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domingo, 26 de junio de 2022

En el Valle de los Caídos no están enterrados ni los “rojos” ni los “azules”, sino los caídos en la Guerra Civil: 33.847 católicos españoles, sin importar en qué bando habían luchado. Quieren arrasar Cuelgamuros, porque no pueden soportar la presencia de la cruz y lo que ella significa. Por Javier Paredes

En el Valle de los Caídos no están enterrados ni los “rojos” 
ni los “azules”, sino los caídos en la Guerra Civil: 33.847 
católicos españoles, sin importar de qué bando.
Quieren arrasar Cuelgamuros, porque no pueden soportar 
la presencia de la cruz y lo que ella significa
26/6/22 

En primer lugar, no es cierto, como dicen, que Franco construyera el Valle de los Caídos para hacer un homenaje a los caídos del bando nacional

Han repetido la hazaña, porque son unos valientes… Hay logros que solo están al alcance de muy pocos, porque para repetir lo que han hecho hace falta un valor muy especial, del que solo algunos están dotados. En un arrebato de valor, atrincherados en las instituciones políticas controladas por el Gobierno de Pedro Sánchez y bombardeadas las posiciones enemigas por escuadrillas de la prensa agradecida, de nuevo han declarado la guerra a Franco y han asaltado el Valle de los Caídos con sus mentiras. Una vez más estos valientes han pisado el rabo del león después de muerto.

Quieren arrasar el Valle de los Caídos, porque no pueden soportar la presencia de la cruz y lo que ella significa. La emprendieron contra la tumba de Franco y ahora prosiguen con los restos de quienes yacen en este recinto sagrado.

Este ha de ser el monumento a todos los caídos, sobre cuyo sacrificio triunfen los brazos pacificadores de la Cruz


En esta ocasión están utilizando como vanguardia de su ofensiva a unos pocos familiares de algunos de los miles que allí reposan. Son poco más de cincuenta y solicitan sacar los restos de sus deudos. Como estrategia, todo se está se está presentando envuelto en medias verdades, en mentiras, y hasta no ha faltado quien ya ha lanzado las campanas al vuelo de que por fin las víctimas del franquismo van a recuperar la dignidad, porque aquellos restos fueron enterrados en el Valle de los Caídos por capricho de Franco contra la voluntad de sus familias, y que si patatín y que si patatán…, mientras nos anuncian su estrategia con la tonadilla de aquel juego infantil:

“A la zapatilla por detrás, tris-tras.

Ni la ves ni la verás, tris-tras.

Mirar para arriba, que caen judías.

Mirar para abajo, que caen garbanzos.

¡A callar, a callar, que el diablo va a pasar!”

El diablo transita siempre por el camino de la mentira, de la que es su progenitor. Por eso es obligado contar cómo sucedieron los acontecimientos, respetando esa máxima de la historia que dice que “las cosas son lo que son”. Y si ustedes, queridos lectores, aguantan hasta el final, podrán comprobar que la realidad es mucho más interesante que este mundo imaginario, con el que quieren cubrir sus vergüenzas estos valientes tan peculiares que se atreven a declarar la guerra a los muertos.

En primer lugar, no es cierto, como dicen, que Franco construyera el Valle de los Caídos para hacer un homenaje a los caídos del bando nacional. En el conocimiento de la historia del Valle de los Caídos hay un antes y un después de que se publicara el libro de Alberto Bárcena titulado Los presos del Valle de los Caídos. Desde la aparición de este riguroso trabajo, escrito con la ingente documentación que se conserva en el Archivo General de Palacio, se han puesto al descubierto las mentiras de que el Valle de los Caídos fue un campo de trabajos forzados, que los presos que fueron a trabajar murieron por centenares en accidentes de trabajo, que arrojaban los cadáveres de los presos díscolos en las zanjas y los enterraban con el hormigón de los cimientos…

El diablo transita siempre por el camino de la mentira, de la que es su progenitor. Por eso es obligado contar cómo sucedieron los acontecimientos, respetando esa máxima de la historia que dice que “las cosas son lo que son”


Hoy ya sabemos cuántos trabajaron, cuánto cobraban por ese trabajo, qué régimen tenían los presos y sus familias, que pudieron ir a vivir a los poblados que allí se construyeron, cuántos murieron en accidente de trabajo. Sí, hoy sabemos de manera documentada lo que allí se hizo y pasó. Y conocemos también que el Valle de los Caídos no se levantó como un mausoleo de los vencedores, porque esto es lo que decía acerca de su finalidad el decreto-ley de 1957: “El sagrado deber de honrar a nuestros héroes y a nuestros mártires ha de ir siempre acompañado del sentimiento de perdón que impone el mensaje evangélico. Además, los lustros que han seguido a la victoria han visto el desarrollo de una política guiada por el más elevado sentido de unidad y hermandad entre españoles. Este ha de ser en consecuencia, el monumento a todos los caídos, sobre cuyo sacrificio triunfen los brazos pacificadores de la Cruz”.

Por lo tanto, en el Valle de los Caídos no están enterrados ni los “rojos” ni los “azules”, sino los caídos en la Guerra Civil. Oficialmente 33.847 católicos españoles, sin importar en qué bando habían luchado.

Para llevar los restos al Valle de los Caídos había que haber muerto en la Guerra Civil y tener estas otras dos condiciones: ser católico y español. La primera exigencia de estas dos parece lógica, ya que iban a ser enterrados en un templo católico. Para justificar esa condición bastaba con presentar la partida de Bautismo. Por este motivo, cuando el Ayuntamiento de Navas del Rey consultó llevar los cuerpos de 30 moros del bando vencedor, que estaban en un cementerio anexo al campo santo parroquial, la contestación de Gobernación fue así de clara: “No deben ser llevados al Valle”. Como tampoco pudieron ir al Valle de los Caídos, por no ser españoles, los restos de los aviadores de la Legión Cóndor que estaban enterrados en Arenas de San Pedro, Quijorna y San Lorenzo de El Escorial.

Como he dicho, oficialmente en el Valle de los Caídos están enterrados, incluyendo a José Antonio Primo de Rivera, 33.848 españoles. Pero esta cifra podría ser mayor. Los primeros restos llegan al Valle de los Caídos en el mes de marzo de 1959; es decir, cuando ya llevaban enterrados entre veinte y veintitrés años. Hay que tener en cuenta que cuando se abrieron las fosas comunes, hubo muchos cuerpos que no pudieron ser identificados. Por lo tanto, pretender ahora establecer con exactitud a qué personas concretas corresponden los restos depositados en aquel gigantesco osario es una tarea imposible. Pero el intento sirve para distraer al votante, tapar los errores políticos actuales y premiar a los afines con subvenciones, con cargo al contribuyente, que algún día habrá que averiguar las magnitudes del negocio del que algunos disfrutan a costa de la “Memoria democrática”.

Los proges han mentido más sobre el Valle de los Caídos que sobre cualquier otra cuestión


Tampoco es cierto que se llevaran al Valle de los Caídos los restos de las personas sin el permiso de sus familias. Primaba hasta tal punto la decisión de una familia, que bastaba la oposición de los familiares de uno solo de los que estaban en una fosa común, contrarios a llevar los restos al Valle de los Caídos, para que esa fosa no se tocase. Al Valle de los Caídos solo se llevaron los restos que autorizaron sus familiares o los de aquellos otros que nadie reclamó en el plazo que se dio cuando fueron requeridos.

Por lo tanto, de esas pocas familias que ahora quieren sacar los restos del Valle de los Caídos, unos van contra la decisión que sus ascendientes dieron en su día para autorizar el traslado de sus deudos y otros lo que piden es que se busque entre los restos de los no identificados, por si allí estuvieran sus muertos. En los dos casos este trabajo obligaría a remover las tumbas de todos los que no quieren que se toquen las de los suyos.

Tampoco es cierto que se haya dado una licencia para comenzar las exhumaciones, como se ha dicho. Lo que ha sucedió es que Patrimonio Nacional tomó la iniciativa de llevar a peritos del Instituto Eduardo Torroja para que dictaminaran cómo proceder; y estos peritos indicaron que antes de hacer los trabajos de exhumación, por seguridad, había que afianzar las criptas donde están depositados los restos de esos 33.847 españoles. Para esto, y no para la exhumación, es para lo que se ha concedido esa licencia urbanística del Ayuntamiento de San Lorenzo de El Escorial, concesión que, por cierto, ha sido recurrida.

Para hurgar en las tumbas de Cuelgamuros Sánchez sí da subvenciones públicas peor no les paga la asignación que por ley les corresponde a los benedictinos de la Basílica


Y como según Napoleón, para ganar una guerra se necesitan tres cosas: dinero, dinero y dinero…, puestos a hacer la guerra, aunque el enemigo ya esté muerto, el Gobierno de Pedro Sánchez ya ha aprobado una subvención para el afianzamiento de las criptas de 665.000 euros.

Y llama la atención tanta diligencia del Gobierno para unas cosas y no para otras. Porque mientras que para hurgar en las tumbas de los muertos hay subvención, la asignación que por ley les corresponde a los monjes para el mantenimiento de la abadía del Valle de los Caídos, que es la mitad de la subvención para afianzar las criptas, hace cuatro años que no la reciben, como sí que se la dan a los agustinos de El Escorial y a los benedictinos de Monserrat.

Por cierto, que echando la vista atrás, hay que decir que hace cuatro años todavía no estaba Pedro Sánchez en la Moncloa. Porque la verdad es que toda esta esta guerra contra el Valle de los Caídos no se entiende sin la colaboración de los “católicos moderaditos”, que los hay en la política, en la prensa, en la judicatura y hasta en la Conferencia Episcopal española, como pudimos comprobar por el comportamiento de algunos políticos, periodistas, jueces y obispos, cuando se sacaron los restos de Franco del Valle de los Caídos.

Javier Paredes
Catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá.