo un pueblo”, en alusión a los godos. A la vuelta de este mensaje, el rey católico envió a Roma 300 vestidos nuevos para los pobres de San Pedro. Gregorio declaró mártir a Hermenegildo en 594, sin duda con la complacencia de su hermano menor, y en en 597 redimió a 4 esclavos cristianos vendidos por los francos a un judío de Narbona. La correspondencia entre ambos protagonistas todavía tendría un último capítulo en 599, cuando el papa escribió a Recaredo reiterando sus bendiciones, con mayor entusiasmo, dado que el paso del tiempo había confirmado la firmeza del rey en su conversión y la de los godos, y felicitándole por rechazar una gran suma de dinero que varios judíos ricos le habían ofrecido para derogar la ley que les prohibía tener esclavos cristianos o convertirlos al judaísmo.

En los años del reinado de Recaredo se convocaron varios concilios provinciales más (Zaragoza 592, Toledo 597, Huesca 598, Barcelona 599), todos discilpinarios, que muestran el vigor que la Iglesia recuperó (e incluso incrementó) con el tandem de gobierno formado por Recaredo y el obispo Leandro. El rey multiplicó iniciativas piadosas: fundó en 593 el monasterio de Silos, dedicado a Santa María y san Sebastián, se preocupó personalmente del caso de Tarra, un monje expulsado de su monasterio de Cauliana (cerca de Mérida) acusado de inmoralidad, y donó una corona votiva hecha de fina orfebrería al monasterio del Bienaventurado Félix en Gerona. También continuó y completó el Codex Revisus, el nuevo corpus legislativo iniciado por su padre para corregir y actualizar el antiguo código de Eurico. Sus tres nuevos cuerpos de leyes, por primera vez, afectaban tanto a godos como a romanos.

Tras diez años de paz, prosperidad y florecimiento de la Iglesia católica, Leandro murió a finales de 599 o principios de 600, siendo sucedido en la silla de Sevilla por su hermano Isidoro. Había hecho mucho por la conversión de la familia real y la nación goda al catolicismo. Recaredo no tardó en seguirle, falleciendo de muerte natural en diciembre de 601, en Toledo. Era el tercer monarca sucesivo del mismo linaje (con lo que suponía en aquella época de estabilidad para un reino siempre convulso), y el cuarto consecutivo que moría pacíficamente. Su obra fue capital para comprender la naturaleza del definitivo reino visigodo y, a la postre (dada su influencia en la edad media cristiana), de la propia España. Su conversión personal y la subsiguiente de todo el pueblo godo al catolicismo supuso la creación de una nueva nación, en la que godos y romanos, ahora fundidos en la unión familiar y la misma fe religiosa, se conviertieron en poco tiempo en hispanogodos. Aunque la parte antigua de la legislación siguió considerándolos oficialmente dos razas separadas durante 50 años más, dichos preceptos legales estaban obsoletos al día siguiente de publicarse el edicto de confirmación del III Concilio de Toledo, el concilio que vio el nacimiento de un pueblo: España.

Su reinado en solitario había durado 15 años, 28 si sumamos los asociados a su padre. Uno de los más longevos entre los visigodos, que siempre se caracterizaron por mandatos cortos y preñados de luchas intestinas y derrocamientos violentos. Por desgracia, la estabilidad del nuevo régimen (católico y romanista), que hubiese podido convertir a España en el reino más poderoso de Occidente (dadas las perpetuas luchas intestinas de los francos y la debilidad de los demás soberanos), en aquellos años de hierro dependía de la legitimidad de la sucesión dinástica en una familia prestigiosa, y de la existencia de monarcas fuertes y decididos. Recaredo sólo dejaba para sucederle a un hijo ilegítimo de 17 años, llamado Liuva (Leova). Isidoro dijo de él que era un muchacho virtuoso. Tristemente, no sería suficiente para impedir que el caos y la inestabilidad se apoderaran de nuevo del reino.

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lunes, 16 de septiembre de 2019

VIRGEN María del Pilar y de Guadalupe, emperatriz de la HISPANIDAD. San Gregorio Magno y San Leandro de Sevilla. Recaredo y el III Concilio de Toledo. ESPAÑA, la obra de MARÍA


Virgen María, emperatriz de la HISPANIDAD
Santiago Clavijo
3-9-2019
SUMARIO
1. San Gregorio Magno y San Leandro de Sevilla 
2. Recaredo y el III Concilio de Toledo 
3. ESPAÑA, la obra de MARÍA 
4. VIRGEN del Pilar y de Guadalupe 
emperatriz de la HISPANIDAD
San Gregorio Magno 
(Roma 540-604)
El Papa Gregorio Primero, con más justicia llamado "Magno", es el primer Pontífice que fue monje. Ascendió a la silla apostólica cuando Italia se hallaba en una condición deplorable como consecuencia de las luchas entre los ostrogodos y el emperador Justiniano, que terminaron con la derrota y muerte de Totila, en el año 562.

Aunque Gregorio cumplía fiel y honrosamente sus funciones como prefecto de Roma, desde hacía tiempo se sentía llamado a una vocación superior, hasta que por fin resolvió apartarse del mundo y consagrarse al servicio de Dios, siendo ordenado séptimo diácono de la Iglesia Romana y enviado como embajador ante la corte bizantina. A principios del año 586, tras volver a Roma, se convirtió en abad del monasterio de San Andrés, fundado con su patrimonio.
En el año 590, una terrible epidemia arrebató la vida al Papa Pelagio y el pueblo escogió a Gregorio como nuevo Pontífice. Desde el momento que asumió el cargo de Papa, se impuso el doble deber de catequizar y cumplir con la disciplina; prohibió el cobro injusto de primas por entierros en iglesias, por ordenaciones o por conferir el palio y no permitió a los diáconos dirigir la parte cantada de la misa a menos que fueran escogidos por sus voces más que por su carácter. También destacó como predicador escogiendo temas del Evangelio del día y, hasta nosotros ha llegado algunas de sus homilías, llenas de elocuencia y sentido común, terminadas con una enseñanza moral que podía adaptarse a cada caso. Fue un excelente administrador de la Sede Pontificia pues todos los súbditos estaban contentos con lo que les tocaba en la distribución de bienes y aún entraba dinero a la tesorería.
De toda su labor evangelizadora sobresale la conversión de los arrianos hispanos, mediante la imagen de la Virgen María, tallada por el evangelista Lucas en Éfeso y entregada por el Papa Gregorio al Obispo Leandro de Sevilla. Es la imagen encontrada en la sierra de Guadalupe en la Reconquista, cuya devoción fue llevada a México por Hernán Cortés y se apareció al indio Juan Diego, con el resultado de la existencia actual de Hispano-América CatólicaLa tradición indica que San Lucas mandó ser enterrado junto a la imagen tallada de "nuestra Señora" que él mismo había confeccionado. Luego, como refiere San Jerónimo (cf. De viris ill. VI, I), sus huesos fueron transportados a Constantinopla, a la basílica de los Santos Apóstoles. Cuando sus restos sufrieron aquel primer traslado, el emperador se hizo cargo de aquella imagen tallada, la cual originaría (siglos después) el culto a la Virgen de Guadalupe en España.

Se le reconoce a San Gregorio la compilación del Antiphonario, la revisión y reestructuración del sistema de música sacra, la fundación de la famosa Schola Cantorum de Roma y la composición de varios himnos muy conocidos. Pero su verdadera obra se proyecta en otras direcciones. Se le venera como el cuarto Doctor de la Iglesia Latina, por haber dado una clara expresión a ciertas doctrinas religiosas que aún no habían sido bien definidas y quizá su mayor labor fue el fortalecimiento de la Sede.
San Leandro de Sevilla 
(Cartagena 534-Sevilla 596)
Arzobispo de Sevilla, de noble familia hispano-romana y hermano de San Isidoro. Con la invasión bizantina de su tierra levantina (554), la familia se marchó a Sevilla. Influyó en la conversión y rebelión de San Hermenegildo contra su padre el rey arriano Leovigildo.
Enviado por Hermenegildo a Constantinopla para obtener ayuda para la conversión de los arrianos, donde mantuvo estrecha relación con San Gregorio Magno, que posteriormente confió a Leandro la imagen de María tallada por el evangelista Lucas para la evangelización de los arrianos hispanos.
De vuelta a Sevilla sufrió la persecución de Leovigildo, siendo de nuevo desterrado, un tiempo en el que escribió diversas obras contrarias al arrianismo. La conversión de Recaredo y posteriormente la de todo el pueblo visigodo, fue celebrada tres años más tarde por el obispo Leandro en el III Concilio de Toledo.
Considerado uno de los Padres de la iglesia y fundador de la escuela teológica de Sevilla, tuvo especial interés en la enseñanza oral y escrita del catolicismo y en la formación de los religiosos. Su estatua a tamaño natural le representa en la Puerta del Bautismo de la catedral de Sevilla,  frente a la de su hermano San Isidoro, que le sucedió como obispo de Sevilla. 
Recaredo y el III Concilio de Toledo 
Desde aquel Concilio III de Toledo (589), tan lejano en el tiempo, y hasta una época relativamente próxima a nosotros, el Cristianismo católico constituyó un elemento esencial de la personalidad nacional española. la Fe era el vinculo que aproximaba e imprimía un sello común a todo un mosaico de pueblos sobre los cuales el medio geográfico y los particularismos históricos, la lengua y hasta la insolidaridad temperamental, operaban como poderosas fuerzas centrifugas.
La fe impulsó la Reconquista 
Esta unidad de Fe creó la conciencia de una radical comunidad de destino, que no sólo se mantuvo incólume durante la dominación islámica, sino que animó la secular empresa del reencuentro de la España perdida, que fue la epopeya de la Reconquista.
Con Leovigildo desaparece la dualidad arriano-católica 
En el Concilio III de Toledo quedó sellada la unidad espiritual de España, mediante la conversión al Catolicismo de la población arriana de la Península. Este elemento germánico, descendiente de los invasores visigodos y suevos, constituía una reducida minoría en comparación con la masa de la población hispanoromana que, salvo escasas excepciones, era católica a mediados del siglo Vl. Pero los godos, aunque inferiores en número, tenían un considerable peso social, porque integraban el estamento aristocrático-militar, principal detentador del poder político, del cual salieron todos los monarcas que ocuparon el trono del Reino visigodo español. Durante largo tiempo, el dualismo religioso apareció como la lógica consecuencia del dualismo étnico y social: los hispano-romanos eran católicos, los godos eran arrianos, y la diversidad de confesiones constituía un importante y deseado hecho diferencial. Este planteamiento fue desechado como ideal político desde la hora en que Leovigildo comenzó a reinar en la España visigoda.
Lo de Leovigildo fue un intento 
Leovigildo -uno de los grandes "hacedores" de esa España que los visigodos "inventaron" y construyeron- tuvo la aspiración de fundir en un único pueblo los dos elementos romano y germánico que integraban la población hispana. Esa habría de ser la unitaria base demográfica de la gran Monarquía que extendiera su autoridad soberana por todas las tierras de la Península Ibérica. Pero Leovigildo tenia el convencimiento de que tan solo sobre el firme fundamento de la unidad confesional podría asentarse una sólida unidad nacional y política. Tal fue la razón de que el primer intento de unificación religiosa de los españoles haya sido obra de Leovigildo y que ese intento fuera bajo signo arriano, aunque se tratara de un arrianismo mitigado y diluido con importantes concesiones doctrinales y disciplinares a los católicos la tentativa de Leovigildo se saldó con un rotundo fracaso; pero la unida religiosa no tardaría en llegar: la lleva feliz término su hijo y sucesor, Recaredo, y fue la unidad católica española.
Recaredo fue el primer rey católico 

En la primavera del año 586 fallecido el rey Leovigildo, y Recaredo le sucedió pacíficamente en el trono visigodo Es indudable que desde el comienzo, mismo del reinado, el nuevo monarca tenia resuelto abrazar la Fe Católica y tardó poco en cumplir su propósito Dos años antes de la celebración de Concilio III, a comienzos del 587 Recaredo fue recibido en la Iglesia en calidad de príncipe católico y participó en el gran Sínodo que se reunió en la capital del reino.
Convocado el Concilio a instancias de San Leandro y Eutropio 
¿Cuáles pudieron ser entonces las poderosas razones que determinaron la convocatoria del célebre Concilio Toledano? Un escritor contemporáneo y bien informado -el cronista Juan de Biclaro- dice que la iniciativa de reunir un magno Sínodo partió de San Leandro de Sevilla y de Eutropio, abad del monasterio Servitano: dos destacados eclesiásticos relacionados con Bizancio conocedores, por tanto, de las tradiciones conciliares del Oriente cristiano, Leandro y Eutropio estimaban que un acontecimiento de tan excepcional trascendencia como era la conversión del pueblo visigodo al Catolicismo y su recepción en la Iglesia, merecía celebrarse con la debida solemnidad y en un escenario a la medida de su importancia histórica. Ningún marco más grandioso podía desearse para tal circunstancia que un Sínodo general del Episcopado del reino, capaz de rivalizar en brillantez con los prestigiosos concilios que se reunían en tierras del Imperio de Oriente: y ese fue el Concilio III de Toledo.
Recaredo hizo profesión de fe en nombre del pueblo 

En el Concilio Toledano, el papel de Recaredo -tal como se ha dicho- no fue el de catecúmeno o neoconverso, sino el del monarca ortodoxo que hace la profesión de fe en nombre del pueblo que ha conducido hasta el umbral de la Iglesia. Recaredo había convocado a los obispos a reunirse en asamblea, y en su presencia tuvo lugar la inauguración oficial del Concilio, en la mañana del domingo 8 de mayo del año 589. Las palabras de Recaredo en el aula conciliar, dirigidas al Episcopado del reino subrayan el protagonismo del monarca en la conversión de sus súbditos. Godos y Suevos eran los dos pueblos que Recaredo -tras haber sido él mismo iluminado por Dios- había arrancado de las tinieblas de la herejía y ofrendaba ahora a la Santa Iglesia.
Recaredo ofrece a Dios a los Godos y a los Suevos

"Presente está aquí -decía el rey ante los obispos- la ínclita nación de los Godos, estimada por doquier por su genuina virilidad, la cual separada antes por la maldad de sus doctores de la fe y la unidad de la Iglesia Católica, ahora, unida a mi de todo corazón, participa plenamente en la comunión de aquella Iglesia". Y allí estaba también presente -seguía diciendo el rey- "la incontable muchedumbre del pueblo de los Suevos, que con la ayuda del Cielo sometimos a nuestro reino y que, si por culpa ajena fue sumergida en la herejía, ahora ha sido reconducida por nuestra diligencia al origen de la verdad". Recaredo, promotor de la conversión de sus súbditos, ofrecía a Dios "como un santo y expiatorio sacrificio, estos nobilisimos pueblos que por nuestra diligencia han sido ganados para el Señor".
Recaredo aclamado como "Conquistador de nuevos pueblos para la Iglesia Católica" 
"Conquistador de nuevos pueblos para la Iglesia Católica": ese fue el titulo con que los obispos aclamaron a Recaredo al final de su discurso:
"¿A quién ha concedido Dios un mérito eterno, sino al verdadero y católico rey Recaredo? ¿A quién la corona eterna, sino al verdadero y ortodoxo rey Recaredo?" Estas y otras fueron las aclamaciones que brotaron de los labios de los padres conciliares, y que han llegado hasta nosotros a través de las actas del Sínodo. Más aún, Recaredo es presentado como un nuevo apóstol: "¡Merezca recibir el premio apostólico, puesto que ha cumplido el oficio de apóstol!", exclaman los obispos recurriendo a un símil de tradición oriental, pues en el Oriente cristiano se aplicó a los grandes príncipes -desde el emperador Constantino a Wladimiro de Kiew- que tuvieron un papel importante en la conversión de sus pueblos.
También hicieron profesión de fe magnates ilustres y antiguos obispos arrianos 
La asamblea conciliar siguió su curso. Un grupo de eclesiásticos y magnates conversos, en representación de todo el pueblo godo, hicieron la profesión de fe, que luego fue suscrita por ocho antiguos obispos arrianos y cinco "varones ilustres" de la nobleza visigoda. El concilio promulgó todavía una serie de preceptos sobre disciplina eclesiástica y otros que atribuían a los obispos importantes funciones civiles, articulando el esquema de un sistema de "gobierno conjunto" de ambos pueblos-visigodo e hispano-romano-, en el que participaban de modo armónico dignatarios laicos y obispos. Al prelado católico más insigne, san Leandro de Sevilla, correspondió el honor de clausurar el Concilio Toledano con una vibrante homilía de acción de gracias: la Iglesia desbordaba de gozo por la conversión de tantos pueblos, por el nacimiento de tantos nuevos hijos; porque "aquellos mismos -decía Leandro- cuya rudeza nos hacia antaño gemir, son ahora, por razón de su fe, motivo de gozo".
El III Concilio de Toledo es definitivo en la historia de España 

El Concilio III de Toledo marcó una huella indeleble en la historia religiosa española. Pero su importancia desborda el estricto marco hispánico para alcanzar una dimensión más amplia: católica. La Crónica de Juan de Biclaro traza un sugestivo paralelo entre Recaredo en el Concilio III de Toledo y los grandes emperadores cristianos de Oriente, Constantino y Marciano, que habían reunido los Concilios ecuménicos de Nicea y Calcedonia; y la Crónica contempla el Sínodo toledano, proyectado sobre el horizonte de la Iglesia universal, como el acontecimiento que representaba la definitiva victoria de la Ortodoxia sobre el Arrianismo. Así, a los ojos del más ilustre Cronista español contemporáneo, el Concilio aparecía a la vez como el origen de la unidad católica de España y el punto de agotamiento del ciclo vital de la gran herejía trinitaria de la Antigüedad cristiana. Al conmemorar ahora el XIV centenario de su celebración, vale la pena poner de relieve esta doble dimensión religiosa -española y ecuménica- que tuvo en la historia de la Iglesia el Concilio III de Toledo.
Fuente: FLUVIUM
Emperatriz de la HISPANIDAD
"Por eso os digo que se os quitará 
a vosotros el reino de Dios y se dará
a un pueblo que produzca sus frutos" 
(Mateo-21, 43)
La sinagoga de Satanás
¡El pueblo elegido, 
después de la infidelidad de los judios, 
fue el de los hispanos, cuando
 la Virgen del Pilar fortaleciò a Santiago en Zaragoza.
1. Virgen de Garabandal
En Zaragoza (año 40) se inicia su gestación 
y en los Picos de EUROPA está la Cuna 
y también la profecía de la Muerte de ESPAÑA
Conexión entre las Apariciones de la Virgen MARÍA 
en Covadonga-Asturias (año 722) 
y en Garabandal-Cantabria (1961-65)

SUMARIO
1. Cronología de la Virgen María
2. Virgen del Pilar en Zaragoza
3. Apóstol Santiago en la batalla de Clavijo
4. Historicidad de la Virgen del Pilar
5. Virgen de Guadalupe en España
6. Virgen de Guadalupe en México
7. Virgen de Guadalupe en la batalla de Lepanto
8. Los OJOS de la "Guadalupana"
9. Música española y mexicana a la Virgen
10. El Milagro de la batalla de Empel
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sábado, 4 de abril de 2015

HISTORIA de la CREACIÓN y de ESPAÑA (4). Fundadores de España: Cronología ilustrada de protagonistas desde la Santísima Virgen del Pilar-Santiago Apóstol a Recaredo, Pelayo, Fernando III el Santo, los Reyes Católicos y Santa Teresa de Ávila (1760)

Virgen María del Pilar con Santiago
40 dC: Nacimiento de España en Zaragoza
A mi Familia y Amigos

HISTORIA de la CREACIÓN y de ESPAÑA
HISTORIA de la CREACIÓN y de ESPAÑA
4 Fundadores de ESPAÑA
SUMARIO
2. Santiago Apóstol-Patrón de España
3. Fernando III el Santo-Rey de Castilla y León
Isabel I de Castilla y León, la Católica
4. Santa Teresa de Jesús-Doctora de la Iglesia
5. Linajes del reino de León
6. Linaje Lorenzana
 Protagonistas de España
(Cronología ilustrada desde Recaredo a Reyes Católicos) 
589: Conversión del arriano Recaredo, rey de España
589: Recaredo unifica la Penínsulase convierte y funda el Reino hispano-visigodo-católico 
de España, en el tercer Concilio de Toledo.
600: San Isidoro de León-Arzobispo de Sevilla 
722: Covadonga-Pelayo en la Cueva
722: Pelayo, duque de Cantabria descendiente del rey visigodo Chindasvinto, inicia la Reconquista de España en la batalla de Covadonga (Picos de Europa), con la intervención milagrosa de la Virgen María.
859: Clavijo-Ordoño I y Santiago

878: Polvoraria y Valdemora-Alfonso III el Magno

917: San Esteban de Gormaz

939: Simancas-Ramiro II

1085: Toledo-Alfonso VI el Emperador

1099-Valencia-CID Campeador

1106: Zaragoza-Alfonso I de Aragón

1212: Navas de Tolosa-Alfonso VIII de Castilla

1230: Mallorca y Valencia-Jaime I de Aragón

1282: Sicilia-Roger de Lauria-Almogávares

1248: Sevilla-Fernando III el Santo

1292: Tarifa-Guzmán el Bueno 

1302: Constantinopla-Roger de Flor-Almogávares

1402: Islas Canarias-Enrique III

1492: Granada-Reyes Católicos
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domingo, 28 de diciembre de 2014

Así se unió Hispania-Spania-España (1662)

589: Conversión del rey godo Recaredo-Toledo
Sobre el libro "Hispania, Spania, el nacimiento de España" de Santiago Cantera, Editorial Actas, 2014. Publicado en Razón Española (nº188). Poder leer un enorme trabajo de investigación sobre el nacimiento de España es un regalo del todo reconfortante en los días en que el separatismo amenaza nuestra unidad y en los que la Hispanidad se recuerda sobretodo para emponzoñar la gran obra cultural de nuestra patria a lo largo de los siglos.
Santiago Cantera (Madrid 1972), doctor en Historia y monje benedictino, nos ha sorprendido publicando precisamente en este año de confusiones un preciso estudio que clarifica el origen de España. A lo largo de sus 563 páginas el libro aborda la investigación yendo directamente a las fuentes y a los mejores expertos, llenando las páginas de notas interesantísimas y suministrando extensa bibliografía.
Con el objetivo de animar a la lectura de esta obra imprescindible, solo comentaré aquí un aspecto de la misma, sin entrar al desarrollo del trabajo ni a sus conclusiones. Lo que más me ha impactado del libro de Cantera y lo que extraigo como lección para nuestros días difíciles de hoy, es la gran obra de unificación de los pueblos de España comenzada por el Rey Leovigildo y culminada por el Rey Recaredo:
El Rey Leovigildo abordó la tarea de la unidad con un providencial sentido de Estado. España estaba dividida en tres grandes bloques: los restos del reino suevo que poblaba Galicia, la gran mayoría hispano romana y católica y la poderosa minoría goda y arriana. Leovigildo comprendió que la Monarquía Visigoda necesitaba pacificar los pueblos de la península ibérica y comenzó la unificación en tres ámbitos fundamentales: político, jurídico y religioso. Fracasó en la unificación religiosa porque intentó imponer el arrianismo cuando la gran mayoría era católica. Además, el reino suevo se había convertido recientemente al catolicismo por las predicaciones de San Fructuoso y San Martín de Braga.
Parece ser que el propio Rey Leovigildo comprendió su fracaso y quedó impresionado por el testimonio de su hijo Hermenegildo, que se convirtió al catolicismo por influencia de San Leandro de Sevilla y fue martirizado por negarse a comulgar con la herejía arriana. Su asesinato impactó profundamente a su hermano Recaredo, el heredero, que también se convirtió a la fe católica y, al poco de convertirse en Rey de la España Visigoda, convocó el III Concilio de Toledo, en el año 589, para comunicar al mundo la conversión de su Monarquía al catolicismo. Así, las tierras de España se irían olvidando de las cinco provincias romanas para estructurarse como una nación unida y unitaria en todos los ámbitos.
El acontecimiento fue celebrado durante siglos, -el autor cita preciosas palabras de Juan Pablo II en el año 1989 recordando, 13 siglos después, el concilio que proclamó la unidad católica de España- supuso una revitalización importantísima de la Iglesia española -quizá la más viva de aquel tiempo- y trajo estabilidad política acompañada de progreso cultural y económico durante el siguiente siglo. El autor hace un intenso recorrido para mostrarnos y demostrar, en los siguientes numerosos concilios de Toledo, la presencia en los mismos de una constante conciencia de España. Impresiona comprobar que esos concilios reunían a cerca de setenta obispos de las diferentes regiones que conforman hoy nuestra nación, así como también a algunos de las Galias, cuyas regiones siempre aparecían como ajenas a la unidad reciente de nuestra patria. Aquella apasionante época dio grandes frutos en todos los ámbitos hasta que la crisis, la frivolidad, la corrupción y la traición arruinaron el país y proporcionaron todas las facilidades para la invasión musulmana de España.
Aún así, la conciencia nacional de nuestra patria estaba ya tan afianzada que nunca faltaron argumentos para intentar recuperar la unidad perdida, la unidad culminada en el III Concilio de Toledo. Los argumentos de San Isidoro de Sevilla, el empuje de la naciente Monarquía y las ansias de libertad de los españoles de aquellos años fueron suficientes ingredientes, a pesar de los siglos y las dificultades, para volver a encontrar la unidad de la patria.
Conviene resaltar el origen de España como pueblo unido y unitario y empeñado en recuperar esa unidad. Ir a las raíces ayuda a encontrar las fuentes de la savia que regenera y hoy más que nunca conviene abonar nuestra cultura con los nutrientes de la verdad. En los últimos siglos se han producido ataques a nuestra unidad que no provienen de una lógica diversidad afianzada en costumbres tan regionales como profundamente españolas. Esos ataques son fruto de ideologías irracionales que no deberían haber tenido recorrido pero que han sido potenciadas por intereses contrarios a los de España y alimentados tanto por estructuras políticas nefastas, como por gobiernos indecentes.
La unidad de España es un logro histórico, ha sido un lucha de siglos, es una herencia preciosa, es una misión, una tarea y un deber. Conviene comprender bien el origen de la España unida y unitaria porque hoy se insiste demasiado en buscar diferencias, casi siempre artificiales y recientes y que se hacen ridículas ante el "logro de la concordia" (S. Juan Pablo II) que supuso la unificación total de España.
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miércoles, 13 de noviembre de 2019

San Leandro de Sevilla: San Gregorio Magno entregó a Leandro una imagen de la Virgen, tallada por San Lucas en Éfeso, para que le ayudara a convertir al rey arriano Leovigildo. Leandro bautizó a su hijo Hermenegildo, que fue mártir de su padre, y en el III Concilio de Toledo (589) bautizó al rey Recaredo, que fundó el reino catolico de España, destruido por la invasión mahometana (718). Dicha imagen está en Guadalupe (Cáceres), donde fue venerada por la reina Isabel y Colón (1492), que llevó su devoción a América

San Leandro de Sevilla

San Gregorio Magno entregó al obispo Leandro una imagen de la Virgen, tallada por San Lucas en Éfeso, para que le ayudara a convertir al rey arriano Leovigildo. Leandro bautizó a su hijo Hermenegildo, que fue mártir de su padre, y en el III Concilio de Toledo (589) bautizó al rey Recaredo, que fundó el reino católico de España, destruido por la invasión mahometana (718). Dicha imagen está en Guadalupe (Cáceres), donde fue venerada por la reina Isabel y Colón (1492), que llevó su devoción a América.  La "GUADALUPANA" (1531) llegó a México para convertirse en Emperatriz de la HISPANIDAD:

San Leandro de Sevilla, obispo, nació en Cartago cerca de 534, de una familia romana que se estableció en esa ciudad; murió en Sevilla el 13 de Marzo de 600.
Algunos historiadores sostienen que Severino, su padre, fue duque o gobernador de Cartago, pero San Isidoro afirma que simplemente fue un ciudadano de esa ciudad. La familia emigró de Cartago cerca del año 554 y viajó a Sevilla. El gran valía de los hijos de Severino parece indicar que fueron educados en ambientes distinguidos. Severino tuvo tres hijos, Leandro, Isidoro, Fulgencio, y una hija, Florentina.
Tanto San Leandro cuanto San Isidoro fueron obispos de Sevilla; San Fulgencio, obispo de Cartagena y Santa Florentina, una monja, quien dirigió cuarenta conventos y a mil hermanas religiosas. También se creyó, pero equivocadamente, que Theodosia, otra hija de Severino, fue la esposa del rey Visigodo Leovigildo.
Leandro fue primero un monje Benedictino para luego ser nombrado Obispo de Sevilla en 579. Mientras tanto fundó una célebre escuela, que pronto se convirtió en un centro de aprendizaje y ortodoxia. Asistió a la princesa Ingunthis en convertir a su esposo Hermenegildo, el hermano mayor de Leovigildo, y defendió al convertido de las crueles represalias de su padre.
En su esfuerzo por salvar a su país del arrianismo, Leandro demostró ser un cristiano ortodoxo y un patriota clarividente. Exiliado por Leovigildo, se retiró a Bizancio del 579 al 582. Es posible, pero no comprobado, que haya visto levantarse al emperador Tiberio y tomar armas contra el rey arriano; en cualquier caso el intento no obtuvo resultados. No obstante lo cual sacó provecho de su estancia en Bizancio preparando trabajos importantes en contra del arrianismo, y también conoció a quien sería más tarde Gregorio El Grande, en ese entonces sucesor de Pelagio II en la corte Bizantina.
A partir de ahí una amistad muy cercana unió a los dos hombres, y la correspondencia de San Gregorio con San Leandro se erige como uno de los títulos más importantes y honorables. No se sabe exactamente cuando Leandro retornó del exilio. Leovigildo dio muerte a su hijo Hermenegildo en el año 585 y murió en el año 589.
En esta hora decisiva para el futuro de España, Leandro trabajó mucho para asegurar la unidad religiosa, una fe ferviente, y su amplia cultura en la que se basó su posterior grandez, tuvo parte en la conversión de Recaredo, y nunca cesó de ejercer sobre él una influencia beneficiosa y profunda.
En el Tercer Concilio de Toledo, donde la España Visigoda abjuró del arrianismo, Leandro expuso el último sermón. A su regreso de este concilio, Leandro convocó un importante sínodo en su ciudad metropolitana de Sevilla (Conc. Hisp., I), y nunca cesaron sus esfuerzos de consolidar el trabajo, en el que su hermano y sucesor San Isidoro lo seguiría. Leandro recibió el pallium en Agosto de 599. Ahí lamentablemente se conservan sólo dos trabajos de este escritor (superior a su hermano Isidoro), a saber: De institutione virginum ete contemptu mundi, una regla monástica compuesta para su hermana, y Homilia de trimpho ecclesioe ob conversionem Gothorum (P.L., LXXII).
San Isidoro escribió sobre su hermano: “Este hombre de suave elocuencia y talento eminente brilló tanto por sus virtudes cuanto por su doctrina. Por su fe y celo, las personas góticas se han convertido del arrianismo a la fe católica”. (De script. eccles., xxviii)..
PIERRE SUAU
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viernes, 4 de mayo de 2012

La Iglesia en la Historia de España-Occidente (371)

Plaza San Pedro de Roma
Beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer
InfoCatólica
Antonio R. Peña
(26/04/12 )
En la Historia de Occidente la Iglesia 
intentó siempre construir y defender 
la unidad de la "Christianitas" 
encauzando las relaciones entre sus Estados 
mediante el imperio de la Ley
Algunas líneas historiográficas –del marxismo y ateísmo a algunas corrientes cristianas y liberales radicales- siguen despreciando la acción de la Iglesia Católica en la historia de España y de Occidente en su conjunto. Las interpretaciones que estas líneas historiográficas nos ofrecen son –curiosamente- muy similares e incluso coincidentes en multitud de aspectos, y se podrían esquematizar en que: la Iglesia Católica ha sido y sigue siendo un mal para Occidente (incluida España), nuestra historia –de supuesto atraso y continua convulsión- lo atestiguaría y la situación crítica actual lo ratifica.

Pero esta acusación no es nueva. A lo largo de la historia de España podemos observar la presencia constante de políticos e intelectuales que acusan y descalifican a la Iglesia Católica como mínimo por “meterse en política”. Estos críticos pontifican sobre la maldad de la Iglesia Católica por haber –supuestamente- colaborado con dictaduras y ser causante de enfrentamientos y guerras civiles. Nos dicen, acusando y condenando: que si las Cruzadas, que si la Inquisición, que si las guerras contra una maravillosa y Reforma, o que si el Franquismo...

Ante estas acusaciones muchos cristianos católicos suelen agachar la cabeza, posiblemente llevados por una falta de formación e información y por el machacón mensaje ateo y anticristiano transmitido por diversos medios de comunicación de masas.

Ante todo este escenario creo que debemos ser valientes y decir que estas acusaciones son mentira, que la realidad histórica y presente cuenta con muchísimos claro-oscuros y es muy diferente a como lo cuentan. La Iglesia Católica siempre ha mirado por la defensa del ser humano, de su dignidad, de su libertad, de su racionalidad y de su moralidad; porque así lo ha creado Dios.

Aquí tenemos esbozados los principios que hoy constituyen la base de toda sociedad libre y democrática: Trascendencia, moral, libertad, razón, responsabilidad. Y desde los primeros pasos del Cristianismo la Iglesia Católica siempre ha mirado de fomentar un caminar político, económico y social de La Cristiandad conforme a estos postulados.

De hecho el hombre cristiano siempre se ha preguntado si se puede establecer un orden político y social que responda a estos principios y, si con ellos, se puede interpretar la historia de la humanidad: porque la historia y el modo de organización política y económica, social y cultural deben estar a favor del ser humano con el objetivo del servicio a Dios.
Pensando la Historia, buscando una sociedad justa

Si pensamos en estos términos vemos que la Historia de la Humanidad pasa de ser circular y repetitiva a ser una línea -con altibajos- de búsqueda y caminar constante hacia un modo de organización que responda a tales principios. Este fue el discurso de los pensadores cristianos –de los Padres de Iglesia- de los siglos II al IV y es la actitud de la Iglesia Católica desde hace 2000 años.

Con esta intención San Agustín encargó a Orosio un compendio de Historia Universal hasta el año 417 d.C. Fue la "Historiae adversus paganos". A través de las páginas de la Historiae se van recogiendo a los grandes polígrafos clásicos greco-romanos y cristianos desde la dialéctica entre el Bien y el Mal, entre la Gracia y el Pecado con la esperanza puesta en la salvación ofrecida por Jesucristo como motores de la Historia de la Humanidad.

"De Civitate Dei" de San Agustín. Desde esta perspectiva toda crisis es causada por la desviación del ser humano y su caminar hacia el reino de Satanás. Esta desviación tenía su reflejo en las guerras europeas del siglo IV-V, por ejemplo.
La Iglesia Católica construyó Occidente: Ante la descomposición del mundo romano-cristiano la Iglesia Católica floreció como esencia medular de estabilidad, de progreso, de justicia, de paz, de cultura y rehabilitación de la "Christianitas". Ahí tenemos a los grandes santos creadores de Occidente: San Benito, San Gregorio, San Isidoro de Sevilla, San Bonifacio y tantos otros.

En el caso de España, la Iglesia Católica supo aunar a todos -hispanorromanos y godos- en un proyecto común de reconstrucción estatal protonacional. Para ello organizó el III Concilio de Toledo (589) que resolvió en favor de Recaredo frente a la sublevación de su hermano Hermenegildo (católico y levantado contra su padre Leovigildo y contra su hermano Recaredo, arrianos ambos).

III Concilio de Toledo
Conversión de Recaredo-Primer Rey de España
La condena de la Iglesia Católica al católico Hermenegildo tiene una gran trascendencia. Es condena de un intento de “golpe de Estado” que podía acabar destruyéndolo todo. Pero es una condena desde los pilares de la fe anclados en Jesucristo con la Sagrada Familia y la Ley de Dios: honrar padre y madre, por lo que el hijo debe obediencia y respeto a sus padres. No es lícito que el hijo se sublevase contra su padre, es pecado. Así tampoco era lícito que un noble se sublevase contra su rey o que un siervo se alzase contra su señor. Y los conciliares tomaron como ejemplo la carta de San Pablo a Filemón.

La Iglesia Católica estaba diciendo y recordando a todos que los conflictos debían solucionarse en el marco del Imperio de Ley y en los tribunales, asambleas y concilios. Que la Ley está por encima de todos y todos deben regirse según las leyes, incluso el rey: rex eris si recte facias. Quiere esto decir que el rey lo era de derecho porque el rey juraba en elConcilium y sobre el tomus regius (constituciones del reino) cumplir y hacer cumplir las leyes del reino y, sólo entonces, el reino reunido en Concilium le reconocía y juraba como rey. Seguidamente el Primado de Toledo le rociaba el asperges y el rey quedaba ungido como tal.

Qué diferencia con esos reyes de otros lugares europeos que se coronaban a sí mismos y donde las diversas revoluciones y reformas políticas, sociales y religiosas a día de hoy no han podido acabar con esa costumbre, último vestigio de absolutismo. Incluso actualmente sigue habiendo Estados occidentales en los cuales la población no tiene carácter de ciudadanos sino que siguen siendo súbditos.

Es así que la Iglesia Católica abogaba por que la Ley Moral Natural y la Ley de Dios se aunasen y quedasen expresadas en la ley escrita y promulgada por el Estado: la ley o derecho positivo. Este debería ser el basamento constituyente de La Christianitas. Además, con esta actitud la Iglesia Católica daba estabilidad y seguridad jurídica a las relaciones sociales y estamentales en todos los ámbitos (políticos, económicos, sociales, culturales, en los pactos y contratos).

Estamos ante una actitud clara, profunda, tajante y pública de la Iglesia Católica en defensa de la reconstrucción política de La Cristiandad partiendo de la fe. Construir así un Occidente Romano-Cristiano y Católico en base a las antiguas provincias imperiales convertidas, ahora, en Estados protonacionales.

En este proyecto la Iglesia Católica se situaba por encima de los conflictos políticos, sociales e incluso religiosos (en su propio seno) para defender la unidad de la comunidad política y la preservación del Estado, de la Monarquía de España y de Occidente y dar empuje reunificador de La Cristiandad. Es lo que modernamente llamamos “sentido de Estado”.

La Cruzada de Ximénez de Rada: el arzobispo primado reunió el Concilium -la asamblea general del "Regnum Hispaniae"- en Toledo (1211) para decir a todos los reges hispaniae que tenían la misión de Restauratio y Recuperatio de la Hispania Cristiana bajo el signo de la solidaridad y la unidad, y no de la división. El propio Papa se situó a la cabeza de este movimiento mediante llamamiento general de Cruzada. Bajo esta guía los ejércitos de los Reyes y nobles "Hispaniae" se enfrentaron a los muslimes en la batalla de las Navas de Tolosa. Gracias a esta unidad impulsada por la cabeza de la Iglesia Católica el poder islámico acabó hundiéndose en todo Occidente, quedando relegado al sureste de Europa. Éste es el significado profundo de las Cruzadas.

Reconquista: Cruzada contra la invasión Almorávide
Batalla decisiva de las Navas de Tolosa (1212)

Cisneros y la transición pacífica al s.XVI: Situación crucial también pasó España y Europa al fallecimiento de Fernando el Católico, lo que desencadenó un proceso de descomposición que hubiese destruido la labor de los Reyes Católicos. Pues bien, ahí estuvo de nuevo la Iglesia Católica para evitarlo. Surge aquí la figura del Cardenal Cisneros, intentando realizar una transición pacífica: de los Trastámara a los Habsburgo, con Carlos V.

Carlos I de España y Emperador de Alemania
Batalla de Muhlberg contra los príncipes protestantes



Y ¿cuál era la pretensión de Carlos? Pretendió Carlos reconstruir la unidad de la Europa cristiano-romana: La Cristiandad. No en vano Carlos elegiría la ciudad de imperial Aquisgrán para coronarse emperador, sucesor de Carlomagno, continuador del Imperio Romano-Cristiano; detentando los símbolos de la espada de Carlomagno, el anillo imperial, el cetro y el mundo. Y allí estaba la Iglesia Católica apoyando el camino hacia la reunión de La Cristiandad. Es en este marco en el que se encuadran los intentos del Papa Paulo III de realizar un concilio general de La Cristiandad –Mantua 1536- con la participación de los teólogos protestantes. El concilio fracasó por múltiples motivos pero la idea no feneció y fue germen del Concilio de Trento: 

Trento: Concilio de la Contra-Reforma
Potagonismo de los Teólogos de Salamanca

Buscando la paz entre Austrias y Borbones: Similar actitud tuvo la Iglesia Católica en otro momento trascendental de nuestra historia. En 1700 Carlos II -último Austria- fallecía sin sucesión dejando un reino de España en crisis militar, política, económica, social, cultural.

Ante una España amenazada por el saqueo de los reyes católicos -Luis XVI y Leopoldo de Austria- y ante la rapiña comercial de británicos, holandeses y demás estados protestantes; de nuevo la Iglesia Católica apareció como la Institución a la que toda la sociedad se agarró pidiendo protección, seguridad, paz, reconstrucción y salvación.

En esta situación surgió el primado de la Iglesia Católica, Cardenal Portocarrero, organizando la sucesión pacífica de Austrias a Borbones. Sucesión que, bajo la guía de la Iglesia Católica, fue aceptada incluso por los sectores catalanes más austracistas. Estos juraron a Felipe V en las Cortes de Cataluña de 1702, sin objeción alguna.

Tal fue el éxito de esta Transición que el muy austracista Feliu de la Peña comentaría, en susAnales de Cataluña, que en las Constituciones de Cataluña “consiguió la provincia [Cataluña] cuanto había deseado, moderado sólo el desinsacular”, y expresó el contento y alegría que todos los catalanes mostraban hacia Felipe V: contento y alegrías de la nobleza, de los comerciantes, de los gremios y de las capas populares ante el nuevo rey Felipe V, al que ya por entonces comenzaban a llamar, el Animoso (1702).

Acabada esta transición, encaminado este proceso, pacificado y seguro el reino; la Iglesia Católica se retiró dejando la iniciativa a los civiles (1703). Es a partir de aquí cuando el proceso político comenzó a torcerse hasta enloquecer y extraviarse -por múltiples factores- degenerando en la guerra civil (1705). Este caso lo expongo ampliamente en mi libro De austrias a borbones (ed. Akrón, 2008).

Cataluña aclama a Felipe V de Borbón
Vencedor de la dinastía de los Austrias

La Iglesia al llegar la II República española: Y qué decir del colapso de la monarquía de Alfonso XIII. El 14 de abril de 1931 los españoles se despertaron en un Estado con una nueva forma política: la República. Una república que hacía temer a muchos ciudadanos que se desataría el odio y el radicalismo anticristiano –como había sucedido en Méjico-, haciendo imposible la convivencia. Y ¿qué hizo la Iglesia Católica?

El 18 de abril de 1931 los arzobispos de Barcelona y Tarragona, Manuel Irureta y Vidal y Barraquer fueron al palacio de la Generalidad y se entrevistaron con Francesc Macià. Le expresaron que el interés de la Iglesia Católica era ayudar a la concordia y a la paz entre los españoles.

Los dos arzobispos hicieron un llamamiento a todos los católicos para que ante los numerosos actos de violencia, profanaciones, saqueos, incendios y asesinatos que se estaban cometiendo se mantuviesen -pese a todo- serenos y confiasen en Jesucristo, en la Iglesia Católica y en el nuevo régimen republicano. La actitud de las demás diócesis de España, con sus obispos al frente, fue similar.

Podría citar muchos otros momentos de la historia similares a todos estos, pero sirvan estos casos reseñados para reafirmar que la Iglesia Católica nunca ha abandonado esta labor, surgiendo como fuente de estabilidad, de justicia, de unión y reunión de todos cada vez que las estructuras civiles han fracasado, se han hundido o extraviado por el camino del odio.

Nuestra última transición: Las libertades, la democracia y el bienestar que hoy gozamos en España -pese a la crisis- se deben -a diferencia de otros muchos países- en gran medida a la labor de la Iglesia Católica: a su labor social y económica y educativa, y también política. Sí, también política. Y no debemos avergonzarnos en reconocerlo públicamente.

Por lo menos, desde la década de 1960 la Iglesia Católica llevó a cabo una labor política trascendental con el fin de que se pudiese realizar una transición hacia la democracia con estabilidad, concordia y paz; defendiendo -por encima de todo- la persona y su dignidad.

El Papa Pablo VI instó al Consistorio de Cardenales para que favorecieran el camino de reformas democráticas (jun.1969) en base a las enseñanzas del Concilio Vaticano II: compromiso de todo cristiano y de todo católico con el pasado, con el presente y con el futuro de la nación en pos de un ordenamiento social, económico, político y cultural que tenga como eje el respeto integro de la persona. La persona entendida como Ser eminentemente espiritual que tiene derecho a su total Integridad Moral, esto es, integridad de todo su Ser físico, intelectual y espiritual.

Y esto solo se puede dar en un sistema político de libertad individual, de democracia, de justicia social y de reconciliación nacida del perdón de todos, hacia todos y para todos, única forma de fundamentar la auténtica paz.

De ahí que en noviembre de 1975 el Cardenal Tarancón pronunciase su famosa homilía ante el rey y la asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal Española, insistiendo en quela integridad moral de la persona es un derecho anterior a cualquier tipo de ordenación política, jurídica, económica, social o cultural.

En 1982 tuvo lugar el primer viaje apostólico de Juan Pablo II a España. En su discurso de 2 de noviembre el Papa reafirmó todos estos principios: que caminásemos por la senda constitucional que nos da una forma social, económica, política y cultural individual y colectiva concreta impidiendo -al menos jurídicamente- el desagüe de la Trascendencia del Ser Humano y su conversión en Hombre-Masa. Y todo ello en el marco de la reafirmación de nuestro ser cristiano.

En todos sus viajes a España Juan Pablo II insistió en el mismo mensaje: que perseverásemos en la senda constitucional y en la defensa de nuestro país como una tarea moral que a todos implica, envuelve y compromete. Y debo hacer notar que “detrás” de Juan Pablo II estaba el cardenal Ratzinger, hoy nuestro querido Benedicto XVI.
Nuevos retos

Ante la embestida laicista radical en la que hoy estamos inmersos se hace necesario, más que nunca, salir a la vida pública y repetir claramente que estos principios medulares siguen siendo la sustancia en la que debe basarse cualquier constricción política y económica, socia y cultural porque son principios morales superiores, a saber: que todos los seres humanos tenemos unos derechos inalienables iguales, derecho a la Vida (incluido el no-nacido), a la Verdad, a la Libertad, a la Democracia, a la Justicia, a la Integridad Moral (física, intelectual, espiritual) y a la búsqueda de la Felicidad dentro de las leyes de la moral natural y religiosa y de la Democracia.

El llamado problema de España (Picavea, Mallada, Unamuno, Azorín, Galdós, Baroja, Maeztu, Ortega) nos dicen los políticos actuales que consiste en una cuestión de definición política y económica por la cual incluso se llega a asesinar y masacrar. De nuevo “la política” endiosada y convertida en una pseudoreligión, en una falsa religión. No nos dejemos engañar.

La encrucijada ante la que estamos no consiste en un problema de definición de una o de unas entidades políticas y económicas, de su forma de organizarse política, jurídica, económica, social y culturalmente sino que se trata de La Cuestión Moral, porque afecta a todos los fundamentos del ser humano y de su convivencia y a la paz y al bienestar de toda la comunidad.
El Estado-César, convertido en dios y religión

En el siglo II Justino, en su búsqueda de la Verdad, dio el salto de la filosofía y teología greco-romana al Cristianismo y creó escuela en Roma. No es que encontrase la Verdad sino que dejó que la Verdad le encontrase.
San Justino Filósofo
Primer Apologista Cristiano
Pagano de  Siquem-Cisjordania
Converso en Éfeso
Mártir en 165 (Marco Aurelio)
Su “Diálogo con Trifón” fue ejemplo de camino de conversión e itinerario espiritual ofrecido al mundo greco-latino racionalista, encabezado por Estado-César convertido en dios y religión.

En su vía catequética para difundir el Mensaje Cristiano Justino señalaba: “importa a los cristianos no desentenderse, sino animarse, a pesar de la muerte que amenaza a quienes enseñan o tan siquiera confiesan el nombre de Cristo; por todas partes y por todos los medios hay que enseñar y recibir la Palabra”.

¡Qué modernas suenan estas palabras!, tan similares a la llamada de Juan Pablo II al compromiso de todos los cristianos: “hay que dar testimonio de la Verdad, aún al precio de ser perseguido […] mantened y defended un orden de verdades y valores” (Juan Pablo II, “Levantaos, vamos” p.164-165).

El 20 marzo 2007, en la audiencia general de los miércoles, Benedicto XVI dijo sobre Justino: “la figura y la obra de Justino marcan la decidida opción de la Iglesia […] por la filosofía, por la razón” y por la Fe, como soportes que llevan necesariamente al compromiso. “Justino, y con él otros apologistas, afirmaron la toma de posición clara de la fe cristiana contra los falsos dioses […] era la opción por la verdad del ser contra el mito […] desorientación diabólica en el camino de la verdad”.

Autor: Antonio Ramón Peña Izquierdo. Doctor en Historia