Píldoras Anti-Masonería

El blog CLAVIJO defiende los valores

de la Iglesia Católica y de España

amenazados por el proyecto masónico-luciferino

"Nuevo Orden Mundial"


e-mail: ClavijoEspana@gmail.com



lunes, 29 de julio de 2024

Juegos Olímpicos de Satanás. Infame inauguración blasfema convertida en aquelarre LGTB. Por Javier Navascués

Juegos Olímpicos de Satanás. Infame inauguración blasfema convertida en aquelarre LGTB.

La ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de París 2024 fue un festival masónico, de género y LGTB. Mientras los organismos internacionales oficiales del deporte consideran intolerable que unos futbolistas españoles griten ¡Gibraltar español!, por lo visto esos mismos organismos deportivos internacionales y otros parecidos ven normal y saludable convertir la inauguración de las Olimpiadas en uno de los mayores atentados anticatólicos que se recuerdan.

Tampoco les escandaliza que un jugador de Marruecos haga el gesto de cortar la cabeza con una risa cínica ávida de sangre.

Este es el mundo en que vivimos. Era la inauguración oficial del supuesto mayor evento deportivo del mundo, convertido en apoteosis política y consumista bajo los hipócritas supuestos ideales de la paz y la deportividad. Ideales, eso sí, que, por ejemplo, impiden que Rusia participe, pero que dejan que participe con toda normalidad un Israel que al mismo tiempo extermina a la población de Gaza. Cosas del «espíritu olímpico», que recuperara en su día el Barón de Coubertin, por cierto, masón.

Sabíamos que Francia había caído muy bajo pero no imaginábamos que tanto. Aunque no nos engañemos, casi todo Occidente está igual. La ceremonia incluyó un recorrido por la historia de Francia del que se excluyó cualquier referencia cristiana y que era un homenaje por todo lo alto a la Revolución francesa, concebida como el auténtico nacimiento de Francia.

Se homenajeó también a «las 10 mujeres más importantes de la historia de Francia» entre las que no estaba Santa Juana de Arco, pero sí por supuesto Simone de Beauvoir y Simone Weil, por su «lucha en favor del aborto» junto a diversas activistas negras, feministas y anticolonialistas casi desconocidas.


La humillación de la Francia tradicional se completó viendo a los soldados de la banda militar del Ejército francés con sus uniformes de gala bailando ridículamente ritmos caribeños cual si fuese el carnaval de Jamaica o de Haití.

Pero la traca final fue la performance que parodiaba la Última Cena con Drag Queens, con el supuesto altar convertido luego en pasarela para un desfile de modas con los hombres travestidos al ritmo de la música disco de los 90, convirtiendo de hecho la inauguración de las Olimpiadas, el supuesto mayor espectáculo deportivo del mundo en la ceremonia de colofón del mes de esto que llaman «Pride» (se supone que sienten mucho orgullo pero no se atreven a decir de qué, simplemente «Orgullo»).

Nadie es capaz de imaginar por supuesto cuál sería la reacción de la izquierda bienpensante si alguien hiciera algo así sobre el Islam, pero contra Cristo y el Catolicismo todo está permitido y todo es muy «inclusivo».

En definitiva, ayer vimos ante nuestros ojos la evidencia de un Occidente que agoniza, igual que el pobre campeón olímpico de 100 años, al que le hicieron soportar en su silla de ruedas la lluvia y un tiempo horrible. Y es que eso sí, una tormenta que parece premonitoria, aguó desde el cielo el aquelarre. Aquelarre no por casualidad organizado en la capital de una nación que desde 1789 ha sepultado su vieja identidad cristiana para adoptar una esencia masónica, como ayer quedó bien claro.

Y con todo, lo más triste es que la cúpula de la Iglesia, tan dada a advertirnos sobre los peligros del cambio climático, calla y callará ante la inmensa infamia de ayer.

El mapa de León, ¿una nueva comunidad autónoma en España?

El mapa de León, ¿una nueva comunidad autónoma en España?
Por Álvaro Merino 29/07/2024 España

La reivindicación autonomista de la región leonesa hunde sus raíces en el reino surgido en el siglo X, clave en la integración de la península ibérica.

León nunca ha sido castellana, pero Castilla sí fue leonesa. Esa frase, simple a primera vista, esconde un significado político y social con siglos de historia que tiene en pie a decenas de miles de personas y amenaza con cambiar el Estado de las autonomías. La región leonesa, cuyas raíces se extienden hasta el Reino Asturleonés y el traslado de su capital a León en el año 910, quedó desdibujada tras el rediseño territorial posterior a la Constitución de 1978 y hoy muchos exigen formar una nueva comunidad autónoma al margen de Castilla y León que abarque las provincias de León, Zamora y Salamanca.

A pesar de su ausencia en el mapa político español actual, el Reino de León dominó el noroeste de la península ibérica durante tres siglos y jugó un papel fundamental en la Reconquista. Su control se extendió también por las actuales Galicia y Extremadura, y de su seno surgieron los reinos de Portugal y Castilla, independizados en el siglo XII. Hasta ese momento, los reyes leoneses se hacían llamar emperadores, aunque no al estilo romano o napoleónico, sino en el sentido de primus inter pares, es decir, como reyes superiores al resto de monarcas cristianos bajo cuya autoridad se concentraba la soberanía hispana, tal y como explica el periodista Jesús María López de Uribe de ILeón.com.

En 1230, sin embargo, el Reino de León fue absorbido por la emergente corona de Castilla, aunque el rey Fernando III tardó dos años en hacerse con su control efectivo ante el rechazo de los leoneses y sus nobles, que cerraron las murallas de su capital para impedir el paso del nuevo monarca.


La integración en Castilla no supuso la desaparición inmediata del aparato administrativo leonés, al contrario: las Cortes de León siguieron reuniéndose por separado hasta 1345 y sus legislaciones no se unificaron hasta 1348, de la misma forma que el idioma leonés o asturleonés ha sido capaz de sobrevivir hasta nuestros días. Entre 1296 y 1301, además, el Reino de León recuperó su independencia durante un breve enfrentamiento sucesorio.

En la Edad Moderna los reinos se difuminan, pero siguen existiendo en forma de adelantamiento —instituciones encargadas de acometer tareas judiciales, militares y de gobierno en nombre del rey— hasta el siglo XIX. Es entonces cuando Javier de Burgos, secretario de Estado de Fomento durante la regencia de María Cristina de Borbón, decreta una nueva división territorial de España en provincias en 1833, las cuales agrupa en regiones —sin competencias administrativas— en base a los antiguos reinos. Ese sistema, sobre el cual descansa la organización administrativa actual, recupera la región de León formada por las provincias de León, Zamora y Salamanca.


A pesar de ello, durante la construcción del Estado de las autonomías que siguió a la Constitución de 1978 Madrid descartó dotar a León de comunidad autónoma propia y decidió unir Castilla y León. Dos fueron los motivos: la intención de crear un contrapeso a Cataluña y País Vasco, ya constituidas como autonomías y para el centroderecha español las grandes beneficiadas del nuevo sistema, y al mismo tiempo el rechazo a crear una comunidad que uniera Asturias y León, dos regiones donde la industria minera tenía un peso fundamental y se corría el riesgo de que surgiera un feudo electoral de la izquierda.

La Diputación de León se opuso a la integración con Castilla y más de 90.000 leoneses se echaron a la calle para defender su autonomía, pero finalmente el Estatuto de Autonomía de Castilla y León fue aprobado en 1983. Sin embargo, el sentimiento regionalista sigue vivo en la antigua región leonesa, y en junio de este mismo año el pleno de la Diputación de León aprobó una moción de la Unión del Pueblo Leonés que reclama la constitución de una autonomía propia y que sigue el ejemplo de más de sesenta ayuntamientos de la provincia en los últimos años.

Para elordenmundial

Blasfemia sacrilegio en París Homilía 28.07.24 / Domingo 17º Tiempo Ordi...

viernes, 26 de julio de 2024

España no se toca (todos somos soldados). Por Laureano Benítez Grande-Caballero

España no se toca (todos somos soldados)


«Por las veredas de España
han llegado los perros de plomo:
a esperar que se quiebren nuestros ramos,
a esperar que se quiebren ellos solos»

(Paráfrasis de un poema de García Lorca, perteneciente a su libro Divan del Tamarit)

Ante el tsunami frentepopulista, secesionista y guerracivilista que sacude hoy los cimientos de España, se me vienen a la memoria aquellas palabras del gran poeta americano Walt Whitman, refiriéndose a Lincoln: «¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!».

Contemplo en este crepúsculo aterrador las torres incendiadas de España, que va hacia su destrucción a tumba abierta, a cadáver desenterrado, a momias profanadas en Valles violados por los neomilicianos de la secta de Largo Caballero, neomilicianos directamente venidos desde las cloacas pestilentes de Leninlandia, ahítos de 36, con su cargamento de kryptonita roja para privarnos de nuestra vitalidad y nuestra identidad; neomilicianos de las logias illuminatis, de donde ha salido una siniestra horda de traidores y mercenarios al servicio del Nuevo Orden Mundial, que juega con nosotros a un siniestro «monopoly» donde nos dan crisis como panes; que baila sus macabros vudús sobre las tumbas y la memoria de nuestros héroes; tribu de apesebrados por el NOM que escupe sus lecciones populistas desde la Sierra Maestra de los púlpitos mediáticos, y desde los contubernios donde el Gran Ojo de Horus ejerce de Gran Camarada, cabildeando todo su programa de destrucción de la Patria y de la fe católica. «¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!».

España eterna, España inmemorial, «España mía, combate que atormentas mis adentros, para salvarme y salvarte, con amor te deletreo».

España heroica, raza bravía que ha embestido siempre a los invasores, a sus enemigos, desde Numancia hasta la batalla del Ebro, desde Covadonga hasta Bailén, desde Lepanto hasta las Navas de Tolosa, desde un 2 de mayo hasta un 18 de julio…

Pero ya no somos los mismos: antes éramos un pueblo azul, gallardo y valeroso, que se alzaba como un solo hombre para defender su Patria, sus creencias y sus tradiciones ante lobos jacobinos, ante psicópatas milicianos; ante quemaconventos, matacuras y violamonjas; ante energúmenos puño en alto que arrollaban las calles con su griterío lobuno, con sus aullidos de chacales que buscaban sangre católica fresca.

No… ya no somos los mismos, porque a partir del 75 la mafia del Club Bilderberg tomó las riendas de nuestra Patria para llevarla a las cloacas del NOM, descerebrando a nuestras gentes con una pavorosa educación adoctrinadora en ideología progre; lobotomizando a la juventud en una orgía de porros, botellones y sexo fácil; lavando nuestros cerebros mediante una alevosa manipulación y tergiversación de nuestra historia, que demonizaba a la España franquista mientras glorificaba a la luciferina República golpista, convirtiendo en Arcadia de libertad lo que fue un horrible campo de exterminio de las derechas y los católicos; anestesiándonos y abotargándonos en un consumismo hedonista atroz, que nos succionó vampíricamente la energía, el valor, la integridad, la dignidad, el honor, la responsabilidad, el sacrificio, el esfuerzo, y hasta la inteligencia, hasta convertirnos en un rebaño ovino ignorante y cobarde, incapaz de luchar por sus ideales, porque no los robaron todos con su pernicioso relativismo. Le llaman «mayoría silenciosa», pero es el silencio de los corderos, de las blancas ovejitas listas para el matadero que se abre en canal ante nosotros.


Nos vieron adormilados en nuestra eterna siesta, y butronearon nuestro terruño invadiéndonos de multiculturalidad, que pretende destruir nuestra identidad para que España se vaya por el sumidero de la Historia hacia el Nuevo Orden Mundial.

Nos vieron dormidos, y nos robaron la bandera y el himno, el honor y la historia, las cruces y los valles… aquí están de nuevo los neomilicianos de Bafomet, ectoplasmas de los matacuras y violamonjas de España Pelada, dirigidos por un bafomético presidente del Gobierno que ascendió de los abismos infernales con los Diez mandamientos de Belcebú como programa de desgobierno para la destrucción de España, en medio de una aparatosa tormenta negra, escoltado por las legiones de Walpurgis, con acompañamiento de rayos diabólicos y marjorettes de súcubos. «¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!».

Ante nuestro silencio cobarde, desgañitaron sus amenazas, instalaron sus cenáculos, impusieron sus decretos totalitarios, sus despiadadas consignas patibularias, sus infames mensajes de venganza por lo del 36, arrollando el nombre de muchos españoles ilustres que removieron del callejero. «¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!».

Nos ven como un rebaño acobardado y tembloroso, y por eso caen sobre nosotros sus manadas lobunas de colmillo afilado. No nos ven como españoles valerosos que defienden su historia, sus territorios, sus valores, su patrimonio y su tradición.


España, patria traicionada, casa desolada, solares profanados por los cascos de funestos jinetes del Averno. España, puesta una vez más en almoneda, en una Transición desarrollada siguiendo las consignas del golpista Manuel Azaña, cuya intención —expresando el único programa republicano— tenía como lema las palabras «demolición», «destrucción creadora»: «Concibo la función de la inteligencia en el orden político —decía— como empresa demoledora. En el estado presente de la sociedad española, nada puede hacerse de útil y valedero sin emanciparnos de la historia. Igual que hay gente que hereda la sífilis, así España ha heredado su Historia». España estaba enferma de su historia, y Azaña se proponía acabar con ella, «extirparla como un tumor».

Y así, bajo esta colosal carga de caballería apocalíptica de los enemigos de España, el pueblo español ha sido traicionado y vendido, inconsciente de que íncubos y súcubos desencadenados desde los santuarios del NOM le han robado el alma española, su corazón católico, su inveterada gallardía, su historia.

¿Hasta cuándo dormiremos, mientras esta horda luciferina nos arranca nuestros valores, desguaza nuestra identidad, despedaza nuestros territorios, mancilla nuestro honor, escupe sobre nuestra dignidad de españoles, degrada nuestra Historia?

¿Acabaremos, entonces, despeñados en las barrancas y quebradas de la historia? ¿Resistiremos una vez más, protagonizando otra Reconquista heroica? ¿Seremos capaces de defender con uñas y dientes nuestra Patria de todo ataque a nuestra fe, a nuestra historia, a nuestros valores e ideales, a nuestros símbolos patrios, a nuestras tradiciones?

Un pueblo indomable, gallardo y valeroso, de arrojo legendario, que conquistó selvas impenetrables, fortalezas inexpugnables, océanos infinitos y tierras innumerables, ¿se dejará vencer ahora por una turba de separatistas, por una impresentable caterva de hispanófobos, por una conspiración globalista, aunque ésta tenga detrás todo el poderío de las fuerzas del Tártaro?


¿Hemos llegado hasta aquí, después de tantos siglos de combates para defender nuestros solares, después de tanta sangre derramada, después de tanta aventura épica en las lindes de lo imposible, para capitular ante una élite luciferina, cuando torres más altas hemos desmochado sin compasión?

¿Cómo entender que, por cobardía o por indiferencia, nuestro pueblo, antaño indomable, no haya dado ejemplo de patriotismo, de gallardía, de españolía? ¿Cómo es posible que permanezcamos silenciosos, cómodos, pastoreando nuestra indiferencia en terrazas cerveceras, sumidos en la más profunda catalepsia, en la más pasmosa catatonia, con mirada lobotomizada, con el corazón vergonzosamente seco, con las banderas patrias encerradas en el ángulo oscuro de desvanes olvidados?

Porque, si nos vieran como españoles, si fuéramos españoles, mientras ellos quieren asaltar nuestros cielos, nosotros arrasaríamos sus infiernos, acampando sin miedo ante sus mismas puertas, escracheando sin piedad a sus demonios rojos y morados, cruzando todos los rubicones que opusieran a nuestro paso.

Y gritaríamos multitudinariamente que «España no se toca», rodeándola de ángeles conjurados, de huestes celestiales con sus espadas flamígeras desenfundadas que rechazaran para siempre de nuestra Patria a las hordas del Averno que quieren poner en ella sus manos impías.

En su obra «Centinela contra los franceses», Antonio Capmany y de Montpalau afirmaba: «No: digan cuanto gusten derrotistas y augures pusilánimes, el ímpetu de nuestra raza no se extingue fácilmente. Padecerá eclipses, atonías, postraciones como las han padecido otros pueblos. De su letargo actual, contristador y deprimente, se levantará algún día, cuando un taumaturgo genial, henchido de viril energía y clarividente sentido político, obre el milagro de galvanizar el corazón desconcertado de nuestro pueblo, orientando las voluntades hacia un fin común: la prosperidad de la vieja Hispania.

No es éste tiempo de estarse con los brazos cruzados, ni con la lengua pegada al paladar el que puede usar el don de la palabra para instruir y alentar a sus compatriotas. Nuestra preciosísima libertad está amenazada, la patria corre peligro y pide defensores: desde hoy todos somos soldados».

Es hora de ponerse en pie, y defender nuestros valores como pueblo, nuestra historia, nuestros territorios y nuestra fe, bajo aquel lema que arengó a nuestros soldados en tantas memorables batallas de nuestra Historia: «¡Santiago, y cierra España!».

«Una nación no se pierde porque unos la ataquen, sino porque quienes la aman no la defienden» (Blas de Lezo)

«¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!».

¡¡¡Santiago y Cierra España!!!

Canal de Telegram: https://t.me/laureanobeni

LA LUPA. El expolio del Banco de España por el Frente Popular, con José ...