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viernes, 12 de agosto de 2022

Católicos identitarios: una reacción militante contra el globalismo y el multiculturalismo

Católicos identitarios: una reacción militante
 contra el globalismo y el multiculturalismo
8 agosto 2022 

Bendición de la hoguera en la pasada festividad de San Juan, en un encuentro de Academia Christiana, una de las asociaciones de católicos franceses por la conservación de la identidad cristiana y cultural del país.

En los años 60, el 96% de los franceses de declaraban católicos y al menos la mitad eran practicantes. Medio siglo después, esas cifras se habían hundido al 56% y el 4,5%, respectivamente.

A este problema de secularización se une el acusado proceso denominado que los sociólogos denominan "sustitución de población" a través de oleadas de inmigración culturalmente heterogénea a la autóctona (un problema que en España no existe en el caso de la inmigración americana) y con mayores índices de fertilidad.

Una reacción cultural católica y patriótica

"La descristianización y el gran reemplazo van de la mano. El huracán migratorio está completando la dispersión de los restos de una Europa vaciada de su energía por la negación de su bautismo", sostiene Julien Langella, periodista de 35 años que es portavoz de Academia Christiana. Se trata de un movimiento juvenil católico creado en 2013 que defiende con igual intensidad la vida de fe y el arraigo basado en el patriotismo, el bien común y la reivindicación de lo propio frente al globalismo de "los poderes del dinero y el desorden materialista".

Julien Langella, en un acto de Academia Christiana.

Recientemente La Tribuna del País Vasco ha publicado en español la última obra de Langella, Católicos e identitarios, que hace las veces de libro-manifesto para una tendencia que ha ido ganando peso en la opinión pública católica. En buena medida es una reacción ante las manifestaciones cada vez más evidentes de un Gran Reinicio con principios masónicos (Michelle Bachelet dixit) que disuelve los restos de la sociedad cristiana en "sociedades multiculturales que se hunden cada día un poco más", denuncia Langella, "en la violencia" y "están condenadas a perecer".


El principal escollo con el que se encuentran estos católicos identitarios, no es tanto por identitarios como por católicos: según el discurso cristiano dominante, un fiel miembro de la Iglesia no solo no podría oponerse a ese proceso de "sustitución de población", sino que debería convertirse en su aliado objetivo.

La realidad y sus problemas objetivos

Langella sostiene que "toda comunidad viable se basa en la homogeneidad", y que la heterogeneidad produce conflictos. Miles de españoles e ingleses los sufrieron el 28 de mayo en la final de la Champions League, cuando los aficionados del Real Madrid y del Liverpool tuvieron que atravesar a pie, para llegar al estadio, el multicultural barrio parisino de Saint-Denis, sufriendo vejaciones y humillaciones, agresiones y robos, por parte de bandas que se saben impunes y protegidas por su 'diferencia'. Tan protegidas, que los medios sistémicos tergiversaron lo sucedido, que solo se conoció a través de los testimonios de las víctimas en redes sociales.

Esos son los hechos: de la creciente islamización de Alemania a los barrios enteros en París, Londres o Bruselas donde impera la sharia y la Policía no entra. "Nuestro olvido de esta realidad viene del pensamiento occidental moderno, que afirma la primacía de la voluntad sobre la realidad", afirma Langella, pero "numerosos católicos han sucumbido a este veneno intelectual". Se han dejado convencer por "la ilusión moralista" de las enriquecidas élites del establishment, que condenan a la marginalidad a miles de personas y "suprimen las fronteras para construirse muros", mientras el resto de la población, que queda fuera de ellos, tiene que convivir con los problemas que genera esa supresión.

Juan Pablo II, Benedicto XVI... y Francisco

Pero ¿realmente la doctrina social de la Iglesia obliga a aceptar e incluso fomentar una inmigración ilegal y culturalmente heterogénea como la que está recibiendo Europa? Ésta es la cuestión a la que Langella dedica una parte de su libro. Recuerda que, para la doctrina católica, el principio político que prima es el bien común, no la convivencia multicultural.

Juan Pablo II afirmó que el ejercicio del derecho a emigrar "ha de ser reglamentado, porque una aplicación indiscriminada ocasionaría daño y perjuicio al bien común de las comunidades que acogen al migrante".

Benedicto XVI fue aún más preciso: "Los Estados tienen el derecho de regular los flujos migratorios y defender sus fronteras, asegurando siempre el respeto debido a la dignidad de toda persona humana. Los inmigrantes, además, tienen el deber de integrarse en el país de acogida, respetando sus leyes y la identidad nacional".

En cuanto a Francisco, Langella señala que ha habido un "viraje" en esas cautelas desde su viaje a Lampedusa en 8 de julio de 2013, y lamenta su posicionamiento contra los movimientos europeos que defienden la integridad de las fronteras. También el que considera "incomprensible silencio" del Papa ante el sufrimiento que supone para millones de europeos la aparición en sus propios países de guetos hostiles y al desbordamiento de formas insólitas de delincuencia, como las decenas de violaciones de jóvenes alemanas por inmigrantes ilegales musulmanes en la Nochevieja de 2015 en Colonia.

Sin embargo, Langella recuerda que también Francisco ha apelado al realismo en la cuestión migratoria, como en su discurso de 2016 al cuerpo diplomático: "Ante la magnitud de los flujos y sus inevitables problemas asociados han surgido muchos interrogantes acerca de las posibilidades reales de acogida y adaptación de las personas, sobre el cambio en la estructura cultural y social de los países de acogida, así como sobre un nuevo diseño de algunos equilibrios geopolíticos regionales. Son igualmente relevantes los temores sobre la seguridad, exasperados sobremanera por la amenaza desbordante del terrorismo internacional".


Así celebró este año Academia Christiana la fiesta del fuego de San Juan, con una gran hoguera bendecida por un sacerdote.

¿Por qué, entonces, se sigue asociando la posición cristiana a una apertura irrestricta de fronteras sin atención a los problemas que eso supone para la población europea, la única población autóctona que merece el desprecio globalista y cuya identidad cultural parece la única que no merece respeto? Es el tema central de Católicos e identitarios, un libro vibrante y contundente.

Contradicciones del "asimilacionismo"

Paralelo al discurso de la integración multicultural discurre el discurso de la asimilación, que también cierra los ojos a la realidad de los problemas que presenta la integración de la inmigración heterogénea cuando supera un cierto umbral cuantitativo.

Langella señala tres contradicciones en ese discurso "asimilacionista".

Primero, que la "asimilación" es totalitaria por su propia naturaleza, en cuanto "necesariamente coercitiva" para los inmigrantes a quienes se impone una cultura que les es ajena.

Segundo, que es ilusoria, porque a los inmigrantes no les interesa: "Hay suficientes en nuestro país como para que se puedan sentir cómodos sin tener que vivir como los franceses. En cuanto a su bienestar identitario, es superior al nuestro ya que pueden vivir como en su tierra natal, entre nosotros, sin miedo a represalias. Por ello, se sienten lo suficientemente fuertes como para rechazar una cultura francesa que identifican como débil y decadente. Bajo esas condiciones, no tienen ningún interés en convertirse en franceses".

Tercero, que actúa con superioridad ante los propios inmigrantes, porque, "inconscientemente o no, los asimilacionistas desprecian a los no europeos, subestiman su búsqueda de raíces, viéndola como una crisis temporal de la adolescencia, como si los inmigrantes vinieran de la nada; como si ellos tampoco tuvieran ni historia ni patrimonio".

Dios en primer lugar

La razón por la que el globalismo fomenta la "sustitución de población" y la multiculturalidad heterogénea no es otra, sostiene Langella, que el dinero: el desarraigo favorece un consumo irracional convertido en horizonte único de la vida, en beneficio de empresas transnacionales y masas móviles de capital cuyo único objetivo es su cuenta de resultados. Y es lógico que ellas lo hagan así, pues no tienen otro objetivo, pero la ideología que les ha allanado el camino es un cosmopolitismo apátrida cuyas raíces ideológicas sitúa en la Revolución Francesa, y que tiene precedentes históricos.

De hecho, el libro concluye poniendo como ejemplo "la epopeya de los macabeos" en su lucha por salvar la identidad judía de males similares a los de hoy: "La traición de las élites, la colaboración con el enemigo, la impunidad de la blasfemia y la muerte de una civilización", todo ello traducido en "la estandarización consumista, la islamización, la gran sustitución y la libertad de expresión reducida a insultos anticristianos".

Frente a ello, propone un proceso de reconquista basado en algo que quizá "decepcione a las mentes sofisticadas que buscan acrobacias intelectuales". Pero "el único remedio para el dilema identitario nos lo dio hace dos mil años el hijo de un carpintero cuando respondía a la angustia de los hombres por la necesidad de comida y vestido: 'Buscad primero el reino de Dios y lo demás se os dará por añadidura' (Mt 6, 33). Al decir esto, Jesús era muy consciente de que esto era aplicable a todas las personas de todos los tiempos".

Morimos como civilización porque hemos puesto la primacía en el poder material y el dinero, y por eso "la palabra de Cristo no es solo un acicate para nuestra vida personal de fe, sino también una brújula política: un Estado que obstaculiza la vida interior de sus súbditos se condenará a sí mismo a una muerte lenta".

Por eso, y entre otras medidas que podrían adoptar ya los gobiernos y sugiere en Católicos e identitarios, Langella concluye que "la única manera de salir del desastre es volver al principio de todas las cosas, a la fuente y recompensa última de nuestra vida aquí abajo: Dios Todopoderoso y Salvador", concluye: "Solo una Europa que vuelva a ser cristiana, inmune al fanatismo ideológico porque ponga su salvación solo en Dios, puede luchar por el ideal sin renunciar a lo real".


Un vídeo sobre la universidad de verano de Academia Christiana, que incluye formación espiritual, política y deportiva, entre otras actividades, con la intención de crear una juventud de identidad católica, francesa y europea.