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sábado, 19 de febrero de 2022

***NOM: El precio del fraude climático. Por Fernando del Pino Calvo-Sotelo

El precio del fraude climático
Por Fernando del Pino Calvo-Sotelo 
 19/2/2022 


“Sleepy Joe”, esto es, el presidente Biden, hacía honor a su mote y daba cabezadas en la enésima cumbre climática. No le culpo. Ver una y otra vez la misma obra de teatro mientras se respira CO2 a través de la maldita mascarilla debe causar sopor. Ignoro si la jet set climática es consciente del esperpento que empieza a suponer la histérica retórica apocalíptica, las constantes alusiones a fechas tope que van pasando sin novedad, las predicciones fallidas, las sinrazones crecientes y su propia hipocresía, pero lo que es seguro es que la gente está empezando a ver que las suicidas medidas para “luchar” contra las lejanísimas e imaginarias consecuencias del cambio climático no son inocuas, sino que tienen un coste muy real en el presente. En mi artículo El Mito del Coche Eléctrico[1] (Expansión, 11 de junio de 2021) expuse los motivos por los que estas políticas que contradicen toda lógica encarecerían enormemente la factura eléctrica. Hoy es más fácil comprender que el cambio climático ya no es sólo una moda, un distintivo de corrección política, una prueba de virtud social o una secta apocalíptica, sino una fuente de rápido, injusto e injustificado empobrecimiento de las clases medias de los países ricos y una condena a la dependencia crónica de los países en desarrollo.

Steven Koonin

En muchas ocasiones he citado a reputados científicos que, contrariamente al mito del “consenso”, refutaban los argumentos de lo que ya no es más que una agenda política. Hoy le toca a Steven Koonin, físico teórico autor de más de 200 estudios y ex Subsecretario de Ciencia del Departamento de Energía de la Administración Obama, dato que naturalmente desconcierta a sus críticos. En su último libro[2], aplaudido por expertos como Vaclav Smil o el Premio Nobel de Física Robert Laughlin y dedicado a quienes le enseñaron “la importancia de la integridad científica”, confiesa su consternación al ver cómo se está engañando a la gente y cómo “la constante repetición de falacias climáticas las convierte en verdades aceptadas”, añadiendo con contundencia: “Está claro que los medios, los políticos y a menudo los informes [del IPCC] tergiversan descaradamente lo que dice la ciencia sobre el clima y las catástrofes”.

En primer lugar, la ciencia necesita mediciones fiables, y las obvias limitaciones “en el registro de temperaturas, la escasez de datos históricos y la gran variabilidad natural complican los esfuerzos por comprender el papel de la influencia humana”. Aunque la evidencia paleoclimática presente en el hielo de la Antártida nos permita reconstruir series largas locales, sólo disponemos de mediciones terrestres homogéneas, globales y fiables desde hace cuarenta años y oceánicas desde hace quince, lo que en unidades de tiempo geológico es un período minúsculo. Así, el reto que presenta “un sistema del que tenemos observaciones limitadas durante un tiempo limitado, y sobre el que nuestras incertidumbres siguen siendo grandes” se hace aún más difícil por el hecho de que “las influencias humanas representan actualmente sólo el 1% de la energía que fluye por el sistema climático”.

Dado el escaso miedo que produce (con razón) un ligero calentamiento del planeta, la propaganda catastrofista se centra en el supuesto aumento de fenómenos meteorológicos extremos. Esto simplemente no está ocurriendo, como no me cansaré de repetir y reconoce el propio IPCC[3]. Koonin lo sabe: “Las observaciones realizadas desde hace más de un siglo indican que la mayoría de fenómenos meteorológicos extremos no muestran ningún cambio significativo, y algunos de ellos se han vuelto menos comunes o graves (…); las temperaturas extremas en los EEUU han sido cada vez más suaves e infrecuentes desde el final del s. XIX y los huracanes y los tornados no muestran ningún cambio atribuible a la acción humana”. Respecto a los incendios forestales con los que cada verano nos entretienen, “el análisis de las imágenes de los satélites que comenzaron a vigilar los incendios forestales en todo el mundo en 1998 mostró que la superficie quemada anualmente se había reducido en cerca de un 25%”. Cada vez arden menos bosques, lo que, unido a la reforestación y al beneficioso aumento del CO2, alimento por antonomasia de plantas y árboles, hace que no pueda hablarse ya de un problema de deforestación en el planeta: un estudio publicado en Nature, basado en imágenes de satélite entre 1982 y 2016, concluyó que en los últimos 35 años la superficie forestal mundial había aumentado un 7%.

Respecto al ligerísimo aumento del nivel del mar (que lleva produciéndose desde la última glaciación), Koonin cita al World Climate Research Program: “Siguen existiendo importantes lagunas en nuestra comprensión de las variaciones pasadas y presentes del nivel del mar y de sus causas, en particular para la predicción/proyección de la subida del nivel del mar a escala regional y local (…), por lo que no sabemos qué parte de la subida del nivel del mar se debe al calentamiento provocado por el hombre y qué parte es producto de los ciclos naturales a largo plazo”.


Por último, citando datos del propio IPCC, Koonin denuncia que “sólo la estabilización de la influencia humana en el clima exigiría reducir las emisiones per cápita de CO2 a niveles comparables a Haiti o Yemen”, es decir, exigiría volver a la pobreza de la que tantos siglos nos costó salir. En consecuencia, Koonin concluye que no puede apoyar una “descarbonización forzada o urgente, pues la influencia humana en el clima es demasiado incierta y probablemente demasiado pequeña” como para compensar el gigantesco sacrificio que quieren imponernos.

Llevo más de 15 años estudiando el tema y tengo claro que el cambio climático, irremediablemente contaminado por la política, abandonó hace tiempo el libre debate científico para adentrarse en siniestros derroteros totalitarios. Así, la supuesta amenaza existencial del cambio climático antrópico es hoy un gigantesco fraude, un empobrecimiento forzado y una amenaza para la libertad. El aumento del coste de la energía que estamos sufriendo, de causas complejas y que a corto plazo puede continuar o remitir, es un aviso. Sustituir fuentes de energía eficientes, estables y baratas por fuentes ineficientes, intermitentes y caras que exigen una duplicación de la capacidad de generación, establecer grotescos “derechos de emisión de CO2” y torpedear nuevas inversiones en combustibles fósiles es un atentado contra la razón, la verdad y la justicia que nada tiene que ver con la ciencia o con la supervivencia del planeta y todo con la destrucción de un sistema y la imposición subrepticia de un nuevo orden. Occidente (sobre todo Europa) se suicida mientras Asia se sonríe. Debemos parar esta insensatez antes de que sea tarde.